El médico rural: 16

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Capítulo V
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El médico rural- Segunda parte Felipe Trigo


Cansado de la monotonía de las tertulias que hasta medianoche retenían a la gente en el Casino, vio Esteban llegada la ocasión de reconstituirse una vida independiente en plena consonancia con sus gustos. Ansioso de sencillez, sus días de niño se le ofrecieron por modelo. Nunca había sido más dichoso.

Sí; era indispensable tornar a las infantiles inocencias. A los quince años, gozó de todo en un bello y candoroso misticismo, al cual podría volver desde un punto de vista diferente. Pintaba entonces cromos y muñecos, estudiaba, pasaba las horas muertas aprendiendo solo a toquetear una bandurria, y en las tardes buenas solía huir de los amigos y salirse al campo con una escopetilla a matar pájaros.

Empezó por comprarse una escopeta y una caja de pinturas -y además un perdigón-. Hizo que también le trajesen de Oyarzábal una magnífica bandurria de diez duros y un juego de ajedrez.

Con esto, con los periódicos del día y cinco o seis novelas, tuvo cuanto Jacinta y él necesitarían para ser felices.

Ella, en verdad, lo era enteramente con sólo ver a su marido satisfecho del éxito profesional y las ganancias que el pueblo le brindaba. Firme al fin como buen médico en su fe, había pasado para Esteban el martirio de Palomas; estudió mucho, mucho, allí, y pudo ventajosamente compararse hasta con el doctor Peña, el más célebre colega de toda la comarca.

Jacinta, pues, notábale bien de qué manera, no obstante atender ahora a más enfermos, reía y gozaba y disponía de tiempo para descansar de sus estudios. Menos atareado con los libros incluso que en Sevilla, aparecíasele a su mujer en un jovial resurgimiento. Entre las tareas de la visita, que por hacerla temprano acabábase a las diez, hasta las de la consulta, dispuesta para las doce, instalaba sus lienzos y pinceles en el fresco comedor, cerca de donde ella y Rosa, la simpática vecina, bordaban o cosían; después de comer íbanse los dos a la caza de perdices; volvían anochecido, visitaban de paso a los tres o cuatro enfermos de la tarde, y en tanto ella iba haciendo otras labores o jugando con Luisín, el casero y ordenadísimo marido se aplicaba a la bandurria; a las nueve cenaban en el patio, al fresco, teniendo entre las ramas del parrón la bombilla de la luz y en el brocal de la cisterna las botellas y el gazpacho; fumaba él de sobremesa y tomaban el café entretenidos con el niño.

Últimamente, dormíase éste, y empezaban las partidas de ajedrez en que jugaban besos los jóvenes esposos. Es decir, jugaban si no seguían Rosa y su tío don Luis hasta muy tarde acompañándoles; y como Jacinta desconocía el juego que Esteban le enseñaba, perdía siempre y tenía que darle al ganancioso muchos besos.

-¡Sí, sí, arza, aire, recontra! -solía comentar la Nora, apareciendo inopinadamente en el portal, cuando ellos creíanla de siete sueños- ¡Buen juego te dé Dios, y así que os acostaréis y os podréis dormir ahora por el ole! ¡Lo que yo creo es que andáis encargando otro chiquillo más que a escape!

Se reían, dejando de besarse. Nora tenía razón. El chiquillo... mucho fuera que no estuviese ya encargado desde hacía un mes; desde que arribaron a este pueblo donde todo era amor y bienandanza.

Lograba el médico arrancarle a la bandurria primorosos punteados. Cuantos aires recordaba, sacábalos a oído con mucho sentimiento -harto al revés que Frasco Guzmán en las duras e idiotas melopeas que enristraba en el Casino. En cambio, Esteban, andaba mal de compás; hízoselo notar el cura, marcando con la mano un tres por cuatro, y se lo confirmó Jacinta, que estudió solfeo cuando pequeña.

-¡Nada, que no llevas compás, hombre! ¡Más despacio!

¡Caracoles! El artista sorprendíase, convencíase -y una idea se le ocurrió: comprarle a su mujer una guitarra, hacerla aprender algunos tonos, cosa fácil conociendo la música por música, y... dejársela así asociada en tan bella distracción.

