El falso Inca: 10

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​El falso Inca​ de Roberto Payró


X - EN LA PENDIENTE


Enríquez no había asistido a las fiestas de Londres, y Carmen las presenció, fue sin llamar la atención de nadie ni tomar parte activa en ellas. Pero cuando Bohórquez salió de la ciudad, volvieron a reunirse los tres, Carmen con la aparente impasibilidad de costumbre, el andaluz enorgullecido y pomposo, Luis inquieto.

Bohórquez acabó por notar la preocupación de su segundo y le preguntó:

-¿Qué tienes? ¿en qué piensas?

-En algo muy grave -contestó solemnemente el mestizo-. Tengo una misión para ti...

-¿De quién?

-De los curacas y caciques.

-¿Qué piden?

-No piden nada. Declaran que ha llegado el momento de prepararse y lanzarse a la guerra.

Bohórquez palideció, mirando a Carmen, silenciosa.

-¿Desde cuándo -exclamó por fin- los vasallos envían a sus soberanos declaraciones que son órdenes?

-Desde que los soberanos mandan sólo en virtud de compromisos contraídos.

-¿Y si yo no hiciera caso de esa declaración?

-Quizá te fuera en ello la vida.

-¿Es esto una amenaza? -gritó Bohórquez.

-¡Es! -contestó fría y lacónicamente Enríquez.

El andaluz se estremeció, pero aún acertó a balbucir:

-¡No olvides en tu insolencia que nuestra ley condena también a muerte a los traidores y a los blasfemos del Sol y del Inca!

-Soy mandado -replicó Luis, más bien corroborando que retirando la amenaza.

Cuando quedaron solos, Carmen aconsejó a Bohórquez:

-Plegarte a su voluntad es el único camino que te queda -le dijo-. Los españoles van a reclamarte los tesoros ¿y qué piensas que harán, cuando no se los des, como no puedes dárselos? ¡Sin la guerra, o te asesinan los calchaquíes o te ahorcan los españoles: no tienes escape, pues en último caso, los mismos indios te entregarían! ¡Con la guerra, es otra cosa! Contando con millares de partidarios, puedes triunfar, consolidarte, ser Inca de veras, y en las circunstancias peores, negociar con Villacorta, sacar ventajas para ti, para mí, para los tuyos, y retirarte en seguridad y con riquezas...

-¿No sería mejor marcharse, huir de aquí? -tartamudeó Bohórquez aterrado ante el cuadro que se ofrecía a su vista.

-¡Demasiado tarde! ¿Y a dónde irías? ¿Al Perú, a Chile, donde te aguardan la cárcel o el cadalso? ¿A Buenos Aires, en que te alcanzaría la venganza de Villacorta? ¿Al Chaco, donde nos moriríamos de hambre?...

-¡Qué fatalidad! -murmuró el aventurero, entreviendo por primera vez la magnitud de la empresa que había acometido, sin luces ni carácter para coronarla.

-¡Ten ánimo! -insistió Carmen-. La guerra es el mejor partido, y quién sabe aún todo lo que ganaremos con ella.

Ésta fue su constante prédica durante la nueva campaña que emprendieron de pueblo en pueblo, hasta llegar a Tafí, de modo que cuando el padre Torreblanca acudió apresuradamente a pedirle una entrevista en dicho punto, Bohórquez estaba ya más entero y pudo asistir a ella con su habitual desparpajo e insolencia.

A las primeras frases del jesuita que le pintaba con vivos colores la conflagración del país, donde cada día se producían choques sangrientos, asaltos, saqueos y hasta verdaderos combates de que lo hacía único culpable y responsable ante Dios y los hombres, el andaluz replicó, lleno de altivez:

-¡Perdonad, padre, pero no tengo cuenta que daros!...

El hábil sacerdote, viéndolo todo perdido, aún halló medio de contemporizar, halagando la vanidad de aquel pobre hombre que parecía tener en su mano los destinos del reino, y le arrancó el consentimiento de una conferencia con el gobernador.

Ésta se celebró poco después, y como para demostrar más la debilidad de Villacorta, vuelto en sí de sus sueños de riqueza, y el ensoberbecimiento del Inca y los suyos, el primero asistió con sólo tres personas de su comitiva, y Bohórquez con un gran estado mayor de curacas y caciques. Pero afectó sumisión y docilidad, en cambio. Prometió seguir manteniendo la paz, mientras de él dependiera, y como Villacorta le enrostrara el abuso de llamar caciques y curacas a consejo, sin autorización suya ni asistencia de los Justicias españoles, aseguró formalmente que no volvería a hacerlo.

-¡Y vamos ganando tiempo! -se dijo.

Nada adelantaba con eso, sin embargo, y debió pensar que «perdía tiempo», pues no tenía que esperar recursos ni refuerzos de afuera, al revés de lo que pasaba a los españoles, que podían recibirlos del Perú o del mismo Buenos Aires. Aquél, por el contrario, hubiera sido el momento de obrar: todo el pueblo calchaquí estaba con las armas en la mano, pronto a la primera señal, y juríes y diaguitas rivalizaban en celo y entusiasmo.

