El pesimista corregido: 13

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Pág. 13 de 31
El pesimista corregido Santiago Ramón y Cajal


La curiosidad de Juan pudo, sin embargo, más que la irritación de sus nervios, y sobreponiéndose a todo, se vistió rápidamente sin mirar a la ropa; tomó el chocolate sin examinar su composición; calóse, a fin de resguardar los sobreexcitados ojos, recias y ahumadas antiparras, y salió disparado a la calle.

El espectáculo que se ofreció a sus ojos semejaba ensueño de naturalista delirante. El mundo mosaico y el mundo de cristal: estas dos frases resumen las insólitas y desconcertantes sensaciones recibidas por Juan al hallarse en el torbellino de la calle de Alcalá y contemplar las aceras, los edificios, los árboles y las personas.

La impresión simple se había convertido en impresión compuesta, y la continuidad en discontinuidad.

En vez de colores uniformes, jugosos, fundidos por suaves transiciones: en lugar de superficies tersas y unidas, mostraban doquier los objetos, mosaicos o conglomerados de partículas coloreadas y agregados de filamentos y células. Masas grises, y aun blancas, a la vista ordinaria, exhibían granizadas de motas y manchas de color chillón que nadie hubiera sospechado.

Al mismo tiempo piedras, mármoles, ropajes, árboles, etc., descubrían un fondo como de cera o de cristal salpicado de oquedades, estalactitas, aristas, grietas y facetas, donde, descomponiéndose la luz, producía vistosos, coruscantes y variadísimos reflejos.

Reseñemos menudamente algunas de las sorprendentes observaciones hechas por nuestro filósofo, que imaginaba, en su creciente pasmo, haber sido trasplantado de repente a otro planeta.

Las hojas de los árboles parecían construidas de innumerables piezas poliédricas, opalinas y translúcidas, en cuyo espesor se divisaban acúmulos irregulares de esferas verdes, o sea granos de clorofila y otros corpúsculos incoloros.

El ramillete ofrecido por cierta florista resultó un objeto tan extraño y sorprendente, que necesitó Juan algún tiempo para comprender su naturaleza. Los pétalos del geranio semejaban granadas abiertas, cuyos rojos granos estuvieran velados por suave tul; los cálices de las rosas mostráronse cual blancos panales de abejas, henchidos de rosadas y fragantes esencias; en fin, las hojas de la azucena parecían colosales y cristalinas tulipas, rodeando espléndido joyel de topacios y diamantes. Y a esta hermosa obra de naturaleza añadía aún nuevos prestigios la luz, sembrando de estrellas movibles, cual joyas tembleques, las infinitas curvas y aristas del artístico y diáfano mosaico.

Pero lo que más le sorprendió fué el insólito y desagradable aspecto ofrecido por el semblante de los transeúntes. Con el hechizo del color y la lisura y uniformidad del cutis se había desvanecido la belleza.


<<<
>>>