El jardín de los cerezos/1

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PRIMERA PARTE

Casa-habitación en la finca de Lubova Andreievna. Aposento ñlamado «de los niños», porque allí durmieron siempre los niños de la familia. Una puerta comunica con el cuarto de Ania. Muebles sólidos, de caoba barnizada, estilo 1830. Macizo velador. Amplio canapé. Viejo armario. En las paredes, litografías iluminadas. Despunta el alba de un día del mes de mayo. Luz matinal, tenue, propia de los crepúsculos del Norte. Por la ancha ventana, el jardín de los cerezos muestra todos sus árboles en flor. La blancura tenue de las flores armonizase con la suave claridad del horizonte, que se ilumina poco a poco. El jardín de los cerezos es la belleza, el tesoro de la finca; es el orgullo de los propietarios. Aquí están Dumiascha, en pie, con una vela en la mano; Lopakhin, sentado, con un libro abierto delante de sus ojos.


Lopakhin. (Aplicando el oído.)

Paréceme que el tren ha llegado por fin. ¡Gracias a Dios! ¿Puedes decirme qué hora es?

Duniascha.

Son las dos. (Apaga la bujía.) Ya lo ve usted, amanece.

Lopakhin

El tren lleva dos horas de retraso, por lo menos. Pero ¿quién se admira ya de los retrasos de trenes? Después de todo, soy un imbécil. Si, soy un imbécil. Vine justamente para ir al encuentro del tren. Procediendo con toda la calma imaginable, hubiera llegado a tiempo, puesto que el tren anda retrasado dos horas, como de costumbre. Tomé un libro para mantenerme despierto, y me dormí apenas hube leído las primeras líneas. ¿Por qué no me despertasteis, Duniaschat?

Duniascha.

Muy sencillo. Porque supuse que se habría despertado sin necesidad de mí. (Escuchando rumores que vienen de fuera.) Ya llegaron... ¡Escuche...!

Lopakhin. (Escuchando a su vez.)

No. ¡Esto no puede ser! Teníamos que haber recogido el equipaje, hacerlo cargar, acomodarlo en los coches, y eso, y lo otro, y lo de más allá... ¿Cómo es posible que ya estén ahí...? Lubova Andreievna ha residido en el extranjero por espacio de cinco años. Mucho debe de haber cambiado. En el extranjero se contraen nuevos hábitos, se cambian las ideas, se modifica el carácter. Como quiera que sea, Lubova Andreievna es una excelente mujer, llana, tratable, de buen corazón. Me acuerdo de que, siendo yo un muchachuelo de ocho años, mi padre, mercader de un pueblo inmediato, me pegó en la cara, no sé por qué, y me brotó sangre de la nariz. Lubova Andreievna, entonces tan jovencita, tan delgada, tan candida, me tomó de la mano, me condujo al lavabo, que precisamente se hallaba en esta habitación, y me dijo: «No llores, aldeanito, no llores; esto no será nada. De aquí a tu boda, todo habrá pasado... [1]. ¡Ah, sí; aldeanito! En efecto: mi padre era un labriego, nada más que un insignificante labriego; pero yo, ahora, uso chaleco blanco y calzo botas amarillas... No cabe duda, soy rico; tengo muchísimo dinero, aunque reflexionándolo bien, mirando las cosas como son, yo, a mi vez, no soy sino un labriego... Quise leer este libro, hice lo posible por leerlo, trate de comprender, y nada comprendí. Las letras impresas me trajeron el sueño, y me dormí profundamente.

Duniascha.

Los perros, sin embargo, no se duermen jamás cuando esperan a sus amos.

Lopakhin.

¿Qué te ocurre, Duniascha? Tu actitud me causa extrañeza.

Duniascha.

Mis manos tiemblan. Mis piernas flaquean. Tengo miedo de caer.

Lopakhin.

Ello viene de que tú eres muy impresionable, de que tú te enterneces demasiado. Hay algo en ti que no me agrada del todo; tú vistes como una señorita. No es posible continuar así. Debes acordarte de ti misma y hacerte cargo de cuál es tu verdadera condición.

Epifotof.

(Entra con un gran ramo de flores y con el traje de los domingos. Tropieza, y el ramo cae al suelo.)

El jardinero me encomendo este ramo, diciéndome que había que colocarlo en un jarrón, sobre la mesa. (Epifotof entrega las flores a Duniascha, y ella cumple el encargo.)

Lopakhin. (Dirigiéndose a Duniascha.)

Te he dicho que me traigas kwas [2].

Duniascha.

Ahora mismo. (Vase.)

Epifotof.

Es ya de dia... Tres grados bajo cero, y todos los cerezos en flor... Yo no puedo aprobar este clima. (Suspira.) ¡Ah! ¡No! Es absurdo. Nuestro abominable clima va siempre contra nuestra conveniencia. Permítame usted, Yermolai Alexievitch, que le explique mí caso: hace tres días compré un par de botas; mírelas, son éstas que llevo. Las malditas, se lo aseguro, hacen tal ruido que no hay modo de andar con ellas. ¿Qué hacer? ¿Cómo podría yo engrasarlas para que no rechinen?

