El médico rural: 12

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Capítulo I
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El médico rural- Segunda parte Felipe Trigo


-«¡Castellar! ¡Oh!... ¡Tres mil... cinco mil pesetas»... Feliz obsesión de Esteban y de todos.

Desde que se levantaban, abriendo los ojos a la persuasión que les imponía en la hermosa casa la bella realidad, reíanse y saltaban de contentos. Nora les mostraba los regalos que íbanles haciendo: jamones y quesos y gallinas; aparte los carros de leña con que les llenaban los corrales. Él y Jacinta, tomando el desayuno en el amplio comedor, cuyas dos rejas, sombreadas por la fronda de un parrón, daban a un patio de baldosas en que a sus anchas podía jugar Luisín sin ensuciarse, se asombraban de tanta esplendidez. Quedábanse por un rato en cónclave de locos regocijos.-« ¡Anda, anda, el doctor Peña!» - «¡Anda, anda, Juan Alfonso!» - «¡Y un buen pueblo, de gente fina, con campanas, con buñuelos, ¿eh?..., con buena carne de carneros matados cada día!» - «¿Ves, Nora, mujer?... Cinco mil pesetas... ¡porque sí, se sacarán!... ¡nada menos que mil duros, como un teniente coronel! ¡Como mi padre, de un golpe!» -«Pero, ¿qué vas a hacer con tanto, pelagatos?...» Gritaban, reían, besábanse. Besaba incluso Nora a Esteban, más alucinada que ellos mismos de tal caudal futuro en tanta juventud.

En vano delante de las gentes, como esta tarde en el agradabilísimo paseo con el cura y la sobrina, el joven matrimonio pretendía volver a su circunspección de graves personajes. Dos niños, y aún más que en el dolor en la alegría. Se admiraban de que todo el mundo asimismo en Castellar, les llamasen «don» y «doña» a todo trapo, incluso una señora, doña Claudia de Guzmán, vecina por las traseras de los huertos, a quien solían ver desde las tapias (dama muy simpática, que con su pelo medio cano, con su altiva corpulencia y sus nobles ademanes lentos, ceremoniosos, dábale a Esteban el recuerdo de su madre), y Esteban tuvo que confesarle a Jacinta, al notar lo ingenuamente que ella se extrañaba de que la señora la hablase con igual jovialidad que si fuese otra chicuela o Jacinta una matrona: -«Sí, mujer, ¡eres graciosa!... Te trata como a casada, como mamá, como lo que es ella también. ¡Tú y yo, con nuestros diecinueve y veintidós años, no acabamos de darnos cuenta de nuestro papel en el mundo! ¡Cuando más serio algún señor me dice «don Esteban», me dan ganas de reír y ponerme a jugar a los bolindres!»...

Así el médico tendía a tratar al cura, como un chiquillo que en los sesenta años y en la indudable discreción de este don Luis, hubiérase descubierto un refugio de consejos paternales.

Lucía serenísima la tarde. Por todas partes se tendía fastuosa la campiña. Allá abajo alzábase la fábrica de harinas, blanca, con su arboleda y sus penachos de humo, cerca de la roja y pintoresca edificación de la fábrica de luz. A la izquierda, curso abajo del Almira, las huertas, las verdes alamedas, los molinos, las presas rumorosas con sus saltos de aguas y de espumas, las riberas de carrizos en que sonaba inmenso por las noches el estruendo de las ranas. El río torcíase luego entre angosturas de las sierras que cerraban por aquella parte el horizonte con sus valles de encinas y alcornoques, con sus faldas de olivares, con sus jarales agrestes y sus plomizos canchos en las crestas.

Campos de riqueza y de trabajo. Campos de caza y de constante animación. Por el camino, bordeado de madreselvas silvestres y zarzales se encontraban carros, arrieros, ricos señoritos a caballo rodeados de galgos y que llevaban al arzón las escopetas.

Jacinta adelantábase a menudo con el niño y con Rosita, la sobrina de don Luis. Habían simpatizado en cuatro días; vivían frente por frente, habíanseles ofrecido desde luego, hospedándose una noche, y Rosa, la gentil muchacha que parecía, en efecto, una rosa por su color y su sencillísima bondad, había ayudado igual que una solícita hermana a desempaquetar y colocar los muebles. Esta tarde, libres del arreglo de la casa, salían por primera vez a pasear y a comerse en la huerta del cura una ensalada.

Sí, siempre Jacinta, a no dudar, la misma pasiva y dulce alma candorosa; en Palomas, con ocasión del largo y árido tormento, sufrió y rezó; aquí reía sin el menor recuerdo del pasado. Sentíase Esteban también gozoso; pero con ese gozo tintado de melancolía que dejan las grandes y tristes experiencias. La amistad del párroco hacíale un bien. No obstante sus años, este señor tenía un juvenil espíritu y una serenidad de inteligencia que alternaban con sonrisas de fácil comprensión o de disculpa para todo en su boca aristocrática. Limpio, ágil, tan cuidado de su sotana de gola cuando vestía de sacerdote como de su negro traje con alzacuello cuando montaba en su jaca con la gallardía de un capellán de regimiento, leía mucho, pescaba, era un gran conversador, y, atento por igual al cielo y a la tierra, sabía tanto de las cosas del vivir como de física, historia y teología. En el pueblo profesábanle respeto.

¡Qué diferencia de pueblo a pueblo, de este Castellar y aquel Palomas, y qué distancia de este párroco a aquel don Roque montaraz!... Jacinta había encontrado en Rosa una de las varias amigas señoritas, de su clase, con quien poder tratarse; y él, Esteban, en don Luis, un grato compañero de paseo -sin contar el boticario y el notario y aquellas tertulias de la Cruz y del casino, adonde concurrían, con Juan Alfonso, muchachos finos que habían cursado algunos años de carrera.

Hablaban de Palomas, y el minucioso don Luis interrogaba:

-Vería usted el cielo abierto, si es tan pobre, ¿no es verdad?... ¿Y lo habrán sentido ellos?

-Mucho; y yo, también; por un señor Porras que se ha portado a maravilla con nosotros. No obstante, le consulté y acabó por comprender mi conveniencia.

-¿Le pagaron?

-Ahí estuvo lo difícil... Tenían poco dinero. De mis fondos, más los trimestres de la titular, habíamos ido ocho meses sosteniéndonos: faltaban cuatro para el año y para cobrar las igualas. ¿Me habrían esperado aquí hasta agosto?... Afortunadamente, un compañero de Orbaz, que había procedido siempre conmigo de lo peor que pueda imaginarse, por recobrar a Palomas, como anejo, se prestó a pagarme y a suplirme.

-Vaya, menos mal. Pues en este pueblo vivirán ustedes lindamente. Es rico y se encuentra circundado por otros menos importantes, que vendrán a ser como su feudo.

-Sí. Ya me han llamado. Ayer estuve en Medinilla. Parece también que vienen en consulta. Por cierto, don Luis, que en la cuestión de honorarios ando a ciegas.

-¿Qué cobró?

-En Medinilla, pedí tres duros y me dieron cinco. A los forasteros, en mi casa, les puse una peseta y me pagaron dos.

-¡Sí, hombre, claro! Llevo treinta años de trato con los médicos, y lo sé perfectamente: cinco duros la salida, la consulta en casa diez reales. Si alterase la costumbre, creerían que usted no estima su trabajo, y no vendrían. ¡Hay que hacerse un capital!

-¿Un capital?

-¿Un capital? -repitió también Jacinta, que habíase aproximado.

-Vamos, un pasar para los hijos. Aquí, a nada que uno tenga orden, y más los médicos, se ahorra. Esto trae la tradición de buenos médicos.

Esteban y su mujer mirábanse con los ojos muy abiertos, al augurio de fortuna.

-Lo que sí le convendrá -prosiguió don Luis- es algo de comedia. Castellar es novelero. Empaque y rotunda afirmación, como el doctor Peña, que cuando viene de Oyarzábal da el golpe con su coche, con su anillo de brillantes y con su acento autoritario y las palabritas en francés que de tiempo en tiempo larga. El despacho debe deslumbrar a la gente en las consultas. Sus antecesores lo tenían lleno de ojos reventados, de láminas con destrozos anatómicos, de cosas de hospital... y, además, de títulos y de un instrumental complicadísimo. ¡Qué sé yo -terminó volterianamente sus leales advertencias-, he visto allí tantas cajas de trépanos, y de ojos, y de punzar y abrir hasta creo que el corazón..., que llegado el caso no se usaban!... Pero hace falta, ¡relumbrón!... ¡Castellar es un pueblo extraordinario!

Volvían a mirarse Esteban y Jacinta. Ellos mismos, desde luego sospechándolo, habían tratado de instalarse dignamente. Grande y buena la casa que tenían, siempre destinada a médicos, y aun a puesto de la Guardia Civil años atrás, sus muros y arcadas parecían de fortaleza, impenetrables al calor como a las moscas.

