El pecado de Alejandra Leonard: II

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
El pecado de Alejandra Leonard
Capítulo II de José Pedro Bellán

Alejandra tuvo su primer novio a los veinte años, poco después del casamiento de su prima Elsa. Se habían conocido en una sala de conferencias donde, al tiempo, fueron presentados durante un entreacto, acercados por el comentario general.
Se llamaba Gualberto Cánepa y estudiaba Derecho. Alto, elegante, decidor, silogista, preocupado constantemente en manifestar lo que pensaba respecto a algún tema trascendente.
Conocía al profesor Leonard, de quien había sido discípulo, y por referencia supo que tenia una hija de inteligencia extraordinaria.
La tarde que le fue presentada sufrió una sorpresa agradable. Cuando le dijeron que aquella rubia sugestiva, de ojos obscuros que respondían tímidamente a sus miradas de enamorado, era nada menos que Alejandra Leonard, no lo quiso creer. Se había hecho una idea falsa de su físico. La suponía fea, brusca, hombruna, macerado el rostro por el estudio y la soledad. Sonreía de alegría y se sintió halagado. Llegar a ser el novio de aquella muchacha que además de su hermosura pasaba por la mujer más inteligente de la sociedad donde actuaba, le hinchó de vanidad. Dominado por una impaciencia ajena a su amor, decidió adelantar los acontecimientos.
Sin embargo, después de la presentación, lamentó haber ido de prisa. Sentado junto a ella se sintió cohibido. Cada vez que se aventuraba, Alejandra sonreía y le miraba con una atención tan honda que llegaba a turbarlo. Estaba en un trance difícil. Sus insinuaciones se le ocurrían torpes balbuceos de colegial que quiere repetir una lección mal aprendida. No sabía cómo explicarse. Si se tratara de una señorita de educación común, de esas que dan el tema al galán con sus mil monerías, le sería fácil. Pero con Alejandra tenía que medirse, estar en guardia. Había oído contar de ella muchas ocurrencias y le creía uno de esos espíritus mordaces que no perdonan el más leve error. Después de algunos tanteos, de frases entrecortadas, de íes suspensivas, se animó a decir, como quien entra de lleno a tratar una materia:
—Quisiera que me perdonase este introito, señorita; pero, ante todo, yo quiero manifestarle lo que pienso respecto al amor. Yo... —Ante una nueva sonrisa de Alejandra se detuvo perdiéndose en una pausa. Estaba violento. Su lucidez le abandonaba, no atinando con las palabras. Jamás había sentido una turbación semejante. Su situación no podía ser más insufrible. Se daba perfecta cuenta de que Alejandra le veía en todo su aturdimiento. Tenía el rostro congestionado, la garganta seca. Convencido de que no reaccionaba se entregó con humilde franqueza: — Quería decirle algo; pero no puedo. —En sus labios se mostraba una sonrisa, casi sarcástica.
—¿Por qué? —preguntó ella en un tono de congoja. —¡Estaba tan dispuesta a oírle!
—No me explico. Deseaba ser digno de usted. Temo que me juzgue mal.
—¿Qué es lo que teme?
—Que me confunda con algún tonto de capirote. Porque la manera de expresarme ante usted...
Alejandra volvió a sonreír.
—¡Qué engaño!... Creí que su ofuscación era de otra índole.
Gualberto se alarmó. Le pareció que un mal entendido se cruzaba entre los dos.
—¿Cómo, señorita? ¿En qué sentido lo dice usted?...
En este momento el entreacto terminaba. Un nuevo conferencista ocupaba la tribuna y la concurrencia se recogió para escucharle. Gualberto iba a insistir en su pregunta; pero se detuvo ante un gesto de ella pidiéndole silencio. No obstante, después de una breve pausa, se acercó y le dijo al oído:
—Nunca me perdonaría haberla impresionado mal.
Alejandra repuso entre dientes, y mirando al orador que iniciaba su discurso:
—No se apresure. Aún no tengo una impresión de usted.
Durante el desarrollo de la conferencia, Gualberto se echó a pensar en la situación que se había creado frente a Alejandra. Poco a poco fue recuperando el dominio de sí mismo y trataba de analizarse, empeñado en hallar la causa de su aturdimiento, donde entraba en juego un elemento que le era desconocido, cuya influencia sentía, pero que no podía concretar.
