El médico rural: 14

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Capítulo III
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El médico rural- Segunda parte Felipe Trigo


Terminadas las cuentas pesadísimas que la tenían hacía hora y media en el despacho haciendo números, dejó la pluma doña Claudia y púsose a guardarlo todo. A cada carpeta rotulada volvieron los recibos y contratos; a los bolsos los duros, la plata suelta, el cobre; a sendos departamentos de la gran cartera de billetes, los de veinticinco pesetas, los de cincuenta, los de ciento, los de quinientas, los de mil..., en gruesos fajos.

Se levantó y fue ordenadamente depositando cosa a cosa en la caja de caudales. Sentía la satisfacción que da la exactitud. Según costumbre, no habíase equivocado ni en un céntimo. El numerario y sus notas convenían. ¡Ah, pobre administración si el talento y la actividad de ella no supliesen el corto alcance del marido!

Desde los arriendos y el trabajo de bufete, hasta los más mínimos pormenores de la casa, pesaban en su responsabilidad.

Ahora iba a vigilar y ayudar, a los sirvientes.

Ya en la cocina aguardaban tres pastores con reses muertas. Sintiéronla por el campaneo de llaves que pendían de su cintura, y pusiéronse de pie. Cinco ovejas, dos carneros. ¡Lástima! Los examinó. Los del Galapagar morían modorros, sirviendo, pues, para el tasajo; los de la Jarosa y los Canchales, de bacera, que, según los médicos, contagiaban el carbunco; mas no era cosa de tirarlos, y mandaba abrirlos en canal, salarlos y curarlos al humo, para las meriendas de los mozos. Dio las oportunas órdenes y partió, grave, enlutada, llena de la sencilla majestad de sus deberes.

A un lado del portal, Ciriaco y Pedro apaleaban lana de colchones; al otro, Rosenda y Berta rajaban aceitunas. Investigó. Miró la lana y el modo de tratarla con los palos; sentóse junto a las mujeres un instante, y hábil, a pretexto de admirar las aceitunas en tamaño y calidad, sacó del agua unas pocas por ver si íbanlas haciendo las cinco cortaduras consabidas. En seis puñados halló algunas con cuatro solamente; se levantó y se las arrojó a la falda a las mujeres:

-¿Eh?... ¡Cuidado, hijas! ¡Ya sabéis que me gustan bien las cosas! ¡Nadie os corre!

Pasó a las cuadras. Martín seguía poniéndole el varal al carro roto, y Tomasón se disponía a echarle el pienso a las borricas. A esta hora las veinte mulas estaban por los campos, y sólo una, herida de una coz, quedaba allí.

-¿Vino el albéitar?

-Sí, señora.

-¿Qué ha dicho?

-Que se siga con el vino de romero y con los polvos.

Entró en la cuadra la señora, palpó la herida atentamente, vio que remanaba pus, y se indignó:

-¡Bah, ese albéitar es un tonto! ¿A qué tener esto descubierto? ¿Quiere que se infecte?... Mira, Tomasón, tráete otra vez el cocimiento de quina, el bismuto y trapos limpios.

La coz era en la pata. Volvió con lo pedido el mozo y bajo la dirección del ama le dejó puesto un vendaje al animal.

Aún, antes de marcharse, ella le tomó a la mula el pulso en una oreja.

-No tiene calentura. Ponla medio pienso.

Continuó para el corral. Sebinilla, a la sombra del parrón, jugaba descosida con la hija de la Torca, en vez de estar fregando los calderos. La riñó. Menos mal que ya les habían echado de comer a las palomas y gallinas, todas las cuales se agrupaban en bandada inmensa y grandísima algazara de alas y cacareos y picotazos.