No, no había moscas ni mosquitos en los grandes dormitorios de altas bóvedas, donde cabían las camas con dosel, y limpios y bailando los lavabos. Disponían de luz eléctrica, lo mismo que en Sevilla, y buena parte de la renovada frescura de Jacinta debíase a ir desapareciendo de su cara la erupción que en Palomas hubieron de causarla los terribles picotazos.

Lucían mucho sus modernos y airosos muebles de la boda entre adornos y palmeras comprados al pasar por Oyarzábal. Necesitaban butacas, cortinas y remates, sin embargo. Cautos en gastar, tampoco se atrevieron a gran cosa en el despacho. Una vitrina y el aumento del menguado arsenal con varios instrumentos: fórceps, venda de Esmart, pinzas, cánulas, jeringas, un bisturí grande que podía servir de cuchillete...; pero tan pocos, al fin, que para medio llenar siquiera la diáfana ostentación del bello mueble, Esteban desparramaba dentro las tijeras y escalpelos de su estuche, dejando éste vacío y cerrado al pie; el estereóscopo, el fonendoscopio, los cuatro lentes de un gemelo de teatro desarmado, el espejo de un juguete de Luisín, parecido a un reflector, y hasta... el irrigador de Jacinta. Sonreíase mirándolo, y ya lo había él dicho en un anticipado acuerdo con los consejos de don Luis: «¡Tendré que ser un poco cómico, hasta ir adquiriendo lo preciso!»

Llegaron al Almira. Lo cruzaban por un viejo puente de tres ojos. En medio, el cura les hizo detenerse a ver el pueblo, que reaparecía en su verde colina de huertos y alamedas, igual que entre jardines. Blanco limpio. Sobre los rojos tejados descollaban las torres de la iglesia parroquial y de Jesús, la soberbia edificación de las escuelas, y algunas casas particulares, nuevas, de dos pisos.

Poco después, estaban en la huerta. El dueño, orgulloso del buen cuidado de su finca, la fue enseñando palmo a palmo. No se trataba de un rinconcito de recreo, como hubo de imaginarse Esteban, sino de un extenso vergel que al propio tiempo y a diario enviaba sus productos a Oyarzábal... Rendimientos de tres mil pesetas anuales.

«¡Jauja!... este hermoso Castellar» -tornaban a pensar y a decirse con los ojos Esteban y Jacinta.

Y Jacinta, animada con Rosa y con Luisín, se fue en un holgorio de risas y gritos a coger flores, hundiéndose en el espesor de una alameda. Don Luis hizo que le trajese la hortelana lechugas excelentes, cebollas, aceite, vinagre y sal, y púsose a confeccionar la ensalada por sí mismo. Nadie como él era especialista.

Fumaba Esteban, entretanto, tumbado a la sombra de un nogal. Las albercas, de aguas verdes y limosas, rebosaban hortalizas. Olía a higos no maduros, y una mula daba vueltas en la noria. Vergel, sí, vergel aquello. Por todas partes frondas, por todas partes selváticos rumores de hojas y de arroyos; trinos de pájaros, aromas, tibia humedad de paraíso.

Mientras don Luis lavaba y preparaba las lechugas, el médico recogía hacia su interior la voluptuosidad de esta pereza. Castellar se le ofrecía como un premio de la tierra y de la vida al pobre heroico fracasado en sus últimos afanes por el cielo. Nada habíale hablado de religión don Luis, harto hecho a la indulgente amistad con médicos, que no solían brillar por sus creencias, y nada tampoco habíale él dicho de su catástrofe moral ni de aquella confesión sacrílega que le hizo hacer el misionero. Verdad es que, en tan pocos días, don Luis y él no habían tenido ocasiones de conversar íntimamente.

Además, Esteban, con dolor de corazón, reservaba y reservaría para él solo su desdichado trance con los Padres; bastábale haber sacado la persuasión de que no debía, de que no podía creer. El sabio jesuita que hubo de comulgarle en tales condiciones, no creería tampoco.

