El rapto del sol

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Sub Sole (1907) de Baldomero Lillo
El rapto del sol

EL RAPTO DEL SOL
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EL RAPTO DEL SOL


Hubo una vez un rei tan poderoso que se enseñoreó de toda la tierra. Fué el señor del mundo. A un jesto suyo millones de hombres se alzaban dispuestos a derribar las montañas, a torcer el curso de los rios o a esterminar una nacion. Desde lo alto de su trono de marfil i oro, la humanidad le pareció tan mezquina que se hizo adorar como un dios i estatuyó su capricho como única i suprema lei. En su inconmensurable soberbia creia que todo en el universo estábale subordinado, i el férreo yugo con que sujetó a los pueblos i naciones, superó a todas las tiranías de que se guardaba recuerdo en los fastos de la historia.

Una noche que descansaba en su cámara tuvo un enigmático sueño. Soñó que se encontraba al borde de un estanque profundísimo en cuyas aguas, de una diafanidad imponderable, vió un estraordinario pez que parecía de oro. En derredor de él i bañados por el májíco fulgor que irradiaban sus áureas escamas, pululaban una infinidad de seres: peces rojos que parecian tenidos de púrpura, crustáceos de todas formas i colores, rarísimas algas e imperceptibles átomos vivientes. De pronto, oyó una gran voz que decía: ¡Apoderaos del radiante pez, i todo en torno suyo perecerá!

El rei se despertó sobresaltado e hizo llamar a los astrólogos i nigromantes para que esplicasen el estraño sueño. Muchos espresaron su opinion, mas ninguna satisfacia al monarca hasta que, llegado el turno al mas jóven de ellos, se adelantó i dijo:

—¡Oh, divino i poderoso príncipe! la solucion de tu sueño es ésta: El pez de oro es el sol que desparrama sus dones indistintamente entre todos los seres. Los peces rojos son los reyes i los grandes de la tierra. Los otros son la multitud de los hombres, los esclavos i los siervos. La voz que hirió vuestros oídos es la voz de la soberbia. Guardaos de seguir sus consejos, porque su influjo os será fatal.

Calló el mago, i de las pupilas del rei brotó un resplandor sombrío. Aquello que acababa de oir, hizo nacer en su espíritu una idea que, vaga al principio, fué redondeándose i tomando cuerpo como la bola de nieve de la montana. Con ademan terrible se echó sobre los hombros el manto de púrpura, i llevando pintada en el rostro la demencia de la ira, subió a una de las torres de su maravilloso alcázar. Era una tibia mañana de primavera. El cielo azul, la verde campiña con sus bosques i sus hondonadas, los valles cubiertos de flores i los arroyos serpenteando en los claros i espesores, hacian de aquel paisaje un conjunto de una belleza incomparable. Mas, el monarca nada vió: ningun matiz, ninguna linea, ningun detalle atrajo la atencion de sus ojos de milano clavados como dos ardientes llamas en el glorioso disco del sol. De súbito un águila surjió del valle i flotó en los aires, banándose en la luz. El rei miró el ave i, en seguida, su mirada descendió a la campiña, donde un grupo de esclavos recibían inmóviles como ídolos, el beso del fúljido luminar. Apartó los ojos, i por todas partes vió esparcirse en torrentes inagotables aquel resplandor. En el espacio, en la tierra i en las aguas miriadas de seres vivientes saludaban la esplendorosa antorcha en su marcha por el azul.

Durante un momento el rei permaneció inmóvil contemplando al astro i, vislumbrando por la primera vez, ante tal magnificencia, la mezquindad de su gloria i lo efímero de su poder. Mas, aquella sensacion fué ahogada bien pronto por una ola de infinito orgullo. ¡Él, el rei de los reyes, el conquistador de cien naciones puesto en parangon i en el mismo nivel que el pájaro, el siervo i el gusano!

