El médico rural: 15

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Capítulo IV
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El médico rural- Segunda parte Felipe Trigo


El edificio de las escuelas, nuevo, alzado con planos del arquitecto provincial, y bajo los auspicios del poderosísimo señor don Indalecio Márquez (padre de Juan Alfonso), que ejecutaba cuanto bueno y malo pudiera ejecutarse en Castellar, tenía el fanfarrón aspecto de un palacio. Su larga y altísima fachada de tres pisos, con hileras de grandes ventanas y balcones, destacábase aún más que la de la iglesia, así que se miraba al pueblo desde no importase qué lugar de la campiña; y sin embargo, dejado a la mitad por construir, no tenía más que tres salones superpuestos, sin encaladura al exterior, donde aún veíanse los hondos agujeros que había dejado el andamiaje, y los muros de arranque, por la parte de atrás, que habrían de haber constituido las magníficas viviendas para las familias de la maestra y el maestro.

Estos, por lo pronto, agotado el presupuesto de las obras, quedáronse sin casa. Durante los primeros cuatro años, las niñas concurrieron a un salón, los niños a otro, y en el último estuvo funcionando el Juzgado y parte de las oficinas del Consejo. Pero desde hacía dos, y a consecuencia de ser chico y malo el Casino, causa por la cual dio la gente en concurrir a una especie de titulado Círculo Republicano, que hubieron de fundar Pablo Bonifacio y Gironza el albañil, tuvo don Indalecio Márquez la felicísima ocurrencia de partir el salón alto en tres, por medio de tabiques, reduciendo allí ambas escuelas y el Juzgado, y de ocupar los otros con el Casino Principal, a cuya regia y moderna instalación contribuyó con su dinero.

«¡Oh, oh, este hombre!» -decían admirados los vecinos, viendo las paredes repintadas, los muebles nuevos, la mesa de billar. Y el golpe fue terrible para el estúpido y tenaz republicanismo de Pablo Bonifacio y de Gironza, que viéronse inmediatamente abandonados por el público versátil.

Durante el día, el salón bajo, de billar, de tute y de tertulia, estaba animadísimo; durante la noche, la banca y la ruleta, establecidas en el piso principal, y asimismo confortable. Tenían buenas vidrieras las ventanas y balcones de todo el edificio, excepto los de arriba; y era que por llenarse aquellos agujeros de la fachada de aviones y murciélagos, los habituales del Casino, adiestrándose en la caza, matábanlos al vuelo y rompían a tiros los cristales. Al anochecer, y especialmente en primavera, formábase en la plaza un escopeteo de mil demonios.

-¡Hombre! ¡Hombre! -asomábase alguna vez a gritar el juez, con precaución-. ¡Hacedme el repijotero favor de esperar a que uno acabe!

-¡Qué! ¡Ya han salido los chiquillos! ¡Ya anochece!

-¡Pero yo tengo que hacer!

-¿Qué haces?

-Trabajar.

-¡Lo dejas y te bajas!

¡Plum!

Al disparo, el juez se entraba más que listo; y un minuto después, veíasele aparecer también con su escopeta.

¡Plumba!

¡Aire! ¡El último cristal veníase al suelo!

A la sala baja, que diariamente limpiaba el conserje muy temprano, no empezaba por las mañanas a acudir nadie hasta las once.

Ramón Guzmán solía ser de los primeros. Llegaba lentamente, con su paso de hombre menudito, aseado, circunspecto, respetable, y dábale al amplísimo salón un par de vueltas, mirando cada cosa y complacido del buen orden de los tacos, de las mesas, de las sillas. Barrido y regado el piso, la luz entraba por las seis ventanas esparciendo en la soledad interior una paz conventual. Algo viejo, alzábase negro y grave el piano en un testero; el otro, con el mostrador y los anaqueles del despacho, lucía la radiación de las bandejas y botellas.

«¡Oh! -pensaba Ramón, bajo los altos techos y ante los cuidados del conserje-. ¡Que así se arregle esto para que tanto vago lo ensucie en todo el día, y para que aquí se diga tanta estupidez!»

Queríalo para él solo; y a lo sumo, para tres o cuatro más de los que, acerca de mil cuestiones trascendentales, arte, política, problemas internacionales o sociales, le escuchaban su opinión. Su casa le abrumaba, con nueve hijos, y con aquellas bóvedas que casi le tocaban la cabeza.

