El pesimista corregido: 12

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El pesimista corregido Santiago Ramón y Cajal


Para ver como todo el mundo, es decir, sin detalles minúsculos, debía alejarse considerablemente de los objetos, los cuales achicábanse progresivamente con sujeción a las conocidas leyes de la perspectiva aérea y de la dióptrica de las letras.

Al comprobar nuestro héroe la maravillosa clarividencia de sus ojos, no cabía en sí de gozo y satisfacción. Por su alma emocionada debió de pasar una ráfaga de esa sublime y profunda sorpresa que la mariposa siente sin duda al abandonar la máscara de soñolienta crisálida. El sombrío y pesimista filósofo se había trocado, al influjo de la varita mágica del numen de la ciencia, en un ser extraordinario, en un genio portentoso. Roto el encanto del sentido visual, la Naturaleza se le iba a mostrar tal cual es y no como infelices ciegos, sus compañeros de especie, se la figuraban. ¡Cuántas inapreciables ventajas granjearía con su excelso privilegio! ¡Qué de pasmosos e insólitos descubrimientos le aguardaban!

De aquel profundo embobamiento sacóle al fin la desapacible voz de la vieja criada y el agrio rechinar de la puerta, que, al abrirse de golpe, lanzó sobre la cara del filósofo un vendaval de polvo y de indefinibles basuras.

-¿Quiere el señorito el chocolate?... ¡Son ya las nueve! exclamó la fámula, que, sin pedir permiso, entró en el cuarto y abrió inmediatamente el balcón.

-¡Cierra, por Dios! gritó Juan, deslumbrada la retina por la formidable claridad del sol y sintiendo el cuerpo envuelto por corriente arrolladora de partículas brillantísimas, que amenazaban obstruir sus pulmones.

Eran los detritus de la vida alta y baja, las emanaciones infectas del arroyo; los despojos alados e invisibles de millones de seres, que, cual culebras, desprenden la epidermis, arrojándola, convertida en volanderas películas, a la cloaca azul de la atmósfera; los infinitos bloques de carbón lanzados a guisa de proyectil por el cañón de las chimeneas de hogares y fábricas; las incontables briznas de seda, lana y algodón arrancados por el viento de las vestimentas del hombre; las indefinibles virutas microscópicas, en fin, con que el taller impurifica el ambiente, convirtiéndolo en caótico pandemonium, donde se mezclan, en confusión desesperante, informes partículas de piedras, colores, metales y maderas.

Creyó el pobre Juan haber caído en pestilente ciénaga, o asistir a la disolución de un mundo cuyos elementos hubieran retrogradado al caos primitivo. Y aunque sabía bien que el organismo posee defensas contra tan furiosa inundación de corpúsculos flotantes, no podía reprimir las reacciones descompasadas del instinto, que le obligaban de continuo a cerrar boca y narices, y a proteger los ojos con la mano, temeroso de que algún gigantesco bloque de carbón no fuera a dislacerar la córnea ocular, menoscabando el mecanismo del sorprendente instrumento de análisis.

Preciso es confesar que aquella lucha entre la nueva realidad y un organismo dispuesto y acordado para otra gama de impresiones visuales comenzaba a resultar enfadosa y mortificante.


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