Una sonrisa sarcástica se dibujó en su boca de esfinje, i sus ejércitos i flotas cubriendo la tierra, sus incontables tesoros, las ciudades magníficas desafiando las nubes con sus almenados muros i soberbias torres, sus palacios i alcázares, donde desde sus cimientos hasta la flecha de sus cúpulas no hai otros materiales que oro, marfil i piedras preciosas, acuden en tropel á su memoria con un brillo tal de poderío i grandeza que cierra los ojos deslumbrado. La vision de lo que le rodea se empequeñece, el sol le parece una antorcha vil, digna apénas de ocupar un sitio en un rincon de su rejia alcoba. El delirio del orgullo lo posee. El vértigo se apodera de él, su pecho se hincha, sus sienes laten, i de sus ojos brotan rayos tan intensos como los del astro hácia el que alarga la diestra, queriendo asirle i detenerle en su carrera triunfal. Por un momento permanece así, transfigurado, en un paroxismo de infinita soberbia, oyendo resonar aquella voz que le hablara en sueños:

— Apoderaos de esa antorcha i todo lo que existe parecerá.

¿Qué son ante tal empresa sus hechos i los de sus antecesores en la noche pavorosa de los tiempos? Ménos que el olvido i que la nada. I sin apartar sus miradas del disco centelleante, invocó a Raa, el jenio dominador de los espacios i de los astros.

Obediente al conjuro, acudió el jenio envuelto en una tempestuosa nube preñada de rayos i de relámpagos, i dijo al rei con una voz semejante al redoble del trueno:

— ¿Qué me quieres, oh, tú, a quién he ensalzado i puesto sobre todos los tronos de la tierra?

I el monarca contestó:

— Quiero ser dueño del sol i que él sea mi esclavo.

Calló Raa, i el rei dijo:

— ¿Pido, talvez, algo que está fuera del alcance de tu poder?

— Nó; pero para complacerte necesito el corazón del hombre mas egoista, el del mas fanático, el del mas ignorante i vil i el que guarde en sus fibras mas odio i mas hiel.

— Hoi mismo los tendrás, dijo el rei, i el denso nubarron que cubria el alcázar, se desvaneció como nubecilla de verano.

Despues de una breve entrevista con el capitán de su guardia, el rei se dirijió a la sala del trono, donde ya lo aguardaban de rodillas i con las frentes inclinadas todos los magnates i grandes de su imperio. Colocado el monarca bajo la púrpura del dosel, proclamó un heraldo que, bajo pena de la vida, los allí presentes debían designar al rei al hombre mas ignorante, al mas fanático, al mas egoista i vil i al que albergan mas odio en su corazon.

Los favoritos, los dignatarios i los mas nobles señores se miraron los unos a los otros con recelosa desconfianza. ¡Qué magnifica oportunidad para deshacerse de un rival! Mas, a pesar de que el heraldo repitió por tres veces su intimacion, todos guardaron un temeroso silencio.

El enano del rei, una horrible i monstruosa criatura, echado como un perro a los piés de su amo, lanzó al ver la consternacion pintada en los semblantes una estridente carcajada, lo que le valió un puntapié del monarca que lo echó a rodar por las gradas del trono hasta el sitio donde estaba el príncipe heredero, quien lo rechazó, a su vez, del mismo modo entre las risas de los cortesanos.

Por un instante se oyeron los rabiosos aullidos del infernal aborto hasta que, de pronto, enderezando su desmedrada personilla, gritó con un acento que hizo correr un escalofrío de miedo por los circunstantes:

—Si aseguras a mi cabeza su permanencia sobre los hombros, yo, ¡oh divino príncipe!, te señalare a esos que tus reales ojos desean conocer.

