El tesoro de Gastón: 04

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Capítulo IV
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El tesoro de Gastón Emilia Pardo Bazán


Gusanillo

Salió Gastón del convento fluctuando entre la convicción y el escepticismo. Su convicción era involuntaria; pero su incredulidad, sostenida por el amor propio cifrado en no caer de inocente, no se fundaba únicamente en lo enigmático del texto del papel y en la destrucción del plano, sino en lo inverosímil de que existiese nada menos que un tesoro, soterrado de un modo tan novelesco, en un sitio tan romántico y llegando tan a punto para salvar de la ruina a la casa de Landrey. ¡Vamos, si tenía que ser a la fuerza una paparrucha, una quimera nacida en el pobre meollo de una monja alelada! A pesar de la caja, que apretaba contra su pecho -y que instintivamente en el tranvía cubrió con ambas manos, por defenderla de algún rata-, Gastón temía ser ridículo ante sí propio, si prestaba fe absoluta a la historia. Lo que más influye en que nos parezcan irreales los sucesos, es la comparación con un medio en el cual esos sucesos no encajan. Venía Gastón de París, saturado de aquel ambiente positivo y prosaico, sin más aspiración que el goce material del momento presente, y la Comendadora, siempre con la vista fija en lo pasado y en lo porvenir, tomando la tierra como tránsito, existiendo únicamente para expiar las culpas de su padre y para evocar las memorias de su raza, era como figura de cuadro o de tapiz, algo artístico, singular e interesante sin duda, pero tan fuera de la realidad como los santos de piedra de los viejos pórticos...

-La chifladura se pega -cavilaba el mozo-, y si estoy con la buena señora una horita más, ¡nada!, que me creo lo del tesoro a pies juntillas.

Sin embargo, Gastón notaba cierta calentura, esa fiebre ligera que acompaña a los accesos de esperanza violenta y repentina. Pasó el día vagando por Madrid, sin decidirse a ver a nadie, y se acostó temprano, como hombre que tiene mucho que conferir consigo mismo. Durmiose pronto pesadamente, y soñó cosas raras; viose descendiendo a un negro subterráneo por torcida escalera de caracol; delante de él, guiándole, iba un espectro con hábito monástico, que llevaba en sus manos descarnadas -manos de esqueleto- una linterna, la consabida linterna sorda de las novelas y de los dramas espeluznantes. El espectro, al deslizarse por los peldaños de la húmeda y resbaladiza escalera, producía un medroso ruido de choque de huesos, y los pliegues del hábito, al pegarse al cuerpo, diseñaban planos sin carne y palillos mondos y lirondos. La luz de la linterna, al caer sobre la pared, dejaba ver fungosas vegetaciones, e inmundos insectos, asustados, correteaban en busca de los rincones oscuros. Bajaban y bajaban, sin encontrar nunca el término de aquella escalera horrible, que sin duda se perdía en las entrañas del planeta, buscando su centro. Gastón anhelaba de cansancio, pero el espectro seguía bajando cada vez más aprisa, y era preciso ir tras él hasta el mismísimo averno. Allá abajo, en la sombría profundidad última, Gastón divisaba un punto rojo, y a medida que descendían, el punto se agrandaba, cundía, acabando por ser la boca de un horno gigantesco, en que ardía -¡temeroso espectáculo!- un monigote con chupa y casaca, un pelele de principios del siglo, retorciéndose entre las llamas sin consumirse... Y el espectro, de pie ante el horno, sollozaba:

-¡Agua bendita! ¡Agua bendita! ¡Trae agua bendita, Gastón!...

En este punto del sueño despertó el mozo. Notaba una sed devoradora, y tendió la mano, cogiendo la copa sobre la mesa de noche. Cuando bebía con ansia, la puerta se abrió, penetró Telma lo mismo que un rehilete, abrió atropelladamente las ventanas por donde entró la luz del día y se plantó delante de la cama, exclamando en voz que entrecortaba el llanto:

-Señorito... Señorito... La señora Comendadora...

-¿Qué... qué ocurre?

-¡Ay, señorito!... ¡Acaban de traer el recado! Esta noche...

-Ha muerto, ¿verdad? -preguntó el mozo que recibía la noticia en aquel instante, sin la menor sorpresa, como si se tratase de un hecho previsto.

