El médico rural: 21

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Capítulo X
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El médico rural- Segunda parte Felipe Trigo


-Bueno, tú, tontito; y ahora, ¿qué?..., ¿lo crees?

Por absurdo, por inverosímil que ello fuese, allí, en persona, Juan Alfonso estaba demostrándolo. Se le veía junto a la noria, apoyado en un astial y mirando hacia el chalet. Evelina, para convencerle, había hecho ir esta mañana al testarudo Esteban, que, siempre incrédulo, al oírselo afirmar, se sonreía.

-Y vienes veinte veces, y lo mismo le verás, a esta hora en que yo cuido mi jardín.

Debió de advertirla, de advertirle, de verle a él, de pronto, Juan Alfonso, porque disimuló volviéndose, y luego se ocultó.

-¡El bestia! ¡El bruto!... ¿Qué se habrá creído? -burlóse la coqueta, radiante, sin embargo, de haber podido atestiguar su adoración.

Perplejo Esteban, buscábale la explicación al ilógico suceso. Absurdo y todo, sabía que existe una lógica inflexible dentro de lo ilógico y dentro del absurdo. Creyó encontrarla en la misma duplicidad de Juan Alfonso, como cacique y como don Juan, que hubo de desarmar sus odios a Evelina sólo porque a él, aquella tarde, se le ocurrió decirle que érala simpático. El donjuán, torpe y tosco, resurgiendo ante la inesperada simpatía de una hermosísima mujer, de esta mujer divina que habríale parecido tan remotamente fuera de su alcance, al verla viuda y descubrir que él la placía, habría vencido al cacique con su larga rastra de rencores.

Y... ¡oh!, si asimismo al en su simplicidad complejo carácter de ella le amargara Esteban este triunfo, revelándola que sólo tenía por base unos embustes... Le arañaría... la que le forzó a venir esta mañana sin otro objeto que persuadirle de cómo sus hechizos poseyesen tal poder, tal dominio irresistible, que hasta sus más grandes y heridos enemigos rendíansela personalmente. La rabia de saber que aquel cortejo se debiese a lo contrario, a que el rústico donjuán la juzgase de antemano tocada por sus portes y arrogancias, y más siendo mentira, sería capaz de enloquecerla.

Pérfida y mala, no dudó el amante que Evelina, desde que por él y en otro conato de mentira, que resultó una sorprendentísima verdad, había sabido los designios que allí llevaban diariamente a Alfonso, saldría a su vez con hora fija, con pretexto del jardín, a dejarse ver, fingiendo indiferencia, a dejarse desear, a ir fomentando y preparándose en el pobre incauto un triunfo más de sus desdenes de amorosa.

¡Sí, sí, algo de insaciable sirena-hiena, esta mujer! ¡Algo de insólitamente imprevisto y monstruoso, además, cuanto al influjo de su nefasta beldad se refería!... ¿Pudiera darse nada más chocante que el estúpido galanteo de Juan Alfonso, por encima y a pesar de los daños e insultos inferidos a su padre y a su casta?...

Cuando se le reunió Esteban por la tarde, el sorprendido en delito se apresuró a buscarle la disculpa:

-¡Ya, ya te vi con Evelina, chacho, en su jardín!

-¿Chacho, eh? -repuso Esteban, ¡Y que estaba guapa, chacho!

-¡Sí lo estaba!

-¿Tú vas a tu huerta con frecuencia?...

-¡Psé!... Algunas veces, ¿sabes?... Por dalias para mis primas.

-¡Ah!

Guardó silencio Esteban, y guardó silencio Alfonso, satisfecho de haber salido del apuro con tan breve sencillez. Y, sin embargo, Esteban le hubiese dicho más, bastante más..., puesto que pesábale Evelina, fastidiábale, empezaba a resultarle peligrosa con sus continuas imprudencias, y no habría tenido la menor dificultad, incluso en cedérsela, a ser esto posible.