Al día siguiente, el correo les trajo la guitarra. Bajo la dirección del marido, Jacinta se adiestraba. Sin embargo, le faltaba la afición; y como la de él, con la armonía del conjunto musical y el hecho de ir metiéndose en compás, iba aumentando, resultaba que no se cansaba nunca, y que ella se dormía poco a poco sobre el mástil.

-¡Coile, déjate ya de más vihuela y arsa a acostar! gritaba Nora, despertando en la cocina.

¡La una! -se asombraba Esteban mirando su reloj; y todavía se encaminaba hacia la alcoba, detrás de su mujer, arrancando los últimos acordes.

Tal vida, con el cariño inmenso y la belleza de Jacinta, su hermana por el día, su amante apasionada tantas noches, tejíase en un honrado fondo de delicia y de trabajo que le hacían olvidarse del Casino -si bien quedaba por fuera de él, dándole la noción de que le rodeaba además la vida de los otros, con placeres de otra índole, y de los cuales podría participar cuando sintiera antojos del billar o de un poco de tertulia.

No obstante, lejos de sentir tales antojos, y por más que tampoco llegara a molestarle la intimidad de Jacinta con Rosa, le contrariaba ver que a la casa de ésta se iban las dos muchos ratos, dejándole en el comedor con sus pinturas. Un robo, una especia de cordial despojo que Esteban quiso subsanar. Para hacerla compartir más sus aficiones, emprendió un retrato de Jacinta, al óleo. Ardua la empresa, salvaríala a fuerza de atención y de paciencia el pobre aficionado. Apercibió un bastidor de un metro, y gracias a una fotografía cuadriculada logró un dibujo de cierta semejanza. Los pinceles irían perfeccionándolo despacio.

Esteban, si no un técnico, era, dentro de su artística intuición, un crítico implacable..., un crítico que forzaríale a enmendar cien veces lo hecho hasta conseguir la línea justa. Paciencia, pues, paciencia, y nada más.

Tanta paciencia, que a los cinco días la no muy convencida ni dócil modelo quejábase dulcemente de aquella larga obligación de la pose, que la evitaba coser y atender a muchas cosas.

Al pintor todo se le volvía raspar y poner colores sobre colores en el lienzo.

-¡Je, je... vamos, no está mal! -opinaba el cura, lleno de indulgencia cada vez que entraba a verlo-. ¡Creo que tiene larga la nariz y la boca algo torcida!

Enmendaba Esteban. En conjunto parecíase la figura, más no acababa de encajarse. Obsesionado con esa acomodación errónea que da la atención constante, justamente veía afortunados rasgos allí donde le indicaban los defectos. Sin embargo, reconocíalos al fin cada mañana, al contemplar de nuevas el retrato, y emprendía las correcciones... Lo malo estaba en que la obra, día por día, lejos de ganar, perdía en frescura y parecido...

-Déjalo, hombre, ¡si eso es muy difícil!

-Tonta, Jacinta, ¿por qué?... Si sale, sale, ¡y si no, se rompe y en paz!

Humilde ella, resignábase. Empeñado él por amor propio, no advertía el martirio que estábala infligiendo; sólo la veía inconstante y con cara de disgusto, incapaz de estarse quieta dos minutos, niña siempre, abandonándole e impacientándole en esperas con toda clase de pretextos, ya porque tenía que sacar aceite o carbón de la despensa, ya porque en la calle pregonaban coles y lechugas... lo mismo, en fin, que en cuanto poníase con la guitarra, y esto le dolía al sentimental marido, que habría querido hallarla ahora enteramente identificada con sus gustos.

He aquí, pues, que la pintura, la música, la caza del perdigón y el ajedrez, formándoles el complemento venturoso del hogar, vinieron asimismo a originarle los primeros sinsabores. El silencio y la inmovilidad a que el retratista condenaba a la modelo acababan por aburrir también a Rosa, que recogía sus labores y escapaba. Fatigadísima después Jacinta, la impaciente, se iba por cualquier cosa a cada instante y costaba un triunfo volverla al comedor. Como consecuencia, y ya que no había podido coser durante la mañana con la amiga, prefería quedarse sin ir de caza por las tardes, y últimamente la música, luego de cenar, cogíala rendida del día entero y con ganas de acostarse...