Haciendo memoria apareció una circunstancia de significado obscuro. ¿Por qué, él, enamorado impaciente, atrevido insinuador, había permanecido algo más de un mes rondando en torno de aquella muchacha, sin decidirse a hablarle? ¿Qué le había detenido? Un mañana hicieron un viaje juntos, a La Plata, en el rápido de las once. La casualidad los sentó uno frente al otro. Ella leía en una revista y llevaba puesto un sombrero verde bajo cuyas alas florecía la cabellera rubia. Estaba hermosa. El pensó: "En cuanto me mire, le dirijo la palabra". Al cruzar por Quilmes, Alejandra dejó la lectura y se puso a observar hacia afuera. Le gustaba contemplar el cuadro que la ciudad ofrecía a la distancia, donde se destacaban los molinos de viento que emergían de entre las casas como una multitud de gigantescas zancudas pensativas ante el mismo horizonte. Después, al reiniciar la lectura, sus ojos se fijaron en Gualberto. Fue un instante breve de reconocimiento. Luego su mirada huyó bajo los párpados, que cayeron esquivos. Tres o cuatro veces durante el trayecto ocurrió lo mismo; pero él no lograba resolverse a iniciar una conversación, cosa harto fácil entre dos personas que viajan juntas.
Al salir, terminada la conferencia, él le pidió permiso para acompañarla unas cuadras, comunicándole que conocía al profesor Leonard, bajo cuya dirección había cursado dos años de Universal. Ella aceptó. Anochecía. En la ciudad saltaban las primeras luces.
Anduvieron un trecho silenciosos, el paso perdido, y sonreían al mirarse.
—¿Le gustó la conferencia? —preguntó Alejandra en un tono de malicia.
—¡Ah!... ¡Muy bien, muy bien! — dijo sin pensar. Pero en seguida, reaccionando, agregó: — Con franqueza: no entendí absolutamente nada. Durante todo el tiempo no dejé de pensar en usted.
—¿Y en qué pensaba? ¿Se puede saber?
—Pensaba que... —y no se ría demasiado; —que es usted un ser doble; que hay en usted dos personas...
Alejandra lo tomó a broma.
—¿Y cuándo hizo usted el descubrimiento?
—Poco después de saber que usted era Alejandra Leonard; cuando me acerqué a usted.
—Eso requiere una explicación.
—Me será muy difícil, porque no entiendo bien lo que ocurre. — El se animó y fue confesando sus impresiones de enamorado. Hizo un relato de sus sentimientos, no pudiendo sustraerse a la tentación de expresar lo que pensaba respecto a ellos. Creía que la mujer era el complemento hacedor del hombre. Luego afirmaba que ese complemento adquiría mayor importancia y se imponía al varón, por cuanto se convertía para éste en la fuente obscura cercana al instinto, en el genio de su conciencia sublimal. Después se refirió directamente a ella, hablando de los distintos encuentros que los habían acercado. Recordó el viaje a La Plata, su voluntad de iniciar una conversación y de sus recelos incomprensibles cada vez que ella le miraba. — Ahora tengo de usted dos impresiones bien distintas. Una me atrae irremisiblemente: la armonía que yo siento en su ser físico. Usted constituye la imagen más bella, más noble, más fecunda que haya recogido mi mirada...
Alejandra interrumpió:
—¿No teme ponerme en ridículo?
Gualberto se detuvo, como el que se encuentra inesperadamente ante una pared. Hizo una breve pausa, y saltando sobre lo que iba a decir, exclamó:
—¡Oh!... precisamente; ahí tiene el otro aspecto.
—¿Cuál?
—Su vida mental, su temperamento, su personalidad.
—¿Cómo? — dijo entre sorprendida e incrédula. — ¿Sabría usted decirme quién soy?
—No. Seria saber demasiado. Intuyo solamente...
—¿Y en ese mi otro aspecto, que lo rechaza a usted?
—Yo no he dicho que me rechazara. Afirmo que me desorienta. En cuanto uno se acerca a usted, en cuanto se le oye pronunciar las primeras palabras se advierte de inmediato que hay en verdad una fuerte vida interior, una personalidad completa que no se sospechaba viéndola a usted como es, una hermosa muchacha que conserva en su rostro el frescor de la inocencia. Sólo su mirada la delata, una mirada ante la cual uno se siente indefenso.
Alejandra rió.
—Bonito panegírico hace usted de una futura novia. ¿Le parezco a usted un ogro?
—¡No sea injusta. Alejandra! —dijo algo conmovido y con un acento de ternura que llegó a estremecerla.
Era la primera vez que la voz de un hombre la llamaba tan de cerca. Fue un sonido nuevo, una sensación desconocida que la turbó. Sintió latir su corazón y una onda emotiva le abrazó el rostro. Se olvidó de lo que estaba pensando, de lo que acababa de oír.
—Bueno —dijo: —dejamos estos asuntos para después. No valen la pena.
El insistió:
—¡Oh!... no; hablemos de nosotros. Además yo no me resigno a separarme ahora de usted, a alejarme sin una esperanza, sino algo que me permita suponer que no le soy indiferente. ¿Por qué calla?...
Alejandra le miró ruborizada, con una sonrisa desfalleciente, acongojada por una respuesta que no podía pronunciar. Tenía la impresión de que era un ser muy pequeño, insignificante, débil, sin voluntad. Pronunció unas palabras ininteligibles e inclinó la cabeza vencida. Gualberto comprendió que era el amo y señor. Se acercó más a ella, y le dijo casi al oído:
—Yo quiero que usted sea mi novia, Alejandra. Desde hace unos segundos ha vuelto en usted la muchachita cándida, la pastorcita rubia de mis ensueños.

Capítulo II