Elementos de economía política: 26

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Capítulo VI : Del trabajo (continuación). -De la libertad del trabajo.[editar]

    • I. Estado de la cuestión.
    • II. Ejemplos de los gremios; inconvenientes de este sistema.
    • III. De la división oficial de las profesiones y del aprendizaje; bases de toda organización artificial del trabajo. -De las excepciones que comporta el sistema de libertad.

§. II. Ejemplo de los gremios; inconvenientes de este sistema.[editar]

186. Para completar nuestra refutación de la autoridad de la historia, hagamos constar que a medida que los trabajadores de los pueblos se iban emancipando, se agrupaban bajo la invocación de algún santo personaje para defenderse del pillaje; porque, según las bellísimas expresiones de M. Rossi, es preciso que nos representemos a las clases de los hombres libres que aparecen en medio de las lanzas feudales como yerbas y flores muy tiernas y delicadas que nacen entre espinas y abrojos.
Su organización tenía un objeto político y no un objeto industrial; el aprendizaje no era más que una iniciación; en el día, los trabajadores están suficientemente protegidos, y sería cuando menos una torpeza hacerles perder un tiempo precioso y gastos de administración inútiles. Después del 1789, los gremios hubieran sido una anomalía; además, nunca la agricultura ha podido doblegarse a una clasificación; la naturaleza del comercio le ha retraído de ella siempre, y aún hay muchas partes de la industria que se le han mostrado rebeldes. Por otra parte, y como contraprueba, a medida que iban cesando los peligros políticos, y que la corona, de cada vez más poderosa, pudo proteger a todos los súbditos, se hicieron sentir sordas agitaciones en el seno de los gremios. El genio fue el primero que protestó, y si se necesitasen pruebas, bastaría citar las amarguras y las tribulaciones de los inventores.
Argant, para darnos la lámpara de doble corriente de aire, tuvo que luchar con los lampareros, los alfareros, los caldereros, los cerrajeros en hierro y los cerrajeros en latón, cuyas herramientas utilizaba, no menos que sus métodos de trabajo.
Reveillon, el inventor de los papeles pintados, no hubiera llegado al fin que se proponía si no hubiera tenido bastante influjo para lograr que su establecimiento se declarase fábrica Real; de esta suerte pudo luchar, con un carácter oficial, contra las industrias y las manufacturas antiguas, que le acusaban de robo y usurpación de privilegios.
Inútil sería aglomerar más ejemplos.
187. Para llegar al nudo de la cuestión, distinguiremos dos resultados económicos importantes en el sistema de las veedurías y de las maestrías, o en un sistema análogo: la división oficial de los oficios y el aprendizaje; ahora bien:
La división oficial de las profesiones es imposible;
Y el aprendizaje es impotente y tiránico.
188. La demostración de la primera proposición es fácil.
Hoy el genio de la invención se sirve del vapor, mañana de la electricidad; aquí de la luz, allí del calórico; ya descubre nuevas verdades ya enseña una aplicación mejor de las verdades antiguas; de aquí resalta una descomposición y una recomposición constantes de las combinaciones del espíritu y de las reacciones de la naturaleza. En este estado de cosas, ¿es lícito por ventura pensar en clasificar los trabajos humanos, en poner barreras en tal o cual senda? Dejemos en libertad al genio; él domina las situaciones; él solo, ministro de la Providencia, regula el trabajo.
189. Pasemos a la segunda proposición: el aprendizaje es impotente y tiránico.
Dicen algunos que el aprendizaje es la garantía del saber del operario y de la buena fe del productor, y que preserva de la competencia.
Bajo el punto de vista de la instrucción, la libertad es un excitante más activo.
La buena fe era, con las corporaciones, menor que en el día, si hemos de juzgar por los interminables castigos señalados contra los fraudes.
En cuanto a la disminución de la competencia, cierto que es un medio muy singular de conseguirla el proscribir a los trabajadores. ¿Qué podían hacer los infelices, echados como se veían de todas las cofradías? Semejante tiranía es posible cuando hay profesiones paralas que escasean los brazos; con una plenitud universal ¿cómo caracterizarla? Pero aun cuando haya profesiones para las que escasean los brazos, ¿con qué derecho se me ha de obligar a dedicarme a ellas? Creéis que la zapatería tiene necesidad de brazos; sea en buen hora: yo quiero correr los azares de la panadería, porque esa es mi inclinación, ese es el único trabajo que me acomoda.
190. Preciso es, pues, buscar en otra parte el medio de paliar el exceso de competencia cuyas ventajas no pueden negarse; pero se ha dicho que la dificultad de aprender un oficio y de proporcionarse pan hace y haría aún más previsoras a las clases pobres, lo cual es un homenaje tributado a la doctrina de Malthus, en cuanto se confiesa la necesidad de contener a la población dentro de ciertos límites.
Fuera de que nada prueba que el trabajador artificialmente regimentado quisiese ser prudente; para que el argumento fuese válido sería preciso que todas las profesiones estuviesen perfectamente clasificadas, lo cual se ha demostrado que es imposible, y que el número de los trabajadores fuese limitado en cada profesión; porque ¿qué se haría con el excedente? ¿No hamos de dejar tan siquiera a los que sobran la satisfacción de llamar a las puertas, y la esperanza de hallar una que pueda abrirse?
191. Ahora recordemos, aunque no sea más que de paso, las simplezas que el tiempo había acumulado y acumularía aun en aquellas organizaciones artificiales. Años se necesitaban para pasar a maestro en el arte de asador [1]; el carnicero sufría un aprendizaje, y el panadero no; las mujeres estaban excluidas de ejercer el arte de bordar. Unos tenían derecho de emplear la grasa de buey, otros la de carnero; éstos tenían el privilegio del cáñamo, aquellos no debían hilar más que lino. ¡Pobres de los zapateros de viejo si invadían las atribuciones de los zapateros de nuevo! Y ¿qué sería hoy de esta industria, que tendría un elemento más de discordia en los boteros? Y ¿quién emplearía el charol y el cuero impermeable?
192. Hasta ahora no hemos tratado más que de los trabajadores; por lo que hace al consumidor, se le imponía un verdadero saqueo.
Damos por supuesto que los síndicos ejercían una policía suficiente en cuanto a la cantidad; pero por lo tocante a los precios, excusado es decir que los fabricantes nunca los disminuían. Por ahora nos limitaremos a esta observación; más adelante, cuando tratemos de la libertad del comercio, tomaremos en cuenta con más detenimiento los intereses del consumidor.

  1. Rótisseur, el que asa. En España no existe por separado tal oficio, que va unido entre nosotros al de pastelero.