Últimamente volvióse a la bodega, en donde Curra y otros dos apercibían para el verano los quesos, los chorizos, las morcillas, quitándoles el moho y metiéndolos en las zafras del aceite. Aquí, su inspección fue entretenida. Aunque confiase en Curra, no creía demás intervenir un poco por sí propia en la delicada operación. En efecto, sólo con ir levantando y remirando algunos colgaderos de chorizo, de los que ya tenían las tres mujeres apartados como limpios, les descubrió el hollín, la suciedad que emporcaría el aceite comunicándole mal gusto. Sin decir más que leves frases de advertencia, se dispuso a corregirlo. Sentada, tomó un cernadero para encima de la falda, y con otro limpiaba los embutidos que empuñaba valerosa con sus blancas manos nobles... ¡Ah, cómo hacíanla sonreír estos trabajos rudos y vulgares, estos contrastes de la pringue con sus dedos delicados y llenos de sortijas!

Pero a los diez minutos consultó el reloj, que para mayor puntualidad llevaba siempre en la muñeca. ¡Las cinco!... Dejó el trabajo, dejólo todo. No sólo hallábase rendida, sino que, además, era la hora en que su hábito, desde mucho tiempo, desde mucho tiempo atrás, tornábala a la vida de descanso, de ilusión... al verdadero señorío. Hasta el anochecer, porque volvían del campo los mozos, ella recluíase en sus habitaciones, dejándole a Curra los cuidados.

Es decir, vida de ilusión, no ahora... cortada en un paréntesis insulso; mas sí vida de nuevas esperanzas, de inquietud, de dudas, aún, por vez primera, que habíanla impuesto a su voluntad una resolución trascendentísima.

Y pensándola, considerando la tal resolución, temblaba casi... mientras en el pilón de la cisterna, y con jabón duro, se quitaba la pringue de las manos.

Creyó que iban siguiéndola cuando dirigíase al fin a realizar en esta tarde aquella cosa inusitada. Cerró la sala por dentro, con llave, y todavía en la soledad la acompañaba una sensación de seres y ojos y gritos espectrales que intentaran contenerla... Decidida y rápida (¡Ah, sí, esta vez!... ¡o habría de ser que jamás se decidiese!) se dirigió a la cómoda sacó de lo profundo del cajón el envoltorio, y cruzó a soltarlo y desliarlo en la mesa tocador, sentándose al espejo.

El momento terrible, gravísimo, llegaba.

Sólo ya este esfuerzo, había sido colosal.

Recapacitó. Desfallecía. Tuvo que reposarse.

Entero e inminente ofrecíasele el problema, aquí. Enfrente tenía el cristal que copiaba su figura; dentro de sí misma, y toda alerta, su altiva conciencia de mujer acostumbrada al triunfo y al dominio por la simple ostentación de sus prendas naturales; y sobre la mesa (y los miraba ella con alucinador horror, igual que se miran los abismos) la blanca crema, la pasta de carmín, los lápices, los cepillos... el frasco de agua química que hubiese de tornarle encantos de mentira también a sus cabellos.

Sí, con la horrible seducción que a los abismos. Hermosura de espíritu y de luz de inteligente dignidad, la suya, más aún que de líneas y matices, nunca, y siguiendo así la limpia tradición de su familia, de las señoras todas de este pueblo... nunca habíase pasado siquiera una borla de polvos por el rostro. Pintarse y adobarse ahora, como las criaditas y pastoras que hacíanse públicas perdidas indecentes, parecíala... el paso a la prostitución.

¡¡A la prostitución!!

Y, sin embargo, volvían sus ojos a caer sobre el espejo; y éste, allí enfrente, no menos implacable que en ella propia la conciencia, devolvíala la cruel verdad de su física beldad marchita, de su pelo gris, de sus arrugas, de sus pálidos labios, ásperos y secos...

¿No sería él, quizá, demasiado guapo e inexperto, y su mujer demasiado linda y joven, para que de otra pudiera empezar a interesarse más que en una competencia de frescura?...

Temíalo, ciertamente; clavábasele en el corazón el temor, y caía de nuevo el ansia de su mirada irresoluta en los cepillos, en los lápices, en el frasco, en la pasta de carmín... en todo aquello tan histrionesco y bochornoso que con gran secreta había traído la fiel Curra de Oyarzábal.

Suspenso el pensamiento en la decisión, cerró los ojos y quedó desalentada con los codos en la mesa y la frente entre ambas manos.

El pasado empezó a desfilar por su memoria, como una explicación que era justificación al mismo tiempo, Ramón; Justo Zenara; antes Hipólito; y primero aún que ninguno, el juez. ¡Sus amantes!