Sentábase, por último; pedía café, liábase un cigarro, de la petaca perfumada con palitos de vainilla, y poníase a leer El Imparcial.

Cobraba aristocrática aureola entre el humo del cigarro y de la taza. Usaba lentes. Vestía de luto, con chalinas que le cerraban el escote del chaleco, prestándole apariencias de cura protestante; y aunque no contaba más que treinta y siete años, desde hacía muchos tenía completamente canas la artística melena que emergía en torno al flexible sombrerito y la gran barba apostólica que le llegaba al esternón: apreciábasele, no obstante, la relativa juventud, en la pálida tersura del cutis, en la negra viveza de los ojos, y en la totalidad del rostro, en fin, de poderoso, agudo y ágil.

No se llamaba simplemente Ramón Guzmán, sino Ramón Guzmán y Márquez Alvarado del Río y Pérez Gil Sánchez del Castillo, sin contar otros seis o siete ilustres apellidos que contenía su ejecutoria; y por los cuatro costados era más hidalgo que los demás Guzmanes y Márquez de este pueblo y que el propio tío de todos, conde y senador y hasta millonario por caprichos de la suerte. Él, en cambio, tras algunos intentos políticos en Granada y en Madrid, cuando estudió hasta la mitad su carrera de Derecho, se casó y habíase retirado al ostracismo de este Castellar, para ir con toda dignidad engendrando una copiosa familia de hidalgos herederos e ir viviendo modesta, pero hidalgamente, de sus rentas.

Nadie como él sabía no descender jamás a los plebeyos menesteres. Nadie como él sabía tener los dientes limpios, las uñas limpias, y limpio el traje que servíale igual para fiestas y diario, a fin de aparecer al público en todo día con plena respetabilidad -bien al revés que sus parientes, muy peripuestos y cursis los domingos, y de botazas blancas y marsellés lo demás de la semana.

Ni cazaba ni iba al campo, como ellos iban con pretexto de las fincas, y, en realidad, para acostarse con caseras y pastoras. Casto por temperamento y por estirpe, pues jamás perdonaríase la súplica de humillación ante una puerca pobretona, aparte de que hasta le causaba horror la idea de tener bastardos descendientes, no tenía más noble ocupación que un rato de billar y la lectura de la prensa: al despertar, en la cama misma, se leía La Época; luego, aquí, El Imparcial, El Liberal, enteros; y algo de El País, por no ignorar lo que pensasen los necios demagogos.

Se hallaba a gusto, porque muy pocas personas a estas horas venían a interrumpirle.

Otro de los que solían llegar era Alberto, el pobre primo tonto, que se apartaba hacia un rincón, pedía café, abría la boca y permanecía inmóvil mirando las golondrinas y guirnaldas pintadas en el techo.

Otro era Frasquito, el discretísimo Frasquito, primo doble de Ramón, así por parte de los Guzmán como de los Márquez. Se saludaban, respetábale Frasquito a Ramón su interés por la lectura, pedía café junto al piano, y poníase inmediatamente a ejecutar preciosas habaneras. Hablaba poco, no cazaba ni iba al campo, usaba barbita negra, vestía siempre también como Ramón, de señorito y con pulquérrima modestia por ser muchos hermanos y sin mucho capital, y poseía una actividad y unas habilidades para todo que hubiéranle llevado lejos de haber podido pasar del bachillerato en su carrera. Aficionado a las ciencias y a las artes, proyectaba o construía pequeños globos y aeroplanos; tocaba el piano, el violín y la bandurria sin saber música; pintaba, sin haber aprendido con maestros, cuadros al óleo, habitaciones al temple, cristales con albayalde y aguarrás, dejándolos llenos de grecas y de cifras igual que los de fábrica...; y claro es que con su amabilidad y tantas aptitudes, le traían loco de trabajo los parientes. Últimamente, había pintado una Purísima para el estandarte de la iglesia, y sus primas, las Hijas de María, le regalaron un alfiler de corbata y un jamón.

