El verbo amar

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A Eduardo A. Sola


I.


 ¿Por qué se casó, si no amaba á Julio? He aquí una pregunta que se hizo ella misma muchas veces, y á la que encontraba una vaga contestación, que la hacía sonrojar; no ignoraba del todo qué motivos la empujaron á aceptar á aquel hombre; -pero ya los creia enteramente banales. Con efecto: habia llegado á los veintitres años y -á pesar de su hermosura que era grande; á pesar tambien de tener multitud de adoradores- su corazón permanecia mudo, y su espíritu no irradiaba aún ninguna luz que le hiciera sospechar la proximidad del amor, ya que no la existencia del amor mismo. De aquí una pregunta que se hacía incesantemente: "¿Existe ese sentimiento ó esa sensacion, ó solo se trata de una invencion de los poetas, que nada tiene de real; de un pretesto de los autores dramáticos para conmover al público; de un medio fácil de que echan mano los novelistas para amenizar sus obras, ó para salir de alguno de esos atolladeros en que suelen meterse, á fuerza de querer dominar la intriga?"... Para hallar contestacion á esta pregunta, la bella Isabel observaba en torno suyo, sin descansar un momento. Pero la verdad es que le seria dificil darse cuenta exacta de lo que pasa en el corazón humano, estudiándolo -como lo hacia- en los grandes salones, allí donde cada uno lleva una careta, y donde todos guardan sigilosamente sus cosas íntimas, para que no las empañe alguna curiosa mirada ó algún aliento envidioso y envenado. Sin embargo, ese era su campo de accion único y solo, porque su nacimiento, su educación y su riqueza la empujaban á las reuniones de "lo mejor de nuestra sociedad," donde el amor no es- en la mayor parte de los casos- sinó una coqueteria prolongada y de buen gusto. Despues de largos estudios y de numerosos tentativas hechas para comenzar á amar, parecióle -más que nunca- que el tal sentimiento no existía sinó en alguna imaginación acalorada; y como mujer cuerda y de espíritu reposado, dijose que, antes de entregarse á un hombre, debia conocer bien y á fondo las cualidades, que le adornaban, asi como también sus defectos. No faltó alguna amiga casada que la hiciera perseverar en su propósito, relatándole, veladamente, las delícias indescriptibles del matrimonio, secreto mágico que Isabel deseaba ya descubrir, casi sin darse cuenta de ello... La curiosidad es una buena ó mala consejera -según los casos- y después de entrever ese misterio oscuro, la joven pensó decididamente en casarse. Convencida de que el amor no existía, contentóse con elegir entre sus adoradores el que contase con mejores prendas físicas é intelectuales, para hacer de él un marido estimado, ya que no amado. Poco tardó en decidirse, y un bello dia Julio Montenegro escuchaba de su boca la promesa de que sus deseos se verían cumplidos.

 Y así fué. Nadie olvidará las bodas de ambos jóvenes, en las que reinó un lujo verdaderamente asiático, pero en las que faltaba una joya de incalculable précio con que los pobres suelen engalanarse en situaciones análogas: el amor.

 Pocos meses después -y cuando habia llegado á conocer á fondo aquel misterio oscuro- la bella señora de Montenegro estaba convencida de que el cariño que esperimentaba hácia su esposo, era el sentimiento que con tanto ahinco tratara de estudiar en otras épocas. La amistosa confianza que reinaba entre ellos, las íntimas y largas conversaciones, los besos furtivos, y otras mil pequeñeces no menos agradables, teníanla contenta, casi dichosa. Así que no dejaba de decirse de vez en cuando -no sin cierto júbilo y con pleno convencimiento- que eso era el amor y no otra cosa.

 Pero en algunas ocasiones tuvo que permanecer sola varios días, y su imaginación siempre activa y despierta -imaginación de joven y de mujer- comenzó á mostrale el lado oscuro de la cuestión. Sus caricias á Julio no eran tan sinceras como parecía; su contento al volver á verle no era tan grande como debiera ser; recordaba también que, muchas veces, entre los brazos de su esposo, había pensado en otras cosas..... ya que no en otros hombres. Después, el marido no amado tiene siempre muchos, infinitos defectos: cuida demasiado de no ajar su ropa; retarda su llegada á donde está su esposa para quitarse el sobretodo y limpiarse los botines, con el fin de no ensuciar las alfombras; tiene mal génio; por la mañana -al despertarse- bosteza y se estira antes de abrazar á su mujer; y luego no tiene esos solícitos y pequeños cuidados que tanto agradan en los días anteriores al matrimonio, y de los que solía abusar: en fin, el marido es un ente ridículo, siempre ocupado de su persona, y que no atiende á su mujer más que por egoismo, porque le es útil para conservale la ropa, y para otros pequeños detalles semejantes ... ó no semejantes.

 Luego despues, ella leía, ella leía, mucho, y en todo los autores encontraha explicado el amor de muy diferente manera sí, pero explicado al fin: en Zola como una sensación, en Musset como un placer, en Dumas hijo como un ancla salvadora, en Lamartine como un rayo de sol, en Victor Hugo como extasis que acerca al cielo... Antes no había adivinado el de Marius y Cosette, pero ya comenzaba á comprenderlo, es decir á desearlo; Guiymplaine y Dea le parecían unidos solamente por el arte del novelista; había creido quimérica la pasión de Teresa Raquín, que la empuja hasta el crimen, á donde llega acompañada por su amante; era mentira Marión Delorme, era mentira Margarita Gautier, era mentira Fernanda... Sin embargo, comenzaba á decirse que no le desagradaría experimentar ese sentimiento. Aún hasta aquellos amoríos casi sin huellas -amores de mariposa- que nos cuenta Catulle Mendez, no la dejaban sin cierta envidia... Sospechase, pues, el efecto final que debia producir este estudio casi inconsciente. De todas aquellas lecturas hechas ya con más calma y con más seso, nacióle el convencimiento de que aún no había experimentado el amor, á pesar de que estuviese casada; y al mismo tiempo el de que dicha palabra, no debia ser borrada del dicionario por inútil. Y lo que es más -no cuesta el decirlo- resolvió amar y ser amada, resolvió no morir vírgen de ese sentimiento de que le hablaban clásicos, y románticos, y naturalistas con igual, convicción, aunque en diferentes tonos.

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II.


 Hasta entonces había vivido en cierto retiro: ya no frecuentaba teatros, ni bailes, ni paseos, contentándose con olvidarse de todo entre los brazos de su marido. Pero después de aquellas perniciosas ó saludables lecturas, después de aquel deseo vago, pero grande, de amar y ser amada, comenzó nuevamente á pensar en esas brillantes fiestas, en las que reinó tantas veces por su hermosura y por su riqueza.

 Los muros de su espléndida casa le parecian estrechos para las nuevas ideas que bullían en su mente, que para su desarrollo necesitaban aire, espacio, luz... Julio no dejó de notar su desasosiego.

 - ¿Qué tienes? preguntóla un día.

 - Nada: me fastídio, contestó ella.

 El se alarmó. Malo es que una mujer se fastídie, cuando es joven y hermosa; y no solo malo, sinó peligroso también. Así es que á los pocos días llevó á Isabel á un teatro, luego á un paseo, en seguida á un baile. Ella no cabía en sí de gozo: de esa manera podía buscar al hombre que la amase y que fuera digno de ser amado. Como consecuecuencia de este contento, de este inconsciente deseo de pecar, sus caricias á Julio redoblaron, y ya pudo permanecer más tranquila.