En suma, que Esteban, quejoso y dolorido, dejó el retrato, dejó la caza, en la cual, ciertamente, jamás había matado una perdiz, y conformóse con copiar otra vez oleografías; con salir con Jacinta y Rosa y don Luis a los paseos y con tocar la bandurria, acompañado el breve espacio que tardaba su mujer en caer sobre la guitarra, todo sueño.

Entonces dejábala dormir al fresco, iba por sus libros y estudiaba... amargo, roto, no sin comprender que aquellos horrendos siete meses de Palomas, confinándole a él en un secreto infierno de dolores y acostumbrándola a ella a los caseros hábitos de charla y de labor con las vecinas, habían marcado entre los dos un cruel y acaso irreparable apartamiento.

Por lo demás, en lo tocante a su trabajo, ganaba y se acreditaba Esteban; pero no le dejaban vivir tranquilo, ésta era la verdad. No sólo la llamada de los pueblos inmediatos, llevando para conducirle borricos, mulos falsos y caballos medio locos (con lo cual él, que no había montado en su vida, iba aprendiendo), sino que cuando había cualquier enfermo de aquellas familias principales, le sacaban incluso de la mesa y de la cama a todas horas.

Actualmente, y aparte la perpetua achacosa doña Antonia, tenía dos de estos pacientes: una señorita de los Márquez, hermana de Frasquito, con reúmas, y un chiquitín de los Guzmán, con algo de infección febril al intestino. Aunque ninguna de ambas cosas revistiera importancia, por jactanciosa ostentación de potentados, o por tener a mano un famoso médico pariente que no les cobraba las consultas, ya habían hecho venir para los dos al doctor Peña, cuya espléndida berlina causaba siempre admiración, y el cual, por cierto, si bien con visos de protector afable, no se había mostrado hacia Esteban tan científicamente noble y generoso como en la entrevista de Palomas: el doctor, conforme en todo, había creído oportuno modificar un poco las recetas, a fin, sin duda, de dejar su alta autoridad sentada por encima de la del joven compañero.

Un horror, las tales casas honorables, donde por no tener otra diversión u otros quehaceres, a cualquier leve enfermedad constituíanse las familias en continuo velatorio. Entonces mandaban por el médico de día; de noche, cuarenta veces, a nada que la fiebre o el dolor se acentuasen; y el médico quedaba pendiente de la indisposición de un nene que estaba a lo mejor harto de castañas, igual que si se tratase de un príncipe heredero cuya posible muerte hubiese de trastornar la Europa. Cerrábanse las puertas y ventanas, quedaba todo a oscuras, se hablaba bajo, y era difícil, entrando de la calle, no tropezar con las negras damas sentadas por los tétricos salones en mitad de las tinieblas.

Así, con esta angustia, y tarde, porque mientras calentaban y tomaba la señorita Reyes un baño sulfuroso habíanle hecho esperar fuera de la alcoba los efectos, no fuese a desfallecer el corazón, llegaba por fin a la huerta de la Cruz, requerido desde las ocho con urgencia.

Eran las diez. Al empujar la cancela pensaba irónicamente que iba, a pesar suyo, sometiéndose a la tiranía de los señores de este pueblo en lo de no conceptuar lo mismo las visitas puntuales para ellos o los otros. Este despreciado Cachunda, por ejemplo.

Pero se asombró, apenas húbose encontrado detrás de la cancela. Como los viajeros que en un tren y por un túnel pasan inesperadamente a un paraíso desde una árida comarca, él, viniendo de la horrible austeridad de aquellas salas, creyó en el ensueño de un vergel. Hallábase bajo un entoldado de madreselvas, de jazmines, que asaetaba de lunares de sol el piso de cuidada arena; cantaban los pájaros en la verde bóveda de hojas y veíanse llenos de rosas los linderos. La estatua de una Venus se alzaba sobre el cáliz de una fuente en mitad de la avenida; y tras de la estatua, blanca también, apareció una mujer rubia, fastuosísima.