El rei hizo un signo de asentimiento i el repugnante enjendro continuó:

— Nada mas fácil que complacerte, ¡oh rei! ¿Deseas saber cuál de tus vasallos posee el corazon mas vil? Pues no sólo te presentará uno sino toda una lejion. I mostrando con la diestra a los favoritos que le escuchaban espantados, prosiguió: ¡Ved ahi a esos que sacó de la nada tu omnipotencia! En sus corazones de cieno anidan todas las vilezas. La ingratitud i la envidia están tras la máscara hipócrita de sus bajas adulaciones. En el fondo te odian. Son como las víboras; se arrastran, pero saltan i muerden al menor desliz.

En seguida, volviéndose hácia el Sumo Sacerdote, i señalándolo junto con los magos i los nigromantes dijo:

— ¡Ved ahí al mas fanático i a los más ignorantes de tus súbditos. Sus dogmas son absurdos, falsa su ciencia i su sabiduria necedad!

Hizo una pequeña pausa i con voz envenenada de odio prosiguió:

— El corazon mas egoista alienta dentro de tu pecho, ¡oh! rei. No conozco otro que le iguala en dureza i en crueldad, salvo el del príncipe, tu primojénito. ¡El pedernal es ante sus fibras una blanda i deleznable cera!

Calló un instante i luego con voz ronca prefirió:

— Sólo me falta mostrarte donde se halla el último. Ese, es el mio, i, golpeándose el pecho con fuerza, exclamó: ¡Aquí está, ¡oh principe! Con odio i hiel fué fabricado. Si pudiera desbordame, os ahogaria a todos con el acíbar i ponzoña de sus rencores. Anídanse en él mas cóleras que las que desataron, desatan i fulminarán los cielos i los abismos del mar. Una sola gota del veneno que encierra, bastaria para esterminar todo lo que se mueve i alienta debajo del sol.

La voz sibilante del enano vibraba aun en el vasto recinto, cuando el rei hizo una imperceptible señal. Al instante se apartaron los amplios tapices i dieron paso a una falanje de guerreros que se precipitaron sobre los aterrados favoritos, dignatarios ¡magnates i los pasaron a cuchillo en un abrir i cerrar de ojos. Inmediatamente, despues de decapitados, abríanles el pecho i les arrancaban el corazon palpitante.

El jóven príncipe, al ver aquella carnicería, de un salto se puso junto a su padre, mas el monarca, alzando el pesado cetro de oro, lo descargó sobre la desnuda i juvenil cabeza con la celeridad del relámpago. Apenas el cuerpo se desplomó sobre las gradas, un esclavo le sacó el corazon.

El enano al ver que un soldado avanzaba hácia él con el alfanje en alto, gritó:

— ¡Oh, rei, has prometido...! I una voz, en la que vibraba un acento de ferocidad implacable, resonó en lo alto del soberbio trono:

—¡Arrancadle, vivo, el corazon!


Han pasado dos dias; el rei se encuentra en su cámara mas hosco i torvo que nunca, cuando de improviso ve en forma de una serpiente de fuego la temerosa aparicion de Raa. El jenio desenvuelve sus anillos de llamas i dice:

— Aquí tienes lo convenido. Esta malla, tejida con las fibras de los corazones cuya esencia era el egoismo i el odio, el fanatismo i la ignorancia, es impenetrable a la luz. Los rayos del sol se romperán contra ella, sin que logren atravesada jamas. Aunque su volúmen es tan pequeño que puede ocultarse en el hueco de la mano, sus pliegues, distendidos, cubririan toda la tierra. Oye i graba en tu memoria lo que has de hacer: Subirás a la montana que se alza sobre el abismo i esperarás que el sol, al salir de su morada nocturna, roce la cresta mas alta para lanzarle la red májica, cuyos pliegues lo envolverán aprisionándolo como dentro de una coraza de diamante. Desde ese momento será tu esclavo i podrás hacer de él lo que quieras.


Salió ocultamente de su palacio por un postigo, que daba al campo, sin mas compañía que un cayado de pastor i la malla maravillosa. Tres días con sus noches, el rei marchó hácia el oriente. La senda por donde caminaba, subia bordeando desfiladeros i barrancas insondables. El flanco de la negra montaña era cada vez mas empinado i mas áspero. Pero ni el cansancio ni el frío, ni la sed ni el hambre le molestaba en lo mas mínimo. El orgullo i la soberbia avivaban en él sus hogueras i devoraban toda sensacion de malestar físico. Ni una sola vez volvió la cabeza para contemplar el camino recorrido.