Otro de los que habitualmente tomaban su café por la mañana era el propio y poderosísimo don Indalecio Márquez. Pero a éste, rey del pueblo, listo como un diablo, y a pesar de sus cincuenta y nueve años, simpático y jovial como un chiquillo, rendíale Ramón sus pleitesías con sumo gusto. Dejaba de leer al verle y conversaban. No se sabía el porqué de su afecto mutuo. Grande, hercúleo, don Indalecio, y con su fina ropa de buen sastre llena de polvo y manchas, porque no se cepillaba en la vida y no se cambiaba de traje hasta romper otro, lucía una rizosa barba gris e hirsuta, entre verde y amarilla, en las cercanías de la boca y la nariz, por el tabaco, y mostraba en las manotas sucias las uñas negras, lamentables. Contraste uno de otro, así por lo que atañe a la riqueza cuanto por lo que respectaba a sus gustos y aficiones, resultaban, sin embargo, confiadísimos amigos. Don Indalecio no sólo le consultaba a Ramón las cosas de política, en el círculo de hombres serios, sino que considerándole, además, como un último enlace de juventud, en su perdida juventud, que le impedía pregonarlas entre jóvenes, le contaba sus conquistas. Así, Ramón, antes que nadie, había ido sabiendo historias y lances suyos, muchos de los cuales permanecían en el secreto. Por ejemplo, una vez, don Indalecio, siempre con su sonrisa fanfarrona y dominante, habíale referido el chasco de su propio hijo Juan Alfonso, creyendo deshonrar a una linda Petrita de un vaquero, ya deshonrada por él cuando apenas cumplió los catorce años la muchacha. Lo de la cerca de la virgen, famosa en Castellar, igualmente lo conoció Ramón de los primeros: tratábase de una tierra de catorce mil reales regalada a una viuda muy decente por acostarse con su hija, preciosa morenota que estaba ya para casarse, y que se casó... seis días después -tomando inmediatamente posesión de la finca con acuerdo y gozo del marido; y era lo singular que éste, medio riquete ya sobre aquella base, al nombrar la cerca ahora, y siguiendo la denominación que habíala dado el pueblo, decía también la cerca de la virgen...; y era lo más singular, todavía, que el marido y la mujer habíanse mantenido en un respeto de honorabilísima conducta, como antes, como cuando fueron novios, luego del suceso. Si ella se cruzaba con don Indalecio por las calles, bajaba los ojos y limitábase a decirle pudorosa: «¡Vaya usted con Dios, don Indalecio!...»

¡Qué de cosas de éstas pudiera él recordar en su pasado, y cuántas más tenía a la vista!

Pero las charlas de tal intimidad, que siempre oía Ramón con interés, no podían sostenerse mucho tiempo. Entraba gente y les formaban corro. Deshacíase luego la tertulia entre el hambre y la languidez del mediodía, y un ruidosísimo bostezo del tonto Alberto, allá constantemente solo en el rincón, pelando sus bellotas, venía a ser como la señal de cien bostezos... Todo el mundo abría la boca, cesaba el buen Frasquito de tocar las malagueñas, y desfilaban a comer...

Había que ver el gozo, la satisfacción con que después de la comida, el mismo personal de antes, aumentado por Juan Alfonso, por el notario y el boticario; por el cura, por don Anselmo Cayetano y sus parientes; por el maestro de escuela Macario, por Cascabel, por muchos más... sentábanse a las mesas. Fumaban, reían, dábanse bromas. Mostrábanse todos contentísimos, rozagantes, como bien mantenidos animales, y dijérase que en las cucharaditas de café iban absorbiendo el elixir inmortal de la alegría... -y no era así; esta alegría, con el café, habíase agotado antes de quince minutos... y las moscas empezaban a pasear entre el silencio por encima del azúcar y las tazas llenas de pavesas...; un primer bostezo, de Alberto o de cualquiera, daba la señal de otros bostezos y del horrendo fastidio de la tarde. Unos se volvían a sus tareas, otros jugaban al tute, y los más, en grupos, ya al fin de categorías calificadas, se iban de paseo al camino de la fuente del Corozo, por la Cruz...

Esteban, algunas tardes, yendo con Juan Alfonso, Frasquito y Ramón Guzmán, se había extrañado de ver enfrente de la Cruz y entre el ramaje espeso de una huerta las cornisas de un chalet.

-¿De quién es? -inquirió, pensando que Juan Alfonso contestase: «¡Mío!», igual que todo lo que valía la pena por rico o por hermoso.

La vivienda aquélla, verdaderamente, aunque mal vista desde fuera, en lo profundo de las frondas, parecía lo más gentil del pueblo.