Lopakhin.

¡Déjame en paz! Me fastidias con tus estúpidas historias.

Epifotof.

Todos los días me ocurre algo desagradable. Al fin y al cabo, yo no me lamento. Ya empiezo a acostumbrarme a las contrariedades crónicas. Ellas me hacen ya sonreir.

Duniascha.


(Entra y presenta a Lopakhin el vaso de «kwas».)

Está servido el señor.

Epifotof.

Voy a... (Pronuncia frases incoherentes, va de un lado para otro y sale.)

Duniascha.

Tengo que decirle, Yermolai Alexievitch, que Epifotof quiere casarse conmigo; ha pedido mi mano...

Lopakhin.

¡Ah...!

Duniascha.

¿Por qué no? Es una persona tranquila. Su único defecto es que cuando empieza a hablar no sabe contenerse, y habla, habla... No se le entiende todo lo que dice. Pero habla con entusiasmo, convencido de que sus palabras tienen un valor. A mí, a decir verdad, no me disgusta. Me quiere locamente. En el fondo, es una persona que no tiene suerte. Cada día le sucede alguna peripecia. En su casa se burlan de él. Le dan el nombre de el «Ventidos desgracias».

Lopakhin. (Aplicando el oido.)

Duniascha, paréceme que llegan...

Duniascha.

¡Llegan...! ¡Dios grande...! Casi me dan escalofrios..., ¡brrr!

Lopakhin.

En verdad, llegan. Vamos a su encuentro. ¿Me reconocerán todavía? ¡Cinco años hace que no nos hemos visto!

Duniascha. (Con agitación.)

Me siento mal. No me sostengo en pie. (Vacila.) Oíd, oíd... (Óyense ruidos de carruajes que se aproximan.) Se acercan... (Lopakhin y Duniascha precipítanse fuera de la habitación. Ésta queda vacía. Poco después aparece Firs, el viejo servidor, caminando dificilmente, apoyado en un bastón, y dirígese hacia la salida, por donde deben llegar los viajeros. Va vestido a la antigua. Lleva librea y sombrero de copa. Articula frases ininteligibles, como paralizado por la emoción. Óyense frases pronunciadas desde fuera.) Pasemos por aquí... Eso es..., por aquí...; ya estamos. (Lubova Andrejevna y Carlota Yvanovna entran. Carlota lleva tras sí, atado, a su perrito. Ambas están en traje de viaje. Siguen Ania, elegante; Gaief, Simeacof, Pitschik, Lopakhin y Duniascha, cargados de paquetes, paraguas y sombrillas. Camareras y criados transportan los bailes.)

Ania.

¿Te acuerdas, mamá, de esta habitación?

Lubova Andreievna. (Con lágrimas de gozo.)

¡Si, me acuerdo! Esta es la habitación de los niños.

Varia.

¡Qué frío hace! Mis manos están heladas. (Dirigiéndose a Lubova Andreievna.) Nuestros aposentos, mamá, el azul y el violeta, siguen siendo los mismos. Ninguna variación hubo en ellos. Tal como los dejamos, tal están.

Lubova. (Mirando en derredor suyo.)

Verdaderamente, esta habitación de los niños es encantadora. Aquí dormí yo siendo niña, muy niña. (Llora.) Y hoy, ¿por qué no decirlo?, vuelvo a ser una niña... (Abraza a su hermano, a Varia, y de nuevo a su hermano.) Varia, como siempre, parece una monja... Y aquí está Duniascha; la reconozco bien; no ha cambiado en nada. (Abraza a Duniascha.)

Gaief.

El tren lleva dos horas de retraso. ¡Qué desorden! Este país no se parece a ningún otro. Mejor fuera que no hubiese ferrocarriles...

Carlota. (A Pitschik.)

Mi perro come hasta las nueces.

Pitschik.

¡Figúrense ustedes..! Un perro que come nueces. ¿Es posible? (Todos salen, a excepción de Ania y Duniascha.)

Duniascha.

¡Con cuánta impaciencia, señorita, les hemos esperado! (Ayuda a Ania a quitarse el abrigo y el sombrero.)

Ania.

Hace cuatro noches que no pude pegar los ojos. Siento mucho frío.

Duniascha.

Como salieron ustedes durante la Cuaresma, temíamos la nieve y el hielo... No pueden imaginar hasta qué punto me inquietaba yo por su regreso. Deseaba verlos de nuevo. Deseaba, sobre todo, referirle mi dicha...

Ania. (Con apatía.)

Alguna nueva sandez.

Duniascha.

Él también se impacienta. ¿Sabe de quién le hablo? ¿Quién es el culpable? Epifotof, que pidió mi mano para después de Pascua.

Ania.

Siempre la misma cosa. (Arreglándose el peinado.) He perdido todos mis alfileres. (Titubea, fatigada.)

Duniascha.

Yo no sé verdaderamente que pensar; él me ama, me ama tanto...

Ania. (Dulcemente, sin pasar el dintel.)

Mi habitación, mis muebles, mis ventanas, como si nunca las hubiera abandonado. Ahí están. Me encuentro en mi casa. Mañana por la mañana al levantarme iré al jardín. ¡Ah! Si pudiera dormirme en seguida. No he dormido en todo el viaje. La angustia me impedía conciliar el sueño.

Duniascha.

Señorita, hace tres días que Piotor Serginevitch llegó.

Ania. (Con alegría.)

¿Pietcha? [3].

Duniascha.

Le hemos alojado en la casita del baño. Allí duerme. Dice que no quiere molestar. (Mirando su reloj.)

Ania.

¿No convendría despertarlo?

Duniascha.

Bárbara Chichailovna nos lo prohibió, diciendo: «Cuidado con despertarlo.»

Varia. (Las llaves colgantes del cinto.)

Duniascha, date prisa. Mamá desea tomar café.

Duniascha.

Al instante; voy a prepararlo. (Váse.)

Varia.

En fin. Anita mía, de nuevo te veo en casa. (Acariciándola.) Mi querida Ania está de regreso. ¡Bravo!

Ania.

Bastante he sufrido, créelo.

Varia.

Lo creo.

Ania.

Me puse en viaje en la primera semana de Cuaresma. El frío era intenso. Carlota charlaba sin cesar, me trastornaba el seso. ¿Por qué me la diste como compañera?

Varia.

A tu edad, a los diez y siete años, no podías viajar sola.

Ania.

Llegamos a París. Hacía frío. La nieve tapizaba los techos y las calles. Yo hablo el francés bastante mal. Mamá vivía en el quinto piso. Al entrar en su alojamiento, vi algunos franceses y señoras, y un cura anciano, con un libro. El desorden allí era grande. El humo de los cigarrillos invadía la atmósfera. Allí no se sentía uno a sus anchas. Súbitamente, mamá me inspiró compasión. Cogí su cabeza entre mis manos, la estreché, la cubrí de besos. No me era posible soltarla. Mamá me acariciaba, llorando copiosamente.

Varia. (A través de las lágrimas.)

No hables... No hables..., mi querida Ania.

Ania.

Han vendido la villa que tenía cerca de Menton. Nada le queda, absolutamente nada. ¡Qué ruina! ¡Qué desastre! Estamos sin un copek. Lo que nos restaba, apenas nos bastó para el viaje. Mamá no comprende. ¡Con decir que en el restaurante de la estación pidió los platos más caros y dió al mozo una propina regia...! Carlota, por su parte, y Yascha también, comieron lo que más caro costaba. Hubiérase dicho que no sabíamos qué hacer con nuestro dinero. ¡Terrible! ¡Gastar así cuando en la bolsa no hay más que aire! ¿Por qué hacer venir a Yascha, el ayuda de cámara de mamá, con nosotros? ¿De qué podrá servirnos?

Varia.

Buen perillán está...

Ania.

¿Y la contribución? ¿Se ha pagado?

Varia.

Ciertamente que no.

Ania.

¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Qué va a ser de nosotros?

Varia.

En el mes de agosto próximo, la propiedad será vendida por mandamiento judicial.

Ania.

¡Dios mío...! (Lopakhin, entreabriendo la puerta, escucha.)

Ania. (A Varia en dos baja.)

¿Y Lopakhin, te ha propuesto la boda? (Varia hace un signo de cabeza negativo.)

Ania.

Él te quiere, sin embargo. ¿Por qué no os explicáis? ¿Qué esperáis, pues?

Varia.

Me parece que esto no va a seguir adelante. El hombre está ocupadísimo. No piensa, no tiene tiempo de pensar en mí. No me presta la menor atención. ¡Que Dios le bendiga! Me causa pena el verle. Todo el mundo se ocupa de nuestro matrimonio, todos nos felicitan, y, en realidad, no hay nada de serio ni de real. No es mas que una ilusión... (Cambiando de tono.) Ania, tu broche tiene la forma de una abeja.

Ania. (Tristemente.)

Es mamá quien me lo confió... En París, sabes, subí a un globo cautivo.

Varia.

Me parece mentira que estés de vuelta. (Abrazándola.) Mi buena, mi querida Ania, ha llegado por fin.

Duniascha. (Con la cafetera y un juego de café.)

El café para Lubova Andreievna.

Varia.

Todo el día lo consagro a las faenas domésticas y mientras trabajo, sueño. Yo me digo: es necesario que te cases con una persona rica, y de esta suerte vivirás tranquila; luego, irás en peregrinación a algún santuario, a Kief..., a Moscov..., recorrerás todos los lugares santos...

Ania.

Las alondras cantan en el jardín. ¿Qué hora es ya?

Varia.

Me parece que las tres. Debieras acostarte, querida mía.

Ania.

Tienes razón. (Entran en la cámara de Ania.) Es deliciosa... (Llega Yascha con una manta de viaje y un saco de mano; atraviesa la habitación, no sin preguntar discretamente.) ¿Se puede pasar?

Duniascha.

No la había reconocido. ¡Cómo ha cambiado en el extranjero!

YAŞCHA.

¡Hola! Y usted, ¿quién es?

Duniascha.

Cuando se fueron los señores de viaje, yo era así de alta. (Señalando con la mano una estatura baja.) Yo soy Duniascha, la hija de Teodoro Konoyedof. ¿No se acuerda, señor Yascha?

Yascha.

¡Hum! Un pepino. (Echa un vistazo en aerredor y le aplica un beso en la mejilla a Duniascha. Ésta lanza un grito ahogado y deja caer un platillo. Yascha huye.)

Varia. (Desae la puerta.)

¿Qué diablos ocurre?

Duniascha.

He roto un platillo.

Varia.

Eso es de buen agüero.

Ania. (Asomando por su habitación.)

Convendría hacer saber a mamá que Pietcha se encuentra aquí.

Varia.

Sí, pero yo he dado orden de no despertarle.

Ania. (En la puerta de su estancia; pensativa.)

Seis años hace que murió papá. Un mes más tarde, mi hermanito Grischa se ahogó en el río. Era un lindo muchacho de siete años. Mamá no pudo soportar este dolor, y partió para tierras extrañas. Aquí dejó, tras de sí, sus pesares. (Temblando.) ¡Cómo la comprendo...! ¡Si ella supiera...! (Ensimismada.) Pietcha Trofimof era el profesor de Grischa. Su nombre puede despertar en mamá recuerdos penosos.

Firz. (Muy correcto. Encamínase hacia el servicio de café.)

La señora tomará aquí su desayuno. (Se pone los guantes blancos.) ¿El café, está listo? (A Duniascha.) ¿Y la leche?

Duniascha.

¡Ah! ¡Dios mío! (Sale corriendo.)

Firz. (Contemplando la cafetera.)

¿Y tú...? Henos aquí, de regreso de París... Antaño, el señor estuvo también en París... en coche... No se viajaba de otro modo. (Ríe.) En coche.

Varia.

¿De qué ríes, Firz?

Firz.

¿Qué quieres? (Con jubilo.) La señora, por fin, ha regresado. Ahora, yo podré morir tranquilamente. (Se enjuga las lágrimas. Entran Lubova Andreievna, Gaief, Lopakhin y Pitschik, éste último en padiovska de paño fino, pantalones bombachos y botas altas, nuevas. Gaief, al entrar, hace movimientos con sus manos y su cuerpo, como si jugara al billar.)

Lubova andreievna.

¿Cómo era esto? Voy a recordar. La bola encarnada, a un lado...

Gaief.

Y yo, por tabla... ¿Te acuerdas, hermana mía? Tiempo pasó desde que dormíamos en esta habitación. Yo cuento ahora cincuenta y un años. Más de medio siglo. ¡Es raro, verdad!

Lopakhin.

El tiempo vuela...

Gaief.

¿Qué?

Lopakhin.

He dicho que el tiempo vuela.

Gaief.

Aquí huele a pachulí.

Ania. (Sale de su habitación.)

He decidido irme a dormir. Buenas noches, mamá. (La besa.)

Lubova.

Angel querido, ¿estás contenta de hallarte de nuevo en casa? A mí se me figura un sueño.

Ania.

Adiós, tío.

Gaief. (Besando la mejilla y la mano de Ania.)

Que Dios te bendiga. ¡Cómo te pareces a tu madre! (Dirigiéndose a su hermana.) Tú, Liuba, a su edad, tú eras enteramente como ella. (Ania tiende la mano a Lopakhin y a Pitschik, penetra en su habitación y cierra la puerta.)

Lubova.

Debe de estar cansadísima.

Varia. (A Lopakhin y a Pitschik.)

Vamos, ya han dado las tres. Hay que tener un poco de conciencia. Hora es de dejar descansar a los viajeros.

Lubova.

Tú, Varia, tú eres siempre la misma. (La trae hacia ella y la besa.) Voy a tomar una taza de café, y nos iremos todos a dormir. (Firz coloca una almohadilla bajo los pies de Lubova Andreievna.) Gracias, querido. Yo no he perdido la costumbre de tomar café. Lo bebo de día y de noche... No sé prescindir del café... Muchas gracias.

Firz.

Sí está bien, señora.

Varia.

Hay que ver si trajeron todo el equipaje. (Váse.)

Lubova.

¿Es posible que sea yo la que se encuentra en este sitio? Ganas me vienen de saltar, de bailar. ¿Estoy soñando? Dios sabe si yo amo a mi patria. La adoro. Desde la ventanilla del vagón, la contemplación del paisaje me emocionaba profundamente. Lloraba como una niña... En fin, es necesario que acabe de tomar el café. Gracias, muchas gracias, viejo. ¡Qué contenta estoy de haberte hallado vivo todavía!

Firz.

Anteayer...

Gaief.

Oye mal.

Lopakhin.

