En la carrera: 01

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Capítulo I
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En la carrera- Primera parte Felipe Trigo


Las cinco luces ardían sobre la mesa en que se había servido, más suculento que de ordinario, el desayuno, y el carbón, hecho una grana, en la estufa. Pero advirtió Amelia (que lloraba menos) cómo entraba franca por el balcón la claridad del día, y torció la llave de la araña.

Con este lívido fulgor de amanecer aparecieron más ajados los semblantes. Gloria no se quitaba el pañuelo de los ojos. La madre sollozaba sobre el hombro del «niño», dándole consejos, y el niño, el joven Esteban, comía de un modo maquinal cuanto le habían puesto en el plato. No hablaba. No hablaban. Un ómnibus que acababa de pasar había conmovido a todos como el coche de los muertos, y otros ómnibus, que se acercaba ahora con gran estruendo de hierros y de ruedas, los aterró.

-¡Ahí está! ¡Hala, vamos..., que parecéis unas criaturas! ¡Ni que el viaje fuera al Polo! -animó Amelia levantándose, porque había parado el ómnibus. Y al ir por su marido, le vio llegar poniéndose la pelliza, y le apostrofó dulcemente-: ¡Vaya, hijo! ¡Pues ya no puedes tomar nada!

Sin embargo, le sirvió café con leche, que sorbió de pie el grave capitán de Ingenieros. Mientras, habían formado un solo grupo de llanto Gloria, Esteban y la madre. Ésta quiso que el viajero se calentase los pies antes de salir. Las criadas ayudaron a un mozo a bajar el equipaje. Y por último tuvo Amelia que arrancar al pobre hermano de los brazos de las otras, empujándole al pasillo...

-¡No, no!-repuso todavía-. ¡Que digo que no vais a la estación!... ¡Estáis asustando al muchacho!

Ella lo prohibió enérgica desde la noche antes, para cortar la escena de duelo junto al tren.

-¡Adiós!-lanzó la mamá desgarradamente, soltando el hombro de Esteban. Y deploró todavía-: ¡Ha debido acompañarle tu marido hasta Madrid! ¡Le va a pasar algo!

Y no sabían, no, que despedían para siempre en el viajero, la buena madre y la niña hermana que lo idolatraban, que le sabían tímido y tan bueno, y que habían dormido hasta esta misma noche junto a él en vecindad de bien contiguos cuartos.

A Esteban, en la calle, tuvo su cuñado que subirlo al coche, que partió con su estrépito de hierros y colleras. Un pañuelo flameó en la ventanilla...

Al restituir la atención al interior, advirtió el joven que iban señoras, dos curas viajantes... Cruzaron la Puerta de Palmas y galopaban por el puente. La mañana estaba fría, pero serena. El llevaba los guantes de algodón que le compró su madre.

Miró arriba, por el río. La densa niebla velábale en una esfumación de dibujo carbonoso los molinos, las baterías de las murallas..., el Vivero, el fuerte de San Cristóbal... Cada una de estas cosas, de estos sitios, tan vivos de recuerdos, le absorbía en nueva pasión de despedida que hacíale olvidar los demás.

El coche se detuvo entre coches y tranvías.

Pasaron al andén. Era extraña la impresión que le causaba, hoy, al que lo había visto mil veces: algo así como... «de cosmopolita», de paraje «del mundo», no de Badajoz, y por donde se podía ir a todas partes. El «rápido» esperaba en una línea. En otra, con la máquina a la inversa, el tren de Portugal. Los dos echaban humo. La máquina de este tren era más chata, y los coches más anchos, y azules. Faltaban once minutos para que el suyo partiese. Un mozo se había encargado de facturarle el baúl: y el grave y afectuoso cuñado, Ramón, a quien respetaba como a un padre, le resguardó del frío metiéndole en la fonda. Sentados cerca de una puerta, Esteban no quiso nada; y Ramón pidió coñac, por tomar algo.

Sí, sí; esta impresión que hoy le causaba a Esteban la estación, «de sitio por donde pudiera irse a todas partes»..., se le imponía; y por primera vez hacíase cargo de que Badajoz no era un aislado rincón donde él hubiera pasado preso de cariños su niñez, sino un pueblo que estaba abiertamente en los caminos de la tierra. Fuera, entre abrigos de hombres y guardapolvos de señoras que le parecían franceses, ingleses..., leía en un edificio de ladrillo, junto al cual había carabineros y guardinhas: «Aduana», «Alfandega», «Custtomhouse»... en español, en portugués, en inglés.

