El náufrago (Trigo): 04

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Capítulo IV
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El náufrago (Trigo)- Primera parte Felipe Trigo


Las doce...; pero nunca almorzaba la condesa hasta la una.

Se recogió á su gabinete.

Cayó en una otomana de sedas color carne.

Sentíase azoradísima, agitada, sofocada por tantas impresiones...; avergonzada por no sabía qué complicidades de ignominia á que hubiérase prestado sin querer.

¿Debió hacer arrojar á aquella mujer por los criados?

La visita de una celestina que hubiera venido á sonsacarla y proponerla cualquier inconcebible disparate, no hubiese tenido mayor procacidad.

No podía la condesa explicarse el interés, los designios de Anita Mir al acompañarla á casa y hablarla de este modo.

No, no podía explicarse nada de lo ocurrido desde que llegó al barco.

Hoy era un día como cualquiera otro, de los de su pacífica vida de honradez; Anita Mir era la de siempre...; y sin embargo, hoy había aprendido y escuchado horribles cosas, que jamás soñó saber, y era Anita la que acababa de decírselas.

-¿Por qué? ¿Por qué, gran Dios?..., ¿por Rodrigo?

Estremecióse toda la condesa; y en sus mismos brazos, en sí propia, encondióse de sí propia.

¡Por Rodrigo!

Evidentemente, si en todo aquello que vieron sus ojos no hubiese estado mezclado el húsar, el amigo fiel, el pariente tan querido de ella y del esposo..., ella no le hubiese tolerado, no hubiese tenido por qué tolerarle á Anita Mir su sarta de indecencias.

Y, ya en la soledad, un nuevo problema planteábale á Josefina su congoja: -¿Hasta qué límite el interés de una amistad, el interés por mi pariente, debió y pudo consentirla enfangarse con Anita en confidencias semejantes?

¡Oh! y enfangada y todo..., algo en sus entrañas, sin pretender siquiera explicación, seguía gritándola que toda aquella cruel ansiedad fué despertada por... ¡por el húsar!, ¡por Rodrigo!..., ¡por Rodrigo mismo..., personalmente!

¡Qué horror!

Lloraba, lloraba ahora Josefina.

Cerraba entre las lágrimas los ojos para no ver, y con mayor espanto veía dentro de sí misma una revelación brutal, brutal como la lógica aquella de Anita; brutal y cruel é inverosímil; una revelación inconcebible en ella... ¡en ella! ¡en su pureza!, ¡en su honradez!..., porque..., ¡no, no, gran Dios, Virgen Santísima, no podía ser que ella, creyendo ser su inmensa amiga nada más..., estuviese enamorada de aquel hombre!

Rodrigo.

La fulguración de un instante se lo evocó guapo y gentil, con su uniforme azul, con sus calaveras de plata en el cuello, con su armónica arrogancia... Tal vez las mieles de su delicadísima amistad sirviéronle para esconder las arterías de todo un lento plan de seducción hacia la honrada.

Pero la fulguración de otro instante, al crudo recuerdo de la escena en que hubo de sorprenderle con Anita, se le presentó ingrato y vulgar, detestable en su traición, para... para...

¡Para ella!... ¿A qué mentirse, en la plena intimidad y en la plena revelación de su conciencia?... Su conciencia, sus candores, acababan de ser rasgados por el surgir impetuoso de algo que ella habría venido viviendo con recóndita delicia, sin saberlo.

Y al lanzarse doloridamente ansiosa á la delicia de aquel agujero de abismo abierto así en los cristales de pureza de su alma, otra evocación, otra imagen, la de Javier, contúvola en espanto..., y la hizo llorar más, y odiarse y despreciarse.

Náufraga en un mar de fuegos ó de hielos, ó de helados fuegos -que no supiera definirlo la paradoja de su ser-, se aferró, por salvación, al recuerdo del marido.

Quiso, y se obstinó contemplando las noblezas de Javier -á fin de evidenciar más, por su contraste, todo el oculto horror que, á ella, una simple herida de vanidad habíala dejado al descubierto.

¡Oh! ¡No, no! Conato inconsciente de maldad, á que iba siendo, acaso, llevada entre perfidias, la propia virtud y el ejemplo del marido bastaban á barrérselo del alma.

¡Javier!, Javier! ¡su Javier!... ¡Ah, su Javier tan bueno, tan formal, tan colmado, por su intachabilísima conducta de trabajo, con todos los prestigios de la vida!...

Boda de amor, la de los dos..., seguían amándose hondamente, serenamente..., sin aquella insensatez apasionada que, al principio, era la verdad, cuando él mismo, y acaso un poco contra los excesivos instintos pudorosos de ella, la hizo empezar á revelarse como una sensual tremenda, como una mujer toda humana de espíritu y de carne, como un inmenso é insaciable corazón que habría querido tener un hijo en quien calmar aquella naciente ansia loca de sus besos, de sus labios...; pero, sí, en cambio, con toda la cortés circunspección de un honorable matrimonio en el cual tendría el esposo gravísimos deberes sociales que cumplir, y la esposa la obligación estricta de alentarle y de ayudarle.