 Él se engañó, atribuyendo tales resultados á la desaparición del fastídio, causa única, á su parecer, del alejamiento de la jóven, y de su silencio triste y constante. Su alarma desapareció por completo , y se entregó enteramente al amor á su esposa, que aumentaba cada día. Sin embargo, Isabel, cuando se acostumbró á esa agitada existencia de millonária que se divierte; cuando pasó muchas noches entregada al baile, hasta que la aurora se asomaba, curiosa, por el oriente, haciendo huir las sombras que no gustan de ser espiadas por la luz; cuando ya pasaban á la categoría de aires conocidos las mil palabras de amor que le dirijían sus amantes de ocasión, mariposas que revolotean un minuto al rededor de una llama, para ir en seguida á otra; cuando se acostumbró á esa existéncia extraña, que la llevaba de salón en salón y de teatro en teatro, y pudo escuchar sin asombro sus rumores nunca concluidos, sus conversaciones siempre variadas, sus galanterías ya vetustas, pero nuevas aún; cuando, en fin, olvidó su pasajero agradecimiento hácia Julio, sus caricias para él fueron disminuyendo, hasta que desaparecieron del todo...

 Él, por su parte, no muy fogoso, no muy enamorado tampoco, pero fiel y galante con su esposa, conociendo lo que valía, y creyéndola incapaz de una falta, miró, es verdad, con cierta pena ese nuevo alejamiento de Isabel; pero ni le dió toda su importáncia, ni creyó prudente solicitar de la niña una explicación de su modo de proceder, suponiendo que esa frialdad seria tan pasajera como la anterior.

 Además, iba á los bailes. encontrábase con mujeres hermosas y amables, que escuchaban complacidas sus galanterías, tan pronto dichas como olvidadas, y llegaba á la conclusión de que podía muy bien divertirse, aún sin el amor de su esposa... En efecto, la señora de M., graciosa rubia de encantadora conversación, viuda desde hacia dos años, mostrábase enamoradísima de Julio, comprometiéndolo muchas veces á que bailara con ella toda la noche. En un principio no agasajó á Margarita -la viuda- como le era posible hacerlo, dadas las circunstancias; pero después, herido en cierto modo por la frialdad de su esposa, buscando de alguna manera, cómo vengar su amor própio, comenzó á hacerle decididamente la corte, cosa que la señora de M. no vió sin gran placer.

 Entretanto, Isabel había, también, encontrado un nuevo amor, es decir su amor primero.



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III.


 Era Reinaldo un hermoso joven de ojos eternamente pensativos, que parecia encontrarse fuera de su centro en aquellas reuniones bulliciosas. Bailó algunas veces con Isabel, conversando con ella amigablemente, y -peligrosa casualidad- tomando en muchas ocasiones por asunto las historias del corazón. Ella comprendió que Reinaldo sabia amar, y propúsose amarlo, porque no era como sus demás galanes, frívolos y tontos, sinó que demostraba, además de su ilustración esquisita, ciertas delicadezas, ciertos cuidados, que no se tienen infructuosamente con una mujer que se halla en las circunstancias en que se hallaba la joven. Él, habituado á las conquistas de salón, no dejó de ver el efecto que producía, y estrechó el cerco; desde entonces, cada vez que se encontraban en un baile ó una tertulia, era el primero entre los adoradores de la hermosa señora que se acercara á ella, para prodigarla esos hábiles cumplidos que habían, por fin, llegado á turbar su corazón vírgen todavía.

 Cuando, al retirarse, en la soledad de su aposento, Isabel se examinaba íntimamente, el amor que en ella nacía para su adorador romántico no dejaba de mostrársele grande, inmenso, infinito; y entonces daba las gracias á los libros de todos los autores, que habían contribuido á arrancarle la venda de los ojos. ¡El amor! Existía, sí, ese dulce sentimiento de que ella dudaba en otras épocas, y era más dulce aún de lo que decían los poetas, entre las notas de su lira de oro; más grato que el canto de las aves, que el perfume de las flores, que todas las armonías de la naturaleza!... ¡Oh! ella no podía ya dudar de su existencia, porque lo sentía latir en su corazón!...

 Julio no sospechaba ni remotamente lo que estaba pasando; entregábase al amor de la encantadora rúbia, á quien encontraba también en los bailes, y hacía caso omiso de su mujer, que no le amaba. El fuego se estingue siempre que le falta combustible ó aire, y él creyó que lo mismo había sucedido con el amor á su esposa, á causa de la frialdad con que era correspondido.