-Sí, señor... ¡Ay, Jesús! ¡Señorita querida mía, que era como mi madre! ¡Santa de mi alma! -exclamó Telma, derramando lágrimas abundantes.

-Voy ahora mismo al convento... -declaró Gastón, mientras salía la criada, sofocada de pena.

Y en efecto, ni una hora tardó el sobrino de doña Catalina en pisar nuevamente el locutorio del convento: sólo que de esta vez le recibió la abadesa, dama cincuentona, gruesa, afable y de porte señoril, con ribetes mundanos, porque antes de vestir el noble hábito, doña Francisca de Borja Mascareñas y Quevedo había frecuentado más los salones que las iglesias, y de su conversión se habló bastante, atribuyéndola a rudos desengaños, o como decía ella en su gracioso y expresivo lenguaje, a bofetones en el alma. Lo que refirió la abadesa a Gastón fue lo que era de suponer sobre el caso, ni impensado ni sorprendente, del fallecimiento de una monja tan anciana:

-Muy viejecita, muy viejecita era la pobre... Ya nos temíamos lo que ocurrió, y cada noche que se recogía, decíamos: «¿Se levantará la madre Catalina?». Así es que dormía a su lado una lega, por precaución, y gracias a tal medida no careció de auxilios en sus últimos momentos. Pudo recibir -y no fue pequeño consuelo para ella y para todas nosotras- el Viático y la Extrema. ¡Alabado sea el Señor! Murió con una paz... Estaba contentísima de haberle visto a usted... Eso me lo decía ayer tarde. ¿Y sabe usted que desde hace unos quince días andaba con la tema de que se acercaba su último instante? Era un presentimiento, sin duda...

-¿Pero de qué murió? -preguntó Gastón afanoso-. ¡Porque estaba tan bien, ayer, tan locuaz, tan entera!

-¡A esa edad! De muerte natural... ¡de acabársele la cuerda al reloj! Nada, un ataquillo de asma, que para una persona joven sería cuestión de toser y carraspear un poco... Pero ella no tenía fuerzas para mondar la garganta, y la menor cosa ¡psé!, ¡una flemita!, basta para ahogar a un anciano... No somos nada..., ¡una miseria! Al volver la cabeza así... se acaba todo, alegría, ilusiones, proyectos, gustos y disgustos... Asustaría si lo pensásemos bien.

-¿No puedo verla? -preguntó Gastón, que sentía el pecho oprimido y el corazón en un puño.

-Está de cuerpo presente, en su cama, y las celdas son clausura... No, no es posible... ¡Y es lástima, porque si viese usted qué natural se ha quedado! Hasta parece joven... El funeral se cantará ahora, dentro de poco, en la iglesia, y bajarán el ataúd ya cerrado: y esta tarde se dará sepultura al cadáver. ¿Desearía usted conservar algún recuerdo de tu tía? Puedo darle a usted el rosario que usaba, con las medallitas...

-Mil gracias, señora -contestó Gastón inclinándose-. Poseo un recuerdo de la tía Catalina, que ella misma, en previsión de la desgracia, me entregó ayer.

Y como la abadesa le mirase con cierta curiosidad, Gastón añadió sencillamente:

-Una tabaquerita de plata... Pero si ustedes creen que no tengo derecho a conservarla, estoy pronto a devolverla.

-¡Santo Dios! -dijo cortésmente la abadesa-. Hizo divinamente; que usted la disfrute mil años. Le quería a usted mucho, y bien puede usted rogar por ella, aunque creo piadosamente que es ella la que debe interceder por nosotros.

-¡Ojalá que de aquí a un año les regale yo a ustedes en compensación de la tabaquera, una santa Catalina de plata maciza! -añadió Gastón-. Si algo la ocurre a usted que mandarme... Esta tarde misma necesito salir para una finca que tengo allá en Galicia, en la Puebla de Beirana... a no ser que necesiten ustedes ordenarme cualquier cosa relativa al entierro de la tía, que entonces...

-Que santa Catalina le dé a usted feliz viaje -contestó la abadesa sonriendo, mientras el mozo besaba respetuosamente la manga de su hábito.