¿Túvolos por vicio, por mísera y ruin coquetería?... ¡No! Los tuvo por talento, por serenidad, por diplomacia... por un noble instinto de superioridad, más tarde, que impulsábala a tratarse con personas distinguidas.

Casada con el buenazo Anselmo Cayetano, incapaz en la vida, en la vida tan difícil y compleja, de toda eficaz resolución, ella, desde el primer momento, habíase visto forzada a asumir la alta dirección de los negocios; y en el principal, en el respectivo a aquella testamentaría del pobre sobrino tonto, destinado por familiar acuerdo a ser marido de su hija, y que habíales hecho encontrarse manejando desde luego y disfrutando como propio un capital importantísimo, nadie sino la divina Providencia y ella, con la oportuna seducción del juez, realizaron el milagro.

Alzó la frente. Miró la estancia.

Humana mujer en el fondo, no podía negar que su carne habíase estremecido de delicia con estas aventuras a que arrastrábanla, no obstante, las ansias del espíritu. Mas, ni un detalle de trivial provocación en su persona, en su conducta ni en sus cosas, había jamás menoscabado la orgullosa autoridad de gran señora en que supo mantenerse.

Este era, por ejemplo, el departamento de la casa que más y más dulcemente pudiese hablar de sus misterios; y ¿dónde estaban los lujos frívolos, las sedas claras, las amplias lunas, los divanes de indecencia y de pecado... las trazas, en fin, de la menor galantería?... El salón, herencia señorial de los abuelos, con sus muebles de damasco; el tocador, con sus viejas sillas y su mesa de caoba, y el lecho, en el hondo dormitorio, antiguo, conyugal, enteramente serio y respetable entre los sombríos tonos del palosanto y bajo el crucifijo de ébano y marfil... ¡Oh, ella podría afirmarle al mundo entero que siempre, siempre había sabido con sus amantes comportarse con tanta o más dignidad que con su marido, como una augusta emperatriz, sin descomponer, ni en la sonrisa afable ni en los álgidos momentos de pasión, su gravedad de gran señora!...

Hermosa (volvía a pensar, mirando nuevamente las cajas y los frascos), habíase hecho adorar, ante todo, por la majestad en que envolvíanla su alma inmensa y sus estirpes. Para el mismo Ramón, a quien ya había conocido no chiquilla, supo confiada y despreocupadamente hacer méritos de lo que otra necia habría juzgado defectos y tachas de la edad; empezaba a perder el rosa de los labios, y no se los pintó; empezaba a encanecer su pelo, el tesoro negro de su pelo, y lució los hilos blancos, brava, cierta de cautivarle, más tal vez con su nueva y melancólica beldad de otoñera rosa; pudo haber recurrido a lujos y perfumes, y prefirió esta austeridad sencilla y estos honrados efluvios del pan y del aceite que en las manos, en las ropas dejábala el trabajo.

Pero... ¡ah, el espejo, ahora! Hacía de aquello siete años, y tampoco en fechas tales se podía decir Ramón ningún chiquillo. Esteban, este don Esteban, ¡sí!...; y a ella desde entonces el tiempo la había inferido hartas injurias; la imagen, al otro lado del cristal, seguía sarcástica insistiéndola en que ya era casi blanca su cabeza, en que su frente y sus mejillas eran lívidas y opacas..., en que el menor desaliento acentuábala en el rostro una fatiga prematura y en que hasta sus grandes ojos, en otro tiempo tan intensos, mostraban un como anémico cansancio tintado por la bilis...

En un impulso de rebeldía contra el destino, lanzó su mano a la pasta de carmín; pero a otro impulso, en seguida, la arrojó.

Tal lucha no era nueva, por más que hoy un nuevo afán hubiérasela casi resuelto. Llevaba quince días preocupadísima, desde que una tarde le habló en las tapias al joven matrimonio, y creyó advertir que Esteban acogíala simpáticamente sus miradas; desde que otra tarde volvió a verlos, con dolor, paseando en amoroso idilio entre el forraje...; y llevaban cinco días aquí, estos frascos y estas cajas, sin que lograra la indecisa vislumbrarle solución al conflicto de su debilidad sentimental con sus reparos.

