Elementos de economía política: 53

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Capítulo XII : De las salidas y de los límites de la producción.[editar]

    • I. Teoría de las salidas.
    • II. Consecuencias.
    • III. De las objeciones opuestas a esta doctrina.
    • IV. De los límites de la producción.

§. IV. De los límites de la producción.[editar]

368. La consecuencia de la teoría de las salidas parece ser también que no existe ningún límite para la producción.
Mucho se ha discutido sobre este punto; pero J. B. Say ilustró la exposición del problema definiendo el producto, no solamente «una cosa que puede servir para satisfacer la necesidades de los hombres», sino también una cosa cuya utilidad vale y se vende por lo que cuesta.
Con arreglo a esta definición, conforme con el sentido común, gastar treinta reales para obtener un producto que vale veinte, no es producir, sino gastar inútilmente diez reales, y ya se comprende que un país no puede caminar mucho tiempo por semejante senda. Por consiguiente, no se produce sino cuando se recuperan todos los gastos de producción, y para esto es preciso que la sociedad, que da en cambio el importe de esos gastos de producción, halle en este acto una satisfacción suficiente. Ahora bien, hasta hoy el grado de esa satisfacción no puede asignarse positivamente, y depende del tiempo y de los lugares; luego también, si es cierto que, en principio, la producción debe tender constantemente a elevarse, es preciso que cada productor no trate de producir más que aquello que sabe que puede producir bien y vender a un precio regular.
369. Luego, en resumen, una producción prudente es aquella que se funda en las necesidades de los compradores, que comprarán tanto más cuanto más baratos sean los productos.
J. B. Say ha representado gráficamente este principio por medio de una pirámide.
Supongamos que la pirámide representa el caudal de los ciudadanos, y que la escala que está al lado representa los precios de los productos. Se ve que cuando los productos no cuestan nada 0, todos los caudales representados por la base de la pirámide pueden proporcionárselos; que a cierto precio, a cien pesos por ejemplo, un cortísimo número de individuos, que forman la cúspide, son los únicos que quieren comprarlos; y en fin, que a 125 pesos ya no están al alcance de nadie, o lo que es lo mismo, todos renuncian a comprarlos.
Igualmente puede suponerse que la pirámide representa el conjunto de las cosas que necesita una familia. Al precio de 0, esta familia podrá contentar todos sus deseos; a 100, no satisfará más que un cortísimo número de ellos; y de 100 para arriba ya no podrá satisfacer ninguno.
Cada sección de la pirámide puede también representar la porción de caudal que cada particular puede y quiere consagrar a la adquisición de un producto que se eleva a un precio determinado.
Estas cifras son arbitrarias; pero es fácil reemplazarlas con datos reales y positivos. La forma misma de la pirámide se debería modificar para que pudiese adaptarse a todas las sociedades; habría que rebajarla para representar un país en que los grandes caudales. fuesen raros; habría que combar sus lados para representar un país donde lo más general fuese una medianía de riqueza.
370. Veamos ahora de dónde proviene la carestía de los productos que limita su consumo, cierra las salidas y daña, por consiguiente, a la producción. Según J. B. Say proviene de cuatro causas:
1.º De la falta de civilización;
2.º Del atraso de la industria;
3.º De los malos reglamentos administrativos;
4.º Del exceso de población.
371. Primero: donde no hay civilización no hay necesidades, y entonces nadie hace sacrificios para comprar los productos capaces de satisfacerlos, y que siempre son demasiado caros.
372. Segundo: cuando el trabajo de la industria está poco adelantado, es también más caro, y entonces sus productos no están al alcance de la masa de los consumidores. Muchos ejemplos pueden citarse en apoyo de este aserto. Véase lo que hemos dicho de las máquinas, con ocasión de los progresos de la imprenta y de la fabricación de las cotonías; véase también lo que pasa ante nuestros ojos en las vías de comunicación; con un buen sistema de carruajes, el número de los viajeros es hoy décuplo del que era en otro tiempo; con los ferrocarriles y el vapor, el número no será cien veces ni mil veces mayor, sino que será incalculable.
373. Tercero: en el capítulo siguiente se demostrará cuánto pueden aumentar los malos reglamentos la carestía de los productos y limitar la producción, coartar el desagüe de todas las cosas y producir crisis locales.
374. Cuarto: es evidente que si la población es excesiva, agotará los géneros que están a un precio moderado, luego tendrá que proporcionárselos a precios exorbitantes. Véase acerca de esto la influencia del pedido sobre el precio de las cosas (37). Hasta llegará el caso de no poder ya proporcionárselos. (Véase el Principio de población.)
375. Queda demostrado que no hay motivo para temer el exceso de producción. Muy necesario es fijar las ideas del público en este punto, porque su opinión ejerce una grande influencia sobre los consumos que hacen los particulares y los Gobiernos. El mal que se cree sea un bien se arraiga y aumenta, y es indudable que J. B. Say ha hecho un servicio inmenso atacando esas preocupaciones con su magnífica teoría. J. B. Say, dice M. Rossi, daba pruebas de entereza y de sagacidad juntamente, sosteniendo con valor sus principios en medio de las más violentas crisis mercantiles, y cuando el público se veía apoyado en sus preocupaciones y sus errores por hombres tan ilustres como los Malthus y los Sismondi.