El médico rural: 27

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Capítulo XVI
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El médico rural- Segunda parte Felipe Trigo


Jacinta, tendida en la otomana, y débil aún en el novenario de su parto, sonreía hechizadamente mirando a Rosa vestir a la niñina; bordaba Inés, y calcaba Esteban dibujos de bordados contra un vidrio, al trasluz de la ventana.

-¡Cartero! -se oyó al peatón en el pasillo.

-¡Entre, Julián!...

Sobre la mesa dejó el cartero los papeles, que a nadie le ofrecían curiosidad. Calcó Esteban otro rato, y vino a descansar, a fumar y a revisarlos.

Una carta..., entre el agobio de anuncios de específicos y médicas revistas mercantiles que diariamente recibía. Rasgó el sobre.

«Querido Esteban: Como me dijiste...»

¡Ah! Letra de mujer. Miró la firma... ¡De Evelina!

A un ímpetu, la volvió a ocultar en el mar de papeluchos.

Giró pálido los ojos y vio que ninguna de las tres habría podido verla: Jacinta y Rosa seguían en su abstracción con la pequeña; Inés seguía inclinada al bastidor...

Se levantó y se deslizó al despacho a leer la carta que había turbado, que habría podido caer como una explosión de dinamita sobre el cuadro de idílico reposo.

¿Dónde estaba y qué de él se le ocurría a la diabólica mujer?... Desaparecida de la noche a la mañana sin despedirse de nadie, hacía un mes que todo el mundo andaba loco con su ausencia. Unos dijeron, al principio, que «había ido a preparar las cosas de su boda»; otros, que «a trabajar la elección de Juan Alfonso», y otros, aún más desorientados, esperaban del tal viaje «cualquier grande y benéfica sorpresa para el pueblo: alguna carretera, algún ferrocarril..., que todo lo podría la todo poderosa...» Sin embargo, advertíase al amante taciturno, huido por los campos, alejado del Casino, y empezaba a suponerse que ni él supiese del misterio una palabra; y cuando al fin, un día, se vio que las dos criadas madrileñas del chalet, se disponían a partir, llevándose los muebles embalados, absolutamente todos los muebles, y sin que ellas supiesen más que otros la razón de aquella orden de su dueña, la estupefacción general rayó en el colmo.

La clave, acaso, le llegaba insólitamente a Esteban, de Madrid, en el plieguecillo coquetón y perfumado:

«Querido Esteban: Como me dijiste que nadie de tu casa te abre la correspondencia, con toda la confianza de nuestra buena amistad te escribo directamente. Eres la única persona discreta y con sentido común a quien puedo dirigirme, y quizá la única también en Castellar que a estas horas no me odie. ¡Bien! Odio de cobardes, desde lejos...

»¿Qué dicen de mí? ¿Me injurian? ¡Habrá que oírlos!... No volveré; pero los asustaría y los pondría otra vez suaves como guantes con sólo que dijese: '¡Voy!', igual que el coco.

»Harta de ese pueblucho de pobretes de la influencia y de pobretes del dinero, a quienes desde el más bajo al más empingorotado he hecho arrastrarse cochinamente a mis pies, echándoles unas migajas de favor, quiero limpiarme de él hasta el polvo de las botas; y puesto que (¡margaritas a cerdos!) ahí no habrá casi seguramente nadie con arranques ni con gusto para dejar la zahurda de su casa por la mía, que no me sirve para nada, he pensado que a ti quizá te conviniese. ¿Quieres comprármela?... Si te animas, no te inquiete el precio. Me está en once mil duros, con la huerta, y te la daré por ocho, por siete..., hasta por la mitad. Sé que únicamente dispones de tu sueldo, pero ganas mucho, y podrías tomar un préstamo, extinguiéndolo después a plazos cada año y sobre la misma hipoteca del chalet. ¡Sería para ti y para tus hijos tan mono!

»Si no te resolvieras, te agradeceré que, al menos, veas si hay quien la desee y entonces claro es que no debes hablar de esa rebaja au bon marché con que a ti te la propongo.

»Salgo para Londres dentro de unos días; o me escribes pronto o puedes entenderte en Oyarzábal con mi amigo el abogado don Hiligio Andrade, a quien por este correo también le doy poderes e instrucciones.

