El escultor y el duque

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
El escultor y el duque
Cuento dedicado a la Señora Doña Matilde O'Relly de Zorrilla
 de José Zorrilla
del tomo octavo de las Poesías.
Tomo último: Ofrenda poética


Empecé la publicación de mis poesías
conociéndote, y las concluyo con tu nombre.


(Nota del autor a su mujer.)
Madrid, Octubre 10 de 1840


- I -

Año de más o de menos,
si no miente mi memoria,
mil quinientos veintidós
corren, y una tras de otra
por la preferencia luchan
las muy exquisitas obras
con que un escultor de Italia
admira a Sevilla toda.
Sin dar tiempo a que se olvide
la fama que una le cobra,
reputación y caudales
siempre la última le dobla.
Siempre dél espera el vulgo,
y siempre el vulgo se asombra
al ver el nuevo prodigio
de su mano creadora.
No hay rico que no le encargue,
ni comunidad, por corta
o pobre que sea, a quien
una efigie no se rompa,
que habiendo por precisión
de buscar quien la componga,
más vale hacer otra nueva,
siquiera por la mejora.
Aquí tienen una Virgen,
pero es de mano muy tosca;
allí un crucifijo, y bueno,
pero la cruz es muy corta;
acá un San Juan de rodillas,
¡cosa estupenda! mas sobran
dos líneas de la peana,
y nunca bien se acomoda;
allá hay una Magdalena,
¡soberbia estatua! ¡gran cosa!
mas dicen que por desnuda
no es imagen muy devota.
Y así cada cual encuentra
pretextos que le ocasionan
del taller del Florentino
la visita rigurosa;
y así su fecunda mano
sin darse descanso brota
para uno un San Aquilino,
para otro una Dolorosa.
Y no es que maña o agrado
emplee, pues fama goza
que dar crédito pudiera
al pirata Barbarroja.
Alto, vigoroso, altivo,
aire audaz, mirada torva,
barba crecida hasta el pecho,
aliento recio y voz ronca,
mejor que artista parece
bandolero, y más importa
guardarse de él, que guardar
sus estatuas primorosas.
Alcanza fuerzas hercúleas,
cólera mucha y muy pronta,
y son de largos sus hechos
lo que sus frases de cortas.
No se acompaña con nadie,
ni a nadie contó su historia;
ni los valientes le arredran,
ni a los que callan provoca.
Es con las damas cortés,
y aunque frío con las mozas,
no es con ninguna grosero,
y retrata a las hermosas.
Es largo con los soldados,
que las armas le enamoran;
saluda siempre que alcanza
las banderas españolas;
y aunque con todos severo,
jamás los chicos lo enojan,
aplaude a los revoltosos
y acaricia a los que lloran.
Lo mismo el sayo se ciñe,
que se revuelve la cota;
lo mismo sacude el mazo,
que sacude la tizona;
y sin que aperciba grande
diferencia de uno a otra,
lo mismo sierra un madero
como una cabeza corta.
Extranjero, y sin su gente
que en su lengua lo responda,
que le recuerde sus gustos
o le llore sus zozobras,
ni conoce jerarquías,
ni distingue de personas;
jamás su trabajo lleva
quien pródigo no le compra.
Ni tiene ni quiere amigos,
que por experiencia propia
sabe que, muy raras veces,
los que no cansan, no estorban.
Y si los negros recuerdos
de sus pesares le acosan,
obscureciéndole el alma
como tempestades torvas
que con negros nubarrones
al son del viento se agolpan,
con la fatiga del cuerpo
los duelos del alma ahoga.
Y el pensamiento en Florencia,
la ambición puesta en su gloria,
para vivir solo y triste
todo lo demás le sobra.