¿La dueña de la huerta?... Sí; su gentileza convenía con la que él la había entrevisto a la puerta del Casino, quince días atrás, al paso rápido del coche. Le aguardaría, impaciente, y al verle se acercaba...

Se acercaba, se acercaba con una suelta elegancia de gasas y de encajes, con un ritmo ideal de gallardías. No debía de enojarla mucho la tardanza, pues que sonreíase, mostrando entre los rojos labios la blanca gloria de sus dientes.

Llegó, detúvose ante Esteban alargándole la mano, la mano fina y llena de esmeraldas y brillantes, envolvióle en su sonrisa y en la nube de perfumes que emanaba de su túnica ligera, y dijo, con una voz de timbre de oro, que era a la vez arrullo y música:

-Señor médico... ¡perdón! No quisiera haberle molestado; le llamé con prisa porque tuvo mi marido un fuerte acceso doloroso. Sufre de ciática. Pasó la noche mal.

-Señora -juzgó él preciso mentirla, por disculpa-, no estaba en casa cuando llevaron su recado. Lo he sabido ahora, cuando he vuelto..., apresurándome a venir.

-Gracias. Afortunadamente va aliviándose. ¿Tiene la bondad de entrar?...

¡Oh, qué voz, qué voz de ángel!, ¡qué cara!, ¡qué cuerpo!, ¡qué tesoro de mujer!

La siguió Esteban, bajo el túnel de verdura; al llegar a la explanada confirmó que la residencia entera de que ella hacía su edén, armonizaba con ella misma en gracia y en buen gusto; un cenador, a un lado, con canapés y sillas japonesas, una estufilla de flores, al otro, y enfrente el chalet de castilletes, de escalinata de mármol, pintorescamente cobijado en un macizo de eucaliptos. Cruzaron, ya dentro de la casa, el vestíbulo y dos o tres claras estancias de finos muebles, y entraron en un ancho y elegante dormitorio. Entre las sedas y batistas del lecho imperio, de caoba fileteado en bronce, el enfermo yacía medio incorporado sobre almohadas.

El médico se alarmó. La facies del hombre aquél delataba un enorme sufrimiento. No podía moverse, ni apenas hablar, contestando a los saludos y a las primeras médicas preguntas. El dolor le contraía. Lívido, azul por la angustia, parecían los ojos querer saltársele, en la ansiedad de su tortura. Sería difícil reconocer, en tal estado, al fuerte hombretón del coche. ¡Oh, si tal era el alivio, cómo no hubo de verse cuando le llamaron con urgencia! Por la mitad, cualquier señor del pueblo no habríale consentido alejarse de su cama ni un instante... Y éstos, la señora al menos, sonreía, sin reprocharle siquiera la tardanza. Gente que habría aprendido por el mundo tolerancia, trato afable...

-¡Ciática! -indicó otra vez la voz suave de la dama-; pero tenga la bondad de reconocerle el corazón. En París, al regreso de América, el doctor Dubois nos dijo que lo tiene algo afectado.

El joven la miró con la nueva admiración de aquel prestigio de América y París. ¡Habían estado en París, y consultado con célebres doctores! ¡La competencia, pues, de su diagnóstico, no sería sencilla!

Por un rato tuvo que atender al examen de los puntos dolorosos de las piernas, pues tenía ambas afectadas. Luego auscultó el tórax, encontrando una zona mate con roce áspero, pleural, y ruidos cardíacos normales, aunque débiles. En el costado izquierdo apreció una extensa cicatriz y en la espalda otra.

-¡Son cornadas, doctor!

-¡Ah!

-Tiene cinco más, por el cuello, por los brazos. ¡Mi Luis pecó siempre de valiente!

Siendo imposible establecer una opinión sobre examen tan ligero, el médico, advirtiéndolo así, y dispuesto a combatir los dolores, por lo pronto, sacó lápiz y papel.

-¡Oh, no! ¡Venga! -protestó gentil la dueña de la casa-. ¡Escriba a gusto!

Le condujo a un gabinete del otro lado del hotel, y Esteban, pensando con un poco de bochorno que esto de recetar de pie y con lápiz fuese ridícula costumbre de médico aldeano, vio ya apercibidos tintero, pluma y finísimo papel vitela sobre un escritorio elegantísimo, como los demás muebles y adornos de la estancia.