»Tu afectísima,

Evelina.

«P. D.-Supongo que no incurrirás en la sandez de figurarte que entre Alfonso y yo hubo jamás... intimidades. ¡Pobre hombre!»



Tuvo que sonreír Esteban a esta frase que cerraba la carta, bizarrísima: era la misma que a Alfonso, con más éxito, habríale dicho de él.

¡Oh, la bohemia perversa, ingenua y generosa! ¡Simpática, después de todo!... Al reparto de sus influencias, de su dinero y aun de las caricias de su carne llamábale con la misma sencillez reparto de migajas!... En rigor, para ella el entregarse a un hombre no debería representar sino el capricho intrascendente y nimio que para un hombre entregarse a una mujer. ¡Liberación e igualación de sexos, al fin, conseguida por la soberbia y el descoco!

Ahora habríase vuelto con su duque, y a puntapiés deshacía detrás de ella cuanto aquí dejaba de amistades, de fortuna, de recuerdos... ¡Migajas! ¡Bien, migajas!

¡Ah!... Pero aquella huerta, aquel chalet que se le ofrecía por la mitad, que le vendería tal vez por la tercera parte de su precio, bailaba en la alucinación de Esteban como un hallazgo de fortuna. ¡Lástima que no fuese realizable! Rápidamente consideró el negocio en sus dificultades pecuniarias, y bajo la fugaz centella de ambición le quedó tan sólo entre las manos la carta peligrosa... La rompió, se guardó los pedazos para dispersarlos por la calle; y pues que ya había enfermos aguardando, dio comienzo a la consulta.

Al terminarla (¡cuatro duros encima de la mesa!) persistíale la pena de que la oferta no se le hubiese hecho cinco o seis años después, cuando ya él hubiera ahorrado lo bastante. Con esta pena, con esta preocupación, volvió hacia el comedor. Rosa cosía; bordaba Inés. Le dijeron que Jacinta había ido a guardar ropas de la niña, y se fue a buscarla, con el vago afán de transmitirla su dolor por la hermosa ocasión que se les volaba de empezar a convertirse en propietarios.

-¿Oye, sabes?... Vende esa Evelina la huerta y el chalet. O a mejor decir, los malbarata: valen once mil duros y los da por la mitad. Uno de Oyarzábal acaba de ofrecérmelos.

-¡Ah, el chalet! ¿No vuelve ella?... -admiró Jacinta, irguiéndose delante del baúl-. Y... ¿es bonito?

Lo ponderó Esteban. Ponderó, principalmente, las ventajas de una compra en tales condiciones; y tocada Jacinta en sus ansias de burguesa, dejó la ropa, se sentaron y pusiéronse a tratar de la cuestión y a discutir.

Él mismo le marcaba a las esperanzas de los dos los caminos por donde ella iba lanzándose, y que luego, prudente, la atajaba. Podrían buscar dinero; podrían, tal vez, quedarse a plazos con la finca..., sino que, ¡ah!, ¿cómo meterse en una obligación de réditos sin saber si las ganancias (el crédito y la suerte del médico) pudiesen variar?

-Pues, tonto, tú -insistió aún Jacinta, al cuarto de hora de polémica-, ¿no ganas más de siete mil pesetas anuales? ¿No nos sobran lo menos cinco?... Y, entonces, en cinco años, ¡fuera la deuda!

-No, mujer. Sería forzarnos a vivir con las dos mil en estrechez; a andar ahogados, ahora que se nos aumenta la familia.

-Pero... siempre tendríamos eso ahí, para los hijos.

-No, -no. Además, habríamos de amueblarlo a pleno lujo, lo cual significa otros grandes gastos y otro empeño, o estar a ridículo; y para esto, bien estamos aquí con nuestros muebles.

-¿Tan bueno es?

-¡De... duques! -respondió Esteban, un poco rotundamente exagerado, recordando al de Evelina.

Jacinta dobló abatida la cabeza. Él, también.

-¡Qué lástima!

-¡Qué lástima! -lamentaron ambos, en la visión de la vida cómoda y de la espléndida oportunidad que se perdían.

