El pesimista corregido: 10

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El pesimista corregido Santiago Ramón y Cajal


-Pero -repuso Juan, animándose por grados- si es cierto que las vidas ínfimas destructoras del hombre descienden escalonadamente hasta la nada y escapan al poder de los instrumentos inventados por la ciencia; si, conforme acabo de oír, la misericordia, y previsión divinas son infinitas, ¿qué le costaba al sublime Modelador del cerebro y de la retina, las dos más valiosas joyas de la creación, haber amplificado la capacidad analítica de los sentidos, y singularmente del visual, por donde hasta la invención del microscopio fuera superflua?

-Porque, según he declarado ya, uno de los primores de la suprema Inteligencia consiste precisamente en proceder con espíritu de exquisita previsión y, de pulcra y estrictísima economía. La considerable amplificación de la acuidad visual, sobre no ser posible, en la fase actual del desarrollo de las formas (para ello fuera necesario turbar el riguroso encadenamiento de las causas instruído y respetado por Dios), constituyera superfluidad nociva, por cuanto en la Naturaleza daña siempre lo que sobra.

-Sin embargo -osó insistir Juan-, no acierto a comprender qué inconvenientes se seguirían del aumento del poder analítico de mi retina...

-¡Desdichado! Tanto valdría producir una monstruosidad y una desgracia. Aun cuando tus sentidos ganasen en potencia e impresionabilidad, ¿de qué había de servirte la ventaja (a los fines de ampliar tu concepción del mundo y de la vida) careciendo, como careces, de un cerebro adecuadamente organizado para registrar y combinar las nuevas adquisiciones? Cuanto más que tan excepcional privilegio te convertiría en monstruo, en ser aparte, y representaría, en orden a tu sensibilidad, un semillero de conflictos y desventuras. De una vez para siempre vas a perder tus candorosas ilusiones. Investido por el Incognoscible de la virtud de variar los moldes de la vida, operaré en tu obsequio prodigiosa transformación. Desde mañana, y en cuanto tus ojos se abran a la luz, contemplarás los objetos, a la distancia de la visión distinta, como si estuvieran dos mil veces amplificados. Y no siendo mi ánimo apurar demasiado tu paciencia ni acibarar extremadamente tu vida, te anuncio que tan extraordinario don sólo durará un año.

Dicho lo cual, desapareció el genio de la ciencia, en tanto que Juan caía en profundo letargo.


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