 Las cosas estaban ya en el punto peligroso, y el desenlace iba acercándose.

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IV.


 Si alguna mujer ha escuchado con arrobamiento las palabras de un hombre que jura amarla eternamente; si ha sentido agitarse entre su pecho su corazón hasta entonces mudo; si todas sus fibras se han estremecido extrañamente al oir el eco de una voz, y al sentir la presión de una mano en su cintura, entre las vertiginosas vueltas de un vals; si, olvidada de todo, con una nube en los ojos, no ha visto ya las gentes que la rodean, no ha oido los compases de la orquesta, y se ha sentido trasladada á otras épocas y á otros lugares; si á su rostro pálido han afluido raudales de sangre, mientras sentía en todo su cuerpo una rara y agradable languidez; si á la pregunta del hombre, si á su demanda de una frase de amor, ha contestado con voz imperceptible, ahogada su alma de placer, el "sí, le amo," tan humilde y afanosamente pedido; si ha contemplado ante sus ojos un porvenir de dicha inacabable, quizás un poco criminal, pero mayor por eso; si ha estado á punto de abrazar á ese hombre, á despecho de todas las miradas, y á despecho también de la presencia de su esposo; si alguna mujer ha sentido esto, ha estado en el caso en que se halló Isabel, cuando Reinaldo se atrevió por vez primera á hablarla de su amor y á pedirla el suyo, en medio de la alegría bulliciosa de un baile, y mientras Julio obtenía de Margarita, la encantadora rúbia, una nueva promesa de cariño ilimitado y constante. Himno sublime pareció á la joven aquella oda, tan nueva para ella, que entonaba á su oido el hombre que había hecho despertar su corazón; májica armonía que hasta entonces no le había sido dado escuchar, y que la turbaba hasta el fondo del alma con sus notas aún no sospechadas por ella; sublime acorde siempre repetido y siempre único en la lira del amor, pero que es, también, siempre nuevo para la mujer que le escucha enamorada ... Reinaldo presentósele aquella noche con una gloriosa aureola que solo ella veía, con un atributo esplendente que la estremecía toda, y despertaba en ella deseos extraños, hambres de cariño, rábias de placer: él era el elejido , el adorado, el único por lo tanto, entre todos los hombres que la rodeaban ...

 Largo rato hacía que duraba su amorosa conversación, cuando él, deseando sin duda huir de tantas curiosas é indiscretas miradas, para abandonarse al cariño de aquella mujer, la dijo:

 - Si es cierto que me ama V., voy á pedirla un sacrifício.

 - ¿Cuál? preguntó ella, sonrojándose.

 - Es imposible conversar aquí; cada uno de los que asisten al baile es un importuno y curioso testigo, que observa hasta nuestras más mínimas acciones...

 - ¡Oh! interrumpió Isabel, creyendo ya escuchar las mil habladurías de aquella sociedad selecta, los mil chismes de salón que se iban á levantar al rededor de su nombre, si llegara á sospecharse algo.

 - Así, continuó él, casi inmediatamente, es bueno que abandonemos este salón, y vayamos á alguno de los gabinetes contígüos, donde podremos hablar con libertad durante algunos minutos.

 Quedó convenido. Nadie sospecharía: la joven iba á fingir una lijera indisposición, causada por el calor, y saldría del brazo de Reinaldo, siempre dispuesto á acompañarla.

 Este, por su parte, veía cada vez más cerca la hora de la completa felicidad.


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V.