La obsesión suya oscilaba entre dos planes: llamarle así, al médico, como ella era, con el eterno motivo de los nervios; ir intimando poco a poco, invitarle al té todas las tardes, intrigarle y envolverle, por último, discreta, muy discreta, igual que a los demás, en los encantos de su educación finísima y en las gracias aristocráticas y selectas de su alma; llamarle así..., o rejuvenecerse y lograr lo mismo haciéndole a la vez contar, y desde luego, con el halago de los ojos.

Y como no podía, como no sabía resolverse, como no acababa de resolver nunca... alzóse del tocador y abrumada fue a caer a la butaca. ¿Por qué, después de todo, el joven médico constituíala esta tortura?...

Tradición. Algo que había pasado a ser derecho de ella, respetado y sancionado en Castellar. En días lejanos, Curra, la fiel criada, habíala dicho: «Sí, mi ama; se sabe, corre por ahí que es usted la amiga de los médicos». Alarmada al pronto la sensata, tardó nada en advertir que no por ello había perdido el respeto, la suerte de veneración que rendíanla el pueblo y los parientes. Había sido a la sazón «la amiga» de dos médicos, y lo fue al poco del tercero... ¿Por qué no serlo igual de don Esteban, ya que hasta por lo que pudiese respectar a la pública opinión, antes el dejar de serlo se la apuntaría como vejez, como fracaso?

Sino que el conseguirlo a costa de la farsa, repugnábale a ella misma, tal que una prostituida renunciación de dignidad, y expondríala entre las gentes al ridículo... ¡Ah, la transfiguración de juventud!... ¿Qué iban a decir, qué extrañezas no fuesen a sufrir sus cuñadas, sus sobrinas, su marido, sus criadas, las primeras, al verla esta tarde salir del tocador desconocida, así, de pronto, con la cara blanca, rosa, tersa, con los labios rojos, con el pelo de azabache?... ¿Qué iría a pensar el propio don Esteban, tras de haberla visto ya en el huerto?... Vendrían explicaciones difíciles y tumultuosas a todo el mundo que tuviese algún derecho a preguntar...; vendrían, acaso, burlas y sonrisas..., piadosas condescendencias de desprecio, hundiéndola en el corazón sus puñaladas, y hundiendo el alcázar de su orgullo entre...

Se irguió. Llamaban fuera.

Pronta a recoger aquellos trastos de vergüenza y de impudor, por si fuese su marido, quedó en escucha nuevamente.

-Doña Claudia, ¿puede usted?... ¡Soy Curra!

-¡Ah!

Se acercó y entreabrió la puerta de la sala:

-¿Qué?

-¡Que están ahí los médicos!

-¿Qué médicos? -inquirió aturdida doña Claudia, en la alucinación de sus «espectros».

-El médico y la médica nuevos, que vienen de visita -explicó Curra, con cautelas en la voz-. Les he dicho que no sé si está usted, por si no quiere recibirlos.

Pasmada la señora..., en un arranque impetuoso, decidió:

-Sí, mira; ¿dónde están?

-En el despacho.

-¡Pásalos aquí!

Corrió, dejando la sala franca, cerrando bien la vidriera que en el tocador había de aislarla, hasta guardar «aquellas cosas»; y tan pronto como las embutió en la cómoda, dispúsose a salir sin cambiarse de vestido, sin tocarse siquiera ni humedecerse la cabeza, a pesar de que el agua oscurecía las canas por un rato. Ya que la casualidad venía en su auxilio, la brava y noble decisión quedaba firme: ¡nada de mejunjes! Veríala así, ahora y siempre..., ante aquella misma mujercita suya, linda y joven... ¿Qué importaba?

Abrió y se presentó serena, protectora, sonriente..., con aquella fácil adaptación emocional que permitíala entregarse a cada nueva ocupación, a cada nueva situación, con alma y vida... lo mismo al curar bestias y limpiar quesos y chorizos (¡ah, únicamente, tras la puerta, habíase llevado a la nariz las manos, no fuesen a oler a pringue todavía!, ¡y no!) que al plantearse las más asiduas cuestiones en la intimidad de su conciencia.