-¡Bah, de nadie! -contestóle Juan despreciativo-. ¡De un tiazo!

-¿De quién?

-¡De nadie! ¡De un cualquiera! -confirmó Ramón Guzmán-. ¡Ahí vive el Colita, un torerucho hijo de un borracho carnicero de este pueblo y que ha querido el hombre retirarse!

-¡No, que le han retirado los toros a cornadas! -cerró Frasquito no menos desdeñoso.

Y como no le concedían otro interés, y aun parecía que molestábales hablar del torerucho, Esteban redújose al silencio.

Llegaban a la fuente del Corozo, en un repliegue pintoresco de montañas, adonde no obstante la distancia solían ir criaditas y mujeres con cántaros, por un agua finísima excelente..., y hasta que iba cayendo el sol no volvían hacia el Casino.

Eso sí, el Casino, la terraza del Casino, marcada ante la puerta y las ventanas por un ancho acerado de granito que adornaban macetones de evónimos, lo mismo que en la Corte, cobraba entonces su mayor animación. Sobre todo, los días en que, como hoy, los periódicos habían traído abundancia de sucesos comentables. Telegramas de Córdoba, de Bujalance, de Montilla, de incluso el tan próximo Oyarzábal, daban cuenta de una casi revolución obrera en la provincia. Además, había habido en Madrid dos crímenes horrendos: uno, el de un valiente de oficio que hirió en una taberna a cinco hombres; otro, el de una alemana institutriz que, seducida y embarazada, y abandonada luego por su dueño, el marqués de Campoblanco, le mató y se suicidó.

Cuando llegó Esteban, que en la Cruz se había apartado de los otros para vez sus enfermos, el amplio corro discutía el segundo crimen. Ramón Guzmán, con Juan Alfonso, Frasquito y varios más, entre los que se contaban sus tíos y gentes de respeto, llevaban la voz cantante en defensa del marqués, o lo que es igual, de la aristocracia y de todos los burgueses derechos consagrados; el maestro, el farmacéutico, Cascabel, Zurrón y Pepe el barbero, con el mudo asentimiento de algunos infelices, defendían a la alemana. Eran, sin embargo, los verdaderos campeones Ramón Guzmán y el maestro, el elocuentísimo y enérgico Macario.

-Bien, yo afirmo -decía Ramón tremolando sus lentes en la mano diestra y haciendo nerviosamente temblar en la indignada emoción sus barbas apostólicas que una mujer mayor de edad, puesto que hace constar La Época que tenía veinticinco años, extranjera, conocedora de las cosas y del mundo, por tanto, y harta de rodar sola por Londres, por París..., ni es lógico que fuese virgen, ni aunque lo fuese cabe suponerla en la ignorancia de aquello que se hacía entregándose a un casado. ¿Por qué cedió? Por sacarle los cuartos al marqués, sin mirar que exponía la tranquilidad de una familia. ¿Por qué, después, hubo de matarle?... Por ira, por odio, por venganza en su fracaso de una indigna explotación. ¡La hazaña, pues, no es más que un bajo crimen repulsivo, de ambición y de intento de chantage!

Prodújose una explosión aprobatoria en muchos del concurso. Ramón Guzmán, no obstante su pecho escuálido, tenía una aguda voz de clarinete que imponía sus argumentos.

Pero también, y a pesar de su seca contextura, disponía Macario de una voz de corneta, intensa, dominante sobre toda clase de entusiasmos y tumultos.

-Y yo contesto -proclamó atrayéndose la atención de todos desde luego-, que si esa infeliz muchacha, mayor de edad, no desconocía el mal que podía causarle a una honorabilísima familia al entregarse, tampoco el jefe de ésta, mayor de edad, debía desconocer el daño que fuese a ocasionarle a una mujer sola y extranjera, deshonrándola, haciéndola un chiquillo..., y lanzándola en seguida al desamparo, sin recursos, y cuando ella embarazada no podría en ninguna parte ejercer su profesión. A ella, como amante y como madre, asistíala el derecho de defensa o de venganza de ella propia y de su hijo; al señor marqués faltábale hasta la consideración de humanidad que pierde quien se niega a todo como hombre y como padre. Hiena, más que hiena, porque ni las hienas dejan de querer a sus cachorros, encontróse a una leona que le aplastó bajo su garra y a quien todavía para sí misma le sobró el coraje de matarse.

