El pretendiente: 03

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1833 a 1843
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El pretendiente Ramón de Mesonero Romanos



Un pretendiente como los que quedan delineados sería un verdadero anacronismo en estos tiempos de gracia y de progreso social. Ahora los honores y los empleos públicos no se reciben; se toman por asalto a la punta de la espada o a la boca de un fusil; y para hablar con más propiedad, con los tiros de la elocuencia o los cañones de la pluma, a la luz del día y entre los agitados gritos de la plaza pública, o en las sombras de la noche, entre los tenebrosos círculos de la conspiración. ¡Papel sellado, cortesías y genuflexiones, audiencias y cartas recomendatorias!... papeles mojados, viejos, de figurón, resortes mohosos y gastados; habiendo imprentas y tinteros, y espadas y tribunas, y juramentos y apostasías y oratoria de levaduras y masas dispuestas a fermentar.

Además ¿a quién pudiera satisfacer como antiguamente un miserable empleíllo de escala, en que era preciso constituirse en eterno fiscal de la salud de quince o veinte delanteros, espiar la llegada de una benéfica pulmonía para el uno, la de una tisis para el otro, o calcular en fin sobre la futura boda con una hija recién nacida del jefe? Y todo ¿para qué? para llegar al cabo de muchos años a colocarse en el centro de la mesa, en lugar de colocarse a la esquina; para cobrar en los últimos meses de la vida algunos reales más.

Ahora bendito Dios, es distinto, y puede principiarse por donde acababan nuestros retrógrados abuelos. -Ejemplo.

Aparece en una de nuestras mil y tantas universidades un estudiantillo despierto y procaz, que argumenta fuerte ad hominem y ad mulierem; que niega la autoridad del libro, del maestro, de la ley; que habla a todas horas y sobre todas materias, sin la más mínima aprensión; que escribe en mala prosa y peores versos discursos políticos, letrillas fúnebres, sátiras amargas y protestas enérgicas contra la sociedad. -No hay remedio. La estrella de este niño es ser un hombre grande, su misión sobre la tierra ser ministro, los medios para llevarlo a cabo, su pico, su pluma y su carácter audaz.

Pertrechado con tan buenos atavíos, descuélgase en la corte, que para él no es más que un teatro donde hace su primera salida. Pónese a contemplar los hombres a quienes se digna conferir mentalmente los demás papeles; mira colocarse a su frente a los curiosos espectadores; tira él mismo la cortina, suena el silbato, y comienza a representar.

Por lo regular la escena suele ofrecer el interior de una redacción de periódico, en donde entre el humo del cigarro y el tráfago de papeles y personajes, se deja ver nuestro mozo colocado primero en los puestos inferiores y armado de una tijera (inteligencia mecánica del redactor subalterno de noticias varias), o envuelto humildemente entre las flores del folletín. De allí a unos días, auxiliado por una vacante repentina, una enfermedad súbita o una espontánea inspiración, salta los últimos términos del periódico, abrázase a sus columnas, trepa por ellas, tiende el paño y comienza a lanzar desde aquella altura los dardos acerados que afilaba para esta ocasión. -Sus colaboradores se admiran y extasían de aquel exabrupto; el público aplaude la demasía, los funcionarios atacados que al principio desprecian los fuegos de aquel insignificante enemigo, más tarde quieren atraérsele con una mezquina gracia; pero él, lejos de humillárseles y atender a sus bondades, les persigue, les acosa incesantemente, les lanza por miles las acusaciones, les busca enemigos en su propio bando, les separa de sus propios súbditos, y les mira en fin, engreído con la llaneza de igual, con la arrogancia de dueño, con la sarcástica sonrisa de un genio fascinador. Y sin embargo, todos aquellos argumentos no son muchas veces convicción: todos aquellos insultos no son odio ni enemistad: todos aquellos apóstrofes no son dañada intención. -¿Pues qué son entonces?... -¿No lo han adivinado los lectores?... -Súplicas impresas; rebozado memorial.

A los pocos días de los más furibundos ataques, el enemigo cede, los preliminares de paz comienzan, la enérgica pluma del publicista va haciéndose más dúctil y suspicaz; calla luego de repente, y en la semana próxima viene encabezado el Boletín Oficial de una provincia con esta alocución: