Elementos de economía política: 36

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Capítulo IX : Del capital (continuación). Del capital. En monedas.[editar]

    • I. Oficio y cualidades de la moneda.
    • II. Cualidad de los metales preciosos.
    • III. Consideraciones sobre el valor de las monedas; la moneda no es ni un signo de los valores, ni la medida exacta de los mismos.
    • IV. Comparación del valor de los diferentes metales amonedados. -Monedas de cobre.
    • V. -Consideraciones sobre la forma, la composición y el nombre de las monedas.
    • VI. Del numerario.

§. I. Oficio y cualidades de la moneda.[editar]

259. Dejamos dicho (cap. V, §. III) que no siendo posible que cada uno cree todos los productos, recurrimos al cambio para proporcionarnos todo lo que nos hace falta, y que siendo casi siempre imposible este cambio directo, se empieza cambiando por moneda los productos que se poseen (y esto es vender), para cambiar luego la moneda por los otros productos de que se tiene necesidad (y esto es comprar).
260. Cuanto más civilizado está un país, mayor es en él la división del trabajo, más numerosos son los cambios y más importante oficio hace la moneda. Este oficio y la naturaleza íntima de esta parte del capital, instrumento poderoso de circulación, no han sido bien analizados sino a fines del pasado siglo por los fisiócratas [1] y la escuela de Adan Smith; y su ignorancia, que ya ha desaparecido de la ciencia, pero que todavía conservan el público y la administración, es la causa primera de una multitud de errores, de malas doctrinas y de disposiciones funestas por parte de los gobernantes y de los gobernados. No hay, pues, en nuestro sentir, estudio más indispensable que el de la moneda, cuando se quiere juzgar sanamente las cuestiones de interés material, y esta es la razón por qué conviene que examinemos este punto con bastante detenimiento.
261. Por lo que ya sabemos del valor y del oficio que hace la moneda en los cambios, fácil es ver que cada mercancía puede servir de escala o de medida común para la comparación del valor de todas las demás; de modo que puede sentarse en principio:
1.º Que toda mercancía es moneda.
2.º Y recíprocamente, que toda moneda es mercancía.
262. Pero no toda mercancía presenta una escala de valores igualmente cómoda. Para que una mercancía sea apta para servir como medio de cambio y se convierta en moneda es preciso que tenga en mayor grado que todas las demás las propiedades siguientes:
263. 1.º Es preciso que tenga una cierta utilidad, de donde resulta un valor propio, natural.
264. 2.º Que tenga ese valor, por decirlo así, estable, es decir, que le conserve para todo el mundo, desde el momento en que uno la recibe vendiendo, hasta el en que la da comprando. Es preciso, por consiguiente, que conserve, en cuanto posible sea, la misma utilidad, y que la cantidad existente, como también los obstáculos para su producción, sean siempre los mismos. Es preciso, pues, también que resista lo más posible a la frotación y a los agentes químicos.
265. 3.º Que pueda ser dividida, fraccionada de tal suerte, que se puedan comprar con ella objetos de todos valores; es decir, que debe ser de una uniformidad y de una homogeneidad tales, que cada fragmento tenga las mismas cualidades, sin que de ello resulte una alteración en el valor.
266. 4.º Que sea trasportable con el menor gasto y el menor peligro posible; es decir, que tenga un gran valor bajo un pequeño volumen, y que se la pueda encerrar en pequeño espacio.
267. 5.º Que su valor sea fácil de hacer constar por todos; es decir, que reciba fácilmente una estampa o cuño que indique ese valor a todo el mundo.
6.º De todas estas cualidades resulta una sexta: por efecto de la confianza pública, esta mercancía conocida y apreciada circula todavía con más facilidad de una provincia a otra, de una nación a otra.
268. Con todas esas cualidalides, todos los vendedores aceptarán con más gusto, en la mayor parte de los casos, la moneda que no cualquiera otra mercancía; pero esto no siempre es cierto: si un tintorero, por ejemplo, tiene necesidad de cochinilla, preferirá este producto al metálico.
269. Acabamos de hablar del valor de las monedas: dejemos bien sentado, aunque pequemos de prolijos, que el valor de las monedas no es arbitrario, y que nunca puede depender de una autoridad, cualquiera que sea, sino que es únicamente el resultado del libre acuerdo que se efectúa entre el vendedor y el comprador. Tan luego como se altera el valor de la moneda, sube el precio de los productos; esta es una ley natural; la experiencia ha demostrado que no hay poder en el mundo que baste a obligar a que se reciba una moneda por más de lo que vale, porque en este caso, o el vendedor ocultaría sus géneros, o se harían tratos secretos, o bien se estipularían condiciones que disfrazarían una parte del precio; en otros términos, el valor de las monedas está sujeto a las oscilaciones de la oferta y del pedido, y se regula también sobre los gastos de producción. Cuando la cantidad de las monedas aumenta y su valor disminuye, el precio de las cosas aumenta en proporción.
270. Sólo dos mercancías poseen enteramente la utilidad, la constancia en el valor, la divisibilidad y las demás cualidades que acabamos de enumerar; estas dos materias son desde los tiempos más remotos el ORO y la PLATA, que se designan bajo el nombre de metales preciosos. El diamante y las pedrerías se asemejan algo a estas dos mercancías; pero les falta el carácter de divisibilidad y la posibilidad de recibir cuños: con un diamante de seis mil pesos no se harán seis pedazos que valgan mil pesos cada uno. Véase en el párrafo siguiente (275) lo que se dice del platino, que por un momento ha servido de metal monetario.
271. Las monedas ideales, imaginarias o de convención, tomadas por unidades de evaluaciones medias, no se emplean sino porque expresan cantidades reales de tal o cual mercancía. Cuando el negro Mandigo, que vende oro en polvo a los árabes, evalúa todos los géneros por una medida llamada macuta, y que los viajeros califican de ficticia, es indudable que por esa palabra entiende un peso o un volumen cualquiera de oro en polvo o de alguna otra mercancía, perfectamente bien determinado en su mente en un todo como el tratante holandés aceptaba y daba el florín de banco, moneda imaginaria, con cabal conocimiento de causa, y lo mismo que en algunos pueblos se emplean todavía en el lenguaje común monedas que ya no existen, como los ducados en España, etc.
272. La historia nos enseña que varios pueblos han tenido monedas hechas con diversas materias. En las épocas en que eran raros los metales hoy más comunes, se empleaban en este uso los lacedemonios tuvieron monedas de hierro; los primeros romanos las tenían de cobre. La sal ha servido de moneda en la Abisinia (Montesquieu); el bacalao, en Terranova; los clavos, en una aldea de Escocia (Smith); las conchas, en las Maldivas y en algunas partes de la India y del África, los granos de cacao, en Méjico; y el cuero, en Rusia hasta de reinado de Pedro I. (Storch.)
Pero estas mercancías, tomadas por monedas en atención a que tenían algunas de las propiedades que acabamos de indicar, no pudieron tener curso por mucho tiempo, cuando las naciones que las empleaban llegaron al caso de traficar más allá de ciertos límites, porque eran de un manejo poco cómodo y porque, fuera de cierto territorio, no subsistían ya las razones que las hicieron aceptar como monedas.

  1. Lo mismo que materialistas.
Capítulo IX - I