- II -

En un claustro de un convento,
como a las tres de una tarde,
hay gran reunión de gente,
toda atenta y toda grave.
Tornados tienen los ojos
todos a la misma parte,
los nobles y el populacho,
los soldados y los frailes.
De cuando en cuando se escucha
murmullo y cortadas frases
de los que no han visto y llegan
y de los que ven y parten.
Unos dicen: «¡Brava pieza!»
Dicen otros: «¡Cosa grande!»
y se empujan y encaraman
los de atrás en los de alante.
Uno alaba los contornos,
lo leve otro del ropaje,
otro las manos del niño,
otro el rostro de la madre.
Quién dice que la cabeza
es un prodigio; admirable
dice otro que es la invención,
citando reglas del arte,
y todos al par confiesan
que ella es de las más cabales
obras que a pública vista
se han puesto cien años hace.
El que no entiende, ve y calla,
y en ver hace lo bastante,
que al buen callar llaman Sancho,
y sobre ver, esto baste.
Lo más que a alguno le ocurre
de los muchos que no saben,
es, volviendose a algún monje,
preguntar: —¿Quién lo hizo, padre?—
A lo que con voz sonora
dice satisfecho el fraile:
—Se la encargó a un italiano,
y ¡es gran cosa! Bien lo vale.—
Como quien dice:—¡Se compra,
porque no habrá quien lo pague!
Y el vulgo, que atento le oye,
se queda a obscuras como antes.
Fuese al fin disminuyendo
la concurrencia, y la imagen
quedó cercada en el claustro
de unos cuantos personajes,
todos ellos gente hidalga
si se exceptúan los padres
del convento, que les ríen,
y lo que dicen aplauden.
Mas entre todos hay uno
cuyo exterior respetable
decoran altas insignias
civiles y militares,
que con mirada severa
y desabrido semblante
mirando estuvo gran trecho
la escultura venerable,
y recogidos los párpados,
fruncido el ceño, fugándose
las miradas de los ojos
cual si mucho le pesase
que sospechen de la estatua
lo que piensa o lo que sabe,
está en situación confusa,
difícil e inexplicable.
Mostráronle una tras otra
las bellezas y bondades
de la estatua, lo armonioso
de la escultura y lo fácil,
la expresión y el movimiento
del conjunto, y de las partes
el desempeño y estudio,
todo a cual más estimable.
Mas él, a las advertencias
contestando con señales
de atención poco expresivas,
contemplábala el semblante.
Y a fe que el de la Madona
era cosa de admirarse,
rostro peregrino y bello
en efigie cuanto cabe.
Representóla el artista
sonriendo al tierno infante
que la colocó en los brazos
a su pecho alimentándose.
Reía el niño y mirábala,
sonreía ella mirándole,
y revelaban entrambos,
el placer más entrañable,
él libando de sus pechos
néctar dulcísimo y suave,
ella dándole la esencia
de su purísima sangre,
y en situación tan sencilla,
verdadera e inefable,
que era imposible sin lágrimas
a sangre fría mirarles.
Por último, anocheciendo
y necesaria faltándoles
luz, se apartaron del claustro
los hidalgos y los frailes.
Cerraron cuidosamente
la puerta con dobles llaves,
y hasta, el pórtico salieron
tras el frío personaje,
que devolvió sus saludos
con atentos ademanes,
como quien tal los merece
y harto en recibirlos hace.
Quedaron en pie los monjes
hasta que volvió la calle,
y él dió el brazo a un caballero
que deja que lo acompañe.


