El falso Inca: 09

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​El falso Inca​ de Roberto Payró


IX - LA RECEPCIÓN DEL INCA


Mercado y Villacorta, entretanto, había llegado de Córdoba a Londres reventando caballos y tomando por el terrible atajo de Quilino -tumba de tantos viajeros audaces- sólo por ganar unas cuantas horas.

Una vez en Londres organizó fiestas realmente fastuosas para el lugar y las circunstancias, citó más que invitó a cuantos hidalgos y sacerdotes habitaban en las cercanías, convocó a los vecinos de Rioja y al valle de Catamarca, y retiró ochenta soldados del presidio de Andalgalá, para que sirvieran de guardia de honor.

Por fin, el 30 de julio de 1657, Bohórquez y su séquito llegaron pomposamente a la vista de Londres. Mercado salió al encuentro del falso Inca, vestido de gala, a caballo, con numeroso cortejo de hidalgos, capitanes, clero, soldados y pueblo. Éste se aglomeraba en torno de los señores, vitoreando unos al Inca, otros al gobernador, pero fraternizando indios y españoles. Tuvieron que desandar cerca de una legua para volver a la ciudad, adornada con banderas, follaje, bordados y colgaduras, como para una procesión del Corpus. Una vez allí, frente a la iglesia, Bohórquez dio un golpe de efecto que llevaba preparado, y que desarmó muchas resistencias: algunos indios provistos de tijeras, acercáronse a los curacas que, fingidamente sumisos, se dejaron cortas las largas melenas -acto que en otros tiempos bastara por sí solo para provocar una sangrienta y larga insurrección, y que en aquel momento era un soberbio ardid para bien de la causa india y adormecimiento de los españoles...

-¡Ay! -exclamó amargamente el obispo Maldonado que presenciaba la ceremonia- ¡estribar en que se cortan los cabellos, cuando todos los días se los cortan!...

La comitiva entró luego en la iglesia, entre vítores de pueblo, para asistir a las solemnes vísperas de San Ignacio celebradas por los padres jesuitas Torreblanca, Eugenio de Sancho y Patricio Perea. El Inca ocupó, como sitio de honor, un almohadón del lado de la Epístola, junto al altar, y terminada la función religiosa fue acompañado hasta su alojamiento en el Cabildo por el mismo Mercado y Villacorta, los sacerdotes, los notables, la milicia, el pueblo...

Comilonas, aloja y chicha a discreción fueron aquella tarde y noche obsequio para los huéspedes y vecinos alborozados, cuyo entusiasmo ficticio subió de punto, y desde el día siguiente hubo fiestas y algazaras, que los cronistas exageraron después a porfía, sin temor al anacronismo, y equiparándolas por lo menos a los festivales que en aquella época se celebraban en la misma corte de los cristianísimos reyes de Castilla y de León.

Pero no es menos cierto que indios y españoles rivalizaban en demostraciones de satisfacción y fino amor de respeto, aunque probablemente con reservas mentales de una parte y otra.

Y mientras la gente de túnica y la de chupa corta se entregaban a la alegría y a la chicha de maíz, remojando los grandes bocados de patay y otros manjares del tiempo y la región, en el Cabildo de Londres comenzaron las solemnes conferencias en que Bohórquez representaba, solo, al pueblo calchaquí, reuniones que presidía el gobernador de Tucumán, don Alonso de Mercado y Villacorta, asistido por su secretario, don Juan de Ibarra Velázquez, y a las que concurrían con voz y voto, Su Señoría Ilustrísima fray Melchor de Maldonado y Saavedra, los ya citados jesuitas, el cura Aquino, del Valle de Catamarca, el licenciado don Cristóbal de Burgos, doctrinante de los naturales, el licenciado presbítero don Pedro de Villafañe, el vicario y juez eclesiástico del Valle Viejo, maestro don Nicolás de Herrera, los capitanes don Pedro de Soria Medrano, Juan de Ceballos Morales, Oliver, el teniente don Francisco de Nieva y Castilla y otros hidalgos y vecinos principalísimos de Londres, Rioja, Santiago y Valle de Catamarca.

