El pesimista corregido: 17

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El pesimista corregido Santiago Ramón y Cajal


Faltaban asimismo, conforme es de presumir, esos efectos inesperados de vigor y entonación logrados por los buenos coloristas, manchando valientemente las cabezas con rayas de verde, morado y aun naranja, que la retina del observador, puesta a la debida distancia, debe fundir y armonizar.

Sin embargo, nuestro desorientado visitante habría conseguido recibir de los cuadros una impresión estética normal, pero a condición de alejar suficientemente su punto de vista. Por desgracia, las salas del Museo resultaban harto pequeñas para ello, ni era cosa de exigir del Estado, para comodidad exclusiva de tan estrafalario parroquiano, la construcción de un local de dos kilómetros en cuadro.

Del conjunto de sus percepciones plásticas y observaciones anatómicas dedujo Juan que el arte resiste menos al análisis que la Naturaleza, toda vez que ésta nos brinda, allí donde la retina agota su poder, formas infinitesimales frecuentemente tan bellas como las asequibles a la visión vulgar, mientras que el arte, remedo de las groseras impresiones sensoriales, trabaja con elementos toscos, amorfos, los cuales, a fin de mantener la ilusión plástica, deben recatarse en los oscuros dominios de lo invisible.

En el fondo de la vida palpita todavía lo vivo; en el de las obras de arte asoma en seguida lo feo y lo muerto. Cualquiera que sea el espectador, hombre, águila o insecto, el cuadro de la naturaleza orgánica mantendrá eternamente su misterioso prestigio, es decir, un cierto escalón de organización y de conciencia inaccesible, al paso que la obra pictórica, estrecha adaptación a nuestra mezquina percepción óptica, carece de profundidad y de universalidad (en tanto que objeto de sensación para todos los seres), y perderá sus encantos el día en que la capacidad cromática y diferencial de la retina realice el menor avance.

A la salida del Museo del Prado gozó Juan de un espectáculo tan imprevisto como sorprendente. Durante su visita a nuestra admirable Pinacoteca sopló un cierzo frío y húmedo, encapotóse súbitamente el cielo y en el momento mismo en que nuestro héroe llegaba a la calle de Alcalá comenzaron a caer gotas de agua mezcladas con tenues copos de nieve.

Un poco contrariado, miró Juan en torno suyo y se encontró de repente envuelto en una cortina de gigantes carámbanos, que, privándole de la vista, le obligaron a caminar a tientas, como si le rodeara densa oscuridad. Era que, merced a su exquisita sensibilidad para percibir los contrastes de índices de refracción, el contorno de las gotas de lluvia, de los cristales multiformes de la nieve y de las burbujas de aire de los copos, dibujábanse con desusado vigor en su retina. Diríase que el agua del cielo había perdido su ordinaria diafanidad, convirtiéndose en espuma.

Aunque nuestro héroe, por caminar de sorpresa en sorpresa, iba ya curándose de espanto, no pudo reprimir cierto estremecimiento al ver cómo se deshacían, al chocar en su semblante y ropas, aquellos colosales conglomerados de caprichosas y elegantes estrellas de hielo y cómo las burbujas de aire, entre ellas alojadas, estallaban, a manera de pompas de jabón, enviando al cielo un último y diamantino reflejo.


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