El náufrago (Trigo): 02

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Capítulo II
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El náufrago (Trigo)- Primera parte Felipe Trigo


Mas no eran tan dichosos, tan olímpicamente dichosos como suponía la multitud (que, á juzgar por el brillante fausto de coches y de yates, los supondrían en una eterna y diáfana felicidad sin una nube), aquellos eximios cazadores y aquellas damas que venían á despedirlos.

Cuando menos, Josefina, la condesa de Alcalá, la más envidiada entre ellos mismos por sus riquezas, por su título, por su juventud y por su belleza soberana, mostraba en este instante, conversando cerca de la borda con su amiga Anita Mir, un rictus de ansiedad.

Tímida hasta la exageración, por instinto virtuoso de rica señorita educada en conventos y encastillada después en la especie de hidalga fortaleza que le formaron siempre la respetabilidad de sus padres y su casa solariega de Carmona, cualquier contacto con este mundo distinguido y un poco libre de Sevilla, levantábala protestas de honradez.

Como otras veces, aquí, hoy, durante el lunch, había podido observar el impúdico coquetear de ciertas damas. Por eso, no obstante la obstinación del marido, que en su calidad de conde y de aspirante á la jefatura del partido liberal-conservador, pretendía convertir el palacio de ellos en mundano centro de fiestas y políticas reuniones, ella se negaba, se resistía, más que los perros para embarcar, y limitábase á vestir severamente, á rezar en las iglesias y á ser, tan sólo, amiga del general, de la familia del general, y del húsar y su hermana, gentes graves, honorables, y primos hermanos, los dos últimos, del conde.

Y Anita Mir, entre las tantas otras que en vano pretendían su intimidad, le era la más antipática, con sus treinta ó cuarenta años de preciosa presumida; pintado quizá el pelo para taparse las canas, llenos de afeites los ojos y la boca y las mejillas, igual que un clown... ¡Oh, cómo la tarde aquella en que, á pretexto de confiada amistad, tuvo Anita la impudencia de recibirla en su tocador semidesnuda, pudo Josefina verla los pechos duros, sí, aún; pero lamentablemente negros en el contraste de falsa rubia que nada más se cuidaba de emblanquecerse el rostro y el escote!

La miraba, la miraba con sus grandes ojos claros é ingenuos, en tanto Anita Mir empezaba á decirla cosas estupendas.

¿Por qué?

¿Por qué esta Anita procuró hacía un rato extremar delante de ella sus afabilidades con el húsar?

¿Porqué Rodrigo, en cambio, lejos de secundarla en aquellas procacidades insolentes, las abandonó á las dos, casi molesto? ¿Por qué?... ¿Era, sería tal vez porque el discreto húsar no quiso con su presencia autorizar las ligerezas de la otra?

Y sin embargo... ¡ah, por Dios!... ¿cómo creerlo?... Y sin embargo... ¡sí, sí, qué atrocidad! Josefina acababa de sorprender á ambos en una no se supiera cuál larga mirada de cómplice pecado!

¡Con Rodrigo!

¡Con el noble, con el discreto pariente que allá abajo, junto al general, continuaba tan correcto en la gallarda respetabilidad del uniforme!

Si esto significase que un hombre á quien Josefina apreciaba de tal modo, profundamente, fraternalmente, fuese también un hipócrita capaz de indecorosas aventuras..., significaría, en verdad, algo demasiado ingrato y miserable.

Anita, por su parte, y sin gran cosa de rubor por el marido, que andaba cerca, parecía muy poco preocupada de esta indecencia en que había sido descubierta; al revés, creyérasela orgullosa de tal develación, y hablaba con un cinismo que tenía á Josefina toda crispada y presa, inmóvil, como si al menor ademán de fuga, ó siquiera de rechazo, temiese caer en los hondos abismos de ignominia que en torno á ambas la amiga la iba señalando.

-Sí, mujer, sí; no creas que todas, durante estas cacerías en que se nos marchan los maridos, se quedan tan solas y tristes como tú. Fíjate; ya viste antes las mil atenciones delicadas de Amelia y de Margot con los hermanos Velázquez..., que no son de la cinegética partida; pues, ve, sigue reparando ahora en Clara Rojo, con Trevélez, con el simpático Trevélez, allá en la misma copa bebiendo aún Marie-Brizard; y allí, por estribor, á las dichositas é inseparables parejas de Marta Iboleón con Pepe Alba y de Lulú con Alfonso del Real...; ¡pobre Alfonsito, tan niño... y debutar con esa ex linda cincuentona!... No, no, mujer... ¡no todas se quedan tan tristes como tú!, ¡tan tristes como yo!

Vibró indignada Josefina. Á la vez que la cínica tenía la avilantez de parangonarse con ella en lo de la honrada tristeza, volvía á cruzar una sonrisita con Rodrigo, que éste en vano rehuyó, cortándola á destiempo.

No pudo sufrirlo; y su innato pudor, ó su fraternidad de buena fe hacia el húsar, alevosamente traicionada, hiciéronla decir á la imprudente:

-¡Como tú! ¡Tan triste como tú!... ¡Oh, Anita, nadie lo creyese, viéndote de tal manera sonreír!

Y fué un latigazo en pleno rostro. Anita Mir, de pronto, se puso seria y encarnada.

Comprendió que la revelación de sus intimidades con Rodrigo había ido más allá de lo que ella misma desease.

A toda mujer que tiene un amante, plácela dejárselo sospechar de un modo vago al mundo, á las amigas; mas no ponerlo en evidencia tal de claridad, de cosa absolutamente comprobada, que luego, en caso necesario, deje de asistirle el derecho de negarlo y de volver airadamente ante la implacable sociedad por sus decoros.