¿Podría, en efecto, un hombre como Javier, conde, grande de España, senador, hijo de otro aristócrata que le legó su nombradía de grande orador parlamentario..., descuidar los públicos asuntos que ahora le absorbían, por abandonarse á la infantil perpetuidad de una luna de miel con su esposa?

¿Podría, tampoco, la mujer de un hombre así, condesa, millonaria, descendiente de toda otra raza de ilustres senadores, monopolizar á su marido con mimosas tonterías?...

Bien era cierto que Josefina, educada en la prisión de rosas de su casa solariega, aislada por el señorial orgullo familiar de todo trato con las demás pobres señoritas de Carmona, dedicada á llenar sus ocios con la música, con la lectura de novelas y con sus rezos en la iglesia y de al tiempo de acostarse, no había podido aprender nada de política y de cosas que ahora le sirviesen á Javier; hizo mal, pues, si dejándose influir por las lecturas románticas y por sus soledosos ensueños, vislumbró el porvenir de una poética boda, que le pareció llegada con aquel conde guapo y galán, y que sólo, con un paréntesis de cielo de ilusiones, había de conducirla á otra prisión de oro y de rosas, lo mismo que su casa, aunque más llena de faustos y de escudos y puesta en medio de Sevilla... Deberíase quizá á esto, á esta prolongación de soledad sentimental y de bello cautiverio, la inquietud, el desasosiego, la nerviosidad que la aquejaba desde tiempo atrás, y que en vano su marido quería curarla con recetas de doctores...; pero, razonada así, ¿asistíala el menor derecho para quejarse de la metódica insulsez, de lo que llamaba sosería conyugal la idiota Anita?...

Se paró..., detúvose su pensamiento en el cauce de los altruismos generosos.

Anita Mir, cayéndole otra vez al pensamiento como un obstáculo pesado, había obstruido la corriente.

La inicua, sin que se supiese por qué, sin que Josefina acertara á explicarse la razón, descarada acababa de contarla cómo Javier se consagró á divertir escandalosamente á cien mujeres (con harto menos motivos de amor, sin duda). antes de venir á constituirse con la propia, en esta... sosería del orden.

No le parecía muy justo; no le parecía mucha suerte la suya.

Y dejábanla paralizada en ira de atención la injusticia sentimental y los celos retrospectivos.

Tornó á imponérsele con más fuerza inexplicable la sentencia filosófica: «Si nos quieren honradas, que lo sean ellos». Un marido, por mucha formalidad en que se meta al casarse, no puede conceptuarse un hombre honrado, si ya antes arrastró por el lodo la vergüenza; de igual modo que á una mujer, en caso parecido, de nada le valdría su empeño de retorno á los decoros... Y... ¿hasta qué punto el decoro actual, incluso el sincero pesar de lo pasado, le convierte en respetable?...

Suavemente, suavemente, tras el arrullo de aquel soplo filosófico que un espíritu del mal le deslizó al oído á la bellísima y honradísima condesa, sus ojos se fueron alzando hasta el halago de un espejo que enfrente la copiaba... Suavemente, suavemente, sus ojos claros é ingenuos, que ya veían más hondas las cosas, llenábanse de triunfo y su boca sonreía...: intensa como su propia imagen, plena de juventud y de poderío y de gentileza, estaba viendo, ridícula, la de Ana Mir, casi vieja, contenida en engaños de beldad con tintes rubios y carmines y carbones...; y detrás de ambas, contemplando á la una con el tedio de la hartara que puede inspirar lo insignificante, y á la otra con la célica ambición que sólo aguardaría la primer sonrisa sabia de la condesa inocente para salvar el cerco de respetos, al húsar... al húsar gallardo de uniforme azul y de alma de poeta, que aún le pareció á la ilusa más gentil cuando sus ojos grandes evocaron, además, la grave figura un poco obesa del marido...

Dió un grito. Es decir, lo ahogó; pero pudo haber dado un grito al oír decir á alguien que había llegado sin ruido por la alfombra:

-Señora condesa: la mesa está servida.

Dijérase que la doncellita habíala sorprendido en crimen para siempre.

La dejó alejarse, con un esfuerzo de dominio..., y llorando, llorando, llorando, sí, esta vez, con todo el dolor de su honradez enloquecida, corrió á la alcoba, cogió un retrato de Javier... y lo besó y púsose sobre él á rezar á besos, de rodillas, á los pies del Crucifijo.

-¡Juro por ti, Santo Dios, no dejar nunca de ser digna de mi y del amor y la bondad de este hombre á quien adoro!


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Unos minutos después, fortalecida por la oración y el fervoroso juramento que la habían devuelto sus orgullos de infinita virtuosa, iba hacia el comedor pensando solamente en el absurdo de aquella insignificantísima Anita Mir, incapaz de inspirar carillo á hombre ninguno, y en el absurdo, mayor aún, de aquel Rodrigo falso, y trivial capaz de cortejarla.

Los despreciaba á los dos.

Y era cuanto de definitiva y única verdad quedaba en ella tras la borrasca de sorpresas y emociones que había pasado por su alma.


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