Entró un revisor del «rápido». Conocía a Ramón, y se sentó con ellos. Era grande y tenía una voz clara de corneta. Tomando aprisa su tazón de café con tostada, que le dejaba colgando en cada fuerte pelo del bigote la nata y la manteca, charló con el grave capitán, que siempre hablaba poco. Decía «ajos»... De pronto se encaró con Esteban.

-¿Va a Madrid el muchacho?

-Sí -le respondió el capitán.

-¿Qué estudia?

-Medicina.

-Vamos, ¡ha pasado aquí la Nochebuena!

-No. Va por primera vez. En octubre, que debió ir, estuvo malo.

-Pues, hijo, ahora, a estudiar, ¡y cuidado con el pito, no te lo vuelvan flauta!

-¿Qué pito? -preguntó el chiquillo ingenuamente.

Rióse el revisor, brutal, tragando un tercio de tostada...; y entonces, comprendiéndolo Esteban, se encendió en vergüenza, delante de Ramón. Éste se apresuró a cambiar de charla por librarle de sonrojos, y le encomendó al amigo para el viaje.

-Bueno -aceptó el revisor-, ¡pues te vas a ganar alguna bofetada si no andas como un huso! ¿Llevas merienda?

-Sí.

-Entonces..., descuida... ¡que te buscaré!

Cogió su cartera y salió.

Ramón salió también con Esteban y lo instaló en un departamento de segunda. Le hacía advertencias -por tratarse de un viajero que no había viajado sino de muy niño con su madre-: «No apearse en marcha.» «Al bajar los vidrios, cuidado con los dedos.» «Y, principalmente, debía siempre reparar si estaba o no el cristal alzado..., porque muchos lo rompían con la cabeza al asomarse violentamente para ver cualquier cosa del camino». Luego le entregó el talón, que trajo el mozo, y le regaló diez duros.

Partía el tren.

-¡Adiós! ¡Adiós! ¡Dale otro abrazo a mamá... y a Gloria, y a Amelia! ¡Adiós!

Pero ya Ramón saludaba militarmente a alguien que iría en primera, más atrás..., y en el andén se te ocultó al viajero entre furgones de vías muertas.

Un fantástico desfile de siluetas, a través de la niebla que se iba esclareciendo. Una congoja en el corazón de Esteban. «¡Adiós! ¡Adiós!», repetía su corazón, con el casi espanto de esta soledad en que ya se hundía, saludando a la torre de San Juan, a la torre del Castillo, a su casa, a su madre, a... a...

¡Sí, sí, también! ¡Oh, claro, sí!... ¡La había olvidado! ¡La había olvidado esta mañana, en su escena dolorosa de familia!..., a la pobre novia, a su Antonia adoradísima de su vida y de su alma...

Por un rato, por todo el tiempo que el tren corrió los llanos de frente a Badajoz, Esteban lo fue mirando hechizadamente..., dolidamente, con una intensa voluntad de devoción en su pesar de olvidos para ella...

Un puente de hierro, otro después, inmediato (¡los de Gévora!)... y he aquí perdida la ciudad en la niebla y la distancia. El viajero cayó sobre el asiento.

¡Esto era hecho!

No sabía qué hilos acababan de romperse entre él mismo y su pasado. ¡Qué hilos... que volvíanse magnéticos, flotando por el aire..., hacia lo nuevo, hacia lo inmenso, hacia Madrid!

¡Madrid!

Todo llega, puesto que había llegado este viaje.

Pero Madrid, el Madrid enorme, el grandioso, el tan soñado a martirios de ilusión..., era una ilusión de fuego que aún más le abrasaba con la inminencia de verle... ¡Y apartó de él el pensamiento, como de algo enconadamente cruel que enloquece o emborracha!

Ateníase al viaje, por lo pronto..., a la también bella realidad del viaje, con una perspectiva de veinte horas de tren -en este primer día nuevo, intenso, de esta intensa y nueva vida, que empezaba. Iba solo..., y lamentó que antes Ramón, puesto en la puerta, hubiera estorbado que subiesen viajeros..., viajeros tal vez... con quienes iniciar alguna aventura: «-¿Sois español?... Y a su armonioso acento, tan armonioso y puro que aún ahora sólo el recordarlo me embelesa...»

El coche estaba limpio. Los divanes, tapizados de una fría y fuerte trama gris, como de crin. