El libro de las mil noches y una noche/Tomo I/Prólogo de E. Gómez Carrillo

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Nota: Se respeta la ortografía original de la época
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LA OBRA DE MARDRUS

H

e aquí Las mil noches y una noche, que ya no son aquellos buenos cuentos de niños, arreglados por Galland, en los cuales los visires llevaban cuellos de encaje á lo Luis XIV y las sultanas se arreglaban la cabellera cual Madame de Maitenón, sino otros cuentos más serios, más crueles y más intensos, traducidos literalmente del árabe por el doctor Mardrus y puestos en castellano por uno de nuestros grandes escritores. «Vosotros los que no habéis leído sino el antiguo arreglo—nos aseguran los entusiastas de la literalidad—no conocéis estas mágicas historias.» Pero los entusiastas de la tradición clásica contestan: «En la versión nueva hay más detalles, más literatura, más pecado y más lujo, es cierto. Lo que no hay es más poesía y más prodigio. Por cantar más, los árboles no cantan mejor, y por hablar con superior elocuencía, el agua no habla con mayor gracia. Todo lo estupendo que aquí vemos, las pedrerías animadas, las rocas que oyen, los odres llenos de ladrones, los muros que se abren, los pájaros que dan consejos, las princesas que se transforman, los leones domésticos, los ídolos que se hacen invisibles, todo lo féerique, en fin, estaba ya en el viejo é ingenuo libro. Lo único que el doctor Mardrus ha aumentado es la parte humana; es decir, la pasión, los refinamientos y el dolor. La nueva Schabrazada es más artista. También es más psicóloga. Con detalles infinitos, explica las sensaciones de los mercaderes sanguinarios durante las noches de rapto y las locuras de los sultanes en los días de orgía. Pero no agrega un solo metro al asalto del caballo de bronce, ni hace mayores las alas del águila Rock, ni da mejores talismanes á los príncipes amorosos, ni pone más pingües riquezas en las cavernas de la montaña, Y esto es lo que nos interesa.»

Los que hablan así se equivocan. Las «noches» de Galland eran obrillas para niños. Las «noches» de Mardrus son todo un mundo, son todo el Oriente, con sus fantasías exuberantes, con sus locuras luminosas, con sus orgías sanguinarias, con sus pompas inverosímiles... Leyéndolas he respirado el perfume de los jazmines de Persia y de las rosas de Babilonia, mezclado con el aroma de los besos morenos... Leyéndolas he visto el extraño desfile de califas y de mendigos, de verdugos, de cortesanos, de bandoleros, de santos, de jorobados, de tuertos y de sultanes, que atraviesa las rutas asoleadas, cutre trapos de mil colores, haciendo gestos inverosímiles, Y como si todo hubiera sido un sueño de opio, ahora me encuentro aturdido, sin poderme dar cuenta exacta de lo que en mi mente es recuerdo de escenas admiradas en Ceylán, en Damasco, en El Cairo, en Aden, en Beirut, y lo que sólo he visto entre las páginas mardrusianas. Porque es tal la naturalidad, ó, mejor dicho, la realidad de los relatos de Schabrazada, que verdaderamente puede asegurarse que no hay en la literatura del mundo entero una obra que así nos obsesione y nos sorprenda con su vida inesperada y extraordinaria. ¡Y pensar que al abrir la obra de Mardrus figúreme que iba sencillamente á encontrarme con Las mil y una noches de Galland, que todos conocemos, un poco más completas sin duda, pero siempre con un añejo saborcillo de discreta galantería exótica! «Entre esta traducción nueva y la traducción clásica — pensé— debe de haber la misma diferencia que entre la Biblia de San Jerónimo y la del rabino Zadock Khan, ó entre la Ilíada de Hermosilla y la de Leconte de Lisle,» Pero apenas hube terminado el primer capítulo, comprendí que acababa de penetrar en un jardín antes nunca visto.

Al trasladar al francés los cuentos árabes; el escritor del siglo XVII no se contentó, como Racine, con poner chacones versallescos y pelucas cortesanas á los héroes del libro original, sino que les cambió sus almas salvajes por almas elegantes. De lo que es la palpitación formidable de la vida hizo unos cuantos apólogos morales. Así puede decirse que quien no ha leído la obra del doctor Mardrus no conoce ni vagamente las historias que hicieron olvidar durante tres años al rey de la India sus crueles designios. El título mismo no es idéntico en las dos versiones. Y no hay que decir, como algunos críticos castizos, que al traducir literalmente Las mil noches y una noche sólo ha cometido Mardrus un pleonasmo indigno de nuestras lenguas latinas. Ajustándose desde la cubierta al original, y dejando al rótulo exterior su carácter exótico, lo que de fijo se ha propuesto es demostrar que su respeto del texto es absoluto[1]. ¿Que eso os choca?... Pues abrid la obra y comenzad la lectura. Al cabo de unas cuantas páginas, el filtro oriental habrá obrado en vuestras imaginaciones, y os figuraréis que estáis oyendo á la hija del visir en persona. ¡Ah, traductores, traductores, he ahí el gran modelo, he aquí la pauta impecable de vuestro arte! Todos los detalles y todos los ritmos, todas las expresiones características y todas las violencias de lenguaje, todos los madrigales sutiles y todos los refranes populacheros están ahí. Ahí están los seres viviendo su propia vida en su propia atmósfera. Ahí está el alma del árabe, en fin. En un prólogo dirigido á sus amigos, el doctor Mardrus explica poéticamente su severo método,