- III -

Cerraba espesa la noche,
fría y amagando lluvia,
por lo que aprietan el paso
y los embozos se cruzan.
Y entre el rumor de sus huellas,
entrecortada y confusa
de los dos nobles a trozos
la conversación se escucha.
—¿Qué os ha parecido, Duque?
—Exquisita es la escultura.
—Mucha atención la pusisteis.
—¿Lo echasteis de ver?
—Sin duda.
—Más de una hora habéis estado
delante de ella.
— Me gusta;
y os lo confieso, Marqués,
a estar hoy en venta pública…
—¿Eso os detiene? Pedidla.
Vos sois en Sevilla…
—Nunca;
eso fuera prevalerme
de mi posición, segura
mi ganancia; y pues los monjes
la obra encargaron, ya es suya.
Siguieron cruzando calles,
tomando señas en unas,
equivocándose en otras,
como quien camino busca,
y al cabo de muchos pasos
y equivocaciones muchas,
llegaron frente una casa
de una callejuela obscura.
—Aquí vive, dijo el Duque.
—¿Quién?
—¡Alabo la pregunta!
—¿Me habéis dicho adónde vamos?
—¿No?
—No.
—Pues muy oportuna
es la ocasión para verlo.—
Y a una violenta y ruda
aldabonada, la puerta
estremecida retumba.
Oyéronse en la escalera
pasos, y por las junturas
penetró la luz movible
con que por dentro se alumbran.
—¿Quién es? preguntó dulcísima
una voz suave que anuncia
una mujer, cuya forma
aun a la vista se oculta.
—Hidalgos, dijo el de fuera.
— Y ¿a quién los hidalgos buscan?
—Al escultor Torrigiano.
¿Vive aquí?
—Sin duda alguna.
Se abrió la puerta, y entrando
los dos hidalgos a una,
sus dos ánimas quedaron
estupefactas y mudas.
Y aunque expresión muy diversa
muestran sus rostros, acusan
los dos el asombro interno
con que sus afectos luchan;
y a fe que asombro merece
lo que a contemplar se agrupan,
lo que aun a creer no aciertan
pasmados de la ventura;
porque asida al picaporte
y a la luz trémula y turbia
de una bujía, que al soplo
del aire brilla insegura,
delante sus ojos tienen
bella aparición nocturna.,
de la Madona del claustro
la exactísima figura.
Aquel peregrino rostro,
aquella trenzada y rubia
cabellera, aquellos ojos
que al cielo el color anublan,
aquella sonrisa de ángel
tan celestial y tan pura,
aquellos brazos tornátiles
y aquellas manos menudas,
son ¡vive Cristo! las mismas
de la divina escultura;
y ello será brujería,
pero ambas a dos son una.
Mirábanse el uno al otro
los hidalgos, y confusa
mostrábase ella, su espanto
sin saber a qué atribuya,
hasta que el Duque, el embozo
bajando, la faz ceñuda
mostró a la luz, y la niña
conociéndola se turba.
—¡Hola! dijo aquél subiendo.
Mucho de casas te mudas.
Y ella contestó cerrando:
—Ya veis, don Juan, que era mucha
la exposición de vivir
a solas con mi fortuna.
—¡Hem! dijo el Duque lanzando
una tos seca y profunda.
No es mala tu compañia
si mucho tiempo te dura.
Y mascullando otra tos
que la garganta le anuda,
llegó a una sala cuadrada
donde el Florentino estudia.

Púsose en pie el escultor,
y arrimando dos sitiales,
excusó ceremoniales
hablando en este tenor.

TORRIGIANO ¿A qué fortuna merezco

el honor de esta visita?

DUQUE A un señor que necesita

una obra, y os la ofrezco.

TORRIGIANO Acepto, si la sé hacer

a gusto de esa persona.

DUQUE Es copia de una Madona

que habéis concluido ayer.

TORRIGIANO ¿El tamaño?
DUQUE A vuestro gusto

como me la hagáis igual;
la semejanza cabal
es en ella lo que ajusto.
¿Aceptáis la condición?

TORRIGIANO Si no es como la prometo,

a dárosla me someto
sin gozar retribución.
Pero si igual ha de ser,
francamente os quiero hablar,
tengo allí que retratar
a mi hijo y mi mujer.

DUQUE ¡Cómo!
TORRIGIANO Tuve ese capricho

en la que ayer concluí,
y a no ser la estatua así,
es imposible lo dicho.

DUQUE ¿Y ese amante desvarío

puedo yo culparos? No.
Haré vuestro gusto yo
al vos me cumplía el mío.
Callaron por un momento
como quien recela duda,
y un punto consigo mismo
su resolución consulta.
Y el hidalgo y el artista,
que uno de otro se aseguran,
al mismo tiempo dejando
su actitud meditabunda,
cambiaron como por prendas
de la confianza última
esta respuesta el hidalgo,
y el artista esta pregunta:

TORRIGIANO Pues que no anduvimos parcos

de explicaciones los dos,
¿me diréis si es para vos?

DUQUE Llevádsela al Duque de Arcos,

que no os pesará, ¡por Dios!




- IV -

Y yendo y viniendo días,
y sin tregua el escultor
trabajando, a los cuarenta
la Madona se acabó,
copia completa y exacta
de la Madona anterior,
hija de la misma mano
y la misma inspiración.
Cifra en que el fogoso artista
su cariño formuló,
fue el suspiro postrimero
que exhaló su corazón;
porque el arte es un amigo
benigno y consolador,
que paga con un instante
muchos años de aflicción;
es un suave y encantado
y aromático licor
que el brío rejuvenece
de la perdida ilusión,
que provoca el entusiasmo,
la esperanza y el amor,
y vuelve a encender el fuego
de la fe que se apagó;
es un bálsamo escondido
del ánima en un rincón,
que cicatriza las llagas
que la desventura abrió.
Y hay un sacro y absoluto
momento de bendición
en que el placer del artista
lo concibe sólo Dios,
pues no halla la mariposa
con tanto gusto una flor,
ni halla una floresta el ave
que de la jaula escapó,
ni halla afanada la abeja
la miel de que vaga en pos,
ni halla el mísero cautivo
la luz que ver no esperó,
con tan intensa y tan pura
celestial satisfacción
como halla el cansado artista
lo que él a solas creó.
Es un sueño venturoso
que en alas de la ilusión
muestra al alma un ignorado
paraíso encantador;
es el beso de una madre
al hijo que le nació,
por cuya vista ha sufrido
largas horas de dolor;
que le ama más cuanto más
le cuesta su posesión;
y no hay símil de ambas cosas
más exacto ni mejor.