Tres veces vió pasar el sol por encima de su cabeza. Cruzó sin detenerse, irreverente, con la excelsa majestad de un dios. Le asaeteó con sus rayos i fundiendo las nieves desató, para que le salieran al paso, con mas ímpetus los torrentes. Aquel reto del astro exacerbó su furor i amenazando con la diestra al flamíjero viajero profirió:

— ¡Oh, tú, ascua errante, fuego fatuo, que un soplo de Raa enciende i apaga cada día, en breve te arrancaré las insolentes alas! ¡Aherrojado como un esclavo yacerás eternamente tras los muros de oro de mis alcázares!

I oonfortado con esta idea venció los últimos obstáculos i se encontró por fin en la cima mas encumbrada de la inaccesible montaña, mas arriba de las nubes i de los nidos de las águilas.


En la cúpula sombría centellean calladamente los astros. La noche toca a su término í un vago resplandor brota del abismo sin fondo. Poco n poco palideoen las estrellas, i un tenuísimo matiz de rosa se esparce en el oscuro azul del cielo. De pronto un haz de rayos deslumbradores ciega los ojos del monarca. De la negrura sin límites, abierta bajo sus piés, una esfera de oro en fusion surje rauda hácia el espacio. A traves de sus cerrados párpados entrevé la fulgurante aureola i lanza por encima de ella la malla maravillosa. Como una antorcha que se hunde en el agua, de súbito se apagó el resplandor. Las estrellas se encendieron de nuevo, i las sombras fujitivas i dispersas volvieron sobre sus pasos i ocultaron otra vez la tierra.



Despues de atravesar las salas sumidas en las tinieblas, el rei se detuvo en la mas alta torre de su palacio. El alcázar estaba desierto i debia de haber sido teatro de alguna tremenda lucha, porque todo él estaba sembrado de cadáveres. Los habia en todas partes, en las jardines, en las habitaciones, en las escaleras i en los sótanos. La desaparicion del rei habia encendido la guerra civil, i gran número de pretendientes se habian disputado la abandonada diadema. Mas, la pavorosa ausencia del sol habia bruscamente interrumpido la matanza.

Dentro de la alta torre el tiempo trascurre para el monarca insensiblemente. Una deliciosa languidez lo invade. En el interior de la rejia cámara suspendido, como una maravillosa lámpara, está el celeste prisionero. Por una rendija imperceptible de su cárcel brota un intensisimo rayo de luz. Afuera una oscuridad profunda envuelve los valles, las llanuras, las colinas i las montañas. El cielo está negro como la tinta, i cual enlutado túmulo lucen en él como lágrimas los astros. Apoyado en la ventana ha asistido mudo e impasible a la lenta agonía de todos los seres. Poco a poco han ido estinguiéndose los clamores i los incendios, hasta que ni el mas leve destello rasgó ya la lobreguez de la noche eterna.

De pronto el rei se estremece. Ha sentido un malestar estraño, como si le hubiesen atravesado el corazon con una aguja de hielo. I desde ese instante su plácida tranquilidad desaparece i la molesta sensacion va aumentando por grados hasta hacérsele intolerable. Siente dentro del pecho un frio intensísimo que conjela su carne i su sangre i, lleno de angustia, evoca de nuevo a Raa, el jenio dominador de los espacios i de los astres, quien contesta a sus súplicas con ironía desalentadora.

— ¿De qué te quejas? Al suprimir la vida no has dejado al sentimiento que te posee i es el móvil único de tus acciones otro refujio que tu corazon. Para espulsarle seria menester que vibrase en las muertas fibras un átomo de piedad o amor.