Mujer nada fácil de ser abandonaba sin exasperarla y ponerse en riesgo de un escándalo, ya, por el solo hecho de advertir el desvío de Esteban, se obstinaba en retenerle, en absorberle..., dispuesta al mismo escándalo con tal de conseguirlo.

Querríale esclavo, como amante, siquiera por compensación de no haber podido convertirle en político vasallo. Desorientada e incapaz de comprender que de su total carencia de espíritu venía la desilusión del joven, con torpes diplomacias se revolvía contra Jacinta, creyéndola el motivo. No perdonaba ocasión (y a no haberla, la inventaba) de hablarle pestes de ella.

-Oye, ¿y a tu mujer -le había dicho en estos días le va tan ricamente fregando las sartenes y con esas amistades de Inés y de Rosita? ¡Tales para cuales! ¡Debe de ser muy bruta!

Serio, muy serio, ni intentó siquiera Esteban su defensa, juzgando que el silencio fuese la más digna y la mejor; la que, al menos, evitaba que sus respetos a Jacinta se vieran discutidos.

-Inés -respondió tan sólo, por oponerla algo indirecto- es una muchacha finísima, educada en un colegio, y que sabe música y habla el francés correctamente, como tú.

Era la verdad. Inés, traída al pueblo por su madre, en vista del éxito en el campo, para que él se encargase de tratarla, había intimado con Rosita y con Jacinta; pasaba a todas horas de casa a casa, por los huertos, y leía novelas francesas con Esteban largos ratos.

-Di: ¿ha criado tu mujer? -inquirió Evelina otra vez que estaban acostados y ella mostrándole los pechos.

-Sí; claro. Al niño; y ahora, al que nos nazca.

-Habrá que verla, entonces. Qué piltrafas que tendrá: blandas, negros los pezones... ¡Vamos! ¡Como yo!

Enarcábase de espaldas para erguir más sus senos blancos y perfectos..., y no podía la imbécil ni soñar la delicadísima fruición con que hubo Esteban de pensar, por tal instante, en aquellos otros de la madre, de la santa...

Llegaba casi a inspirarle repugnancia la fría belleza de la estéril.

Muchas noches, invitándole a cenar, obstinábase después en no dejarle partir hasta que iba amaneciendo. ¡No amorosa, a la verdad, ni por ficción; maquiavélica y estúpida! Le hablaba de política y del creciente asedio aquél de Juan Alfonso, contenta de notar los celos que fingía Esteban, procurándose un enojo para irse cuanto antes («¡Sí, mujer; será que tú le alientas! ¡Nadie hay tan mentecato que insista al ver que le desaíran!...»), o se dedicaba a hacerse contemplar como una estatua, creyendo así causarle una delicia superior a la de su entrega -que no menudeaba por miedo a estropearse, igual que nunca consintió ni consentía que tocáranla los pechos, Desde la una a las dos, él no cesaba de mirar la hora,.impacientísimo; ella, artera, le abrazaba, y se daba entonces..., o traíale en promesa jerez y salchichón, organizando primero otra cenilla.

De uno u otro modo no podía verse libre de Evelina antes del alba. Juan Alfonso, gran trasnochador, y que saliendo también de con su Eulogia esperábale en la Cruz, le aconsejaba prudencia al advertir cómo se iban encontrando gentes por las calles; además, se exponía, si le buscasen para un enfermo alguna de estas noches. El médico lo reconocía; y, principalmente, inquietábase a la idea de que su mujer se diese cuenta de las horas a que él se estaba recogiendo. Renegaba de Evelina; entraba en casa, deslizábase en la alcoba y en la cama como un gato, para no despertar mucho a la durmiente, y llegaba a sospechar que aquella bestia no se propondría sino advertir del lío a Jacinta, y ponerle a él en trance de seguirlo por encima y a pesar de la infeliz.

¡Ah, sí, mujer-hiena, cuya vanidad necesitaba inocentes víctimas hasta en quienes menos la estorbasen!