Y pues su linda Madona
Torrigiano concluyó,
en ese cielo del arte
dejemos al escultor.

A la mañana siguiente
la preciosísima efigie
esperaba al Duque de Arcos
que acabara de vestirse;
y mientras miran y admiran
lacayos y ministriles
la verdad y la hermosura
de la inanimada Virgen,
en la retirada calle
donde el Torrigiano vive
está pasando otra escena
que no es justo que se olvide.
Dejemos al noble Duque,
en armas y amor insigne,
que la divina escultura
enamorado acaricie;
dejemos al Florentino,
que de su mano recibe
repleto saco, que augure
horas tras su afán felices,
y entrémonos en su casa,
donde su amorosa Tisbe
está a la reja esperando
que dé la vuelta el artífice.
No se sintió por su ausencia
la esposa nunca tan triste,
ni de su inquietud secreta
la extraña razón concibe;
mas su ardiente pensamiento
mil sobresaltos la finge,
y el corazón con mil ansias
no acierta qué vaticine;
y ello es un hondo misterio
y un arcano incomprensible;
mas tiene presentimientos
el corazón infalibles.
Mirando estaba impaciente
de la calle los confines
por ver si llega más pronto
o más pronto le apercibe,
cuando un hombre que se acerca
rápido, con mano firme
tira un papel por la reja
y contestación la pide.
En vano tal osadía
querido hubiera impedirle,
y en vano algunas palabras
de justo enojo le dice.
El hombre pasa y no escucha;
le llama…, le grita, y sigue,
y allá hacia el fin de la calle
vuelve a pararse impasible.
A poco rato, el mismo hombre
paso a paso se dirige
otra vez a la ventana;
y esto que advierte la Tisbe,
toma la carta del suelo,
aguarda que se aproxime,
y con desprecio tirándosela,
que despejo le repite.
Cerró los vidrios de golpe,
pero ni tiempo consigue
para encajar la falleba,
porque el hombre, que se sirve
de ambas manos, deteniéndolos
con vigor irresistible,
volvió la carta diciendo:
—Sin respuesta no he de irme.
Y al ir palabras más duras
colérica a dirigirle,
apareció el Torrigiano
y palideció la Tisbe.

TORRIGIANO ¿Qué es eso, Tisbe?
TISBE Un infame

que dos veces ha pasado
y ese papel ha tirado
por la reja.

TORRIGIANO El papel dame,

que, a lo que veo, él ha huido;
mas ¿qué tiemblas, alma mía,
no ves que de su osadía
tú la culpa no has tenido?

TISBE ¡Ay, Pedro, que ese papel,

me da recelos fatales,
y me parecen puñales
cuantas letras hay en él.

TORRIGIANO ¡Calla, inocente!
TISBE No le abras,

Pedro.

TORRIGIANO ¿Saber no es mejor

de qué mal es portador?
Y al fin, son cuatro palabras.
(Abriendo la carta, a Tisbe:)
Pero, Tisbe, es para ti;
tu nombre al principio viene…
Veamos lo que contiene,
y escucha, que dice así:
(Lee.)
«Tisbe, elige; está en tu mano
mi ventura y su sentencia:
un día de resistencia
da la muerte al Torrigiano.»

TISBE ¡Ay, Torrigiano, ay de mí,

que con mi negra hermosura
te traje la desventura
y acaso muerte te dí!

TORRIGIANO Mas ¿qué misterio penetras

en ese papel, que a voces
mi muerte auguras? ¿Conoces
quién hizo, Tisbe, esas letras?

TISBE No; lo adivino no más:

de un villano que en tu ausencia
con inaudita insolencia
me enamoró, son quizás.
Toda Sevilla corrí,
de casas mudé esquivándole,
y logré, desorientándole,
vivir escondida aquí.
Cobrále un horror intenso
desde el momento de verlo,
y sólo supe temerlo,
y no lo bastante, pienso.

