El pasado: 06

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Acto segundo[editar]

La misma decoración.

Escena I[editar]

MAMECA, anciana de 75 años, bastante sorda y SILVIA.


Mameca. -(A SILVIA que lee un libro un poco alejada.) Ve si ha venido José Antonio, hija. Me parece haber oído una voz.

Silvia. -¿Usted, Mameca? ¡Qué ha de oír!...

Mameca. -¿Qué dices?

Silvia. -(Aproximándose y alzando la voz.) Que no ha venido.

Mameca. -¡Ah!... Ven. Siéntate aquí. Estoy segura que no se halla enfermo.

Silvia. -Sí señora. Está bueno.

Mameca. -¡Ah! ¿Está bueno? ¿Y entonces, por qué no viene?

Silvia. -No sé, Mameca. Quizá sus ocupaciones.

Mameca. -Nunca deja de venir aunque sea un ratito. Mira, hija. Estoy sospechando que aquí sucede algo.

Silvia. -¿Por qué señora?

Mameca. -¡Ah! ¡Yo no sé! Pero algo me ocultan. Tu madre anda como un alma en pena; no se la ve, no va a la mesa. Cada día más chica la mesa; hoy no éramos más que nosotras dos a almorzar... José Antonio no viene ni a buscarme, ni a verme... y el otro muchacho, Ernesto, hace como una semana que no se deja ver la cara. Eso es muy triste.

Silvia. -¡Ah! Chocheces, abuelita, chocheces.

Mameca. -¿Qué decís?

Silvia. -Digo que haces mal en pensar en tonterías, ¿qué podría ocurrir entre nosotros?

Mameca. -No será cuestión de intereses ¿verdad?

Silvia. -No. Como te he dicho, mamá no anda muy bien, y en cuanto a Ernesto le tiene muy preocupado el bolsazo de Carmen Arce.

Mameca -¿Eh?

Silvia. -El bolsazo.

Mameca. -¡Ah! ¡Qué muchacho, qué muchacho! Será una peleíta... nada más. Siempre sucede entre novios. Mucha pasión, mucho desesperarse por cualquier contrariedad creyendo que hasta la vida puede costarles y cuando se casan se aburren de las mujeres.

Silvia. -¡Ah! ¡Pícaro, abuelito!

Mameca. -¿Eh?

Silvia. -¿Con que tenía usted quejas de abuelito?

Mameca. -Muchacha maliciosa. No, no fue malo. Me estaba acordando de mi pobre hijo. ¡Era tan sensible el pobre! Antes de conocer a tu madre, tuvo amores con la mayor de las de Peña, una muchacha de genio tan terrible y tan coqueta, que ¡Dios me perdone! Valió más que no se casaran. Bueno; cada pelea con ella nos costaba un disgusto a todos en casa por lo triste y compungido que se ponía. Llegaba hasta llorar como una criatura.

Silvia. -¿Y con mamá? ¿Eh? ¿Con mamá? ¡Ah!

Mameca. -Lo mismo, lo mismo.

Silvia. -¿Y se aburrió después de ella?

Mameca. -¡Niña! ¿Que cosas dices?

Silvia. -¿No ha dicho usted que los hombres así que se casan se aburren de las mujeres?

Mameca. -¡No señor, no es cierto!

Silvia. -Sí, abuelita. En este momento.

Mameca. -Mentira, mentira.

Silvia. -Está chocha, está chocha.

Mameca. -¿Qué?

Silvia. -Que está chocha.

Mameca. -No he dicho nada; no señor, no he dicho nada. Y cuidadito con faltarme el respeto.

Silvia. -No abuelita, no se enoje. Era una broma mía. Por oírla rezongar.

Mameca. -¡Ah! ¿Ves? Podré estar sorda, pero la memoria gracias a Dios...

Silvia. -¡Mira quién llega!...