Muy temprano, hacia las cinco de la mañana, tengo que salir para Kharkof. ¡Qué fastidio! Mucho me gustaría poder permanecer con vosotros, conversar... La miro a usted, señora, y la veo como fué siempre: deslumbrante.

Pitschik.

Hasta ha embellecido. Ahí la tenéis, vestida a la ultima moda de París.

Lopakhin.

Su hermano Leónidas Andreievitch afirma que yo soy un ganapán, un explotador, diga lo que quiera, no me importa. Puede decir lo que le venga en gana. Lo que yo desearía es que la señora me tratase con entera confianza, como antes de ahora me trataba, y que su dulce mirada se fije en mí alguna que otra vez. Mi padre fué siervo en casa de vuestro abuelo y en casa de vuestro padre; y usted particularmente, señora, me ha dispensado tanto bien que he olvidado todo lo antiguo y la quiero como si fuese de mi familia, y aun más.

Lubova.

No puedo contenerme..., no, no puedo. (Levántase agitada.) ¿Cómo sobrevivir a una alegría tan intensa? Reíos de mí; soy una tonta, una imbécil... ¡Mi pequeño armario! (Lo besa.) ¡Mi mesita...! ¡Todo lo que me rodea me es tan querido...! ¡Habla tanto a mi alma...!

Gaief.

Durante tu ausencia, la nodriza murió...

Lubova.

(Vuelve a sentarse y absorbe su café.) Lo sabía. Me lo escribieron. ¡Que Dios la haya en su seno!

Gaief.

Y Anastasia murió también. Petruchka, la miope, nos dejó, y ahora habita en casa del jefe de los agentes de policía. (Saca de su bolsillo una cajita de caramelos.)

Pitschik .

Mi hija Daschinka la saluda, señora.

Lopakhin.

Yo quisiera referirle algo alegre. (Mira su reloj.) ¡Cáspita, debo partir en seguida! No tengo tiempo que perder... No obstante, lo que he de decirle se lo diré en dos o tres palabras. Supongo que estará informada de que vuestro jardín de los cerezos será puesto en venta para responder de las deudas. La subasta está anunciada para el 22 de agosto, pero usted, querida amiga, permanezca tranquila; no se inquiete, duerma sin recelos; no faltará solución a este conflicto. Tengo un proyecto. ¿Quiere usted prestarme atención? La finca está situada a veinte kilómetros de la ciudad, y por sus linderos pasa la vía férrea. Dividiendo en parcelas el jardín de los cerezos y la parte de su propiedad más próxima al río, podrían arrendarse a quienes quisieran construir datchas [4]. Sin dificultad le rentaría a usted esto veinticinco mil rublos anuales. Es una especulación segura. Yo le garantizo que todas las parcelas serán inmediatamente arrendadas a buen precio.

Gaief.

Excúseme si le advierto que lo que acaba usted de decir es una solemne tontería.

Lubova.

Yo, en verdad, no comprendo...

Lopakhin.

De cada datchuk [5] se sacaría por año y por deciatina... [6]. Como hagan desde ahora una buena publicidad, tendrá usted más arrendatarios de los que necesite; yo le aseguro que antes del año todas sus tierras estarán alquiladas. La situación topográfica es de primer orden. El río es profundo. Habrá que poner un poco de orden; demoler los edificios. He aquí, por ejemplo, esta casa, que ya no vale nada. Todo lo viejo, lo rancio, lo inútil, tendrá que desaparecer. Habrá que talar el jardín de los cerezos...

Lubova.

¿Talar el jardín de los cerezos? ¿Está usted loco? Permítame que le diga, querido amigo, que usted no entiende nada de este asunto. Nuestro jardín de los cerezos es lo más notable, sin disputa, que existe en toda la comarca.

Lopakhin.

¿Notable, este jardín? Lo único que tiene de notable es su superficie. Por lo demás, sus árboles no dan fruto mas que una vez cada dos años, y cuando las cerezas cuajan, para nada sirven, pues nadie las compra...

Gaief.

Hasta en las enciclopedias este jardín está mencionado.

Lopakhin. (Mirando su reloj.)

Si no hallan otra solución que más les convenga, el jardín de los cerezos será vendido en pública subasta el 22 de agosto, con toda la propiedad, sin que una pulgada de terreno se libre de la venta. ¡Decídase! No hay otra salida. Se lo juro. ¡No la hay!

Firz.

Hace unos cuarenta o cincuenta años, fabricábamos conservas de cerezas, mermeladas, confituras, y entonces...

Gaief.

Cállate, Firz.

Firz.

Acuérdome que la cereza secada era expedida, por grandes cantidades, a Choscon y a Kharkof, lo que reportaba mucho dinero. En aquel tiempo, la cereza secada era blanda, agradable al gusto, jugosa, aromática... Conocíase el método para prepararla convenientemente.

Lubova.

¿Y qué se ha hecho de este método?

Firz.

Lo olvidaron...

Pitschik. (A Lubova Andreievna.)

Dígame... ¿Qué ocurre en París? ¿Han comido ustedes ranas?

Lubova.

No. He comido cocodrilos.

