El pecado de Alejandra Leonard: III

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El pecado de Alejandra Leonard
Capítulo III de José Pedro Bellán

Durante los primeros seis meses del noviazgo no hubo entre ellos un día gris, tedioso, de cansancio, ni siquiera esa breve separación provocada por un enojo cualquiera. Gualberto visitaba a Alejandra tres noches por semana y le escribía apasionadas cartas llenas de arrebatos líricos. Era su novia, la novia de su vida, la buena estrella que cada hombre trae consigo al nacer. "Gracias a ti —escribíale,— el mundo tiene para mí un significado. Estoy orgulloso de lo que eres. Lo reúnes todo: gracia, talento, belleza. Ninguna mujer se te parece. Hay momentos en que no me creo digno de tu amor y me avergüenza no poder ser algo más. Única y mía para siempre. Estoy en gracia de Dios, porque bebo de una fuente divina: tu vida". Alejandra nunca dejaba de responder a sus cartas. Le escribía: "Mi amado bueno: cuando te veo tan exaltado, tiemblo por mí. Sólo soy una mujer que te ama. Desde que soy tu novia he dejado de lado muchas preocupaciones ajenas a nuestro amor. Me he despojado de mi anhelo de libertad, de mi ambición personal, de mi afán de saber. Estoy a merced tuya, sin vida propia. Ayer no quisiste ser bueno. Llegaste a casa con el ceño adusto, la frente obscurecida por una preocupación.
¡Bien mío, nunca fuiste más callado!... Había un tinte de duda, de incertidumbre, un resplandor confuso en tu mirada. Te negaste a mis preguntas, y cuando quedé sola, el recuerdo de tu actitud me hizo llorar".
Pero esta onda ascendente de la pasión se detuvo un tiempo y luego empezó a declinar. Gualberto ya no escribía sus cartas con la misma asiduidad, y el motivo de ellas carecía del vigor sensual de los primeros escritos. Se dedicaba a verter conceptos sobre economía, derecho, política internacional, empeñado, como siempre, en manifestar lo que pensaba con respecto a la vida. Fue un rudo golpe para Alejandra que, si en los primeros momentos no supo distinguir la ruta que seguían, sintió, en cambio, la proximidad del frió.
Una noche ella se mostró quejosa.
—Tú cambias, Gualberto, y yo quisiera que me dijeses sinceramente dónde está la causa, si en ti o en mí.
El negó. No se trataba de cambios. La vida tenía distintas manifestaciones, y era una suerte para los hombres que, como él, poseían una novia con la cual era posible hablar de algo más que de amor.
—Durante un tiempo sólo hablaste de amor y éramos felices.
Gualberto entonces trató de demostrar que todo estaba ajustado a la evolución de los sentimientos. Argumentó, analizó, entusiasmándose, pródigo en ademanes, seguro de convencer, en una exposición que duró media hora, sin hacer más pausas que las necesarias para respirar. Alejandra le escuchaba sintiendo renacer en ella su espíritu burlón, mordaz, agudo, su aptitud especial para descubrir el ridículo. Y de pronto dejó de ser la muchachita cándida que tanto amaba Gualberto y apareció Alejandra Leonard. Miró a su novio como quien observa la manifestación de un animal que se estudia. Su intención fue tan honda que él, a pesar suyo, se vio en un plano inferior e interrumpió su discurso. Alejandra no le dio tiempo a reaccionar.
—Todo lo que has dicho es asunto de diccionario. Ahórrate la tarea.
—¿Qué quieres decir?
—Que te atormentas en vano por llenar un hueco.
Y aquella visita de amor terminó en una disputa violenta donde los dos trataron de zaherirse. Gualberto tomó el sombrero, que siempre dejaba sobre el cabezal de un sofá y abandonó la sala. En el zaguán se detuvo. Silencioso, el ademán colérico, esperó un segundo en la esperanza de encontrar en su novia un gesto conciliador, de oír un sollozo que le llamara. Pero la expresión de Alejandra lo anonadó. Estaba de pie, inmóvil, glacial, como si no viviera. Entonces le dijo, despechado y rencoroso:
—¡Te olvidas fácilmente de que eres una mujer!
Y abandonó la casa.
El enojo duró un mes. La tía Clemencia, buena directora de ese noviazgo, tomó a su cargo la tarea de suavizar las rencillas. Se escribieron, y Gualberto volvió a visitar a Alejandra. El encuentro fue emocional. Se abrazaron. Ella lloraba y Gualberto, lagrimeando, dándole besos, le volvía a decir: "mi única", "mi pastorcita". Y esa misma noche, él inició por primera vez una formal conversación sobre el casamiento.
No obstante, la reconciliación no dio más resultado que crear una situación falaz, cuyo artificio se descubre cuando se secan las lágrimas o cesan las risas. Pensando en ella, Gualberto sentía pesar sobre su responsabilidad el destino de aquella muchacha, hermosa, apasionada; pero de una personalidad excepcional, ante la cual permanecía perplejo, interrogante, cabizbajo, solo, avergonzado por sus presunciones, sin ánimos para confesarse abiertamente el motivo de su inquietud. Ahora, próximo al año y medio de su noviazgo, apagados los primeros fuegos del amor, se ponia a razonar, tejiendo el futuro como quien desarrolla un problema aritmético.