Apénas el jenio lo hubo dejado, la desesperacion se apoderó del monarca. Mas, de súbito, rasgó sus vestiduras i esposo el pecho desnudo al rutilante rayo de luz. Pero ni el mas lijero alivio viene a confirmar su esperanza. Entonces clava sus uñas en las carnes i se abre el pecho, dejando al descubierto su fríjido corazon al contacto del cual el haz luminoso se debilita i decrece con asombrosa rapidez. Dijérase un caño de oro liquido cayendo en un tonel sin fondo, i que desmaya i se adelgaza hasta convertirse en un hilo, en una hebra finísima. De pronto, como una antorcha, como un fuego fátuo que se estingue, la última chispa brilla, parpadea, desvaneciéndose en la oscuridad.

A pesar de que el sol ha cambiado de cárcel i lo lleva ahora en su corazon, parécele que toda la nieve de las montañas se hubiese trasladado alli. Sube, entónces, a la ventana i se precipita al vacío, en el cual, como si alas invisibles le sostuviesen, desciende blandamente hasta que toca con sus piés la tierra. La campiña está helada como un ventisquero i envuelto en tinieblas impenetrabies, camina a la ventura con los brazos estendidos, huyendo como medroso fantasma de la agonía del Universo.



Cuando las ciudades no fueron sino escombros humeantes i las selvas montones de ceniza, cuando todo combustible se hubo agotado, los hombres cesaron de disputarse un sitio en torno de las hogueras moribundas i se resignaron a morir. Entónces, a la escasa luz de las estrellas, en la negra oscuridad que los rodeaba, buscáronse los unos a los otros, marchando a tientas con los brazos estendidos, huyendo del silencio i de la soledad del planeta muerto. I, cuando sus manos tropezábanse en las tinieblas asíanse para no soltarse mas. Aquel contacto producia en sus yertos organismos una reaccion inesperada. El débil calor que cada uno conservaba, parecia multiplicar su potencia: deshelábase la sangre, el corazon volvia a latir. I esa cadena viviente aumentada sin cesar por eslabones innumerables, se estendia a traves de los campos, por sobre las montañas, los rios i los mares helados. Mas, cuando esos cordones se soldaron, faltó un eslabon para que una cadena sin fin enlazase todas las vidas, fundiéndolas en una sola i única, invulnerable a la muerte.



De pronto, el monarca, sintió que el piso faltaba bajo sus piés. Ajitó los brazos buscando un punto de apoyo, i dos manos estrecharon las suyas sosteniendolo amorosamente. Aquellas manos eran duras i ásperas, tal vez pertenecian a un siervo o a un esclavo, i su primer impulso fué rechazarlas con horror; mas, estaban tan yertas, tan heladas habia tanta ternura en su sencillo ademan; que un sentimiento desconocido hizo que devolviera aquella presion. Sintió, entónces, que penetraba en él un fluido misterioso, ante el cual el hielo de sus entrañas empezó a fundirse como la escarcha al beso del sol, desbordándose súbitamente de su corazon, cual si se volcase el recipiente de un mar, el raudal flamíjero cuyo curso marcan en el infinito los ortos i los ocasos. I por la cadena inmensa, a traves de las manos entrelazadas, pasó un estremecimiento, una cálida vibracion que abrazó todos los pechos anegando las almas en un océano de luz. Disipáronse en los espíritus las sombras, i el mas allá, el arcano indescifrable salió del cáos de su negra noche. I cada cual se penetró de que el incendio que ardía en sus corazones irradiaba sus lenguas fulguradoras hácia lo alto, donde se condensaban en un núcleo que fué creciendo i ajigantándose hasta estallar allá arriba, encima de sus cabezas, en un torbellino deslumbrador. I aquel foco ardiente era el sol, pero, un sol nuevo, sin manchas, de incomparable magnificencia que, forjado i encendido por la comunion de las almas, saludaba con la áurea pompa de sus resplandores a una nueva humanidad.