No pudo dudar de tal designio cuando la oyó en otra ocasión:

-Pero, oye, tú..., Jacinta, ¿no se entera?

-¿De qué?

-De las horas a que vas. Anoche... ¡amanecía!

-No se entera. Está durmiendo. Y si despierta, la digo que es la una, y que he cenado y me he quedado al fresco en el Casino.

-Hijo... ¡debe de ser muy bruta!

Se enojó él, a la insistencia del insulto, y la rogó que no volviese a hablarle de Jacinta.

Pero dos días después ocurrió algo que le aterró completamente y que por misericordia de Dios no fue el comienzo del escándalo temido. El correo le llevó un anónimo con el sobre a nombre de Jacinta y que decía:

«Vigila bien. Tu marido está en relaciones con esa señora tan bonita de la huerta.»

Temblaba, con el inicuo papel ante los ojos. Se lo guardó y salió al campo, a meditar, a cavilar. No podía ser más que de Evelina. Urgíale cortar su trato, de raíz..., y halló la solución: le bastaría explotar cerca de ella sus celos en hábil combinación con las ansias vehementísimas de Alfonso. Todo sería posible de aquella burda maquiavélica, hasta lo absurdo, si él se diese trazas a aparecer como un vencido doloroso de sus orgullos tremendos.

Por la tarde invitó al amigo a cazar, y marchando en los caballos, camino de los montes, sincera y extensamente le expuso sus angustias, sus temores, su proyecto. Mujer peligrosa para un casado, Evelina, dado su carácter, e ideal para un soltero, creía sencillo presentársela, inhibirse él a cuenta de celos y disgustos combinados por los dos..., y dejársela en propicias condiciones de conquista, de traspaso... «¡¡Chacho!!», saltó el ingenuo, con el alma y con los ojos llenos de ambición. Lanzáronse a examinar el fondo del asunto. Concertaron el plan. Por lo pronto, sobraría con que Alfonso no faltase de su huerta. Cerró el pacto un efusivo apretón de manos, y Esteban sintió en sus egoísmos un poco de piedad, porque más sinceros sus deseos que sus pronósticos, sabía que no iba a conducirle sino a un fracaso lamentable...

Comenzó aquella misma noche la campaña.

-¡Ah, mira lo que le han mandado hoy a mi mujer! -le dijo Esteban a Evelina con indiferencia, sacando y entregándola el anónimo, y tras de haberla hablado indiferente de otras cosas.

Lo tomó Evelina en torpe falsa de sorpresas que fue su acusación, y, en tanto fingía enterarse, añadió él, previniéndose de otros, y con la misma displicencia:

-Por suerte, soy yo quien abre siempre la correspondencia en mi casa... ¡Que escriban, pues! ¡Perder el tiempo!... Lo único que me fastidia, en cierto modo, es que tú tienes la culpa.

-¡¡Yo!!

-Sí; con tus dichosos coqueteos en el jardín..., porque no es otro el autor que Juan Alfonso.

Perfecta la candorosidad de Esteban y sutil el sonreír de la taimada. Aunque sólo fuese por esquivar lo del anónimo, ella prefirió aceptar la cuestión por aquel lado de los celos. Hubo una escena. El amante, buen celoso, supo mostrarse altivo e irascible... Y como ante la triunfal sonrisa de Evelina, que así sentíase idolatrada, sonaron por primera vez las ásperas palabras de «¡Me tienes sin cuidado!», «¡Llámale si quieres!», «¡Yo te lo traeré!»..., al cómico le fue dable partir enojadísimo esta noche en menos de una hora, y no volver en las siguientes..., trocando a las mañanas sus visitas.

-Así, así me gustas, nene rabiosito -decíale Evelina mientras vagaba con la regadera entre las flores-, ¡guardándome del otro... que está allí! Sal, si quieres, a verlo. ¿Y por qué no viniste anoche?