Hubo otra explosión de comentarios. Juan Alfonso y sus parientes, que tenían el pueblo lleno de chiquillos por reconocer, futuros y anónimos pastores y porqueros, protestaban.

-¡Coile! ¿Y quién demuestra que fuese el embarazo del marqués?

-¡Concho! ¿Quién sostiene que no fuese una zorra la alemana?

-¡La que se acuesta con uno, con ciento! ¡Qué más da!

-¡Digo, institutriz!

-¡Digo, harta de correr, la yegua loca!

Creía Ramón Guzmán que el trance mismo de negarla los socorros acreditaba en el marqués la persuasión de que no era suyo el chico, y opinaba Macario opuestamente, por el hecho de haberlo la madre demostrado, no sólo en su carta, sino con el sacrificio de su vida, última y suprema razón de todas las razones: fue a matar y a morir, y lo cumplió.

-¡Perfectamente hecho!

-¡Por el ole!

-¡Concho, sí!

-¡Contra, no!

-¡Asesina despreciable!

-¡Heroína y mártir de muchos derechos de mujer, aún sin letra en nuestras leyes!

Así seguía la discusión, irresoluble como todas. Partida al fin en sueltos comentarios, según la impresión de cada uno, hubo quienes filosóficamente abogaban por la necesidad, por la fatalidad de ver divididas a las mujeres en dos razas: la de las prostitutas y la de las virtuosas. ¿Cómo haber de éstas, para casarse con ellas y perpetuar una sociedad de orden, si los hombres no tuviesen a las otras para antes de casarse? ¿Qué sería, si no, de la familia, base de la vida?... Pero Macario hallaba que también las prostitutas... eran familia; echábanle en cara las que prostituía él...; y entonces poníanse aparte las conductas e intimidades personales.

Y lo particular no estaba en que Macario, protegido de burgueses y uña y carne con ellos en todas las prácticas cuestiones, por un alarde de independencia, al discutir en público, sistemáticamente se pusiera al lado de los pobres, de los humildes, de los débiles...; estaba en que casi siempre coincidía con él Rómulo Márquez, un recio y rico muchachote de buena fe que andaba siempre por montes y por breñas a caballo, y que ahora mismo, entregándoselo al conserje para que se lo llevara a casa, dejaba el caballo en la puerta del Casino. Hablaba poco; pero cuando hablaba era contundente. Enterado de la cuestión, comentó con su aplomo poderoso, en tanto le arrancaba a una gaseosa el corcho y los alambres:

-¡Pum!... Vamos, hombre, ¡qué virtud de las señoras! ¡Me río yo de una virtud que tiene que estar guardando por las chais!... ¿Y para quién?... ¡Para unos socios que el que más y el que menos le va a largar a su mujer una sífilis que la parte por el eje!... Éste y tú y aquél, la trajisteis de Sevilla.

Notable, Rómulo. Simpático de veras, con su franca juventud hercúlea y su rubia traza de suizo. Parecía un clown, a lo mejor, o un príncipe turista. Renegaba de que no hubiese en el pueblo carreteras, por comprarse un automóvil. En su defecto era ciclista y caballista, remador nadador excelentísimo, gimnasta... y por menos de nada que alguien pusiese en duda su ágil aptitud, gateábase pared arriba del Casino hasta el tejado, cogiéndose a las grietas y relieves.

La polémica se había agotado por sí propia.

Llegó el albéitar, hombre colorado y gordo, que tenía su título en alta estimación, y sentóse en un extremo:

-Buenas tardes, señores.

Vio a Esteban de lejos, y le saludó también particularmente:

-¡Hola, compañero!

-¡Hola!

-¿Qué?

-¿Qué es eso de compañero, tú?

-¿Compañero?... ¿Acaso somos burros?

-¿Te crees que somos burros?

Todos, como clientes de Esteban, rechazábanle al albéitar tal compañerismo. Y el albéitar salió de su bochorno lanzando una noticia: «Venía de Oyarzábal, donde la revolución obrera alcanzaba feroces proporciones: estaban ardiendo los consumos, querían prenderle fuego a la casa del alcalde, y había muertos y heridos; entre éstos, dos civiles...»

