El náufrago (Trigo): 05

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Capítulo V
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El náufrago (Trigo)- Primera parte Felipe Trigo


A las dos de la madrugada se recibió este breve y urgente telegrama en la redacción de El Noticiero Andaluz:

«Giralda, pique. -LÓPEZ».

¿Eh?

¿Qué quería decir? ¿Qué Giralda?... Había muchos barcos y aun balandros y esquifes con el mismo nombre de la torre famosísima. Naturalmente, para Sevilla, el Giralda más caracterizado y conocido era el magnífico yate de la Sociedad de Cazadores; mas no parecía posible, dadas sus condiciones marineras, que pudiese nunca naufragar navegando por un río.

Además, el López que firmaba, como corresponsal espontáneo, resultaba desconocido en la redacción de El Noticiero.

No hicieron caso del despacho, cuyo laconismo impedía formar con él siquiera una noticia. Trataríase de alguna lancha pescadora.

A las dos y quince minutos se recibió otro telegrama:

«Giralda perdido colisión vapor San Nicolás ahogados todos salgo lugar siniestro alcalde Quintaneja ampliaré detalles. -LÓPEZ».

¿Eh?

¿Giralda? ¿Se trataba del Giralda? ¿del yate?... Cuando menos lo hacía pensar, ahora, aquello de colisión con un vapor. Refiriéndose á una lancha ó á una embarcación pequeña, el despacho no diría colisión, sino arrollado ó pasado por ojo. Sin embargo, el desconocido nombre del corresponsal seguía induciendo á confusiones. López. Es decir, lo menos que se puede llamar cualquier persona. Y como, por otra parte, entre la gente de Sevilla eran frecuentísimas las bromas, no faltó en la redacción un supicaz espíritu que apuntase, aun dado por supuesto que el tal Giralda fuera al yate, la posibilidad de una de aquéllas.

Se recordaban, efectivamente, muchas de estas chungas colectivas de la guasa sevillana. El Ateneo había presentado burlescamente en su tribuna muchas veces á pobres pelagatos; la prensa toda habíase puesto de acuerdo, en ocasiones, para tomarle el pelo á algún tonto popular que á sí propio se juzgaba personaje; y una vez los amigos de un señor diéronle por muerto y repartieron esquelas enlutadas sin más fin que llenarle la casa al día siguiente de fúnebres visitas.

Había que proceder con precaución. Por lo pronto se destacaron reporters á los centros oficiales.

Pero antes que, una hora después, fuesen todos éstos regresando, en la redacción misma habían ido recibiendo nuevos telegramas de diversos puntos, capaces de ampliar de bien triste manera las noticias oficiales del naufragio.

La noche fué de prueba para El Noticiero Andaluz y para los demás periódicos, para, el gobernador, para el alcalde, para todas las demás autoridades y para los trasnochadores que pudieron percatarse de algo en los centros de recreo.

Principalmente el Círculo de Labradores, el más aristocrático de los casinos, quedó convertido en foco de efervescencia y de dolorosa confusión. Mas, porque á las tres de la mañana no sabíase á punto cierto, en la contradictoria dispersión de las noticias que seguían llegando, la magnitud de aquel desastre inexplicable. ¿Muertos todos? ¿Salvados muchos, según alguna referencia?... Nombres, nombres..., he aquí lo indispensable para no llevar á todas las familias la loca duda. Varios señores, parientes de presuntos siniestrados, visitaron las casas de éstos, más con ánimos de concretar su información que no de trasmitirla, en una terrible cuestión tan enigmática. Y hubo quienes, acompañando al alcalde, al gobernador, partieron á todo el correr de cielos y de automóviles hacia el lugar de la ocurrencia.


Un escándalo de ansiedad insensata despertó á la población.

El primer extraordinario había aparecido al apuntar el día.

El segundo, el tercero, el cuarto, el..., ratos después.

A las siete de la mañana, las calles estaban llenas de gente y del clamor de los voceadores de periódicos.

Cerradas aún muchas casas, el público se acumulaba delante de ellas, y, sobre todo, en la calle de Tetuán, ante la del conde.

¿Por qué seguía tranquila y durmiente?... Nadie comprendía esto, mientras á grito en cuello y á carrera desbocada seguían los chicos pregonando y repartiendo extraordinarios.