Y Jacinta, súbita, como salvada al menos de la crueldad de tener que renunciar enteramente al hermosísimo chalet que algún extraño adquiriese, proclamó en un rapto de contento:

-¡Oye, Esteban, ya sé quién va a comprarlo... ¡Inés!

-¿Inés?

-¿No quiere una casa, que Alberto y ella piensan construir? Pues ¡ésa!

-Pues... ¡Sí!

Feliz acuerdo. Corrieron una y otro a hablarle a Inés sin pérdida de instante.


.......................



Con igual curiosidad que habían visto los vecinos de la huerta sacar a carros los muebles de Evelina, volvieron a ver llegar a carros los de Inés: camas, cajas, enormes jaulas de embalaje, sillerías... Jacinta, Rosa, Inés y doña Claudia habíanlos ido recibiendo; y ahora, colocados y retiradas del jardín las tablas y virutas, daban los últimos retoques, bajo la dirección de Esteban y con la prisa de la boda, que iba a efectuarse en estos días.

-¡Esteban, ven!

-¡Esteban, oye!

-¡Esteban, mira!

-¡Esteban, vea usted si así le gusta!

Le gastaban el nombre, dispersas las cuatro en sus faenas. El acierto de las observaciones que se permitió al principio, sin más que recordar el lujo y el buen gusto con que Evelina tenía la casa, habíale instituido desde luego en director decorador, a cuyo arbitrio quedaron los encargos. Rumbosa doña Claudia, y contenta de la boda y de la compra del chalet, quiso dejarse de ruindades y alhajarlo en armonía con su belleza; otros cinco mil duros para trastos; ¿qué más daba?... Pedidos los catálogos a Sevilla y Madrid, todos los habían ido revisando, y Esteban resolviendo. Llegada la ebanistería, la cristalería, la lampistería, la tapicería..., él hizo situar en cada estancia cada cosa, y continuaba siendo el consultado imprescindible en los remates y perfiles.

-Esteban, ¡ven un momento!

Rosa, que vacilaba en cómo colocar por el jardín las sillas japonesas:

-Esteban, ¡haga el favor!

Inés y doña Claudia, que, en la sala, no sabían colgar aquellos cuadros con cordones:

-¿Los tenía así doña Evelina?

Él arreglaba uno:

-¡No, así!

-¡Claro, muy bonito! -comentábale la madre.

Y la hija, a cada corrección de éstas, exclamaba:

-¡Sería muy distinguida esa señora! ¡Y guapísima..., la vi una tarde!

Partía Esteban sonriendo. Inés no hubiese de admirarla si en ella pudiera sospecharse a la rival.

-¡Ven, Esteban, hombre!

Otra. Jacinta, cortándole el camino, llevábale a la alcoba, y consultábale si no estaba un poco viejo el crucifijo.

Un crucifijo familiar, traído por doña Claudia de la cabecera de su lecho; la había siempre deparado tanta suerte con su presencia y su santa protección que se empeñaba en transmitírselo a la hija. Desdecía del resto del adorno. Fueron y persuadiéronla de que no debía ponerse. Se encargaría nuevo, porque entre los muebles no había venido crucifijo.

-¿Eh?... ¡Qué cama! ¡Mira que está todo!... -le decía Jacinta, de vuelta en la nupcial alcoba suntuosa para quitar la efigie-. ¡Qué suerte la de Inés!

Tornaba a sonreírse Esteban, dolorido a la nueva ingenuidad de ésta aún más inocente. Por su empeño, ya que Inés habíales bautizado a la niñita, poniéndola su nombre, ¡oh, cándidas ironías de la inocencia!, ellos iban a ser los padrinos de la boda... y del primer hijo que tuviese el matrimonio!... La dejaba. ¡Si pudiese adivinar que en el cuarto aquel había abrazado a Evelina tantas veces, y que tantas en el lecho aquél Inés le abrazaría!

La sombra de Evelina, como un burlón espectro de sarcasmo, flotaba en torno a él. Demasiado fiel a los recuerdo, había reconstituido el menaje del chalet con tal servil imitación que creía verla aparecer en todas partes. En el gabinete lucíanse casi las mismas marquesitas, casi el mismo confidente, y un magnífico piano casi igual, alto, negro, fileteado de bronce. En el comedor, muebles Imperio, de bronces y caobas, con pequeños vidrios de bisel; poltronas, otomanas; araña larga, modernista. En los dormitorios, uno de los cuales sería para la suegra, y otro, a no dudar, para el «marido» («¡No, no; ni una vez, ni por fórmula -habíale repetido a Esteban su Inés- consentiré que se acueste nunca donde yo!»), esbeltas camas doradas inglesas, con colchas verdes de damasco; mesitas con sedas verdes y cristal en el tablero; alfombras verdes...

