El esclavo

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Poesías Adolfo Berro



EL ESCLAVO *



De luna que espira la luz macilenta
Las vias aclara del ancha ciudad;
Silencio, do quiera, la noche sustenta,
Y al sueño se libran virtud y maldad.

En tanto a la puerta de humana morada
Un hombre infelice se mira llorar;
Sus ojos que brillan en faz atezada
Parecen del Cielo justicia implorar.

¡Ay mísero, esclama, con flébil acento,
De aquel a quien roba destino fatal
Amigos y deudos, en solo un momento,
Y lejos arroja del suelo natal!
 
Sus lágrimas corren ardientes, en vano,
Y en ver con ellas procura mover,
Que el blanco no mira con ojos de hermano
Al a quien negro le cupo nacer.






Nada queda a mi existencia
Arrojada con violencia
A esta tierra de dolor.
El recuerdo me devora
Que me dice a toda hora
Soy esclavo y fui señor.

Como sigue al condenado
Del verdugo ensangrentado
Fiera imagen ideal,
Que acrecienta los tormentos
De sus últimos momentos
En la vida terrenal.

Así acosa al Africano
El aspecto del tirano
Que cautivo le llamó
Y que injusto le condena
A arrastrar servil cadena
De que el Cielo lo eximió.

¡Pobre negro! tus pesares
Se redoblan a millares
En la torpe esclavitud:
Que tu bárbaro destino
Es llorar y de contino
Ver abierto el ataud.




¡Porqué un alma noble me dieras ¡oh Cielo!
Si liga coyunda mi fuerte cerviz,
Si miro do quiera mil rostros de hielo
Y escucho palabras de muerte, ¡infeliz!

Iguales nos hizo la mano invisible
Del Dios sempiterno de paz y de amor,
Y en todos la llama prendió inextinguible,
Destello sublime del almo Señor.

En nave soberbia al Africa ardiente
El blanco codicia llevara y maldad,
Cautivo al inerme condujo insolente
Violando las leyes de santa igualdad.

Hundirle en sus aguas al mar no le plugo
Que senda espaciosa tranquilas le dán,
Y al negro condenan a bárbaro yugo,
A vida infecunda de mísero afán.


Escucha la plegaria
¡Oh padre de natura!
Que en llanto y amargura
Eleva el alma a tí.
Destroza con tu soplo,
Que abate las naciones,
Las bárbaras prisiones
Del hombre de color.

Celebran tu justicia
En coros reverentes
Mil pueblos diferentes
Del Sur al Setentrion.
¿Y solo tus miradas
No alcanza el africano?
Le apartas de tu mano,
Le libras al dolor?

Reservas al que ofende
La vida de tu hechura
Tras larga desventura
La muerte de Cain:
Y el blanco, que en crueza
Excede al tigre fiero,
¿Tu rayo justiciero.
Señor, no alcanzará?

Escucha la plegaria,
¡Oh Padre de natura!
Que en llanto y amargura
Eleva el alma a tí.

Destroza con tu soplo,
Que abate las naciones,
Las bárbaras prisiones
Del hombre de color.

 
Diciembre de 1839.


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