Un estremecimiento pasó por la tertulia. Era la primera vez que de tal modo trastornábase Oyarzábal. Tranquila la comarca, hasta dos años atrás, siempre se habían considerado estos conflictos sociales y anarquistas como cosas bien distantes -allá cosas de Jerez, de Madrid, de Barcelona-. Ahora, andaban cerca. Sabíase incluso que una Sociedad obrera de Oyarzábal envió por estos días al siempre tranquilo Castellar algunos emisarios. Propagandistas que, avistándose con Gironza el albañil, trataron de organizar en el Círculo Republicano algunas conferencias. Por suerte, a tiempo se enteró don Indalecio Márquez, prendió a los forasteros y a Gironza, y soltándolos después, con orden para aquéllos de partir halló manera de dejar al albañil envuelto en una causa (por ciertas irregularidades de un tiempo en que había sido concejal) que le iba a poner verde...

-¡Hombre, hombre, conque socialismo!

-¡Qué barbaridad!

-¡Qué brutalidad!

-¡Pero... yo no sé qué quieren esas gentes!

-Qué han de querer, Alfonso, hombre: ¡el robo!, ¡la granujería!... El socialismo no es más que eso: ¡gandules que quieren vivir sin trabajar, y estupidez y cobardía de estos Gobiernos de España que no saben impedirlo!... ¡Que vengan aquí! ¡Que vuelvan, y ya se las verán con nosotros, con tu padre!... ¡Canallas!, ¡granujas!, ¡sinvergüenzas!

Hubo un silencio de aprobación y sumisión a estas iracundas palabras, y al fin el espontáneo, el indiscreto Rómulo, con la misma brusca sencillez que galopaba por los campos o subía por las paredes, atrevióse a limitar:

-Hombre, no, Ramón...; como granujas ni gandules, no: podrán ser equivocados, a lo más; ellos siguen una idea, y hay que haber estudiado el socialismo.

-¿Lo has estudiado tú?

-Yo no; pero me basta haber leído algo en los periódicos, y comprender que hay miseria de sobra por ahí: fíjate en que llegan jornales de invierno que pagamos a dos reales... ¡para un hombre y su familia todo un día, matándose a cavar!

-¡Menos cuando caen del cielo cuatro gotas y se están la semana entera descansando!

-Claro, y sin comer. ¿Quién les da trabajo entonces?

-¡Se les da dinero, que es mejor!

-¡De limosna!

-De estricnina, debería ser, como a los perros. Se juntan en manadas, y no trabajan porque no quieren, a pretexto de la lluvia... ¿Es que todo es cavar y escardar? ¿No podían ir por leña al monte?...

Incapaz Rómulo de seguir las discusiones mucho tiempo, pues tenía una discreta y rápida intuición de las cosas antes que hábitos reflexivos, esquivóse de descender a pormenores con esta brusca y cordial increpación:

-Vaya, Ramoncete; convengamos en que no tienen los trabajadores, los pobres trabajadores, de aquí ni de ninguna parte, nada que envidiar; pasan frío y hambre, mientras que nosotros nos hartamos y tenemos que nos sobra en la gaveta y el granero; aran o siegan de sol a sol, arrecidos entre el barro en el invierno y tostándose los sesos en verano, en tanto que yo voy en mis caballos tan orondo, que tú te lees El Imparcial, que éste pinta y toca malagueñas, y que éste y todos nos acostamos si podemos con sus hijas... ¿Qué? ¿Es que te figuras que si fuese lo contrario, que si se divirtiesen ellos y estuviésemos nosotros con la hoz, que si pasásemos hambre y frío y ellos por un cochino pañuelo se acostasen con tu hija o con mi hermana... nosotros todos, o al menos yo, tardaríamos ni un momento en poner bombas?

-¡Ah! ¡Ah!... -sonó un largo rumor de asombro.

-¡Qué bárbaro eres!

Dignos, aunque disculpándose por ser Rómulo quien era, ni en supuesto aceptaban Ramón y Frasquito y Juan Alfonso aquellas brutas alusiones familiares. Los otros primos y titos, por su parte, limitáronse a toser, adoptándose graves continentes.

