El hampón: 4

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El hampón de Joaquín Dicenta
Capítulo IV


El primer viaje al fondo de la mina produjo en los nervios del neófito una ruda impresión, en la que el miedo, bravamente disimulado, hubo también su parte. Al atravesar el recinto minero, alumbrado por la luz violeta de la aurora, fue la curiosidad del nuevo cortador atraída por el espectáculo de la colmena jornalera, que zumbando y arremolinándose a la entrada del coto, la salvaba en montón para dividirse después en grupos que tomaban direcciones varias, según el lugar y faena a ellos correspondientes.

Iban unos grupos hacia los lavaderos, donde el vapor o la fuerza eléctrica ayudan a los trabajadores en el cernimiento y distribución del mineral; otros, a los lavaderos de brazo, donde el músculo es sola fuerza y la humana sangre único combustible; otros, pegándose a las vagonetas con apegamiento moluscular, las empujan por carriles angostos hasta engancharlas a las locomotoras que pitaban y recrujían, despidiendo chorros de vapor, coronándose de humo. Estos grupos penetraban en los talleres donde se funde el plomo y quema el aire, y la escoria líquida se arrastra por los quemantes canalillos en arroyos rubí; aquéllos, convirtiendo en bozal sus pañuelos, entraban en las cámaras condensadoras para recibir los besos mortales del arsénico; cuáles marchaban al desplate, a la purificación última del metal; quiénes, a las fábricas constructoras de balas, para moldear el plomo, para ponerlo a disposición de la muerte. Grupos borrosos se perdían en los desmontes, en las hondonadas, proyectando vagas e indecisas siluetas. El sol naciente, brillando como horno de salud bajo un cielo sin nubes, calentaba, vivificaba los seres y las cosas, proclamando, ratificando con el polen áureo de su luz la eternidad del mundo.

Aquel espectáculo, nuevo para el obrero, le obligó a detenerse. Quedó absorto en su contemplación, siguiendo con ojos y oídos, de par en par abiertos, el zumbido y la dispersión de la colmena. Un recio manotazo le sacó de sus contemplaciones.

-Aquí no venimos a ver; a trabajar venimos y a no desperdiciar minuto. Con que echa pa alante, aprendiz, que nos aguarda el pozo.

Era Bastián quien así hablaba. Jorge echó a andar tras él en dirección del cuarto inmediato a la boca del pozo, donde los mineros toman los candiles encendidos de manos del guardián y cubren sus cabezas para preservarse en lo posible de los pedruscos que desprenden las bóvedas y las paredes subterráneas, el duro sombrerote de cuero.

Jorge, al dirigir sus pupilas a la boca negra del pozo, en cuyos bordes se detenía como acobardada la luz tibia del sol, sintió que el miedo le empujaba hacia atrás. Retrocedió manifestando claramente en su gesto el temor que sentía.

-Cierto -murmuró a su oído con tono de burla Bastián-, cierto que algunas veces el cable se rompe y ¡cataplún! Tó envejece, hasta los cables, y, ya es sabido, los viejos no hacen cosa buena. Pero tú estás de suerte, al menos en este primer viaje; pués bajar en lo que hace hoy sin «canguis»; los cables son nuevos; los han renovao anteayer.

Y Bastián entró en la jaula de un brinco, riendo a carcajadas; los otros hombres de la cuadrilla, los antiguos, siguieron a Bastián; Jorge dio un paso, apretó el candil con sus dedos temblones y se enjauló como los otros.

-¡Andando! -gritó el jefe.

Chirriaron los cables, hundióse poco a poco la jaula en el sombrío boquerón; poco a poco fue la luz solar extinguiéndose. El agua rezumaba de los peñascos, caía sobre los hombres en gotas anchas y golpeaba contra los alambres con siniestro rumor.

La luz de los candiles permitió a Jorge ir viendo, a franjas indecisas y lúgubres, el enorme tubo de 550 metros que conduela al taller subterráneo.

Sobre las paredes rezumosas extendíanse los deslizadores de la jaula. Brotaba de aquéllas el agua en múltiples hilillos; la luz de los candiles los convertía en brotes de sangre, en supuraciones bermejas.

De vez en cuando vela el novicio extenderse hacia el muro, como en acción de impedirle caer contra la jaula y pulverizarla manos y brazos esqueletoideos... Eran traviesas de madera, armazones de hierro, fábricas de apoyo y contención. Más de tarde en tarde descubría boquetes enormes, aberturas negras de límites imprecisables. Por aquellas aberturas salían ruidos temerosos, rumores de tormenta lejana, voces confusas, reflejos mortecinos.

Estos boquetes marcaban los pisos de la mina; por frente a ellos resbalaba la jaula. Eran los rumores de tempestad, trajín de máquinas perforadoras; los ecos gimientes, gritos de mineros acompañando la maniobra de las vagonetas y el vaivén de los picos; los reflejos lívidos, oscilación de candiles en las tinieblas.

Este paisaje dantesco se dibujaba ante las pupilas de Jorge como un sueño espectral. Aquella bajada entre sombras, aquella lenta caída de 500 metros de altura, aquel golpear incesante del agua, aquellos brazos extendidos para contener el desplome del pozo, aquellas bocas negras que vomitaban ruidos sordos y reflejos de fuego fatuo, producían en el trabajador las angustias horribles del mareo. Su estómago sentía dolorosos espasmos; su corazón palpitaba sin ritmo.

Agarrado a la barandilla, abriendo los ojos desmesuradamente estaba cuando los cables se estiraron con tironazo brusco; una mano alzó la barandilla. Ante Jorge se abría un túnel iluminado por un braserón de hulla y entrecruzado por carriles. Lejos brillaron luces. Oíase el ruido metálico de los picos golpeando en el mineral, el agrio crujir de las vagonetas, el gruñido de los perforadores.

Bastián, empujando por los hombros a su aprendiz, le forzó a abandonar la jaula.

-Tira alante -gritó-. Aún falta un paseo diquiá que lleguemos al «tajo».

Jorge, con marcha de sonámbulo, siguió a sus compañeros hacia el interior de la mina.

A cada segundo tropezaba en obstáculos imprevistos. Sus pies se hundían en tapices de fango líquido; el aire frío de los ventiladores helaba sus pulmones tremantes; sus pupilas se dilataban con angustia para ver en la sombra. La luz de su candil, reflejando contra las paredes, convertía en petrificados arroyuelos de plata las vetas de plomo; en joyería, las sales que cristalizaban entre las murallas del túnel. La bóveda de éste se perdía en tinieblas; como apariciones pasaban y repasaban las vagonetas al empujo de hombres semidesnudos cubiertos de sudor.

Iban y venían aquellos hombres de las «torbas» a la boca del pozo y de la boca del pozo a las «torbas», sin descanso, pataleando sobre el cieno, contrayendo los músculos, aferrándose a las vagonetas para no resbalar, echando hacia atrás las cabezas para absorber el aire, mezclando sus jadeos de bestia al chirriar de los ejes, el trepidar de los vehículos al choque de las piedras en viaje.

-Es el paseo -contestó Bastián a la pregunta que le hizo su aprendiz.

¡El paseo! Acaso la ironía, metiéndose de contrabando bajo el cráneo de un minero, de un empujador de vagonetas, le hizo tropezar con tal nombre y poner dentro de él todos sus odios, todas sus angustias, todas sus miserias de criatura humana convertida en bestia por mandato del hambre y codicia de los patronos.

¡El paseo! Así llaman los mineros a su ir y venir empujando vagonetas casi a cuatro patas, a sus choques contra las piedras, a sus resbalones en los carriles, a su marcha a ciegas entre peligrosas negruras, a su faena de locomotoras vivientes, que tienen por ejes músculos y nervios; por combustible, sangre; por engrase, la transpiración de sus cuerpos; por motor, la miseria; por estación de descanso, una zahurda; por taller de reparaciones, un hospital; por depósito de arrumbamiento, la fosa común.