«Yo ofrezco—dice—, desnudas, vírgenes, intactas y sencillas, para mis delicias y el placer de mis amigos, estas noches árabes, vividas, soñadas y traducidas sobre su tierra natal y sobre el agua. Ellas me fueron dulces durante los ocios en remotos mares, bajo un cielo ahora lejano, Por eso las doy. Sencillas, sonrientes y llenas de ingenuidad, como la musulmana Schabrazada, su madre suculenta que las dio á luz en el misterio; fermentando con emoción en los brazos de un príncipe sublime (lúbrico y feroz), bajo la mirada enternecida de Alah, clemente y misericordioso. Al venir al mundo fueron delicadamente mecidas por las manos de la lustral Doniazada, su buena tía, que grabó sus nombres sobre hojas de oro coloreadas de húmedas pedrerías y las cuidó bajo el terciopelo de sus pupilas hasta la adolescencia dura, para esparcirlas después, voluptuosas y libres, sobre el mundo oriental, eternizado por su sonrisa* Yo os las entrego tales como son, en su frescor de carne y de roca» Sólo existe un método honrado y lógico de traducción: la «literalidad», una literalidad impersonal, apenas atenuada por un leve parpadeo y una ligera sonrisa del traductor, Ella crea, sugestiva, la más grande potencia literaria. Ella produce el placer de la evocación. Ella es la garantía de la verdad...»

Ya lo oís. Explicando su método personal, el ilustre escritor árabe (porque Mardrus nació en Siria) viene á dar á Europa la más admirable y la más útil enseñanza, Pero lo malo es que, para seguir su ejemplo fecundo; no basta con saber muy bien la lengua de que se traduce y la lengua en que se traduce. Algo más es necesario, y este algo es la maravillosa comprensión de la poesía extranjera en lo que tiene de más peculiar y de más fresco. Además, es indispensable una libertad de lenguaje que no es frecuente*

«Hay en los libros de los países orientales cosas que nuestra decencia europea no admite y que es preciso velar», dicen los académicos En realidad; nadie tiene derecho á escamotear una sola frase, por ruda que sea, á un autor exótico. ¿Que las palabras escabrosas os chocan? ¿Que no os atrevéis á llamar al pan pan y al sexo sexo?... Pues cerrad el libro y dejad en paz su poesía. En este punto, el buen señor Galland debe de haber tenido sorpresas muy desagradables durante su larga labor de adaptador, porque si hay cuentos que contienen desvergüenzas—adorables y lozanas desvergüenzas —, son los de Las mil noches y una noche, al lado de los cuales el Decamerón, de Boccaccio, y el Heptomerón, de la reina de Navarra, y hasta las Damas galantes, de Brantóme, resultan simples discreteos de señoritas libertinas. Interrogado por un repórter cuando publicaba los primeros capítulos de su traducción en las revistas, el doctor Mardrus explicó con llaneza su manera de obrar y de pensar en tal particular. He aquí sus palabras:

«Los pueblos primitivos llaman las cosas por su nombre, y no encuentran nunca condenable lo que es natural, ni licenciosa la expresión de lo natural. (Entiendo por pueblos primitivos todos aquellos que aún no tienen una mancha en la carne ó en el espíritu y que vinieron al mundo bajo la sonrisa de la Belleza...) Además, la literatura árabe ignora totalmente ese producto odioso de la vejez espiritual: la intención pornográfica. Los árabes ven todas las cosas bajo el aspecto hilarante. Su sentido erótico sólo conduce á la alegría. Y ellos ríen de todo corazón, como niños, allí donde un puritano gemiría de escándalo.»

Oyendo esto, el repórter, que estaba enterado por los profesores de la escuela de lenguas orientales de la «imposibilidad» de decir en una literatura culta» las enormidades que se encuentran en los textos árabes, murmuró:

— Hay quienes apuestan que no se atreverá usted á conservar su literalidad hasta el fin.

— Ya lo verá usted—terminó Mardrus, sonriendo,

Y, en efecto, hemos visto que, con su ingenua valentía, ha llegado á la última página maravillosa sin velar un solo cuadro libre, sin desteñir una sola expresión atrevida, sin atenuar una sola situación erótica. Así, la leyenda de que el libro que antes se consideraba como un entretenimiento de niños es una obra atrevida comienza á formarse, y acabará, sin duda, por impedir que la gente timorata lo lea, Pero esto, lejos de apenarnos á los que consideramos Las mil noches y una noche como la mayor maravilla del ingenio humano, debe regocijarnos íntimamente. Porque, en realidad, un poema como éste no es para todo el mundo. Desde luego, no es para la burguesía. Ni es tampoco para las señoritas educadas en los conventos. No es, en suma, sino para aquellos que son capaces de comprender el alma del árabe,

¿Y sabéis lo que es el árabe, vosotros que lo veis en las viñetas de El último Abencerraje? El divino Mardrus os lo dice en estas líneas:

«El árabe, ante una música compuesta de notas de cañas y flautas, ante un lamento de kanoon, un canto de muecín ó de almea, un cuento subido de color, un poema de aliteraciones en cascadas, un perfume sutil de jazmín, una danza de flor movida por la brisa, un vuelo de pájaro ó la desnudez de ámbar y perla de una abultada cortesana de formas ondulosas y ojos de estrella, responde en sordina ó á toda voz con un ¡ah! ¡ah!... largo, sabiamente modulado, extático, arquitectónico. Y esto se debe á que el árabe no es mas que un instintivo, pero afinado, exquisito, Ama la línea pura y la adivina con su imaginación cuando es irreal. Pero es parco en palabras y sueña... sueña.»

Ahora que ya sabéis lo que vais en él á hallar, abrid el libro...

E. Gómez Carrillo



  1. El de Blasco Ibáñez es también absoluto: leer su traducción es como leer la de Mardrus.