Y Macario, el plástico Macario, ante la leve confusión de Rómulo y el ansioso efecto que la ingenua arenga había causado entre ciertos humildes contertulios, trató discreto de volver la discusión a su terreno:

-Don Ramón, decía usted que son torpes y cobardes los Gobiernos españoles porque no se atreven a extinguir el socialismo, y me extraña mucho, cuando lee usted tanto la prensa. ¿Lo extinguen, ni siquiera intentan extinguirlo, quizá, los Gobiernos franceses, ingleses y alemanes?... Pues no creo que tenga nadie por naciones torpes ni atrasadas a Francia, Alemania e Inglaterra, donde, al revés, estudian y tratan de llevar a su leyes las aspiraciones socialistas. Lo que pasa es que los tiempos y el progreso...

Perdió de pronto la atención de todos. Sonaba el cascabeleo de un coche, que no tardó en desembocar a la plaza por la esquina.

Un coche, en un pueblo donde no había ninguno, formaba siempre un suceso de interés. O era gente rica de Oyarzábal, o era el diputado...

Mas no; esta vez, aunque del camino de Oyarzábal... ¡ah, qué estupefacción!, no traía aquel coche forasteros. Se vio, y se vio con una certidumbre, con una realidad que no dejaba dudas. El vehículo, flamante, pintado de amarillo, era una jardinera, de la cual, enjaezadas con gran rumbo de madroños, de correas blancas y de hebillas, tiraban al trote dos mulas poderosas; dentro... ¡ah, ah, sí, qué estupefacción!... dentro iban el Cachunda y su mujer... ¿Lo habrían comprado? ¿Vendrían de la estación de recogerlo, y pasaban por aquí para causar la envidia del Casino?...

Efectivamente, algo extraordinario. Hasta el propio Esteban, callado en las discusiones por prudencia, y que no tenía por qué sentir envidias, sufrió al paso del coche intentísima emoción.

Había visto en el Cachunda aquél, según oíalo nombrar, un tipo enteramente exótico, guapote, vestido de flamenco, y en la mujer que le acompañaba una real moza elegantísima, con un colosal sombrero de plumas blancas y un rico vestido de claras sedas y de encajes. La cara no había podido vérsela bien, por la oscuridad del anochecer y por culpa del velillo.

-¿Quién es? ¿Qué Cachunda es éste? -preguntó.

No le contestaban; desaparecido ya el coche por la calle del Peral, seguían aquí los picados comentarios. ¡Lo habrían comprado!

Zurrón participaba que había visto al matrimonio salir en caballerías por la mañana, y entonces llevaba ella puesto un guardapolvo y el sombrero en una caja. El albéitar se los había encontrado en Oyarzábal. Otros tenían recuerdo de haber oído decir que pensaban ellos traerse un coche de Sevilla...

-¿Quiénes son? -volvió a preguntar Esteban-. ¿Son de aquí?

-Nada, nadie... ¡El Cachunda y su mujer! -contestó, por fin, Alfonso con desdenes infinitos...-. ¡Los de la huerta ésa de la Cruz! El Colita, el torerazo, ¿sabes?... Aquí le llamamos el Cachunda porque era el mote de su padre... ¡El pobre hombre se ha casado con esa lumia indecente, que sabe Dios en dónde encontraría!

El albéitar se levantó y se acercó al centro del grupo para dar otra noticia:

-Señores, ¿saben ustedes que se dijo el mes pasado, cuando vinieron aquí los socialistas, que ellos, con Pablo Bonifacio y Gironza el albañil, donde se reunían era en casa del Cachunda? ¿Saben ustedes, además, que me extraña que hoy, día de revolución precisamente, vengan de Oyarzábal estos pájaros?... Porque lo que nadie ignora es que son muy amigotes del abogado don Hiligio, jefe de la huelga...

Abriendo los ojos grandemente, mirándose unos a otros en el grupo que se había formado en torno al albéitar, fue Juan Alfonso quien tomó autoritariamente la palabra, en ausencia de su padre:

-¡Conque republicano! ¡Conque socialista!... Vamos, hombre, tendría que ver que quisieran revolvernos este pueblo. ¡Desgraciados! ¡Que se sepa tanto así... y tardan en salir de zumba lo que yo en decir Jesús!

-¡Eso, eso!

-¡Largo! ¡A freír chicharros!

-¡Que tengan ojo!

Alguien acababa de aparecer en un balcón del principal dando gritos decisivos:

-¡Ases! ¡Ases!...

Subieron muchos y se quedó casi desierta la terraza.

Iba a empezar el monte.


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