 Margarita y Julio habían conversado largamente aquella noche. En medio de la multitud bulliciosa, perdida la cabeza con los mareadores ritmos de la música, loca tambien por aquel hombre, la linda rúbia habíale hecho entera cesión de su alma, embriagada de felicidad. Él, dichoso por su conquista, pero sin grandes emociones, algo frio bajo su aparente apasionamiento, escuchaba con tranquilidad las palabras de la joven, y contestaba con esas frases convencionales que nunca producen efecto en la mujer que las escucha dueña de sí misma, pero que aprisionan más y más á la mujer enamorada. Sin embargo, todo aquel ruido y toda aquella pasión que en nada reparaba, ejercían alguna presión en el ánimo de Julio: sentíase en cierto modo bajo el dominio de Margarita, y aunque aquella prolongada conversación llena de repeticiones, -conversación de mujer enamorada, que parece no disponer sinó de un solo verbo,- aquellas miradas llenas de fuego: que temía fuesen vistas por su esposa, causábanle cierto disgusto, cierto deseo de terminar de una vez; los desnudos hombros de la jóven, su opulenta belleza, su pasión desbordante, prometíanle felicidad inmensa en un futuro no lejano.... Fatigábale aquel abandono de Margarita, á quien nada importaba de los demás; temía estar haciendo un papel ridículo, pero prefería arrostrarlo todo antes que abandonar su fácil presa.

 - ¡Te amo, te amo! repetía la hermosa rúbia.

 - Y yo también te amo, Margarita, contestaba Julio con cierto desgano, que irritaba aún más la pasión de la joven

 - ¿De veras?... Pero no me amas como yo, que todo lo olvido por tí, que á tí me doy, que á tí me entrego, que soy tuya, enteramente tuya! ...

 - ¡Cuándo seré completamente feliz! ... exclamaba él entonces, respondiendo en voz alta á las ideas que despertaban en su cerebro las frases de la joven.

 - ¿Y no lo eres ya? ¿no eres feliz al verme aquí, ante todo el mundo, bebiendo amor en tus ojos, extasiándome á tu vista, jurándote que ya no me pertenezco? ...

 Julio hizo un mohin con los lábios, sus ojos brillaron, subió la sangre á su rostro y murmuró, mirándola fijamente:

 - ¡Algo más quiero! ....

 Ella lo miró á su vez; una nube voluptuosa oscureció su vista, y bajando la cabeza suspiró, más que dijo:

 - ¡Lo tendrás!

 Y él, vuelto en sí de sus temores, queriendo dominar la situación, tomar por asalto el último reducto, hacerse dueño absoluto de la plaza, preguntó con voz firme:

 - ¿Cuándo?

 Y Margarita, haciendo entrega de ella misma, sin indecisiones, sin flaqueza, abandonándose enteramente á su amor, dándose sin condicion alguna:

 - ¡Siempre! contestó.

 Julio calló desde entonces durante largo rato. Sentíase contento de sí mismo, y aunque pensaba que iba á faltar á su esposa, se decia que ella lo habia querido, al herirle con su glacial indiferencia. Por otra parte, estaba demasiado contento de su suerte para parar mientes en tales ideas. Su conquista era de aquellas que jamás se abandonan, de aquellas que se ostentan con orgullo, y que dan á los que las llevan á cabo cierto sello de irresistibles que les facilita el triunfo en otros mil combates amorosos. Sin embargo, y apesar de su victoria, tan completa y tan grande, continuaba en su silencio algo penoso; silencio ocasionado por esa especie de turbacion indefinible, que produce siempre en los hombres la respuesta categórica de una mujer, ya sea favorable, ya adversa; turbación que puede reprimirse merced á un grande esfuerzo de voluntad, pero que no por eso deja de ser demostrada. Además, aquel ¡Siempre! de Margarita, tan inesperado y tan vigoroso, le dejó en la imposibilidad de hallar respuesta inmediata.

 Por suerte la mazurca que bailaban terminó en aquel punto. La joven fué quien se encargó de romper el silencio.

 - Hace aquí mucho calor, dijó. Lléveme Vd. fuera del salón.

 Y ambos, pasando por en medio de las otras parejas, dirigiéronse hácia una de las puertas que daban al patio. Margarita, deteniéndose de vez en cuando, cambiaba con algunos jóvenes, ó con sus amigas, esas palabras que nada significan y que tan necesarias parecen en todas las fiestas de la buena sociedad. Con esta estratégia logró la hermosa mujer abandonar el salón, cuando comenzaba la orquesta á ejecutar otra pieza de baile, y cuando los jóvenes y las niñas acudian presurosos á enredarse en los giros de la danza, abandonando los salones cercanos al principal. En uno de estos penetraron Julio y Margarita, ansiosos de un poco de soledad y de silencio, con el deseo de entregarse á su tierno y amante coloquio, lejos de las miradas importunas.