No obstante, incapaz de resignarse a seguir cruzando por la vida sin un norte ideal, ni la carta de Juan Alfonso, llegada para el destrozado místico al modo de halago positivo en otro orden de esperanzas, hubo de evitarle una reacción de urgentes meditaciones. En el propio desastre de su razón, ya que no pudiendo contrastarse ella a sí misma como instrumento de análisis, destruía la filosófica certeza, había logrado cimentar un racionalismo escéptico y extraño, rectificable, y cuya fórmula inicial concretaba de esta suerte: «Sé, y no puedo saber si lo que sé es falso; pero sé». Atenido, pues, a la razón (así estigmatizada) en su actuación sobre los directos testimonios sensoriales, únicamente parecíale cuerdo admitir la vida como una variante de la existencia universal, y conceptuar eterno al Universo. Las teorías cosmogónicas de Laplace y el transformismo darwiniano, eran hipótesis sin pruebas concluyentes y no menos inaptas e inútiles para explicar la aparición de los mundos, primero, y la de la vida, después, que la inútil Teología. Los mundos existirían desde el infinito, cual hoy existen, con su orden inmutable, y la Tierra, entre ellos, con sus árboles, con sus piedras, con sus hombres. ¿Por qué no?... ¡costaba igual imaginarse la nebulosa o el Dios increados, que el Universo increado... cuyo eterno fin no sería otro que realizar la existencia de la materia, dentro de una impávida y perfecta perfección que vendría desde el infinito infinitamente proyectada al infinito!

Dentro de la lógica amoralidad de una universal perfección concebida en esta forma, la humana vida hallaríase sujeta fatalmente a una serie de mudanzas capaces de engendrarse una moral que, al impulso del egoísmo y bajo la dirección inteligente, podría llamarse conveniencia. Conviniendo a cada cual y a todos ser buenos, lo seríamos. Siendo perturbadores e innecesarios el robo, el homicidio, el crimen, la transgresión en cualquier forma a los derechos acordados, estas acciones quedarían reputadas por tan malas y penables como si su virtualidad estuviese escrita en un código divino. ¿Qué más daba?... El resultado idéntico -por una transmutación de la ley moral a la conciencia-, más noble, al fin, que el aceptarla por los miedos a un altísimo castigo.

Y en tanto que la Ciencia y la Belleza fuesen transformando el paso del hombre por el mundo en un reinado de trabajo y del amor y de las flores, bueno fuese vivir la pobre vida indiferente y limitada en paz y al sol. La suya, la de Esteban, con no más haberla comprendido, parecía querer brindarle cuanto hiciese falta para un buen poco de ventura; salud, esperanza de dinero y de prestigio, dulces amistades, amor en su Luisín y en su Jacinta... Bueno él y buenos todos, con divina fe o sin ella, vivirían dentro del bien, de los naturales gozos y de los rústicos placeres. Cuando se normalizasen, dejando él ordenados su tiempo, sus visitas, sus cumplimientos en el Casino a los amigos nuevos, por las noches, y Jacinta se viese más despreocupada de las tareas caseras y de sus compañías con Rosa en todo el día, ambos podrían irse arreglando una existencia de dulce intimidad. Dedicadas muchas horas al trabajo y al estudio, que enriquecen y ennoblecen, levantaríanse al amanecer, pasearían juntos, para higiene de ellos y del niño, conversarían, no tendrían una emoción ni un pensamiento que no fuera de los dos; disfrutaría de la lectura en las veladas, y en medio de su tranquilo amor y de la inmensa calma de estos campos, como desde un paraíso de hermosura y de honradez, delectaríanse con la perspectiva de un porvenir en que este hijo, y otros que tuviesen, hubieran de encontrar una selecta educación y una fortuna dadas como a besos de sus padres...

¡Ah, sí, el bello salvajismo! ¡La patriarcal y primitiva sencillez!... ¡Qué error el de las grandes ciudades con sus vicios, con sus lujos!... ¡Todo, en ellas, neurastenia y muerte..., siendo así que la verdadera vida podía constituirse en todas sus venturas con tan poco!

Venturoso, por ejemplo, veía el joven filósofo a este señor cura que, tras largos años consagrados a educar y enriquecer a su sobrina, aquí estaba poniendo su alma entera en el simplicísimo placer de picar una ensalada.

Había para amarlo todo, que amar lo pequeño, lo trivial; había que ser siempre un poco niños...

Y sorprendido de encontrase en mitad de estos proyectos con un cándido misticismo absolutamente igual que el que durante la infancia hubo de inspirarle su inmensa fe cristiana, no obstante hacerlo ahora derivarse de un materialismo brutal y desolado en la apariencia, sentía su corazón una ola de firmeza, de nobleza, de purezas exquisitas.


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