Pitschik.

¡Figúrese usted...!

Lopakhin.

Hasta el presente no había en el campo sino nobles y campesinos. Ahora comienzan a ser numerosos los datchnik. Todas las ciudades, incluso las más pequeñas, están actualmente rodeadas de datchas. Puede preverse que el datchnik, de aquí a unos veinte años, habrá adquirido un vasto desarrollo, y representará una fuerza social. Actualmente limítase a beber vasos de te en los verandah.

Gaief.

¡Qué majaderia!

(Entran Varia y Yascha.)

Varia.

Mamá, se me habia olvidado. Hay para ti dos telegramas. (Busca una llave en el manojo que cuelga de su cintura, y abre el armario.) Aquí están.

Lubova.

¡Ah! Son de París. (Abre los telegramas y los deposita sobre la mesa, sin leerlos.) Con París todo termino.

Gaief.

Oye, Lubova. ¿Sabes cuántos años tiene este armario? Hace algunos días, abriendo un cajón inferior, noté que la fecha estaba marcada a fuego. Data ya de cien años. ¿Qué te parece, Lubova? Pudiéramos celebrar un jubileo... Es un objeto inanimado que significa algo... Un armario propio para contener libros...

Pitschik.

¡Figúrese usted! ¡Cien años...!

Gaief.

Sí: es un objeto inanimado. ¡Oh, mi querido armario de edad venerable! Yo saludo tu existencia centenaria. (Lo palpa con cariño.) Yo saludo tu vejez robusta. Tú has sido útil a mis ascendientes, y tú nos vives como en tu primera juventud. Tú eres un amigo.

Lopakhin.

Sí...

Lubova. (A Gaief.)

Idealista, sentimental; eres siempre el mismo.

Lopakhin. (Mirando su reloj.)

Debo irme...

Yascha.
(Ofreciendo una pildora a Lubova Andreievna.)

¿Tomará usted en seguida sus píldoras?

Pitschik.

No hay que tomar medicamentos, mi querida amiga... No hacen ni daño ni provecho... ¡Vengan esas píldoras...! (Se apodera de ellas, las estruja entre sus manos, reduciéndolas a polvo, que absorbe, con acompañamiento de un trago de agua.)¡... Así!

Lubova. (Con espanto.)

¿Ha perdido usted el juicio?

Pitschik.

¡Me lo he tragado todo, todo!

Lopakhin.

¡Qué bruto!

(Todos rien.)

Firz. (Hablando de Pitschik en tercera persona.)

Estuvo por Pascuas en casa; se comió medio cubo de pepinos... (No puede continuar, balbucea frases incoherentes.)

Lubova.

¿Qué le ocurre?

Varia.

Desde hace tres años se encuentra así. Balbucea. Ya nos hemos acostumbrado.

Yascha.

Efecto de la edad.

(Entra Carlota Yvanovna, vestida de blanco, esbelta, fina de talle.)

Lopakhin.

Dispénseme, Carlota Yvanovna. No tuve aún tiempo de darle los buenos días. (Acércase a Carlota Yvanovna para besar su mano.)

Carlota. Retirando su mano.)

Si le permito besar la mano, querrá besar el codo, y luego el hombro...

Lopakhin.

Hoy no tengo suerte.

Carlota.

Me voy a descansar.

Lopakhin.

Dentro de tres semanas nos veremos. (Besa la mano de Lubova Andreievna.) Entre tanto, adiós. (A Gaief.) Es tiempo de marchar. Hasta la vista. (Bésanse en la mejilla él y Pitschik.) Hasta más ver. (Tiende la mano a Varia, a Firs ya Yascha.) La verdad es que no tengo ganas de abandonarlos. (A Lubova Andreievna.) Si se decide respecto a los terrenos para datchas, entéreme. Yo podré procurarle un préstamo de cincuenta mil rublos. Piense en ello seriamente.

Varia. (Descontenta.)

¿Cuándo acabará usted de irse?

Lopakhin.

Me voy, me voy... (Vase.)

Gaief.

¡Qué animal...! ¡Ah... Mis excusas... Varia se va a casar con él.

Varia.

No hables de eso, mi querido tío.

Lubova.

¿Por qué no, Varia? Yo me alegraría de que eso se realizara. Es una excelente persona.

Pitschik.

Hay que convenir en que es un hombre muy honorable... Mi pequeña Daschinka lo dice así; y añade que... añade bastantes cosas. (Cierra los ojos, pega un ronquido y despierta de nuevo.) En todo caso (A Lubova.), amiga mía, présteme doscientos cuarenta rublos. Mañana he de pagar las contribuciones.

Varia. (Asustada.)

No, no.

Lubova.

Verdaderamente, yo no dispongo de esa suma.

Pitschik. (Riendo.)

Sí, dispone usted de ella. Yo no pierdo jamás la esperanza. Vea. Yo me imaginaba que todo estaba perdido. Pero, de repente, se construyó la vía férrea que atraviesa mis tierras, y se me indemnizó. Y de este modo, muy bien puede suceder que mañana se presente alguna otra ganga. Quizá Daschinka gane doscientos mil rublos... Ha comprado un billete.

