El pasado: 10

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Escena V[editar]

ROSARIO, y ARCE.


Arce. -Cuento con su perdón, Rosario. No me ha sido posible venir antes.

Rosario. -En realidad ya no le esperaba.

Arce. -¡Oh! Nunca debió usted suponerme capaz de una descortesía...

Rosario. -¡Han cambiado tanto las cosas!...

Arce. -Efectivamente, pero...

Rosario. -Bien, Daniel. No debemos evocar recuerdos.

Permítame que vaya directamente al objeto de mi llamada. Se trata de Ernesto.

Arce. -¡Ah, de su hijo!

Rosario. -Sí, de mi hijo. Me ha extrañado en verdad la severidad de usted con el pobre muchacho.

Arce. -Yo ignoro...

Rosario. -¡No, Daniel! Usted no tiene derecho a desinteresarse del asunto. A Ernesto le han notificado la formal oposición de ustedes a sus amores con Carmen, y el deseo de que no insista.

Arce. -Será cosa de los muchachos. Yo no he intervenido, se lo aseguro.

Rosario. -Eso es un subterfugio egoísta. Abordemos categóricamente la cuestión.

Arce. -Le juro, Rosario, que...

Rosario. -En todo caso, si usted no ha intervenido, es menester que intervenga. Ernesto está seguro de haber conquistado el corazón de Carmen, y siendo ello exacto, no debe haber inconveniente para que esas relaciones continúen; no debe haber inconveniente.

Arce. -¿Y si existieran?

Rosario. -Creo que no necesitaré decirle que está usted en la obligación de subsanarlos.

Arce. -Por cierto que no esperaba ver complicarse un asunto tan sencillo y claro.

Rosario. -¡Oh, Daniel! No hable así. Piense que yo no lo habría llamado para ocuparme de trivialidades ni para oírlas.

Arce. -Veo que continúa usted siendo tan vehemente. Para hablar en verdad, mi intención al eludir explicaciones era evitarle un desagrado.

Rosario. -¿Desagradándome más?

Arce. -No ha dependido de mi voluntad, se lo juro, el rechazo de Ernesto. Circunstancias de un orden ajeno a mi influencia han hecho imposible lo que hubiera sido para mí la mayor de las satisfacciones.

Rosario. -Imposible, ¿por qué?

Arce. -¿Usted conoce a mi mujer?

Rosario. -Me lo imaginaba. Ella es la causa ¿verdad? (Se levanta.)

Arce. -Ella.

Rosario. -¡Su venganza! ¡Me odia todavía!... ¿Y tú acatas su voluntad? ¿Te dejas imponer? Sacrificas a los celos retrospectivos de tu esposa la dicha de tu hija? ¿Me dejas sacrificar y condenar?

Arce. -¿A ti?

Rosario. -¡Sí, a mí! Me condenas a la vergüenza, a la deshonra notoria, al desprecio de mis hijos!... ¡Oh, Daniel! ¡Ya no eres el hombre en quien deposité mi amor y mi honra!...

Arce. -Advierte que no entiendo lo que quieres significar. No sé nada de lo que ocurre.

Rosario. -(Dominándose.) ¡Oh, perdona! Cuando te enteres, comprenderás este desahogo. Ernesto, hallando extraña, incomprensible la actitud de ustedes, se cree por todos conceptos, y con mucha razón, digno de la mano de tu hija; de cavilación en cavilación, de razonamientos en razonamientos, ha llegado a suponer que las causas estén de su parte; y como su conducta no le acusa nada reprochable, busca en nosotros, en su familia, el antecedente desdoroso que lo descalifica.

Arce. -¡Nunca sabía!... (Se levanta.)

Rosario. -¡Sospecha, sospecha ya! Está a punto de descubrirlo todo. Ya ves que tengo motivo para reclamar de tu caballerosidad una solución reparadora.

Arce. -¡Desgraciadamente imposible!

Rosario. -¿Después de lo que te he dicho? ¡Oh! Es incalificable tu actitud.

Arce. -Medían circunstancias muy graves. El mayor de los absurdos, y seguramente por eso mismo, el impedimento es mayor.

Rosario. -No entiendo; no quisiera entender...

Arce. -Hemos llegado a una altura en que no puedo ni debo ocultarte nada. Tú sabes lo rencorosa que es Amelia. Pues bien, exasperada por mi interés en favor de tu hijo, ha llegado a suponer...

Rosario. -¿Qué?... ¿Qué?...

Arce. -¡Oh! ¡Algo monstruoso, monstruoso!...

Rosario. -Sí, ¿eh? Y te tienen en tan buen concepto que te suponen capaz de amparar una unión incestuosa. ¡Oh, oh, oh! Eso es infantil. Un pretexto indigno de tu sprit. Confiesa de una vez que has enajenado tu voluntad, que no mandas en tu casa. Argumenta así y empezaremos a entendernos.

Arce. -Bueno, tu impetuosidad te priva del dominio exacto de las cosas. ¿No comprendes que planteado así el conflicto, la menor violencia de mi parte provocaría un escándalo de consecuencias peores? Después... los tiempos han cambiado; la vida nos impone obligaciones más graves. Aunque parezca egoísta, no me siento con fuerzas para sacrificar al pasado nuestro... la tranquilidad de los míos.

Rosario. -¿De modo que me condenas?

Arce. -Las circunstancias nos condenan.

Rosario. -(Melancólicamente, después de una larga y expresiva pausa.) Está bien, Daniel, está bien. Tiene usted razón. La vida nos condena; nos condenamos nosotros mismos. Váyase. Perdóneme si al revivir un instante el pasado, llegué a olvidar lo que nos debíamos al presente. (Le extiende la mano.)

Arce. -¿Sin rencor?