El pesimista corregido: 08

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El pesimista corregido Santiago Ramón y Cajal


Si la Causa suprema -balbució Juan recobrando la serenidad- atiende en su infinito amor a la Naturaleza entera, ¿cómo consiente, pues, la sangrienta lucha por la vida, el asesinato como medio de alimentación, el dolor cual única reacción de la debilidad contra la fuerza?

-No me es dado desplegar a tus ojos las razones últimas justificativas del perenne conflicto de la vida, obligada a escoger perpetuamente entre el suicidio y el asesinato. Baste a tu curiosidad conocer que tamaña desdicha se relaciona con la invencible inercia de la materia y con la rutinaria tendencia de la forma a estacionarse y retrogradar. Preciso fué, para impulsar la evolución, instituir el dolor y la muerte, ¡únicos resortes bastante poderosos a estimular la aptitud creadora y adaptativa de la energía individual. Y como en la Suprema inteligencia no cabe lo superfluo (porque la superfluidad es un error), hizo de la inevitable muerte, es decir, del muerto, escabel de la vida, ordenando que las altas formas se nutrieran de las bajas. No ignoras, por ser harto notorio, que hay una evolución química paralela a la evolución morfológica, y que los complicadísimos proteidos cerebrales, base física del pensamiento, resultan de la gradual transformación de los sencillos albuminoides elaborados por el vegetal y el animal inferior. Transfiguraciones, verdaderas resurrecciones de la baja vida son, pues, la conciencia y la razón. De donde se infiere que la exquisita obra del genio amasada está con propias y ajenas lágrimas. En el chirrido de la pluma sobre el papel o en el golpe seco del cincel sobre el mármol hay gemidos de dolor y de fatiga de millones de ínfimas y abnegadas existencias. A semejanza del fuego fatuo, la idea representa el resplandor póstumo de la muerte.

-Todo esto es cierto y fácilmente comprensible. Natural encuentro que el animal esencialmente consumidor viva a expensas del vegetal principalmente productor; me explico también que los carnívoros, y aun el hombre, devoren a los animales inferiores, conquistando el refinado carbón de la máquina con la violencia con que el minero lo arranca de las entrañas de la tierra; pero es el caso que, harto frecuentemente, tan sabia ley de la progresión químico-dinámica se invierte y a su vez la baja vida devora a la alta.

-De nuevo habla tu orgullo. Veo que la infantil ilusión de que el mundo se hizo para el hombre constituye incurable obsesión de tu espíritu. Eres semejante a esas voraces orugas que al hallar abrigo y alimento en el fruto presumen que el jardinero lo crió expresamente para ellas... Abandona tan grosero espejismo, y sabe de una vez que para el Absoluto no hay elegidos ni aristocracias. Iguales atenciones y cuidados merecieron al Infinito amor la vida que empieza que la vida que acaba. Sin diferencias de intensidad llegan a las celestes alturas todos los rumores del mundo vivo, y con la misma misericordia son acogidos los ayes del microbio, óvulo de futuras humanidades, que los lamentos del homo sápiens, mezquino embrión del remoto superhombre. Tu piedad, manchada todavía de egoísmo, no traspasa los límites de la humana especie; la piedad de Dios, pura, infinita e inagotable, se extiende más allá de la vida, radiando hasta en los más tenebrosos senos del mundo molecular...


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