La sociedad, en efecto, amable é indulgente con los velos del dulcísimo pecado, tórnase implacable si lo encuentra en desnudez. Y esto sabíalo Anita Mir de sobra.

-¿Por qué me dices eso? -prorrumpió llena de miedos.

-¡Porque sí!... Por..., por...

Guardaron silencio las dos mujeres.

La explicación le habría sido á la condesa harto difícil. La insistencia, á Anita, comprometedora por demás.

Difícil la explicación, para Josefina, porque no tenía derecho alguno que alegar en el reproche..., y principalmente en tal forma involuntariamente violenta del reproche..., como no fuese el súbito é inmenso dolor que habíala ocasionado aquella suerte de imprevista indignidad, de inesperada deslealtad de Rodrigo, del buen amigo, hacia ella propia.

Y ¿de qué índole pudiera ser este dolor..., este dolor tan grande que la dejó absorta, sin querer, en la contemplación del húsar, con una penosísima emoción de arrancamiento?

Casi vuelto de espaldas á ellas, quizá también por tardía vergüenza y contrición hacia la amiga y nobilísima pariente, el húsar conversaba en el grupo del general y del marqués con los tres locuaces diputados; y la condesa le contemplaba, le contemplaba con todas las tristezas de su alma en sus grandes y claros ojos de niña...; le contemplaba..., ansiosa, tenaz, voluntariosa..., hasta que, de pronto estremecida, dejó de contemplarle al advertir que Anita la miró.

No desplegaron los labios ni la una ni la otra. Se estudiaban. Ya medio recobrada Anita y recogida en sus cautelas, era la joven y gentil condesa la que tenía esta vez el rostro como un fuego, y el alma como un volcán en que estuviéranse tostando sus firmísimas creencias de honradez y de virtud...; porque, á la verdad, en aquel rechazo de la avidez de sus ojos, á que habíala forzado la pérfida, habíale caído, como dentro del corazón mismo, para con el hermano, para con el poético y romántico amigo infiel, algo que la hería y que la mataba con brutal é inopinada revelación... de un egoísta sentimiento que nada ó muy poco tuviese que ver con la fraternidad ó con la amistad!

¡Ah, por Dios..., qué absurdo este, no obstante, en Josefina, en la purísima y honesta niña que por tradición y educación seguía alentando dentro de la mujer de veinticuatro años; dentro, principalmente, de la enamorada esposa de amor que adoraba con pasión de carne y alma á su marido!

Sí; bastó la llegada del conde, del marido, para restituirla íntegramente á sus fieros orgullos de virtud... en fugaces equívocos turbados un instante al contagio de las otras.

Javier la abrazó y la besó efusivamente.

-¡Adiós, nena! ¡Que te cuides!... y ¡anda, baja! ¡Come bien, y toma la receta aquella del doctor! ¡Mira que desde hace meses, sin saber por qué, te encuentras muy desmejorada!...

-¿Sucesión, quizá, por fin? -inquirió Anita, siempre jovial, y al estrecharle también al conde la mano en despedida.

El conde sonrió.

Las acompañó hasta el portalón, tropezando al paso en el cabo de unas jarcias.

Y Josefina, descendiendo no muy segura por la escala, porque á su pie esperábanlas el húsar y el general, iba pensando que no, que no obedecía su nerviosidad de algunos meses á que al fin fuese á tener el hijo, el nuevo noble amor que desde largo tiempo ya parecían clamarle su alma, sus labios, su corazón y todas sus entrañas...; iba pensando que este buen Javier, marido suyo, tan guapo y tan apasionado de ella tres años atrás, cuando se casaron, había engordado demás, un poco, y era tan grave y tan bueno que ya sólo parecía preocuparse de los serios negocios de la vida..., de la política, de su respetabilidad intachable como futuro jefe conservador..., dejándose de la puerilidad de los amores y haciendo á lo sumo, por toda diversión, estas inocentes cacerías... ¡Oh, si, era tiempo de meterse en las transcendencias del vivir..., y era gran lástima que ella no tuviese aún el hijo ángel, en cuya boca de flor, su boca consumiese sus ansias de amores infinitos, ideales!

Silbaba el Giralda.

Iba apartándose del muro poco á poco.

Las damas y los amigos de los bravos cazadores, agitaban desde el muelle los pañuelos. Aquéllos contestaban desde arriba.

-Vaya hijos, divertirse -gritábales Lulú siempre cerca de Alfonsito á su marido y al de Marta Iboleón-; y, ojo,¿eh?... ¿Que Dios sepa lo que en ocho días haréis todos vosotros con disculpas de la caza!

Javier le tiraba besos á su esposa.

Era el más formal, el único formal, tal vez, de todos aquellos distinguidísimos sportsmen amigos de la juerga y del holgorio. Él trabajaba en su política y en el prestigio de su respetabilidad intachable, como un negro -á pesar de sus millones.

El Giralda filó al cabo rectamente por el río, comoviendo sus aguas, y perdiéndose luego, en un recodo, entre las primaverales florestas de las márgenes.

La gentil condesa, que preocupadísima lo había ido siguiendo con la vista, volvió en sí al notar que, ya los últimos, se despedían de ella el general y su ayudante.

-¡Adiós, condesa!

-¡Adiós, Anita!

-¡Adiós!

Quedaban Anita y ella únicamente.

Y Anita, sorprendida á su vez de que, en la confusión, hubiese partido el milord de las de Alfaro, con quienes vino, demandó de la condesa:

-Me llevas por tu casa, ¿quieres?... No tengo que hacer hasta las dos. Estaré contigo un rato.

Montaron.

Cerradas las portezuelas, el automóvil partió veloz, alcanzando y dejando atrás á los otros carruajes, desde donde todas las señoras saludaban y miraban con envidia á la bellísima condesa.


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