 Isabel y Reinaldo permanecian aun en el salón. La joven no se atrevia á dar el peligroso paso, por más que no lo temiera mucho; además, no era muy práctica en eso de fingir indisposiciones, y temia fracasar en su propósito, haciéndolo tan mal que todo el mundo sospechara. Pero logró sacar fuerzas de flaqueza, y algunos minutos después que su esposo, salia del salón apoyada en el brazo de Reinaldo, que sonreia con cierto aire de triunfador romano...

 Pero en el momento en que el ambiente de la noche refrescó su rostro, en medio del abierto patio, toda su firmeza la abandonó, y algo como un remordimiento fué á herirla en el fondo de su corazón, como un aviso del cielo. Detúvose un segundo, pasóse la mano por la frente, y luego, como Reinaldo le preguntara lo que tenia, hizo un esfuerzo, su corazón fué dominado por su voluntad, y entregándose en brazos del destino:

 - ¡Vamos! dijo con acento resuelto.

 Y prosiguieron su camino, penetrando en una salita contigua al gran salón, al parecer abandonada y sola en medio del bullício de la fiesta.

 Pero, apenas traspuso la puerta, Isabel se detuvo, y toda su sangre se agolpó á su cabeza: acababa de ver, sentados muy juntos, en un arrullo inacabable, á Julio y Margarita que, olvidados de todo, daban suelta, ella á su pasión, á sus deseos él. Furor inmenso experimentó la joven; aquella escena la hizo olvidar de Reinaldo, cuyo brazo abandonó; y absorta y muda, hirviendo los celos en su corazón, no tuvo ojos más que para contemplarla, no tuvo oidos más que para escuchar aquellas frases, dichas en voz baja, como un susurro, como un cántico poético y embriagador, que hacía latir sus sienes de mujer engañada... Su esposo, ciñendo con su brazo la cintura de Margarita, mirábase en sus ojos azules como las ondas de un lago, tranquilos como ellas, y como ellas fosforescentes, cuando la luz de la luna baja á besarlas. Y ella sentía algo extraño en su cerebro, olvidaba todo lo anterior, y parecía no tener nérvios sinó para experimentar la celosa sensación que la vista de aquel cuadro la ocasionaba... Un segundo trascurrió en esa situación penosa, en esa contemplación que tanto la agitaba; luego, temblorosa de rábia, acercóse de puntillas á Julio, que nada veia, que nada oia, logrando dominarse casi por completo, dijo, tocándolo en el hombro:

 - Hace largo rato que te busco. Estoy indispuesta y quiero irme. Acompáñame.

 Y miró furiosa á Margarita que, llena de rubor, no sabía qué actitud asumir en aquella emergencia; pero ésta, sintiéndose mirada de ese modo, levantó la cabeza; y con la frente ceñuda miró á Isabel con aire de despecho y encono. Julio no sabía bien lo que debía hacer, temía el desarrollo de esa escena y el de las que seguirían, estaba algo apesadumbrado por su falta, sabida ya por su esposa, y hubiera sido feliz logrando escapar de aquella casa, de Margarita, y de Isabel también. Esta, sin cesar de mirar á la hermosa viuda con sus ojos brillantes de rábia, la dijo cortesmente.

 - Supongo que la señora permitirá que mi marido me acompañe á casa, puesto que estoy enferma...

 Y tomando el brazo de Julio lo arrastró fuera de la habitación.

 Reinaldo había desaparecido ántes de todo, sin lo cual hubiese visto á Margarita, sentarse en un sillón, llorosa de rábia, como toda mujer vencida en lid de amores.

 - El volverá á mí, sin embargo, murmuró por fin, y, serenándose, entró al salón: donde bailó toda la noche.



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VI.