-¿Qué le parece, doctor? -preguntó la dama invitándole a sentarse junto a ella, en un estrecho confidente.

-Señora, insisto en que no he podido formar juicio. Mi impresión es la de una dolencia larga y quizá no leve; o mejor dicho, de un conjunto de dolencias, porque tiene también la pleura interesada.

-¿Y el corazón?

-Nada anómalo le noto. ¿Qué dijeron en París?

-Verá usted. Voy a enseñarle el dictamen... ¿Parlez-vous franqais, monsieur?

-Oui, madame -repuso el joven sorprendido-; mais... trés mal... Sin embargo, si es para leer, lo entiendo.

Habíase ella levantado, sonriente, y en los cajoncillos del escritorio fue a buscar el dictamen del doctor Dubois y de dos o tres celebridades españolas. Esteban, asombrado siempre de la finísima belleza, de la soltura, de la suprema distinción de esta mujer, considerábala cada vez más como un algo extraño y prodigioso, que inopinadamente le traía mundiales auras al modesto pueblecillo.

Volvió ella a sentarse, y dejándose en la falda los papeles que traía, se puso a dar antecedentes. La enfermedad de su marido databa de la cogida que sufrió en Méjico, hacía doce años, dos antes de casarse. Pero tenía la señora muy viva la imaginación, y como se encontraba la tarde aquella en la plaza, presenciando la corrida desde un palco, el imborrable recuerdo la extravió de su misión informadora, haciéndola relatar con toda suerte de detalles el suceso. La acompañaba un general de la República y una italiana: la princesa Clara Montebello. El público, loco de entusiasmo. Sucedíanse las ovaciones. Un triunfo. Su marido había matado un toro recibiendo; al citar al segundo para la misma suerte... ¡ah, qué horrible!... resbaló, la fiera le encunó, le corneó, le arrojó tres veces por alto... Quince meses con las heridas abiertas y sin haber vuelto más a torear. A partir de entonces, enfermo, débil, dedicado a ver médicos, sin lograr la vuelta a la salud...

-Sí, doctor; el pobre Luis pecó siempre de arrojo, aquella tarde estuvo como cuando le conocí en La Habana: ¡admirable!, ¡colosal!

-¿En La Habana?

-Sí.

-¿Es usted de América?

-No, doctor; que estaba allí. Yo soy, o era, artista lírica, y he corrido el mundo.

-¡Oh! ¡Artista lírica! ¿De ópera?

-¡No! -respondió la muy gentil, graciosamente-. Tengo una buena preparación, y voz no mala; sin embargo... mi predilección es el género ligero, el couplet. ¿Le gusta a usted la música?

-¡Mucho, señora! -repuso el médico, mirando ávidamente el magnífico piano que se alzaba en un rincón-. ¡Mucho, mucho me gusta la música..., y con más ansia en estos pueblos donde no puede escucharse!

-A mí también. Sin música me moriría. No comprendo la vida sin el arte.

-¡Pues, ya ve usted, señora; yo que estoy sin oír música, buena música, hace un año!

Tal sincera pena puso en el lamento, que la dama sonrió y se levantó:

-¡Caramba!... ¡Va usted a oírla!

-¡Gracias, señora!

-Y no me llame señora, doctor: Evelina. ¡Señora es para viejas! -dijo ella, sentada ya en el taburete-. A ver si le gusta esta canción. Yo suelo tocar tarde, a las doce, o a la una, cuando duermen todos. ¿No me ha oído alguna noche? Se conoce que no viene usted a la Cruz.

-No, a esas horas no he venido nunca, ciertamente.

-Pues vienen; vienen por oír, muchos de esos brutos del Casino.

Preludió, y Esteban, encantado de la sencillez con que esta mujer iba a ofrecerle el lírico regalo, no obstante encontrarse en un grito su marido, pudo estimar desde luego la maestría de ella y la bondad del instrumento. Evelina empezó a cantar con hermosa voz de contralto, flexible, bien timbrada...

Apriti, ¡oh fenestrela!
fanmi abachar María...