-¡Porque no; ni volveré ésta ni ninguna!... ¡Porque no me importas!

-¡Hombre! ¿No te importo?... Y, entonces, ¿qué haces aquí vigilándome a estas horas? ¿A qué vienes?

-A que... ¡quiero!

Ella reíase, con un fresco triunfo de rosas en la boca.

-¡Ah, Esteban, necio!... ¡Nunca me has querido como ahora!... ¡Igual que todos, al fin! ¡Los hombres, para querer, necesitáis de estas mañitas!

Feliz al advertírselo, casi mimosa, iba a ocultarse junto a él en el macizo, y le besaba y le abrazaba...

Pero rechazábala el arisco; y por último se entraban a seguir la discusión en el chalet. Llegaban Gironza, el barbero, Pablo Bonifacio; hablaban de los políticos asuntos..., y Esteban largábase tan fresco.

Pronto estos coloquios, llevados por Esteban en un equilibrio de ruegos y de cóleras que hacíanlos envenenarse día tras día bajo el no menos creciente contento de Evelina, permitiéronle llegar a la ocasión decisiva y deseada. Fue una mañana en que la propia fuerza de su farsa envolvió al farsante, dolorosa, al influjo de la siempre y por encima de todo innegable realidad de la hechicera. Hallábanse en el tocador; ella, semidesnuda, peinándose, había querido aplacar las iras del celoso en fuerza de zalamerías...; él, sintiendo encima la magia de aquella desnudez, no supo calcular el momento dulce de una tregua; la injurió más, la rechazó..., y cuando a su vez quiso atraérsela resultó ella la ofendida. Sufría ante la beldad que se le negaba adusta y obstinadamente. Mejor, al fin. Así, este paso del final de su comedia podía tintarse con la sombría verdad de un rencor de sus entrañas.

Callaban ambos; lejos, ella, peinándose de nuevo y respirando llamas de su enojo por la boca; de improviso se volvió:

-Mira, tú, Esteban; te vas poniendo ya demasiado imbécil, y no podemos seguir este camino.

-¡Lo mismo digo yo!

-Pues si lo dices... ¡enmiéndate!

-Eso tú, mujer..., dejándote de más jardín y dejándome en paz de Juan Alfonso.

-¿Yo? ¡Ah! ¿Conque resulta que soy yo la que de él te habla?... ¡Hombre, ni que, además, fuese a no regar las flores por él ni por ninguno!

-Puedes hacerlo a otras horas.

-¡No eres quién para mandarme!... Riego cuando me da la gana, y miro o dejo de mirar al que me place.

-¡A él! -bramó Esteban, levantándose-. ¿Te place él?

Su rabia tocó en la vanidosa, que inmediatamente sonrió:

-¡Pobre celoso!... ¡Estás ridículo de veras!

Sonrió a su vez Esteban; sostuvo crispadamente inmóvil su mirada; se acercó luego y la dijo:

-Mira, Evelina: tan celoso estoy..., tan me importáis tus flores, tú y Alfonso, que te he dicho otras veces que yo te le traería...; y si quieres, esta misma tarde, aquí, te le presento.

-¡¡Tú!!

-¡¡Yo!!

Era un desafío, y no se desafiaba en balde a la brava, a la orgullosa.

Puesta de pie, recogió:

-¡Aire por él! ¡Vamos a verlo!

Salió Esteban como un rayo, como un niño, y Evelina, piadosa y satisfecha de tanto coraje de amor que disiparíasele en la puerta, estuvo por salir, por llamarle y... darle el premio de sus besos, de sus brazos, de su estatua... No lo hizo porque no pudo seguirle, desnuda... Y, aparte de esto..., ¡ah, qué singular idea la de aquel Juan Alfonso, viniendo aquí como a humillarle todas las antiguas altiveces de su casta!... Si el pobre Esteban no tuviese en realidad aquellos celos tan tremendos, ella misma le pediría que lo trajese: ¡a Juan Alfonso!


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