 Miéntras el carruaje los llevaba hácia su magnífica vivienda, Isabel y Julio no pronunciaron una sola palabra. Él, arrepentido, temblaba pensando en las escenas en que iba á ser actor según creía: su esposa haría un alboroto insufrible, digno solo de mujeres del pueblo y hombres de baja estofa, en cuanto llegaran á su casa; sus celos, heridos, en lo más profundo, harian de ella durante semanas; pero aún meses, la más insoportable de las mujeres; pero, mirándose hasta el fondo de su corazón, sentíase culpable, y hallaba razón á su esposa, á quien había faltado indignamente...

 Ella, pensando en todos los acontecimientos de esa noche, estudiando la casualidad que la había detenido en la resbaladiza pendiente, sirviéndose para tal resultado de una falta análoga de su esposo; recordando aquella escena de amor que había ido á turbar, casi sin derecho, porque era culpable ella misma; reproduciendo en su imaginación la belleza de su rival, y el aparente amor de Julio, sentía en su corazón tal mezcla de celos, de arrepentimiento, de encono y de rábia, que sus ojos se llenaban de lágrimas, mientras sus manos estrujaban los almohadones del carruaje. Después, había sido tan rápido, tan imprevisto su modo de proceder aquella noche, que no podía menos que preguntarse si había alguna causa oculta que la empujase; y no sin cierto placer comprendía vagamente que su corazón albergaba un nuevo sentimiento, del que era causante su marido.

 Por fin llegaron á la casa; subieron la escalera, ella del brazo de él, pero sin mirarse, sin decirse una palabra, mudos, como temerosos.

 En el vestíbulo, Julio quiso separarse, ir á su habitación, dejar sola á Isabel, huyendo de sus recriminaciones; pero ella, con voz temblorosa:

 - Acompáñame, dijo, llevándole hácia el otro extremo, á aquel saloncito tapizado con papel de color de rosa, en que habían pasado tan largas horas en otro tiempo .... cuando ella creía amarlo.

 Y en cuanto estuvieron allí, sin temor de miradas importunas, la hermosa jóven se arrojó en los brazos de su esposo, exclamando entre lágrimas y risas, con frenesí verdaderamente inesperado para él:

 - ¡Oh! ¡te amo, te amo! ...

 Y luego, mirándose en sus ojos:

 - ¿No sabes? añadió. Estoy celosa, muy celosa; es necesario que me jures amarme siempre, siempre, y á mí sola; no quiero que te separes nunca de mi lado, ni que quieras á ninguna otra mujer, ¿lo juras? Sí, júralo, de ese modo seré feliz, muy feliz! ....

 Él, atónito, desconcertado, como el hombre que, bajando á oscuras una escalera, crée aún hallar otro escalón y se encuentra en tierra firme, al presenciar algo tan diferente de lo que esperaba, permanecía abrazado á Isabel, sin saber si estaba soñando.

 Por fin logró reponerse.

 - ¡Te juro amarte siempre, y á tí sola! dijo entonces con verdadero apasionamiento.

 Y ella, enamorada, enloquecida, lo hizo sentar junto á sí, y comenzó á contárselo todo, desde sus incredulidades de niña, hasta sus convicciones de mujer.

 - ¿No sabes,? añadió. Me propuse encontrar un hombre que me amase y á quien yo amara... Poco me importaba de los medios; no los busqué, no los elejí.... Corrí los salones buscando alguno á quien dar mi corazón entero, sin restricciones, sin tibiezas... Por fin los celos me lo han proporcionado, y el hombre que amo.... es mi marido... eres tú...

 Él no cabía en sí de gozo. La imájen de Margarita desvaneciase poco á poco en su cerebro, como las figuras de una linterna májica que fuese apagándose gradualmente...

 Y la conjugación del verbo eterno, del verbo amar, comenzó de nuevo en la soledad de aquel saloncito, cuyos écos no repetían desde largos meses el susurro de un beso, el arrullo de una frase apasionada.

 - ¡Te amo!

 - ¿Me amas?

 - ¡Nos amamos! ....


Asunción del Paraguay. Agosto de 1886.


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