Volvía a ser la dulce y poderosa gran señora, amable, afable:

-¡Hola, doña Jacinta! ¡Hola, don Esteban! ¡Tanto gusto! ¿Cómo va?

-Bien, ¿y usted?

-Perfectamente. Contentísima de verlos. Siéntense; tengan la bondad de sentarse. Y... ¿me perdonan?... i Iba a tomar el té; es mi hora por las tardes! ¿Una taza?

-Oh, gracias. ¡No se moleste!

-Molestia, ninguna; por Dios... ¡Mira, Curra, sirve el té también a los señores!... Es decir, a menos que ustedes prefieran café, doña Jacinta, o don Esteban.

-No, no, té. ¡Gracias!

-Pues, un momento. Con permiso.

Salió también, quizá a sacar de algún armario las galletas, y Jacinta y Esteban se miraron sonrientes. Sin decírselo, mostrábanse la extrañeza mutua de la amabilidad de todos los señores de este pueblo, de la manía por decirles a ellos «doña» y «don», y de aquella costumbre de los convites a café, a todas horas. Entre los que se tomaba Esteban después de las comidas y los que le ofrecían en los Casinos y en las casas, igual que en Palomas el señor Porras, había días que salía por seis o siete.

Doña Claudia, en efecto, volvió con unas bandejas de galletas. Siempre hablando, ayudando a Curra a disponer las tazas, advertíase tarde de que, por su imprevisión, los dos jóvenes habían ocupado los asientos que daban espaldas a las rejas. No la quedaba otro remedio que sentarse a plena luz... en una cruda exposición no favorable.

Mientras servía, Curra, que había charlado también con Nora por las tapias, informó a «doña Jacinta» de una niñerita que ésta quería tomar para Luisín; se la enviaría.

Y partió Curra, quedándose el matrimonio y doña Claudia conversando acerca de las casas, de la mala servidumbre, de la vida en Castellar. Buenas impresiones, los dos recién llegados. Contenta, muy contenta «doña Jacinta»: familias de tan esplendidez como la propia doña Claudia, íbanla abrumando a regalos, que la llenaban la despensa y el corral.

-¡Ah, pero sobre todo, señora, usted!... Ayer han vuelto con más leña sus carros. ¡Gracias! ¡No sabemos ya cómo agradecerle tanto obsequio!

-Bah, doña Jacinta, déjese de gracias. Los regalos es natural que se les hagan a los médicos cuando están recién venidos, porque entonces se hallan desprovistos en unos pueblos donde de todo se carece. Y usted, don Esteban, ¿qué tal lo va pasando?... ¡Ah, si posible nos fuese, para ustedes también, para los hombres, que están acostumbrados a otras cosas, volverles la vida menos ingrata que en ese aburridero del Casino!

-¡Oh, no, no, señora! ¡Me va muy bien! -repuso Esteban, bajo el hondo mirar de doña Claudia.

-¿Bien?... ¡Imposible!... Habrá encontrado a los amigos algo toscos. ¡Ustedes, los de población, sueñan otras ilusiones!

Seguía mirándole y sonriéndole con un recóndito interés que Esteban y Jacinta ponían a cuenta del maternal carácter generoso de la dama, y ésta cortó al fin:

-¿Son ustedes de Sevilla, creo?

Explicáronla. De Badajoz, él, y había estudiado tres años en Madrid; Jacinta, nacida en Barcelona, recorrió muchas ciudades con su padre, ingeniero militar, teniente coronel. Contó en seguida doña Claudia que había viajado un poco: a Córdoba, claro es, por ser la capital, frecuentemente; a Huelva, a Cádiz y a Málaga por los baños; y además, una vez, en el último verano, a Oviedo: tenía allí a su hija Inés, la pobre, la pobre criaturita, a fin de que viviese menos aburrida que en este Castellar empecatado. Inés, que por estar lejos venía de tarde en tarde, educábase con su tío don Lucas Bernabé, director del Banco del Nervión, sin hijos, y cuya esposa era la hermana mayor de doña Claudia.