El aire, el gusto, el conjunto armoniosísimo del canto y de la música..., el compás, sobre todo..., ¡ah, el compás!, hiciéronle recordar lamentablemente su bandurria. Extasiado, allí escuchando, comprendía que Jacinta, con alguna preparación musical también, aunque leve, no encontrase divertido acompañarle. La voz de esta mujer evocábale, además, la perfección de todas las músicas que él había escuchado en los teatros... e inspirábale una especie de horror retrospectivo hacia sí propio como tal bandurrista de afición...

-¡Oh, muy bien, señora; gracias! -dijo al verla volver al confidente.

-¿Le place?

-¡Oh, señora!

-¡Evelina, llámeme Evelina! -tornó a pedir ella, sentándose.

-¡Bien, sí... Evelina!... ¡Es usted una gran artista!

-¡Psé!... al menos, regular. Y vea, ¡quién hubiese de decirme que vendría a parar en un pueblucho! Los médicos le aconsejaron a Luis vida de campo, tranquila; él es de Castellar, y el buen clima y el cariño hacia su tierra, por más que no había vuelto por aquí y que familia no le quede, nos dieron en mal hora el pensamiento de comprarnos esta huerta y construir este chalet. Los pueblos, doctor (¡usted tampoco es de pueblo, bien se nota!), embrutecen, empobrecen y envilecen. Lo dice un refrán, y es verdad... Lo que siento es que llevamos aquí más de un año, y aunque buscamos esto por el calor, huyendo de Madrid, donde siempre hemos vivido, no sólo tuvo Luis la ciática en la época del frío, sino que otra vez le empieza, y doble, en pleno junio... ¡para durarle Dios qué sepa cuánto, como siempre!

Contristada, guardó silencio y empezó a buscar dictámenes médicos dentro de los sobres. Esteban, tan cerca, en el pequeño confidente, a cada ademán de ella percibía oleadas de los sutilísimos perfumes que emanaban de su escote abierto y de sus brazos desnudos en las mangas de ángel. ¿Tendría veinticinco, treinta, treinta y cinco años?... No podría saberlo; como en las magnolias, como en las gardenias, sólo se estimaba en ella la fragante lozanía de una eterna flor de juventud.

A ratos Esteban se estremecía y retiraba la rodilla, porque mórbida y dulce la de ella le tocaba sin querer, en la estrechura del asiento y bajo el creciente obstáculo de aquellos papeles con que llenábase la falda.

-¡Ah, por fin, voilá el de París!

Leyó el médico: Hidropericardias de origen traumático. Ciática reumática.

Los demás, de eminencias madrileñas, afirmaban con no menos decisión, pero todos cosas diferentes, con grandes lujos de gráficas y de diseños. Diabetes sintomática. Bronquitis. Focos de pneumonía crónica. Pleuresía, con o sin derrame. Artritismo. Lesión cardíaca aórtica. Lesión tricúspide... Y en suma, tristemente contento Esteban de hallar tal divergencia entre los sabios, así que se trataba de una compleja afección, recetó y partió, proponiéndose hacer en las visitas sucesivas su diagnóstico, según lograra desechar o comprobar cada uno de los otros.

¡El Colita, el Colita!.. -Iba después queriendo recordar camino de su casa. ¿No era el Colita un matador que tomó la alternativa cuando él estudiaba primer año?... ¡Aunque no! Si estaba sin torear desde hacía doce o trece, él no pudo conocerle de estudiante. Además, entonces tendría su mujer lo menos treinta y cinco o treinta y seis años... De todos modos, el Colita sonábale a famoso... y mucho en verdad debió de serlo cuando en Méjico se trataba su mujer con las princesas...

¡Oh, el torerucho y la mujer del torerucho!... Hubiese creído él, por los desprecios del Casino, que se trataba de un tripero y de una golfa. No comprendía que Juan Alfonso y los demás, tan amigos de muchachas, al hablar de esta mujer divina hubiesen tenido para ella igual desdén que si fuese un esperpento.

¿La envidia? ¿La imposibilidad de sentir cualquier desinteresada admiración?... Evelina vivía aquí tal que una marquesa, y esto, aparte la humilde procedencia del marido (si no también a causa de ello), heriría la estúpida y tosca vanidad de los ricachos.


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