Aunque pretendiese engañarse, Gualberto sólo amaba en Alejandra lo que ésta tenía de común con todas las mujeres: su expresión física. En cuanto a su inteligencia, a su carácter, a lo que había en ella de excepción, produjo a la larga una rebelión de su voluntad. Lo que fuera en un tiempo motivo de entusiasta admiración, de vanidad mal disimulada, se convirtió en un recelo oscuro. Gualberto era un hombre de hacer lo que quería, y frente a Alejandra se sentía flanqueado, sorprendido en un plano inferior. Era de esos que necesitan para accionar el constante aplauso de un espectador subordinado.
Alejandra lo comprendía. A través de algunas actitudes vigorosas había oído restallar el amor propio, como una brasa avivada. Al momento presintió que un enemigo de hierro se interponía entre los dos. Quiso luchar, pero la rectitud de su pensamiento, el vigor de sus sentidos, su natural inclinación a la veracidad, le quitaron el único motivo de triunfo: la astucia. Y asistía, horrorizada primero, dolorosamente resignada después, al desaguamiento lento, pero inevitable de su edad romántica.
Por eso, aquella noche. Alejandra no se sorprendió. Traía un aire de duelo, compungido. Hasta su ropa parecía de luto, recién confeccionada, esbozando una sonrisa donde sólo había una contracción espasmódica.
—Siéntate —le dijo, señalándole un sofá frente a ella.
El obedeció sin mirarla. Hubo un minuto intolerable de silencio, que acentuó la situación hasta deformarla.
Alejandra le observaba a dos pasos previendo lo que iba a escuchar. Y aunque su espíritu se hallase preparado, resuelto a afrontar la separación, lo que imaginaba doblegó su voluntad y no pudo reprimir un sollozo. Sacó de una de sus mangas un pañuelito, se alejó hasta un ángulo de la habitación y dejándose caer sobre un diván se puso a llorar bajito, ahogando los estallidos de su dolor para que no la oyesen de las piezas inmediatas. Gualberto se acercó indeciso, turbado, pareciéndole conveniente aplazar su resolución para otra vez. La llamó:
—¡Alejandra, Alejandra! ¡No llores!...
Era lo único que se le ocurría: que no llorase. Para ella estuvo todo dicho. Se puso de pie, quemó sus lágrimas y le dijo dignamente, con una serenidad conmovedora:
—El compromiso que se contrae ante el amor no es igual al que se contrae ante el comercio. Me apena verte tan embarazado para decirme que entre nosotros ya no hay nada.
—¡Oh!... no es sólo eso. Yo quería explicarme.
Ella le detuvo.
—¿Explicarte? ¿Para qué?
Tentaba de permanecer inconmovible, pero no lo lograba.
—Te lo diré en pocas palabras. Tú eres como todos los hombres y yo no soy como todas las mujeres. Y si hay aquí algún reproche es contra mi misma naturaleza que lo dirijo. ¿Qué aman ustedes de la mujer? La trivialidad con sus monerías, el concepto pueril, su cabecita loca, su aparente fragilidad. No me perdonarías nunca el tener que compartir conmigo el mismo plano de la vida. Me hubieses amado si hubiese sido hueca como las muñecas. Lo que aman ustedes de la mujer es su cuerpo y su eterna pasividad. Ignoro qué grado de legitimidad habrá en todo esto ni quiero saberlo. Sólo deseo destacar el motivo mezquino de esta pobre aventura. Porque yo te quiero como eres, a pesar de tu egoísmo y de su carácter impositivo. Porque si me dijeras: no hables, no hablaría; porque si me dijeras: no pienses: no pensaría. Estaba resuelta al sacrificio de mi pobre ser por ti, a convertirme en tu segundón sumiso, en la obediente compañera del Dueño y Señor. Pero tuviste miedo, sí, confiésalo. Miedo de que la mirada del esclavo te descubriese en la soledad, en el instante del recogimiento, cuando nos mostramos como somos; miedo de que el esclavo pesara tus pensamientos; miedo de que distinguiese las joyas malas de las joyas buenas. Este es el germen que mató tu amor. Puedes irte y en paz.
Gualberto, de pie, parecía esperar una pausa para decir algo; pero cuando Alejandra terminó, inclinó la cabeza y cruzó los brazos en un gesto de amargura. Sólo, después de un prolongado silencio, dijo reflexivo y doloroso;
—Tienes razón. Perdóname. No te apenes por esta separación. No soy digno de ti.
—Vete tranquilo — contestó a media voz.
Gualberto avanzó hacia ella, tendiéndole la mano, humilde, avergonzado, respetuoso. Alejandra se apresuró en responder al saludo, deseando terminar de una vez. Sonriente, casi cordial, le acompañó hasta la puerta de calle. Y cuando él se alejó, pesadamente, agobiado, sintiendo que el dolor de aquella vida le pesaba como un fardo, oyó aún su voz, doliente, apagada por las lágrimas:
—Que seas feliz.
Cuando Alejandra se volvió, la tía Clemencia estaba a su lado.
—¿Qué tienes? ¿Qué hay? ¿Han reñido?
Maternal la acogió entre sus brazos y la condujo hasta la sala. — ¿Dime, por qué se enojaron?...
Pero Alejandra, la cabeza apoyada sobre el seno de Clemencia, lloraba, lloraba...


Capítulo III