-¡Pobre, pobre niñina mía! ¡La quiero tanto!... ¡Y ya ven, única y verme sin ella! ¡Horrible, horrible!... Mas ¿cómo, por Dios, ahora que empieza la criatura de mi alma a ver el mundo, traerla y enterrarla en un desierto?

Enternecíase hasta el punto de atajar con el pañuelo una lágrima invisible, y Jacinta, sin querer, hubo de aumentar sus aflicciones preguntándola si había tenido más familia. Sí; había tenido otro hijito, que murió, y luego abortos.

-¡Lo menos seis abortos!... Una de sangre de este cuerpo, que ha sido una desdicha. ¡Así -añadió mirando a Esteban- estoy destrozada!

Hábil, aprovechaba la coyuntura para empezar a darle a entender al médico las posibles diferencias entre los encantos de su belleza mustia y las lozanías de su mujer. Mas no pudo recoger la impresión de Esteban, porque entraba otra visita.

Una señora y un joven.

Doña Claudia presentó:

-Mi cuñada doña Antonia; mi sobrino.

Estrambóticos de veras, y el sobrino sobre todo; lacio y largo, lucía un bigote y una barba de cuatro pelos, que le colgaban como si acabara de bañarse, y había entrado con la boca abierta y el sombrero encasquetado hasta los hombros; traía en una mano una bellota y en la otra un cortaplumas; sentóse no cerca de la mesa y quedó con la boca abierta, con la cabeza ladeada, doblado hacia delante y con las manos colgando entre los muslos; sin embargo, estiraba los pies y uno pisaba a plomo la falda de su tía, quien hubo de avisarle quitándole el sombrero.

-¡Hombre, Alberto! ¡Estamos en visita!

Él, que había permanecido mirando a Esteban fijamente, varió los ojos en un rápido gesto de estornino y siguió igual mirando a doña Claudia, fijo, estúpido...

-¡Guarda esas bellotas, hombre! ¡Ah, el pobre Alberto! -disculpó la dueña de la casa.

No les hizo falta más a Esteban y a Jacinta para entender que era un imbécil; decíalo todo, y con triste sombra de elocuencia, en su figura, en su expresión.

Confirmábalo, además, el aspecto de la madre. Baja y gorda, tenía los ojos redondos, la cara llena de pecas, nada limpia, lo mismo que el negro traje de percal, y miraba también al médico con una especie de memez sumisa y bondadosa.

Inmediatamente se puso a consultarle sus achaques. Hacía mal las digestiones, padecía mucho de histérico, de flatos y dolíanle todos los «güesos». Además, sufría jaquecas a menudo y herpetismo a temporadas. Rogábale que fuese a verla, y Esteban lo prometió, suponiendo, dada tanta cosa, que fuera a ser su crónica enferma para tiempo.

-Oye, escucha, Claudia, mira bien -exclamó tras un silencio, en tanto el médico anotaba su dirección en el libro de visitas-. Me estoy fijando en cómo se parece este señor, salvo en que es más joven, a tu hijo Gil, que en paz descanse.

No respondió la cuñada, mirando a Esteban con no se supiera cuál desagrado de la comparación, e insistió la otra:

-Pero que ¡mucho!, ¡mucho! ¿No?

-Sí -accedió de mala gana doña Claudia, ya molesta con mostrar estos parientes; y añadió, tratando de torcer su contrariedad, hacia Esteban, en melancólico misterio de bondades-. Tal vez hay en usted una grata semejanza con mi hijo, y por eso me ha sido usted desde luego muy simpático..., muy simpático.

-Gracias -correspondió el médico, en ligera turbación bajo aquella mirada cariñosa-. ¡Usted también nos ha sido simpática en extremo!

-Y tal vez por lo mismo -saltó Jacinta, ingenua-. ¡Es particular!... Siempre, al verla en el jardín, mi marido me lo ha dicho: «¡Cómo me recuerda a mi madre esta señora!»

Hubo una inmutación y una sorpresa en la faz de doña Claudia, que miraba a Esteban de modo indefinible, y éste confirmó:

-Es cierto. ¡Se parece usted a mi madre!

-¡A su madre! ¿En qué?