El gobernador se retiró sin haber hecho alusión a los decantados tesoros: ya estaba dolorosamente convencido de que iban a darle flechas, como decía el obispo...

Bohórquez, siempre irresoluto, no tardó en tener un motivo más de perplejidad y temores, que Carmen no pudo desvanecer. Uno de sus innumerables espías le llevó una noticia aterradora: Sabedor el virrey del Perú de su coronación, e indignado contra tan locos y comprometedores procederes, acababa de enviar al gobernador Mercado, orden formal y perentoria de tomar a Bohórquez vivo o muerto, y enviar a Lima, bajo segura custodia, su persona o su cabeza.

Bohórquez se refugió sigilosamente en Tolombón, el sitio que más se prestaba a la defensa, en el corazón del valle Calchaquí, y a 1.600 metros de altura, rodeado de quebradas misteriosas e inaccesibles cerros, y centro de un pueblo de valerosos guerreros y diestros cazadores.

Tolombón fue rápidamente fortificado con macizas pircas de piedra que rodearon el pueblo, en cuyo centro se alzó una vasta casa, para habitación del Inca, la Coya y su corte. Hiciéronse grandes provisiones de grano y animales. Todas las huayras del pueblo y sus cercanías ardían fundiendo hachas y puntas de flecha, que los indios mojaban luego en jugo de ccora (cizaña) para comunicarles la mágica virtud de acobardar y hacer huir al enemigo. Aguzábanse en la piedra las puntas de las lanzas de chonta que, como desgarraban los tejidos al herir, dilacerando las carnes, los españoles creyeron siempre envenenadas. En las chozuelas consagradas a templos de los dioses del trueno y del rayo, había siempre centenares de flechas clavadas en el suelo, formando cerco, que rociaban con sangre de guanaco, y luego se llevaban, seguros de haberles comunicado mágico y terrible poder.

-¡Dije que os daría cañones! -exclamó Bohórquez cierto día-. ¡Pues voy a dároslos!

Hizo ahuecar con gran trabajo cuatro gruesos férreos troncos de guayacán, que retobó luego con cueros frescos y a los que puso sunchos de cobre y hierro. Tales eran sus cañones, que realmente hicieron fuego en los ensayos, pero que debían resultar inútiles por su poco alcance y su resistencia casi nula.

Completaba estas precauciones un servicio notabilísimo de observación y espionaje, que no dejaba escapar chasque ni mensajero de los españoles, por hábiles y astutos que fueran. Así supo la insostenible situación de Mercado y Villacorta, tan precaria que con un fácil golpe de mano -que Bohórquez no se atrevió a ordenar- los indios se hubieran apoderado de él y de los pocos soldados fieles que le quedaban. Tan graves eran las circunstancias, que el Deán y Cabildo del Tucumán escribieron pidiendo ayuda al Presidente de la Real Audiencia de Charcas, y para convencerlo de la urgencia le decían: «De los ciento veinte hombres que sacó el gobernador de las ciudades de arriba, sólo le quedan sesenta: los demás se han ido por hallarse desarmados, hambrientos y mal gobernados, y temiendo perecer. En las demás ciudades, pasa lo mismo».

La autoridad española era ilusoria en toda la región y casi hasta en la misma imperial Potosí, donde se gritaba: «¡Viva el Inca, mueran los mitas!» -sublevándose contra la pesada y tiránica contribución personal, y en tal forma que los ministros del rey, temerosos de un estallido, pusieron fuerte guardia en las lagunas para evitar que los indios soltasen las aguas y destruyeran la ciudad, como les había aconsejado Bohórquez.

Éste, entretanto, lejos de aprovechar la coyuntura, pasaba en Tolombón una vida de príncipe relajado, entre concubinas y compañeros de orgía, triunfantes antes de haber luchado, y sin hacer caso de las conminaciones de Carmen, las que atribuía tontamente a sus arrebatos de mujer celosa. Restableció el antiguo culto al Sol, y cumplía con sus ritos, ceremonias y sacrificios, con la gravedad de un saltimbanqui metido a sacerdote. Un día mandó construir un altar de piedra, acercose a él solemnemente, rodeado por el pueblo lleno de unción, puso sobre el ara un manojo de flechas, hízose una herida en el brazo y salpicando con su sangre el altar y las armas, gritó con sacro entusiasmo:

-¡Odio eterno al usurpador blanco! ¡Guerra a muerte al español!

Luego, entre aclamaciones, hizo una libación sagrada con chicha de algarroba (aloja) y postrándose con todos los suyos ante las flechas, las adoró...

Estas ceremonias teatrales no dejaban de producir impresión en los indios, tan numerosos, que los guerreros, solos, alcanzaban a dos mil quinientos...


Capítulo X