A dimitir de hombres y trocarse en caballerías llaman pasear los mineros. Convengamos en que estos paseos no son precisamente los que se dan por el Retiro y por la Castellana.

Sin embargo, a poco tiempo de aprendizaje pudo el cortador convencerse de que, comparada con otras faenas mineras, de paseo, de dulce y plácido paseo puede calificarse la marcha fatigosa de los vagoneteros por las sombras del túnel.

Como un esparcimiento, como un apacible solaz consideraba el paseo Jorge cuando, ya maestro en el oficio, oficiaba de perforador en fondos casi no explorados, a los que descendía por escalas de esparto. En ellas resultaba milagro apoyar la punta de los pies y la falange superior de las manos.

Él bajaba diariamente por estas escalas al fondo de la mina a respirar durante horas y horas atmósferas de cuarenta y seis grados, a trabajar desnudo de medio cuerpo arriba, tendido, en escorzo violento, el que permite la altura de la bóveda; a hundir la barrena en la piedra, a colocar dentro del agujero el cartucho de dinamita, a encender la mecha, con el tiempo justo para agarrarse a la escala de esparto y trepar por ella, y oír desde el peldaño último el estallido del explosivo destructor.

A este trabajo, a otros como él rudos y peligrosos se hizo pronto el minero, y pronto superó a los antiguos en destreza, en resistencia y en audacia para arrostrar la muerte.

Pronto ganó el primor puesto entre sus compañeros de cuadrilla, y si no ganó su amistad, debido fue a la huraña condición de su genio, que le hacía estar alejado de todos, sin tomar parte en las conversaciones, viviendo y emborrachándose solitariamente.

Mientras sus compañeros durante el trabajo lo alegraban entonando tarantas o bromeando entre golpe y golpe de pico, Jorge callaba, atento a su obligación nada más. Según pasaba el tiempo, iba compenetrándose con la mina, haciéndose un pedazo de ella, hasta que un día tomó obra por su cuenta en las oficinas, se apartó de Bastián y se hizo destajista. Doblando las horas de faena vivía en la mina, trabajando de sol a sol. Salía de ella, no por la jaula, por las escaleras de esparto, y no iba a la población sino de quince en quince días a cobrar su quincena, a derrocharla en vino, a consumirla en el cantante con las cantaoras, en el café con las camareras, en los burdeles con las jornaleras del vicio, con las que a altas horas de la noche «hacen» paseos tan horribles como los que hacen los mineros por el túnel fangoso a la luz de los mal olientes candiles.

Un día desapareció Jorge de la habitación (llamémosla así) que le arrendara la hermana de Bastián. No volvió más por ella.

Cuando al término de la quincena se presentó en la taberna del Moreno, con el traje más roto y el pelo más crecido que nunca, le dijo aquél:

-¿De manera que te has metido a hampón?

-Así parece.

Hampón le llamaron desde entonces los de la mina, olvidando su antiguo nombre. De minero hampón llevaba existencia, pegado al plomo, faenando solitariamente en los más apartados y más peligrosos boquetes, desde el alba hasta más tarde del ocaso; durmiendo sueño de alimaña salvaje en una galería abandonada por el trabajo y por la codicia. En ella, sobre un cacho de manta, teniendo un «chino» por almohada, dormía el hampón.

Alguna vez ardía el candil en la alcoba de piedra.

Era que el hampón lo encendía para contemplar la reliquia pendiente de su cuello. También, como en la alcoba de la ciudad, levantaban sus brazos la reliquia hasta la altura de la boca; también apuntaba ésta el beso; pero también antes de que este beso fuera, caía el medallón sobre el pecho, moría la luz del candil y en la obscuridad vibraban quejumbrosos los alentares del hampón.