TORRIGIANO Y ¿por qué no me has mostrado

a ese traidor cara a cara,
y en mis manos acabara,
que era morir muy honrado?

TISBE A verte una noche vino,

y en mi cuarto me encerré
como quien siente y no ve
los pasos de un asesino.
Y ni escucharos osaba,
porque tal horror sentía,
que aun de su voz, si la oía,
no sé qué me recelaba.

TORRIGIANO (Desesperado.)

¡Y yo, necio, se la dí;
se la llevé yo en persona!…
(A Tisbe:)
Y viendo aquella Madona
que se parecía a ti,
¿no lo adivinabas tú?

TISBE Temí, Pedro, que tus celos…
TORRIGIANO ¡Cargue, voto va a los cielos,

con tu miedo Belcebú!
¡Ira de Dios, y qué a punto
con mi maldita escultura
yo mismo, de tu hermosura
fui a presentarlo el trasunto!
¡Por ella su lengua fatua
me hará de irrisión objeto!…
¡Maldito si no le meto
en el cerebro la estatua!



Y esto el escultor diciendo,
la espada en el cinto pone,
y desatinadamente
la mano en el picaporte.
No basta que de rodillas
ante él la hermosa se postre,
ni que las suyas abrace,
pues sus intentos supone;
que ni advertencias admite,
ni fríos consejos oye,
ni lo que intenta concibe,
ni ve lo que se propone.
El hombre en aquel momento
sólo necesita un hombre,
y pues encontrarlo es fuerza,
sin duda que sabe en dónde.
Quedóse la Tisbe sola
y a los vidrios asomóse,
los ojos llenos de lágrimas
y el corazón de temores.
Así estuvo largo tiempo,
sin que distraerla logren
de sus pensamientos tristes
y negras cavilaciones,
ni de la luz reflejada
por el cristal los colores
brillantes, ni las figuras
de la calle, ni las voces,
hasta que, vuelta a sí misma,
de los cristales quitóse,
y viendo aún en el suelo
el papel infausto, asióle.
Tendió, sin ver lo que hacía,
los ojos por sus renglones,
y helóse al ver estos cuatro,
no leídos hasta entonces.

«Esta profana escultura
diviniza una pasión,
y enviada a la Inquisición,
os abre la sepultura.»
Lanzó la infeliz un grito,
y como el tiro conoce,
hacia el palacio del Duque
desatalentada corre.


