El pesimista corregido: 16

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El pesimista corregido Santiago Ramón y Cajal


¡Desolador era el espectáculo! ¡Enfrente de los enemigos invisibles, en todas partes, como únicas armas, la desidia, la indiferencia y la indefensión más absolutas! ¡Y pensar que los hombres supieron imaginar pararrayos contra las tempestades y fusiles contra ladrones y forajidos, es decir, contra riesgos y amenazas lejanos, eventualísimos, y no aciertan a inventar nada poderoso a preservarnos de la agresión de esos arteros y microscópicos envenenadores, que nos acechan desde lo invisible, inmolando diariamente en cada nación miles de víctimas!

Apesadumbrado nuestro filósofo por tan dolorosas reflexiones, encaminó sus pasos hacia el Prado en busca de ambiente más puro y menos peligroso, cuando, al llegar a la fuente de Neptuno se le ocurrió la desdichada idea de visitar el Museo de Pinturas.

¡Nunca lo hubiera hecho! ¡Qué decepción! El hechizo del color y del dibujo se habían eclipsado por completo, ostentándose obstinadamente allí, en toda su horrible desnudez, el aborrecido mosaico que le perseguía cual obsesión alucinatoria.

Surcos, colinas y valles, formados por el depósito irregular de un barniz ambarino quebrado con agrietamientos que recordaban los generados por el sol estival en las enjutas charcas; reflejos vivos semejantes a miriadas de estrellas, atrozmente perturbadores del color y emitidos por cada relieve de ese mar embravecido y congelado; ramblas y aluviones de arenas y guijarros policromos, vislumbrados al través del turbio barniz y revueltos y amontonados en mareante confusión: tales fueron las impresiones recibidas por los asombrados ojos de Juan al contemplar las dulces y pastosas encarnaciones de las vírgenes de Murillo o las briosas, francas y precisas pinceladas de los cuadros de Velázquez.

Aparte del aspecto del inmenso lodazal desecado debido al barniz, la pintura, propiamente dicha, habíase metamorfoseado en grosero mosaico, construido de millones de piezas de colores simples, agrios e incombinables. Ausentes por completo esos matices compuestos, esas infinitas y dulces gradaciones de sombra y claridad, encanto y prestigio del arte pictórico, la situación de Juan delante de un lienzo podía compararse a la de un paleto que se empeñara en examinar los famosos cuadros de mosaico de San Pedro en Roma a la distancia de la visión distinta (33 centímetros).

Por poco artista que sea el lector, comprenderá fácilmente las insufribles incongruencias y disonancias de color, perspectiva y dibujo que chocarían a nuestro héroe. Tan esquemática e incompleta aparecía la paleta cromática en ciertos lienzos, que se hubieran atribuído a algún artista afectado de extraño daltonismo. En vano se buscaban en ellos matices tan importantes como el verde, violado y naranja. Sabido es que los colores compuestos suelen formarse en la paleta mezclando tintas simples: así, el amarillo y azul componen el verde; el rojo y azul constituyen el violado, etc. Reducidas por el análisis tales mezclas a sus componentes, claro es que brillaban por su ausencia las tintas de combinación, que representan, según es notorio, efecto de la distancia y de la visión confusa de lo pequeño.


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