-No habrá nadie. Habrán partido la condesa y todos en su auto.

-¡Sí, sí, habrán partido! -comentaban en los grupos...

Mas no era verdad. La condesa y su servidumbre, dormían á tal hora descuidadamente, tras las herméticas puertas y ventanas que se divisaban por entre la verja y la arboleda del jardín. Era que nadie, ni autoridades ni amigos, en la egoísta turbación de sus cuidados ó de su pena propia cada uno, se había cuidado de avisarlos.

Y la condesa, cuyo regio dormitorio de sedas y tapices caía á los tres balcones de la esquina, se despertó, por fin, al agudo vocerío de los periódicos, cuando despertaban también y empezaban á removerse por la casa sus criados.

Se revolvió en el lecho. Se incorporó, y quedó escuchando.

Anómalo era el alboroto que sentíase fuera, como si hubiese revolución.

Primero pensó que fuesen toros escapados, cosa que acaecía frecuentemente en las inmediaciones de la plaza.

Luego procuró entender lo que entre la confusión de gritos lanzaban en trágico relato los muchachos.

Las voces de «extraordinario», «muertos», «Guadalquivir», «catástrofe» y «Giralda»..., golpearon antes aún su corazón que sus oídos.

Se arrojó del lecho y tocó un timbre, enredándose en la larga camisa de dormir.

Cerca de un balcón, escuchando siempre, esperó inútilmente á que acudiesen á su llamada las doncellas. Y, sin embargo, oíase ya ruido como de carreras y atropellos por la casa, y en la puerta resonaban aldabonazos apremiantes.

Abrió las maderas. Entreabrió el cristal.

Pudo percibir casi íntegro el pregón de un muchachuelo:

« ¡Extraordinario de El Tiempo! ¡con todos los pormenores y detalles de los treinta ahogados del Giralda! ¡Cinco céntimos, el extraordinario de...!»

¡Oh!

Eléctrica, recogida adentro, púsose un saut de lit, como el temblor de sus manos y de su cuerpo todo pudo consentirla; púsose unas chinelas..., y se lanzó á la puerta..., justamente cuando sus doncellas Rosa y Pura, azoradísimas, con sendos periódicos que no se atrevían á presentarla, anunciábanle la visita del general...

Este apareció en el tocador, demudado y blanco, con ese apremio de faltas de etiqueta que autorizan los grandes cataclismos. Venía de paisano, pero con fajín; lleno de polvo. Acababa de regresar, con su automóvil, del lugar de los tristísimos sucesos. No había podido ver más que cadáveres, y las crucetas y la dorada proa del yate fuera del agua.

-¡Condesa!... -murmulló, mordiendo el tremor de su amargura ante aquella bellísima é infeliz mujer que parecíale la lívida estatua del espanto- ¡Una desgracia!, ¡una gran desgracia!... Vengo de allá!... ¡El Giralda chocó anoche á las doce con un vapor..., cuando todos dormían en las literas!

Fulguró la faz de Josefina.

-¿Javier!! -demandó en una sola ansia sorda de su angustia.

-Javier..., señora..., el conde..., su marido de usted -vacilaba el general buscando la inútil atenuación de una mentira- ¡se ha salvado, quizá!... ¡ó al menos, no aparece entre los muertos!

En un ímpetu arrojóse Josefina á Rosa, la arrebató el papel y se puso á devorar la verdad de su desdicha.

El general Belmonte, el buen amigo, que había dejado en las lúgubres riberas del Guadalquivir á su ayudante, con el encargo de telegrafiar tan pronto como el conde vivo ó muerte pareciese, nada hizo por impedir el horror de esta lectura; la catástrofe era demasiado enorme, y demasiado pública á estas horas, en Sevilla y en toda España, para que de ella pudiesen lograr nada los engaños de piedad...

Y leía, leía...; trataba Josefina de leer, allí de pie, con la demencia de sus ojos; y una terrible mortificación causábanla, buscando lo esencial, aquellos fárragos de impía y tonta literatura sensiblera, mercantil, con que los periodistas habían hinchado su no mucha abundancia de noticias.

Saltaba párrafos y epígrafes, con impaciencia mortal.



La Sociedad cinegética.

Era una estúpida descripción de los fines y estatutos de la Sociedad...



El «Giralda».

Era otra estúpida descripción del yate, de sus condiciones, de su confort, de dónde había sido hecho y cuánto había costado...