El gobernador inició las conferencias diciendo que la exaltación de Bohórquez era no sólo la mejor, sino quizá la única garantía de paz en tan comprometidos momentos; que los españoles no lograrían sojuzgar a los naturales si éstos se rebelaban, y que, en cambio, el falso Inca podía mantenerlos quietos, y lo que es más, obligarlos a convertirse a la santa religión católica, abandonando su infidelidad e idolatría...

Bohórquez abundó en razones análogas: declaró que su único conato era establecer de una vez para siempre el imperio de la Santa Cruz. Pero cuidó de evocar acto continuo la embriagadora fantasmagoría de los tesoros, las minas y las huacas. Conquistó, arrebató, enloqueció a gran parte de su auditorio. Sin embargo, no logró amordazar todas las opiniones contrarias, a despecho de Villacorta. Y cuando se trató de su reconocimiento como Inca, la discusión llegó a ser acre y violenta.

-¡No cabe vacilación! -gritaba el gobernador- puesto que ese título dado a este hombre nos abre todos los caminos, afirma la paz, nos entrega los indios. No dárselo es declarar la guerra... ¡Y la guerra es nuestra muerte!

-No hay más Inca que Su Majestad el rey de León y de Castilla -vociferó el anciano capitán don Pedro de Soria y Medrano-. ¡Dar ese título a otro hombre cualquiera, es hacerse reo de lesa majestad, cometer el delito de alta traición!

Esto enfrió un tanto a los partidarios del reconocimiento, pero Bohórquez supo tentarlos otra vez. Sin embargo, cuando hablaba de los inmensos beneficios que la religión alcanzaría, el modesto cura Aquino lo desconcertó con esta interrupción:

-¿Y cómo se quiere, puesto que este hombre no es Inca, alzar sobre una notoria mentira la majestad de la divina Verdad?

Pero, aprovechando el helado silencio que esta objeción ingenua y perentoria había producido, el padre Torreblanca inclinó el platillo, murmurando entre un suspiro, y de modo que se le oyera:

-¡Por todas partes se va a Roma!

Esta oportuna imitación del célebre Paris vaut bien une messe, decidió el triunfo del codicioso gobernador y el audaz aventurero. La asamblea, aunque por escasa mayoría, resolvió lo siguiente:

«Pedro Bohórquez volvería al valle de Calchaquí, para fomentar con su enorme prestigio el progreso de la religión cristiana y de la monarquía, y en compensación se le daba, en nombre del gobierno de Su Majestad, jurisdicción de teniente gobernador, Justicia Mayor y capitán de guerra, y se le permitía usar el título de Inca y sus insignias y vestiduras».

Realmente indescriptible por lo profundo y silencioso fue el regocijo de los indios: ¡tenían una cabeza visible, un lazo vidente de unión! Y su entusiasmo subió aun de punto cuando el gobernador Mercado y Villacorta envió a Bohórquez un traje espléndidamente bordado, procedente del Perú, un llautu de oro coronado por el sol, y el chonta de mando con el símbolo de Chasca, ¡el Lucero! ¡Tanto pueden las apariencias... aunque en este caso las apariencias tenían una invisible pero enorme base de realidad!

Bohórquez, entretanto, siguiendo la comedia, hizo que varios curacas dieran al gobernador falsos derroteros de huacas y tesoros -uno de ellos precisamente en un pueblo adicto al español, para unir la burla al engaño. Mercado se contentó por el momento con esos datos al parecer positivos y mandó practicar excavaciones...

La despedida del falso Inca fue tan espléndida como su recepción. Bohórquez triunfaba, sin mirar al día siguiente. Sólo pasó un momento amargo cuando ya iba a salir de Londres.

-¡No hay huacas, señor don Pedro -le dijo el obispo Maldonado, dándole a besar el anillo- y los tesoros que nos han de dar son flechas!...


Capítulo IX