El pesimista corregido: 24

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VI
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El pesimista corregido Santiago Ramón y Cajal


Cansado Juan de exploraciones tan curiosas como descorazonadoras, y apercibiendo el ánimo a más viriles y serias empresas, díjose un día:

Réstanme todavía seis meses de maravillosa clarividencia. Aprovechémoslos, pues, en bien de la humanidad, es decir, en el cultivo de la ciencia, en el esclarecimiento de los arcanos de la vida. En mis manos microscopio y telescopio aumentarán estupendamente su alcance, rindiendo amplificaciones jamás soñadas por los físicos. ¡Qué de portentosos descubrimientos voy a hacer. ¡Excelsa será mi gloria! Ante los presentes y venideros, asombrados de mis soberanas conquistas, pasaré sin duda por genio extraordinario, por un demonio del análisis, por un monstruo de penetración, de intuición y de lógica...

Y lleno de férvido entusiasmo puso manos a la obra.

Comenzó por buscar recomendaciones para los sabios del Observatorio astronómico; cultivó la amistad de su director, quien, lleno de cortés benevolencia, le permitió, durante las claras noches estivales, escudriñar con poderoso anteojo los insondables abismos del cielo. Y tuvo la fortuna de descubrir astros nunca sospechados, cometas invisibles, nebulosas cuya pálida llama brillaba en negruras del espacio jamás exploradas, resolviendo de pasada los más arduos problemas de física, química y biología planetaria: la atmósfera de la luna, la habitabilidad de Júpiter, la cuestión de los canales de Marte, la composición química de las estrellas, etc. Porque es de notar que a sus ojos la banda luminosa del espectroscopio estelar revelaba rayas cromáticas y de absorción absolutamente invisibles para todos los astrónomos.

No contento con tan estupendas revelaciones, montó en su casa un laboratorio micrográfico y bacteriológico. Y multiplicando la potencia del microscopio por la maravillosa acuidad de sus ojos escrutó tenazmente las enfermedades de causa ignota, teniendo la suerte de poner en evidencia los gérmenes ultramicroscópicos de la vacuna, viruela, sarampión, sífilis, de los tumores... ,qué sé yo!

Cual preciado fruto de tan fecunda labor publicó acerca del mundo de lo pequeño y del mundo de lo grande, sendas sorprendentes y luminosísimas monografías que renovaban el pensamiento científico y abrían a la futura investigación espléndidos horizontes...

Pero, ¡ay!, tan admirables hallazgos chocaron con un pequeño obstáculo... No fueron de nadie creídos.

Decían los astrónomos un poco molestados en su dignidad solemne de sabios oficiales:

¿Cómo vamos a tomar en serio a un iluso que asegura distinguir a simple vista los satélites de Urano, las tierras y nubes de Júpiter y las estrellas de décimo-sexta magnitud?

Por su parte, los histólogos y bacteriólogos exclamaban:

¿Qué fe vamos a prestar a las descripciones de un mentecato que se jacta de divisar a simple vista los glóbulos de la sangre y el bacilo de la tuberculosis, y cuyos estrambóticos hallazgos nadie ha conseguido confirmar?

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Aquel escepticismo universal, tan cruelmente mortificante para su amor propio; el creciente desvío de los amigos, que le diputaban por loco de remate; la aversión progresiva a los hombres y a las cosas, hizo caer a nuestro filósofo en sombría desesperación. El mirífico y sobrehumano don que juzgó nuncio de gloria y de ventura habíase convertido en manantial inagotable de amarguras y desencantos. Como ocurre a menudo, los ciegos juzgaban al vidente. Quien debía compadecer era compadecido. Una vez más el genio pasaba por demencia y recogía, en pago de su humanitario y abnegado esfuerzo, ingratitud e ignominia.


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