- V -

El sombrero hasta las cejas,
fiera y sombría la cara,
atenazados los dientes
y echada al hombro la capa,
como una sombra fatídica
de algún panteón escapada,
por la escalera del Duque
audaz Torrigiano avanza.
De cuatro en cuatro las sube,
y un tramo tras otro gana,
cual si entrepar con tal brío
alguna apuesta ganara.
Las salas resuelto cruza,
y a detenerle no bastan
las señas de los porteros
y las voces de los guardas.
Al uno con un bufido
de ira o desprecio le espanta,
al otro de una embestida
le tumba en tierra de espaldas.
Y así, sin más miramientos,
llegó, de una en otra estancia,
del gabinete del duque
hasta tocar la mampara.
Asióla del picaporte,
y por si en abrirse tarda,
con sacudida violenta
del quicio la desencaja.
Sintió el estrépito el Duque,
y al ir a volver la cara,
ya el Torrigiano tenía
la mano en su hombro posada.
—¿Qué me queréis, señor mío?
—Mi escultura.
—Está comprada.
—Ahí tenéis vuestro dinero,
no quiero venderla, dádmela.
Y el Torrigiano en la mesa
tiró el saquillo de plata
que en precio de la escultura
recibió por la mañana.
Rióse el Duque, y lo dijo:
—¿Sabe, buen hombre, a quién habla?
¿Sabe que sólo mi voz
para aniquilarlo basta?
Rugió el Torrigiano de ira,
y dijo con voz ahogada:
—Será si la dejo yo
que pase por la garganta;
y no piense que eso es sólo
lo que a mi cólera basta.
Ahora venga la escultura;
luego, pues dagas y espadas
tenemos, y hombres nacimos,
saldrá de aquí lo que salga.
Y abalanzándose rápido
a las puertas que la estancia
tras de la mampara cierran,
con resolución exclama:
—O defendeos, u os mato,
que os juro que vuestra carta
otra respuesta no tiene
que un párrafo de estocadas.
Y ya sin otro remedio,
asió el Duque espada y daga,
y trabóse la contienda,
que ¡por Dios! que fue empeñada.
El artista, que se sirve
cual del cincel de su arma,
el pecho de su contrario
a cada momento amaga.
Y aunque de audaz y valiente
con reputación sobrada,
no se dió por muy seguro
el Duque, que ya pensaba
en ganar tiempo, aunque acaso
toda la honra costara;
mas la rapidez del otro
hasta la voz lo embargaba,
y se perdían sus ojos,
y sus manos no bastaban
a parar tan recios golpes
y tan recias cuchilladas
y aunque muy bien se defiende,
que al fin le va vida y fama,
ya en el rincón de una puerta
el escultor le acorrala;
y ya el feroz Torrigiano
que ve cerca su venganza,
en coserle contra el quicio
con negra intención pensaba,
cuando tremendo tumulto
que por defuera se alcanza,
llegó en confuso desorden
hasta la pieza inmediata.
Crujía asida la puerta,
y caer amenazaba,
y miedo el Duque perdía,
y el Torrigiano esperanza.
Aquél ganaba terreno,
y así la lid comenzada,
cambió de aspecto en un punto
de consecuencia y de causa,
porque al dar el Torrigiano
en una pared de espalda,
se abrió al empuje, de lienzo
una puertecilla falsa.
Cayó en aquel aposento,
cerró el Duque, y en la estancia
donde quedó el escultor
topó con su efigie infausta.
y rebosando despecho,
y de otro enemigo a falta,
«¡Maldita seas!», la dijo,
y dióla una cuchillada;
a cuyo momento, entrando
pajes, corchetes y guardias,
dijo, señalando el Duque
los pedazos que rodaban:
—A la Inquisición llevadle,
las imágenes maltrata;
si se resiste, amarrarlo;
y si grita, una mordaza.
Lanzáronse al Torrigiano,
que en la triunfante mirada
que le lanzó su enemigo
vio bien lo que le restaba.
Tomaron, pues, los pedazos
de la destruida estatua,
y desgarrado el vestido,
las manos atrás atadas,
sacáronle del palacio
entre broqueles y lanzas,
y echaron al Santo Oficio
atravesando la plaza.