El conde de Alcalá.

Biografía más que idiota, más que inoportuna, aquí, del conde, como presidente...

Y venían luego, con sugestión de títulos que engañaban siempre de un modo bien cruel á la infeliz: LA PARTIDA. -EL VIAJE. -EL PRESENTIMIENTO DE UN YATMANN...

Al fin dió con lo importante, con lo horroroso, con lo verdaderamente siniestro y despiadado en su escueta realidad.

Fué devorándolo á pedazos, buscando, buscando siempre, aun dentro de lo que ya era espantosa relación general de la hecatombe, la suerte que hubiese podido caberle á su marido.



El choque.

Ocurrió el dramático suceso á las doce y diez. Suponíase que el capitán del Giralda, aturdido por los vinos del banquete, así como los demás hombres de servicio, no advirtieron ó no prestaron la debida atención á los avisos de un buque carbonero que, en un recodo del río, anunciábase con el continuo rugir de la sirena... Cuando se vieron uno y otro buque, no era tiempo; y una torpe y tardía maniobra del Giralda, que le dejó cruzado de banda ante la proa del San Nicolás, hizo que éste le embistiese, abriéndole una enorme brecha en estribor.



El naufragio del «Giralda».

El San Nicolás, del topetazo, aunque sin graves averías fué á embarrancar en la otra orilla...

El Giralda zozobró, y se hundió rápidamente...



Los ahogados.

Se creía que eran todos ó la mayor parte de cuantos iban á bordo del Giralda. La hora les fué adversa, por la circunstancia fatal de ir el pasaje recogido en los camarotes, durmiendo. Sin embargo, el capitán y, algunos tripulantes del San Nicolás creían poder afirmar que, de varias personas que se arrojaron al agua desde el yate, al sufrir la colisión, una ó dos lograron eludir el tremendo remolino de las aguas y ganar la orilla, escapando á campo traviesa. enloquecidas.



El salvamento.

Hasta las cinco, hora de los últimos telegramas, habían sido extraídos é identificados los cadáveres de don César Vidarte, don Joaquín Cimadevilla, del vizconde de Campoalegre, del coronel Urzaeta, y de cuatro marineros. Otro ahogado presentaba heridas en la cara, de tal consideración, que no había sido posible reconocerle, si bien sus ropas interiores le delataban como persona de calidad. Una gorra, con las insignias sociales, se creía perteneciente al conde de Alcalá, y un maletín...

No leyó más: no pudo leer más la condesa.

Ahogada en convulsiones, lanzó un grito y cayó al suelo.

La recogieron.

Estaba sin sentido, sin pulso y pálida, lo mismo que una muerta.

Dijérase que la había matado también este trágico fin del conde, como inmediato castigo providencial á las deslealtades del pensamiento de ella, que el justo Dios la habría tomado en juicio.

Hubo que llamar á los médicos.

Cuando séis horas después volvió en sí la accidentada, entre las amigas y parientes que rodeaban su lecho, el palacio todo, como otras muchas casas nobles de Sevilla, estaba lleno de gente principal, enlutada en duelo por el conde.

Durante el resto del día, las macabras noticias, que no dejaban lugar á la esperanza de nadie, se fueron completando.

El único superviviente del Giralda, aquel que, en efecto, ganó la orilla y escapó campo adelante como un loco, era un criadito, un muchachito de quince años, en quien persistían los síntomas de la enajenación mental.

Recogidos algunos cadáveres río abajo, y otros dentro del yate náufrago, por los buzos, no estaba entre ellos el del conde, todavía...

Pero veinticuatro horas después no quedaban vestigios de esperanza. Los salvados, hubieran ido á parar adonde fuera, habríanse apresurado á telegrafiar.

Y al tercer día, con la solemnidad debida al caso, se celebraron las exequias por los muertos. Las torres todas de Sevilla, doblaron; la catedral no podía contener á la entristecida concurrencia.

Y Josefina, enferma, medio muerta, sin poder salir, sin poder dormir, veía incesantemente el cadáver de su marido arrastrado río abajo hacia los mares, flotando, flotando siempre... siempre... siempre..., con aquel eterno gesto de maldición para ella..., cuya culpa habría él sabido con la horrenda claridad que se sabe todo en el reino de lo Eterno...