Lubova.

Bebamos el café, y vámonos a descansar.

Firz. (A Gaief.)

Lleva usted ahora otro pantalón, que no casa con la chaqueta. ¿Qué tendré yo que hacer para que ande usted correcto?

Varia. (Dulcemente.)

Ania duerme. (Abre con precaución la ventana.) El Sol sube. No hace frío. Vea, mamá, qué hermosos árboles. ¡Dios mío! ¡Qué puro es el aire! Los mirlos cantan...

Gaief. (Abre otra ventana.)

El jardín está enteramente blanco. Observa, Lubova: esta larga avenida se prolonga directamente como una correa. Brilla en las noches de luna. Siempre fué así. ¿Te acuerdas? Tú no olvidaste los días que transcurrieron...

Lubova. (Mirando hacia la ventana.)

¡Infancia mía! ¡Virginidad! En este aposento dormí yo. En el jardín paseé mis ensueños juveniles. ¿Cómo olvidarlo?

Gaief.

El jardín, que va a ser vendido por causa de nuestras deudas. ¡Qué cosa más rara!

Lubova.

¿Qué veo? Nuestra difunta madre camina por el jardín. Lleva un traje blanco como la nieve. ¡Se ríe! ¡Sí; es ella!

Gaief.
¿Dónde...?
Varia.

Mamá; ¿qué dice?

Lubova.

En efecto, no hay nadie. Fué una alucinación... A la derecha, junto al pabellón, hay un arbolito que se asemeja a una mujer inclinada.

(Entra Trofimof, vestido con uniforme de estudiante. Usa anteojos.)

Lubova. (Sin apartar la vista de la ventana.)

El jardín es verdaderamente encantador. ¡Cuántas florecillas! ¡Y qué bien se destacan en el cielo azul!

Trofimof.

Lubova Andreievna... (Ésta vuelve la cabeza.) Vengo únicamente a saludarla, y me iré en seguida. (Besa la mano a Lubova Andreievna.) Se me ordenó esperar hasta ya entrada la mañana; pero me faltó paciencia.

Lubova. (Observándole con sorpresa.)

Usted es...

Varia. (Emocionada.)

Es Pietcha Trofimof.

Trofimof.

Pietcha Trofimof, el preceptor de su Grischa. ¿Tanto he cambiado? (Lubova le abraza y llora.)

Gaief.

Basta, Lubova, basta.

Varia. (Llorando.)

Yo le dije a usted, Pietcha, que aguardase hasta mañana.

Lubova.

Mi pobre Grischa, hijo mío... Grischa, mi adorado hijo...

Varia.

¿Qué hacer, mamá? Es la voluntad de Dios.

Trofimof. (Con ternura.)

La vida es así...

Lubova.
(Sollozando.)

¡Pobre hijo mío! ¡Ahogado! ¿Por qué...? Mas (Volviendo a la calma.) yo profiero exclamaciones y hablo a gritos, y Ania duerme. No hagamos ruido. Pero vamos a ver, Pietcha, ¿por qué ha cambiado usted tanto? ¡Y envejecido!

Trofimof.

En el vagón, una mujer me adjudicó los epítetos de «sarnoso», «arisco».

Lubova.

Cuando yo le conocí, era usted un niño. Un estudiantillo joven. Y ahora, lleva usted anteojos como un profesor, y la cabellera le clarea. ¿Es usted todavía estudiante, Trofimof? (Se dirige hacia la puerta.)

Trofimof.

Probablemente lo seré toda mi vida.

Lubova. (Besando a su hermano y luego a Varia.)

Ea, vámonos a dormir... (A su hermano.) Tú también has envejecido.

Pitschik. (Siguiendo en pos de ella.)

En fin..., vámonos a dormir. ¡Oh mi gota! Yo me quedaré hoy en esta casa. Lubova Andreievna, mi buena amiga, yo quisiera recibir mañana... doscientos cuarenta rublos.

Gaief.

Lo que es eso, no lo deja de la mano.

Pitschik. (Lastimero.)

Doscientos cuarenta rublos...; necesito pagar las contribuciones.

Lubova.

No tengo dinero, amigo.

Pitschik.

Pero yo se lo restituiré en seguida, mi buena amiga..., la suma es tan insignificante...

Lubova.

Bien, Leónidas se lo entregará a usted. Escuche, Leónidas, entréguele doscientos cuarenta rublos.

Gaief.

Sí; puede contar con ellos. (Irónicamente.) ¡Que espere sentado!

Lubova.

¿Qué le vamos a hacer? Entregárselos, si los necesita con urgencia..., él los devolverá. (Lubova Andreievna, Trofimof, Pitschik y Firz se van. Quedan en la estancia Gaief, Varia y Yascha.)

Gaief.

Decididamente, mi hermana no ha perdido la costumbre de tirar el dinero. (A Yascha.) Apártate un poco, hueles a gallina.

Yascha.