Pero lo interesante, lo singular, lo que más llamaba la atención de todo el mundo y de las primas y tías de Inés, que iban con frecuencia, era el departamento de baño y tocador. «¡Qué barbaridad de agua!» Tocaban el jaspe de la diáfana bañera. Admiraban el confort. Algunas hasta pensaban en bañarse. Luego, congregadas en el hall que daba a las traseras del jardín, se extasiaban con el espléndido gramófono que hizo traer Esteban por consejo original, como única cosa no copiada de Evelina.

Acudía a escucharlo incluso el tonto, el pobre Alberto, que pelando y comiendo bellotas solía tomar el sol en un rincón cualquiera de la huerta, y pronto, fatigado de Anselmis y Carusos, con sus barbas lacias y su abierta boca, deslizábase entre la inadvertencia general para seguir al sol pelando y comiendo sus bellotas. No tardaban tampoco en cansarse las primitas, y charlaban, en tanto Inés y doña Claudia volvían a sus quehaceres:

-¡Qué suerte! ¡Qué suerte, Inés!

-¡Qué suerte, hija! ¡Qué suerte!

Impuesta la charla por la emoción de hechicería que causaban estos faustos, refulgentes de blancura y pedrería en las ropas y joyas del ajuar expuestas en la sala, tendidos desde aquí al través de las vidrieras escarchadas sobre el policromado exotismo de las flores y la fuente y la estatua del jardín, y completados, por último, con aquel amarillo carruaje que había entrado en el trato del chalet, y que estaba en la cochera..., a pleno corazón ahora envidiaban las muchachas y deslumbraba al pueblo entero la boda que meses antes sirvió de escarnios y de burlas. La plebe, políticamente sumisa otra vez a los «señores», como por un museo de maravillas desfilaba también por el chalet a ciertas horas. Los «señores» mismos, los parientes de la novia, veíanla envuelta en nimbos de riqueza, y diríase que hasta entonces no habían podido darse cuenta de las muchas que el novio poseía. Se volvían veneraciones, en fin, para Inés, tan limpia y peripuesta siempre, los antiguos recelos de sus primas hacia la pobre señorita allá en Oviedo encopetada...; y nadie, nadie pensaba en la persona repugnante del imbécil desdichado -tal que si directamente Inés fuese a casarse no con él, con su caudal-. ¡Qué suerte! ¡Qué suerte!, no cesaba de escucharse.

Esteban se indignaba. Nunca había podido concebir una colectiva ceguedad moral por el estilo.

Y la indignación le dolió más en el alma la tarde en que, dejándolo ya todo listo para celebrar la boda horas después, Jacinta y él iban a vestirse. Les acompañaba Rosa; habían recorrido el chalet, admirándolo una última vez en su perfecto orden, y la impresión les duraba por las calles.

-¡Qué suerte! ¡Qué suerte, Inés! -decía Rosa.

-¡Qué suerte, Inés, la pobre! -insistió Jacinta-. ¡Qué suerte!, ¿verdad, Esteban?

El la miró, temblándole no sabía qué protesta de injuria entre los labios. Sin embargo, le maniató su secreto, su extraño y misterioso papel en tal boda, y quiso, amargo, nada más corregirle a su mujer:

-Sí, verdad..., ¡si no fuese por Alberto!, ¡por el novio!

-¡Claro! ¡Bueno! ¡El pobre novio! -repuso ella, sin notarle la dureza del reproche-. Pero, aparte eso, ¡qué suerte la de Inés!

El colmo. «Aparte eso»... Un matrimonio en que... lo único lamentable era el marido.

Esteban guardó silencio.

Jacinta siguió hablando con Rosa de aquella gran suerte de la amiga.

Ni la alucinación torpísima pudo quitarle la azul bondad de ángel a sus ojos.


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