- CONCLUSIÓN -

¿Qué te valió, buen soldado,
con noble empeño lidiar
para comprar con tu sangre
el sol de tu libertad,
si Pisa y el Garigliano
sólo en tu memoria están
como bajeles perdidos
en la llanura del mar?
¿Qué te valieron, artista,
tus largos días de afán,
tus largas noches de vela
y de esperanza tenaz,
si en tus cadenas traidoras
tu gloria se va a estrellar,
y no habrá en tu sepultura
de tu nombre una señal?
¡Sueños de la juventud,
sueños de gloria fugaz
que en un negro calabozo
fuisteis al fin a parar;
cifras con que fulminaron
una sentencia fatal,
su acongojada memoria
no tiranicéis jamás!
¡Delirios de amor dichosos
que vinisteis a alumbrar
de su tormentosa vida
el continuo vendaval,
id a vuestras alas viento
en otra ánima a buscar,
y en sus cadenas dormido
al pobre artista dejad!
Dejad que duerma un instante,
y ese instante pueda hallar,
entre sus sueños febriles,
de triste felicidad.
¡Ay, cuán duro, Torrigiano,
te va a ser el despertar
al rumor de los cerrojos
y a la odiosa realidad!
Duerme tranquilo, soldado,
reposa un momento más,
que al cabo así no es tan duro
con el castillo volar.
Duerme sin temor, artista,
que los nudos del dogal,
el laurel de tu corona
no han de poder deshojar.
Duerme, despechado amante,
que a morir por tu amor vas,
y no temas de tu Tisbe
un olvido criminal.
Duerme, mientras sollozando
bajo tus rejas está,
y sus suspiros te roba
al airecillo fugaz.
En vano a tus carceleros
ansiosa fue a preguntar,
en vano oró largas horas
en la santa catedral;
en vano quiso a tus jueces
con lágrimas conquistar,
que ni la tierra ni el cielo
oído a sus penas dan.
Sí; mientras tú te resuelves
a morir en soledad
y a darles muerta la carne
que quieren ver palpitar,
ella resuelve contigo
llegar a la eternidad,
y al pie de tu calabozo,
cuando expires, expirar;
que está segura que su alma
saldrá tu alma a buscar,
y cuando aliento te falte,
aliento la faltará:
tierna paloma que el grano
no sabe sola encontrar,
y expira cuando la falta,
quien alimento la da.
Duerme, Torrigiano, duerme,
que es muy duro despertar
al rumor de los cerrojos
y a la odiosa realidad.
Oyéronse por defuera
rudamente rechinar,
y abrió el escultor los ojos
a la negra obscuridad,
y aun de los lazos del sueño
sin poderse desatar,
el ruido oyó, y el soldado
preguntó altivo: «¿Quién va?»
Pero al ver con sus linternas
la gente del Tribunal,
la noble cerviz al pecho
tornó el mísero a doblar,
y para oír su sentencia,
dada sin juicio quizás,
aguardó en mustio silencio
a que quisiesen hablar.
—¿Cómo os llamáis?
—Torrigiano.
—¿Sois de Florencia?
—Es verdad.
—¿Soldado?
—Con una espada,
no lo pudierais dudar.
—¿Tenéis amor a las armas?
¿Si os dieran una…
—¡Ojalá!—
Y a esta idea, el escultor,
como quien la puede usar,
echó mano a su cintura,
de donde faltaba ya.
Lanzó el artista un suspiro,
y tornándose a sentar,
dijo, en derredor mirando:
—Es inútil; despachad.
Siguió preguntando el hombre,
deletreando a la par:
—¿Habéis hecho aquesta imagen?
Y el triste, a pregunta tal,
volvió los ojos a su obra,
y al cabo…, rompió a llorar;
y echando al busto los brazos
con desesperado afán,
pidió que antes de romperla
se la dejaran besar;
lo cual, demencia juzgado,
y deseando abreviar,
por respuesta lo leyeron
el pergamino fatal,
donde sin apelación,
con tres palabras no más,
al fuego le condenaba
por hereje el Tribunal.
Volviéronle, pues, el rostro,
y uno, o compasivo asaz
o no alcanzando en qué uso
aquel madero ocupar,
díjole con befa estúpida:
—¡Vaya, buen hombre, tomad!—
Y el busto de su Madona
le echó a los pies al cerrar.

Cuando a la fin de tres días
llegó la hora tremenda
de cumplir en Torrigiano
el rigor de su sentencia,
llegaron hasta su encierro
los que debían ponerla
por obra, y los seis cerrojos
descorrieron de su puerta.
A voces y por su nombre
lo llamaron desde fuera,
mas sus voces se perdían
en lo hondo de la caverna.
Tornaron a llamarle ellos
y a faltarles la respuesta,
hasta que, asiendo una antorcha,
penetraron en la cueva.
—Vamos, dijeron, hereje,
que está ya ardiendo la hoguera.—
Y en faz amenazadora
avanzaron a su presa.
Mas Torrigiano yacía
inmoble y sentado en tierra,
las manos en las rodillas,
y en las manos la cabeza,
que asidas convulsamente
y enclavijadas con fuerza,
guardaban algún objeto
que se adivinaba apenas.
—¡Arriba! a gritar tornaron;
pero mirando su inercia,
empujáronle con ira
y dió de rostro en la tierra.
Rodó por el pavimento
aquel busto de madera,
que el rostro de una Madona
en su Tisbe representa,
y a sus pies quedó tendido
el escultor, que les deja
su gloria con su cadáver,
de su ejecución en prenda,
que quien nace hidalgo y fiero,
no puede con la vergüenza
de acabar con ignominia
en una patria extranjera.
¡Pobre Tisbe! ¡Cuán en vano
en ese dintel le esperas,
pasando noches y días
del Santo Oficio a la puerta!,
Resuelta estás a morir
sobre esas heladas piedras,
o a ver otra vez el alma
de tu marchita existencia;
mas como ese Tribunal
jamás su víctima suelta,
colige de ambos a dos
cuál es, Tisbe, la sentencia.

Y pues sólo el Torrigiano,
en su desventura fiera,
aguardó para morir
a poder delante de ella,
y Tisbe amor tan inmenso
para el Torrigiano encierra,
que ser no sabe sin él
ni alentar donde él no alienta,
aquellas dos nobles almas,
la una de la otra existencia,
al cielo a la par volaron,
y si hay Dios, ¡dichosas ellas!