El médico rural: 22

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Capítulo XI
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El médico rural- Segunda parte Felipe Trigo


Iban todos a la feria de Torres de Morón, en cabalgata: Macario, Juan Alfonso, Cascabel, Frasquito Márquez, el médico, don Anselmo Cayetano, Rómulo, Ramón Guzmán, el notario, el boticario... Ganoso Esteban de hablar aparte con Alfonso, extrañábale advertir cómo le huía, picando hacia adelante su caballo si él iba detrás, y viceversa. No pudo dudarlo más, a los dos o tres intentos. No se lo explicaba. ¿Qué tenía para con él, y hoy, precisamente, el buen amigo?

Transcurridos trece días desde su presentación en el chalet, sabía Esteban (porque Evelina, en otro rapto de satánico cinismo, se lo hubo de avisar la tarde antes) que acababan de pasar juntos la noche.

Alfonso llevaba además en el pálido y fatigadísimo semblante los rastros delatores; pero llevaba también una expresión de avara felicidad sombría y reconcentrada que hacíale ir marchando silencioso, pensativo..., en un verdadero contraste de abstracción entre el bullicio de los otros.

Asimismo Esteban acabó por preocuparse. Hecho ya esto..., efectuada la ruptura, un dolor le bullía por las entrañas al recuerdo de la viva estatua irreprochable que no volverían sus brazos a estrechar. La singularísima gravedad de Alfonso debía de ser la fascinación de la belleza, que aún le duraría...

Mas fue breve, afortunadamente, el tal dolor. Para borrárselo, le bastó fundirlo en la no menos viva y áspera memoria de las torpezas, de los groserísimos desplantes, de las estúpidas soberbias de aquella mujer cuya alma de ramera no tenía un solo rasgo delicado. Lo que empezó por un pasmo de ella y por una indignación contra el amante, al ver que le llevaba aquella tarde a Juan Alfonso, lo cambió en un solo segundo de su idiota y estupenda vanidad en el designio de esclavizarlo absorberlo de hechizar y envolver para siempre en su hermosura dé sirena, ya que no pudo lograrlo con el médico, al buen mozo simplón que habíasele quedado delante respetuosamente estupefacto, lo mismo que delante de una diosa, y que, más que un pobre mediquillo, al fin, era uno de aquellos orgullosísimos «señores» con cuya amistad, con cuya adhesión, con cuyo fanatismo querría verse halagada sobre los asombros de todo Castellar...

Fue fácil, sí, el resto de comedia que Esteban siguió desempeñando en estos trece días. Marchaba la farsa sola, desde entonces, cuesta abajo. Ofrecida la casa por la impúdica que se dejó admirar en afable y altiva gran señora, el ingenuo volvió todas las tardes, y al salir le contaba al cómplice y amigo sus progresos. «Mira, hoy me ha enseñado el tocador.» «Mira, hoy la he dicho que me gusta.» «Mira, hoy la he dicho que la quiero... Y es fina, una dama correcta; no es tan bruta como tú me has dicho esa mujer»... Por las mañanas, en cambio, la dama proseguía sosteniendo con el médico sus diálogos de rabanera: «Sí, sí, hombre, sí...; ¡me hace el amor!..., y hasta creo que no voy a dejarte desairado, en tu aspecto de alcahuete, ya que le has traído»... « ¡Cuando quieras, y me avisas!»... «¡Sí, hombre, sí; te avisaré!»...

Breve, muy breve el dolor de Esteban ante el hecho consumado. Significábale su redención, su dignidad y su alegría... Veníale ya sirviendo para no ir al chalet más que el rato aquél de las mañanas; y una visita más de parca y comedida explicación, de triste resignación, acabaría por despedirle y aun dejarle como simple amigo entre granuja y doloroso de la brava camarada... Libres sus noches, dedicábalas de nuevo a las dulzuras del hogar, de su Jacinta, de aquellas gratísimas tertulias en que resonaban las cándidas risas de Rosita y de Luisín, y en que Inés jugaba con él al ajedrez o enseñábale la pronunciación francesa leyendo juntos algún libro... ¡Oh, dulce amistad ésta de la simpática gitana, en la que había siquiera tanta alma!...

Pero volvió a ver a Alfonso cerca, torvo, constituyendo un enigma, y, refrenando el caballo, le pidió:

-¡Ven, haz el favor, Alfonso!

Fue de mal talante complacido. Quedáronse atrás, sin embargo, y Esteban le oyó preguntar secamente:

-¿Qué quieres?

-Quiero... saber qué te pasa. Saber por qué vienes como huyéndome y evitando hablar conmigo. ¿Qué es lo que tienes?

Le miró por encima del hombro Juan Alfonso, y dijo con desdén:

-Pues mira, tengo... o mejor dicho, tú tienes... ¡que eres un niño!

-¡Un niño! ¡Un niño! Pero... ¿por qué?

-¡Porque sí! -exclamó Alfonso, mirando a los de delante, con ánimo de alcanzarles, sin más explicación.

Sino que le forzó Esteban:

-No; habla, Alfonso... ¿Por qué soy un niño?

-Porque te has hartado de contarme niñerías... ¡porque no te has acostado nunca con quien sabes tú!

-¿Con... Evelina?

-¡¡Eso!!

Se quedó Esteban de una pieza. Miraba a Alfonso. No comprendía. ¡No, no comprendía... o tendría que comprender lo incomprensible en el ingenuo que le había esperado tantas noches en la Cruz.

-¿Ella te lo ha dicho?

-¡Ella! -lanzó, con perdonadora indulgencia, Juan Alfonso, alejándose hasta los demás, con un golpe de espuelas al caballo.

Ni tendría más que decirle a Esteban, ni Esteban tendría nada más que contestar.

Atónito el ex amante de Evelina, detrás siguió un rato, condensando todos sus asombros en esta reflexión:

«¡Sí, sí; las sedas, los perfumes, las elegancias y la divina beldad maldita de aquella mujer, con finuras y embelesos cocotescos para duques, eran mucho, debían de haber trastornado enteramente, el corazón y la cabeza del pobre botarate, hecho nada más al burro amor de sus pastoras!»

Y marchaban, seguían marchando todos a la feria de Torres de Morón.


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