El poeta en la tertulia de confianza

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El Museo universal (1868)
El poeta en la tertulia de confianza
 de Luciano García del Real

Nota: Se ha conservado la ortografía original.

De la serie: Costumbres


El poeta en la tertulia de confianza
I

«Señor don Jacinto Carvajal. Mi apreciabilísimo amigo: suplico a usted se tome la molestia de honrar mi casa esta noche a las nueve; hallará usted ocasión de lucir su envidiable talento poético, pues son los días de la niña y quiero celebrarlos en una reunión de confianza, donde el buen gusto armonizará con la franqueza. No he invitado más que a las familias de don Silvestre, el boticario, y de don Zenón, el administrador, a mi amiga doña Mónica y a los vecinos del principal y del segundo. De consiguiente, puede usted venir sin ceremonia y lo agradecerá su afectísima segura servidora

Q. B. S. M., LORENZA DE CORDIALES.»

¡Qué suplicio! ¡Qué compromiso! Maldita sea la manía de las reuniones. ¿Quién habrá sido el vengativo que a doña Lorenza habló de mis versos? Debe ser mi enemigo más implacable. Debe ser un hombre feroz o una Eva verdadera. ¡Vaya una fatalidad! Y a las diez tengo una cita con Rosarito. Y no puedo faltar, porque es la única chica que me roba el sueño. Y luego ya se ve! la niña—que es tonta de capirote—se llama Socorro, y será preciso hacerle unos versos a propósito.

¡Socorro, cielos, Socorro!
¡Socorro, San Cucufate!
Voy a hacer un disparate,
porque de miedo me corro.

Y tengo que ir. No hay remedio, Si dejo de complacer a doña Lorenza, se quejará a mi padre, y éste me llamará desagradecido y desatento, y no me abrirá su bolsa como de costumbre, etc., etc. Todo ¿por qué? Porque el difunto marido de doña Lorenza; médico casi tan bueno como el celebérrimo doctor Sangredo, le curó unas anginas cuando la jura de la Constitución por Fernando VII; es decir, mi padre creyó que se las había curado el doctor Cordiales, pero yo creo que se curaron ellas solas, salvo el parecer de todos los discípulos de Hipócrates, a quienes el diablo respete.

¿Qué disculpa daría yo a doña Lorenza para evitar el horrible aburrimiento de esta noche? ¿Le diré que tengo fiebre? No mentiría. Esta carta endemoniada me ha dado calentura. ¿Que no llegó la carta a mis manos por hallarme ausente? Imposible! Doña Mónica me ha atisbado ayer en el anfiteatro de la Zarzuela. Nada, nada. El sacrificio se prepara. Valor y abnegación.


II.

Esto gritando en el fondo de su gabinete don Jacinto, esperó resignado la hora fatal del sacrificio, las nueve de la noche de aquel día en que, a instancias de doña Lorenza, tendría ocasión de lucir una vez más su envidiable talento poético ante las familias de don Zenón el administrador, don Silvestre el boticario, las vecinos del principal y del segundo, y doña Mónica, viuda verde que solía pintarle, con tiernísima solicitud, los infinitos peligros a que se hallan expuestos los jóvenes solteros, y la gran necesidad que tienen de mujeres de gobierno.

Ya casi conocen ustedes a don Jacinto.

Es un joven de 22 años, de regular posición y de simpática figura. Es poeta, un poeta de corazón, un apasionado de Garcilaso y un discípulo de Fray Luis de León. Pero, como la verdadera poesía es casi un pecado capital entre los españoles del siglo XIX, nuestro héroe, en vez de buscar las alabanzas de los gacetilleros, poderosos tribunos de la prensa, que suelen elevar a los puestos más eminentes de la mal gobernada república de las letras, a individuos tan audaces como ignorantes, que de tanta elevación se asustan, se refugia en el seno de la amistad para dar expansión a los vivos sentimientos de su pecho. Su modestia le hace creer que los ardientes y melancólicos acentos de su poesía nunca habrán de traspasar aquel estrecho círculo, y se niega a darlos a conocer al público, y sólo permite que sus amigos copien de vez en cuando alguna de sus bellas composiciones.

De esta manera supo doña Lorenza lo que su joven amigo se había obstinado en ocultarle, y le invitó en su consecuencia, a honrar su reunión de confianza recitando versos. Y don Jacinto, que siempre se resistiera a concurrir a las enojosas reuniones de buen tono, tuvo que resignarse acudiendo a la enojosísima tertulia sin ceremonia.


III.


—Adiós, señor de Carvajal. ¡Qué caro se vende usted! ¡Necesitar escribirle para que viniera! ¡Y no habernos dicho que era poeta!

—Dispense usted, señora. ¿Cómo está usted?

—¡No haberse acordado de que son hoy los días de mi Socorro!

—Sí tal, pero... (yo sí que necesito socorro.)

—Ven acá, hija mía; Socorro, ven acá, a reñir a este tunante.

—Voy al momento, mamá; me traerá unos versos.

—¿Y ustedes, señoras y caballeros, siguen ustedes bien?

—Gracias, muy bien, señor don Jacinto.

—Muy bien, gracias, señor de Carvajal.

—Gracias, señor poeta. ¿Vendrá usted dispuesto a improvisarnos unos versos lindísimos, eh?

—Usted me favorece demasiado.

—No, no; ya traerá hecha la composición.

—Y nos dirá una flor a cada una.

—Serán todas para Socorro.

—No tendrá tan poca galantería.

—Es muy amable.

—¿Quién al verla a usted, no lo parece un poco?

—Y luego, con tanto talento...

—Señora doña Mónica, usted me confunde.

–Yo no digo más que lo que siento.

–Se siente muchas veces lo que se quiere.

Tal lluvia de impertinencias, y otras muchísimas que sería prolijo enumerar, asediaron al vate infortunado cuando entró en los salones de doña Lorenza.

En tanto la niña, la reina de aquella reunión ridícula, en donde nuestro héroe no pudo mirar un traje de buen gusto, ni escuchar una frase oportuna, una pollita de agraciada figura, que su vanidad infinita hacia superior a todo encarecimiento, sentada ante un piano tan antiguo como la juventud de su abuela y tan malo como antiguo, intentaba en obsequio de sus oyentes, que la contemplaban con la boca abierta, arrancarle algunas notas que se pareciesen a un wals de Straus.

Callaron durante un breve rato los circunstantes momento de descanso para Carvajal, quien prefería a la lluvia de impertinencias el torrente de notas antiarmónicas, a la necedad atrevida de la lengua la inocente inconveniencia de la tecla, y Socorro terminó su empeño en medio de una perfecta batahola de sonidos que instantáneamente se confundieron con estrepitosos aplausos.

—¡Magnífico! ¡Divino!

—¿Que le parece a usted, don Jacinto?

—Igual que a ustedes; Socorro asombrará a todos los alumnos del Conservatorio, y a los mismos maestros.

—Improvise usted sobre eso.

—Sí, sí, que improvise.

—Señores, yo bien quisiera, pero no he podido improvisar jamás.

—¡Vaya! ¡Y es poeta!

—¿Cómo quiere usted hacernos creer semejante cosa!

—Pues el memorialista de abajo, que no debe saber tanto como usted... improvisó el otro día unos versos muy bonitos a la doncella de casa.

(Se concluirá)


LUCIANO GARCÍA DEL REAL.