-¡En la cara, en el pelo blanco, en la edad... en todo!

Contra lo que podría esperar el matrimonio, a estas halagadoras frases sucedió un fatídico silencio.

Únicamente había lanzado triunfal la simple doña Antonia.

-¿Eh? ¿Si digo yo? ¡Te pareces a su madre!... ¡y usted a mi sobrino! ¡Trae, Claudia, trae el retrato, que lo vean!

Lejos de obedecerla, limitóse la aludida a preguntar con acento lúgubre:

-¿Qué edad tiene su madre, don Esteban?

-Tendría ahora... sesenta años. ¡Murió la pobre!

Y como la penosa evocación hízole bajar los ojos, no advirtió el nuevo y terrible centelleo de lividez que le causó a la dama la respuesta; pero oyó que la madre de Alberto comprobaba:

-¡Ah! ¡Tres más que tú!

Sobre la mudez sombría de doña Claudia, que respiraba mal, y cubierta de un frío sudor pasábase a menudo el pañuelo por la frente, redújose la conversación al necio y ya libre monologar de doña Antonia. Jacinta y Esteban se miraban y pretendían en vano explicarse la extraña situación. ¿Habríase puesto enferma la señora, o apenaríala el recuerdo de su hijo?

Pero la explicación se le ofreció súbita a Esteban con un nuevo personaje que llegaba, y a quien también la medio muerta dama presentó:

-Mi marido.

¡Ah, Dios santo!... ¡Él! ¡Aquél!

Aunque al venir a la visita no ignoraba Esteban que el dueño de la casa llamábase don Anselmo Cayetano, tenía aún, con respecto al pueblo entero, una confusión de nombres y personas que impedíale relacionar unos con otras; mas si por el nombre había perdido la noción de este señor, no así por su presencia, que inmediatamente lo evocó aquello de «la cabeza hecha un bosque», que le había contado Cascabel cuando le encontraron el domingo camino de la plaza. Y si el don Cayetano era éste, y ésta doña Claudia su mujer..., ésta, esta doña Claudia, esta obsequiosísima vecina de la leña y los jamones... ¡era, tendría que ser la amiga de los médicos!

¿De él también..., en designio y esperanza, sin que significasen más sus regalos, sus bondades, sus miradas de ahora, hondamente afectuosas, tomadas torpemente por un filial afecto del que habrían sido justa explicación las diferencias de edad y los familiares parecidos?... Pero, entonces, ¿qué desilusión, qué desengaño de feroz insulto formidable no había acabado de inferirla al compararla con su madre, poniéndola de vieja?

Las arrugas y las canas, la ancianidad de esta mujer, acusadísima en su lamentable situación presente de disgusto y de destrozo, le inundaron de una indignada repulsión, que todavía aumentaba por insólito contraste la fe respetuosa que al compararla con su madre habíala rendido... ¡no, no! Deploraba aquella semejanza. ¿Cómo parecerse a la faz santa de su madre la innoble faz de esta inmunda vieja lujuriosa!

Un momento después, partían.

-¡Caramba! -manifestó Jacinta, apenas en la calle-. ¿Verdad que es rara esta familia?... El sobrino y la cuñada, tontos; el marido un mentecato; la hija única en Oviedo; y doña Claudia, tan redicha y animosa, y tan desigual, al mismo tiempo, que por el recuerdo del hijo que perdió no ha podido ahora ni salir a despedirnos.

-¡Verdad! -repuso Esteban-. ¡Bastante rara!

Habría deseado decirla la razón de lo ocurrido, y se contuvo. Para la intimidad de ciertas emociones de demasiada crudeza o de excesiva estupidez, los candores de Jacinta inspirábanle respeto.

Doña Claudia sufrió una grave crisis que la retuvo en cama dos días sin comer y sin dormir.

No consintió que el médico la viese.

¡Oh, el asombro del marido..., ella que tanto por nada los llamaba tiempo atrás!

Al levantarse, y a fuerza de meditaciones larguísimas, había encontrado que era llegada la ocasión de traer de Oviedo a Inés, de casarla con Alberto, y de irse preocupando un poco, en fin, de la niña de su alma.


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