El pretendiente: 04

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HABITANTES DE...
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El pretendiente Ramón de Mesonero Romanos



El supremo gobierno, celoso siempre por el bienestar de los pueblos, se ha dignado conferirme el mando de esta provincia, etc.,

y firmado por el mismo Pretendiente en cuestión. -Pero alto ahí, pluma parlera, no hay que salirse del tipo que hoy nos ocupa; dejemos para otra más atrevida y versada en estas materias, el delinear uno de los más risueños de la época, el tipo de La autoridad.

La fama de nuestro hombre grande, no cabiendo a veces en los salones de la capital, y viniéndole aun estrecho el uniforme de covachuelo o de jefe, vuela diligente por las ciudades y aldeas de su provincia, y hace repetir las glorias del personaje por mil lenguas entusiastas o comanditarias. Por cuanto a la sazón la dicha provincia suele hallarse ocupada en procurarse un padre que la defienda por tres años en el Congreso nacional de esta corte, como dicen los ciegos papeleros. ¡Qué mejor ocasión! Hínchanse con el nombre del joven candidato las urnas electorales; vótanle regocijados como patrono aquellos que le auxiliaron con algunos realejos para venir a darse en espectáculo a los heroicos vecinos de Madrid; admiran y encomian su improvisado talento los mismo que ha poco tiempo le negaban hasta el sentido común; dispútansele y le proclaman los propios parientes y amigos que antes no hallaban ocasión para echarle de sí.

Ya le tenemos, pues, sentado en los escaños del parlamento; sus discursos fogosos arrebatan a la multitud; lanzado a la tribuna, truena con voz terrible contra los hombres del poder; apostrófales duramente por sus palabras, por sus acciones, por sus pensamientos; llama en su apoyo la opinión del país y de la Europa entera, y concita a sus conciudadanos a salvar la patria, a derrocar la tiranía, a vengar la libertad... -Al día siguiente el fogoso tribuno es llamado a sentarse en el negro banco; y en fuerza de su mágica influencia cambia de continente, modera sus acciones, mitiga sus palabras y prueba que es necesario a todo buen patricio acudir ganoso a defender el orden y robustecer su poder. -No hay como los teatros parlamentarios para estos dramas a grande espectáculo; no hay como los gobiernos representativos para estas representación a beneficio de un actor.

No todos, es verdad, acuden al gran teatro de la corte a desplegar sus facultades. Pretendientes hay también de la legua, que sin salir de su pueblo y sin grandes escándalos acaban por conseguir; que modestos y buenos ciudadanos, hombres francos y desinteresados, se hacen la violencia de servir al pueblo en las cargas concejiles, de crear establecimientos benéficos, de mandar la fuerza armada, o influir con sus consejos en la opinión; el pueblo en recompensa les nombra sus patronos, les encomia, les ensalza, y acaba por imponérselos al mismo gobierno como una necesidad. Este camino es acaso más lento, pero más seguro: los aduladores del poder reciben por premio un insignificante diploma o una módica soldada: los que sirven al pueblo pueden aspirar a una corona cívica o un sillón ministerial.

Otros, echando por diverso camino, sostienen con destreza el precioso balancín, y ora trabajan y se agitan de orden superior en favor de una candidatura circular; ora se descuelgan desde su rincón con un comunicado vejigatorio contra la autoridad; ya proponen en pleno concejo cien planes de público beneficio, ya dan auxilio al intendente para llevar a sangre y fuego la recaudación del subsidio industrial; ora en fin marchan al frente de los más ardientes agitadores, reúnen la fuerza armada y se pronuncian por la anarquía, ora se colocan al lado de la autoridad cuando ésta manda algunos batallones, y se precian y glorían de sostener los buenos principios, el orden y la justicia.

Otros por último, careciendo de estos recursos intelectuales, y más prosaicos en sus medios de acción, benefician en provecho propio el saber o la influencia de un lejano pariente, de un condiscípulo, de un amigo, ¡y quién en estos benditos tiempos no es condiscípulo, amigo o pariente de algún hombre grande! No hay en la extensión de la monarquía ciudad ni villa, lugar, aldea ni despoblado, que no haya producido un ministro al menos, y los grandes oradores, los eminentes repúblicos, los héroes de todos calibres, nacen espontáneamente a cada paso en este siglo feliz.


EPÍLOGO

-Todos aquellos servicios, todos estos manejos pueden traducirse por pretensión pura, puro y explícito memorial. La hipocresía religiosa ha cedido el paso a la filantropía política; el amor de la patria es hoy en ciertos labios lo mismo que era en otros anteriormente el amor de Dios: el club ha sustituido a la cofradía, al estandarte la bandera, y a la imagen del santo la inveterada efigie de algún santón.

El Pretendiente, este tipo prodigiosamente móvil e impresionable a quien comparábamos en el principio de este artículo con el simpático camaleón, reviste como él todos los matices que le rodean, trueca los ídolos antiguos por otros nuevos; olvida la añeja flexibilidad del espinazo, y apela a la fuerza de sus pulmones; ataca por asalto la plaza que antes bloqueaba, y en vez de presentarse con humildes memoriales, habla gordo al poder y le impone su pretensión.


EL CURIOSO PARLANTE.