Al salir del locutorio Gastón entró en la iglesia. Empezaban los preparativos del funeral y se alzaba en el centro el túmulo, vestido de paños negros orlados de galones de oro apagado y mustio. El monaguillo arreglaba las hachas en los grandes hacheros. A poco bajaron la caja forrada de paño negro también y el sacristán ayudó a colocarla sobre el catafalco. Cuatro o seis caballeros de la Orden, avisados temprano, mal despiertos aún, iban acomodándose en los bancos de la nave. Uno de ellos, el conde del Sacrovalle, divisó a Gastón apoyado en un pilar, y le llamó con la mano, brindándole sitio en el banco, a la cabecera. Encendidos los altos cirios, cuya llama chisporroteaba vivamente, poblose el altar de sacerdotes con negras vestiduras, y en el coro aparecieron las siluetas de las monjas, visibles tras el espeso enrejillado de madera. El órgano empezó a quejarse, acompañando las voces de los sacerdotes que clara y ahincadamente entonaban las plegarias y las invocaciones graves, tan humanas en su terror, del Oficio de difuntos. Gastón escondía la cara en el pañuelo. Sentía como si unos dientes sutiles y agudos se le hincasen dentro, muy adentro, a su parecer más allá del corazón, en un lugar que, por lo recóndito y lo sensible, debía de ser el ápice de la conciencia. No podía Gastón atribuir tal efecto al dolor de haber perdido a doña Catalina: si es cierto que la quería bien, poco lugar ocupaba en su vida; ningún vacío le dejaba la Comendadora: sus muchos años hacían de su muerte algo previsto, que no arrancaba lágrimas. No: lo que sentía Gastón era un torcedor íntimo, una cólera secreta contra sí propio, esa sensación oscura que lentamente se condensa para formar el sentimiento de la responsabilidad moral. Era la detestación de nosotros mismos, la censura -más que ninguna severa- que hacemos de nuestros propios actos; era el juez interior que tantas veces duerme, pero que cuando sacude la modorra nos registra el alma y nos condena sin defensa ni apelación, porque tiene las pruebas, la evidencia en la mano... Del enlutado ataúd, Gastón creía que se elevaba una voz, preguntando: «¿Eres cristiano?». Y que el juez, el rígido juez de negra toca, respondía: «Como si no lo fueses... Lo has sido en el nombre, ¿pero en los hechos? ¿Cuándo te has acordado tú de Dios? ¿Cuándo has pensado en el prójimo? ¿En qué y cómo has dilapidado tu hacienda? Buen comer, regalo, deleites, ociosidad... ¿Y qué más hicieras si fueses pagano? ¿Eras cristiano cuando al salir de una cena desordenada, en una noche fría, por no desabrocharte el gabán de pieles no dabas limosna? ¿Eras cristiano, ni aun caballero, cuando por un quítame allá esas pajas, en aquella solitaria encrucijada del bosque de Bolonia, le abrías la cabeza a tu mejor amigo? ¿Eras cristiano, ni aun caballero, cuando con tu derecha apretabas la mano del duque de Argentán, mientras en tu izquierda crujía un diminuto billetito de su esposa? ¿Eras cristiano cuando?...». La lista fue larga, y Gastón seguía con el pañuelo sobre el rostro, escuchando al inflexible juez. «¡Y todavía te indignas porque, aprovechando tus horas de culto a los ídolos, un bribón te ha robado la bolsa! Para lo bien que tú la empleabas... ¡Y todavía serás capaz de desenterrar el tesoro de Landrey, y darle el mismo paso, iguales despachaderas que a la hacienda que te dejó tu madre! ¡Ay de ti, si con tal objeto descubres ese tesoro! ¿No sé yo acaso que ayer, al sonar con él, pensabas en nuevos goces, en nuevas locuras?...». Y aquí el invisible juez tomaba forma humana: era doña Catalina, del color de la cera, con los párpados cerrados, la nariz afilada, la boca sin labios, las manos en los puros huesos, toda ella de una catadura tan espantable y temerosa, que Gastón quitaba el pañuelo y miraba al ataúd con ojos de loco...

Entretanto resonaban los sublimes acentos del Dies irae, y el viejo conde del Sacrovalle decía al derrengado marqués del Altocueto:

-¿Sabe usted que noto al sobrino muy afligido? Tiene buenos sentimientos ese muchacho...

La misma noche, en el tren correo, salieron Telma y Gastón hacia el Noroeste, con rumbo al castillo de Landrey.


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