Leónidas Andreievitch, siempre será usted el mismo.

Gaief. (A Varia.)

¿Cómo? ¿Qué ha dicho?

Varia. (A Yascha.)

Tu madre ha llegado del campo. Te espera desde anoche en el departamento de los criados, y quiere verte, Yascha.

Yascha.

Me importa poco.

Varia.
Tú eres un inconsciente.
Yascha.

¿Quién le impide volver mañana? (Vase.)

Varia.

Mamá no ha cambiado. ¡Siempre la misma! Si de ella dependiera, ya hubiera despilfarrado lo que le resta. Su manía es regalar, gastar, distribuir dinero sin ton ni son.

Gaief.

Sí; en efecto... (Después de una pausa.) ¿A qué buscar remedios contra una enfermedad incurable? Yo me esfuerzo por comprender. Yo creo disponer de muchos medios, de muchos, lo cual equivale a decir que no dispongo de ninguno. Excelente medio sería el heredar. Heredar, ¿de quién? Yo no vislumbro ninguna herencia en perspectiva. Convendría también que Ania contrajese matrimonio con alguien muy rico. Muy útil nos será, tal vez, ir a Yaroslav y probar suerte cerca de nuestra tía, la condesa. Nuestra tía es enormemente rica; es, además, de una bondad extraordinaria. Yo la quiero mucho. Será necesario que le hablemos, que se o confesemos todo, aun apoyándonos en circunstancias atenuantes...

Varia. (A media voz.)

Ania está en la puerta.

Gatef.

¡Qué diablo! ¡Es sorprendente! Hay algo extraño dentro de mi ojo derecho... Empieza a dolerme... (Ania entra.)

Varia

¿Por qué no duermes?

Ania.

No puedo.

Gaief.

¡Ay pequeña! (Besa las manos y la cara de Ania.) Hija mía (Lloriquea.), tú no eres mi sobrina; tú eres mi ángel, tú lo eres todo para mí. Créeme, tú eres lo que yo más quiero.

Ania.

Lo creo; todo el mundo le estima a usted y os respeta. Pero en ciertas ocasiones convendría que no hablase usted tanto. ¿Qué ha dicho usted, hace poco, a propósito de mamá, de su hermana? ¿A qué venían esas palabras?

Gaief.

Tienes razón, Ania. (Coge las manos de Ania y se cubre con ellas su propio rostro.) Es terrible; Dios mío, sálvame. Es verdad. Hablo más de lo debido. Mi discurso ante el viejo armario, ¡qué tonto! No me dí cuenta de ello sino cuando lo terminé.

Varia.

Verdaderamente, tío, debe usted echarse un nudo a la lengua. Cállese. Así está bien.

Ania.

Si se callara usted, se encontraría mejor, mucho mejor.

Gaief.

Ya me callo. (Besa las manos de ambas jóvenes.) Pero mirad..., acerca del asunto en cuestión... El jueves fuí al tribunal; estábamos entre amigos, y nos pusimos a charlar. Paréceme que será posible efectuar un préstamo para el pago de las contribuciones.

Varia.

¡Si Dios quisiera ayudarnos!

Gaief.

El martes volveré allá. (A Varia.) No te apures. (A Ania.) Tu mamá hablará con Lopakhin; él no se negará si es ella quien le pide prestado. Cuando tú hayas descansado bien, te irás a Yaroslaf, a casa de tu abuela la condesa. Con seguridad, se podrán satisfacer los intereses. Y nuestra finca se habrá salvado. ¡Respiro! No permitiré nunca, ¡oh nunca!, que nos la vendan en pública subasta.

Ania. (Con calma.)

Tú eres bueno. Tu bondad me tranquiliza.

Firz. (Entra súbitamente.)

Leónidas Andreievitch, ¡váyase, váyase ya a dormir

Gaief.

En seguida... Firz, puedes retirarte. Vámonos a dormir. (Besa a sus sobrinas.)

Ania.

¿Y tú? ¿Todavía charlarás?

Varia.

¡Callaos ya!

Firz. (Volviendo atrás.)

Leónidas Andreievitch, yo me retiro.

Gaief.

Y yo. (Vase, seguido por Firz.)

Varia.

Parece que estoy algo más tranquila. (Varia se retira, llevándose consigo a Ania. A lo lejos óyese el caramillo de un pastor. Trofimof atraviesa la sala, y viendo a las dos jóvenes, se detiene. Varia y Ania parecen muy fatigadas. Varia, apoyando ligeramente su cabeza sobre el hombro de Ania, murmura, medio dormida:) Vamos..., vamos.

Trofimof. (Contemplando el grupo.)

¡Sol mío! ¡Primavera mía!


  1. Proverbio ruso.
  2. Bebida refrescante, hecha con agua, en la que se pone a fermentar pan de centeno.
  3. Diminutivo de Piotor (Pedro).
  4. Casas veraniegas de madera, que se construyen de ordinario en las cercanías de las ciudades.
  5. Propietario de datcha.
  6. Una hectárea y 9.250 metros cuadrados.