El falso Inca: 06

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​El falso Inca​ de Roberto Payró


VI - EL JESUITA


Un instante después, el nuevo personaje estaba hablando confidencialmente con el gobernador Mercado y Villacorta, en el mismo despacho en que éste recibiera a Bohórquez.

El padre Hernando de Torreblanca, un hombre de cuarenta y cinco años más o menos, de figura varonil y ademanes resueltos, alto y delgado, rostro enjuto y ascético de acentuados rasgos, nariz aguileña, ojos negros que ora brillaban con extraordinario fulgor, ora se apagaban tras de los párpados entornados con mística unción, y labios sutiles en que vagaba una pálida sonrisa que tanto podía ser doliente cuanto irónica. Daba la impresión de un ave de presa, adormecida a ratos. Jesuita, hacía ya años que habitaba y recorría aquellas comarcas, predicando, observando, gobernando quizá: decíase, en efecto, que era inspirador y consejero del obispo Maldonado, quien sólo obraba de acuerdo con él y por su insinuación; que el clero todo de los valles, bastante numeroso ya, sin embargo, le obedecía ciegamente, y que el mismo gobernador Mercado y Villacorta no podía substraerse a su influjo, a pesar de sus ruidosas veleidades de independencia, sus ostensibles pretensiones de gran político, y su aparente afán de desligar lo divino de lo humano, dejando el cielo para los sacerdotes de Dios, y guardándose la tierra para él. Algún aventurero descreído, de los pocos de esta calaña que formaban en sus filas, llegaba hasta decir que el gobernador y el padre Torreblanca se daban por enemigos para entenderse mejor, y lo cierto es que nunca hubo diferencias fundamentales entre la acción del uno y la del otro.

Fuera esto por lo que fuere, el hecho es que el gobernador Mercado y Villacorta contó aquella noche, muy por lo menudo, al padre Hernando, toda su entrevista con el andaluz, para terminar pidiéndole luces y consejo.

-¿Se podrá confiar en ese hombre? -preguntó.

-¡Los caminos del Señor son tan inescrutables! -contestó evasivamente el padre Torreblanca-. Pero -agrego en seguida-, no veo, por ahora, peligro en dejarlo hacer, aunque con la condición de observarlo y vigilarlo cuidadosamente para poder detenerlo a tiempo, si el caso llega. Estos hombres son útiles, si no para otra cosa, para explorar los ánimos... Y los indios se agitan en efecto, con el mayor sigilo, pero no tanto que yo no haya sentido sus palpitaciones. Son, como dice nuestro santo obispo Maldonado, los mayores idólatras que haya en estas Indias... Se fingen cristianos y reciben el agua del bautismo, para continuar en secreto su diabólico culto al sol y a los ídolos... Se fingen sumisos para tramar sus planes con mayor tranquilidad, y dar el golpe sobre seguro... ¡Ah! son tan astutos, que me parece imposible que Bohórquez haya podido embaucarlos, aunque sea el embaidor más diestro que conozco... ¡Eh!, se harán los engañados, quién sabe con qué fin... quizá con el de hacer que nos descuidemos... Ya lo averiguaré... Ahora, en cuanto a las minas y tesoros de que habla... puede que existan y que los descubra, pero me parece difícil... el oro y la plata que había en esta región, eran exclusivamente los trabajados en forma de joyas y ornamentos, que el Inca mandaba de regalo a sus vasallos principales. Lo que de eso quede será indudablemente poco... Ahora, es posible que algunas remesas no se hayan enviado al Perú, como de costumbre, después de llegados los españoles, de temor a que cayeran en su poder... Eso puede haberse ocultado y enterrado. ¡En fin! lo referente a las minas es lo que ofrece más probabilidades de realidad, pero quizá se trate de minerales pobres, sin rendimiento...

-Mirad estas muestras, reverendo padre -dijo Mercado, presentándole las que le había dejado Bohórquez.

-Sí, no son malas, hasta pueden considerarse muy ricas -dijo el padre Torreblanca después de examinarlas atentamente-. Pero pueden ser excepcionales: las muestras son por lo general elegidas entre las mejores. Y, si así fuera, se necesitarían millares de obreros para explotar esas minas.

-¡Hombres es lo que sobra! -exclamó el gobernador-. Ya los hacemos trabajar donde el rendimiento es insignificante; con cambiarlos de sitio, estaría todo remediado.

-En fin, allá veremos. Por otra parte, ¿qué son estos intereses materiales frente a los elevados y santísimos de la obra moral que estamos realizando?... ¿Qué es la conquista de todo el oro del mundo, comparada con el triunfo de la cruz?

Mercado sonrió. La conversión de los indios era cosa, si no del todo indiferente, muy secundaria para él. Su propio poderío, su propia riqueza ocupaban el primer lugar.

Y Bohórquez había conseguido embriagarlo de tal manera, que las prudentes dudas y las atinadas objeciones del jesuita respecto de los tesoros, le parecían harto exageradas para ser tenidas en cuenta. De todos modos, con tal de que el padre Torreblanca no se opusiera a sus intentos... no tenía nada más que pedirle. No replicó, pues: el tiempo se encargaría de descubrir la verdad, y él no perdonaría medio de alcanzarla.

-Entonces, padre -dijo, después de una pausa-, ¿no juzgáis que me haya precipitado tomando una resolución impolítica?

-Lejos de ello, hijo mío, ya lo he dicho: así tendremos un ojo más en el campo enemigo, y eso constituye una inmensa ventaja, sobre todo en las circunstancias presentes, y con adversarios tan astutos y sagaces.

Se levantó de la poltrona en que se había sentado desde el principio de la entrevista, y dirigiéndose hacia la puerta, exclamó con voz vibrante, mientras los ojos le brillaban en la penumbra, más de arrebato que por el reflejo de la luz mortecina del velón:

-Podemos considerarnos en pleno estado de guerra. Vivimos en una comarca resueltamente hostil. ¡En tales condiciones todos los medios son buenos! ¡Sueñas con tesoros, sientes la vulgar ambición del metal precioso! ¡Ah! ¡El tesoro de los indios es la tierra, son ellos mismos!... ¡Y ése ya le tenemos! ¡Ahora, hay que conservarlo!

Volvió a imponer a su rostro la impasibilidad que había perdido un instante, bajó los párpados sobre la hoguera de sus pupilas, pero al salir del despacho todavía repitió:

-¡Hay que conservarlo!... ¡a toda costa!


Capítulo VI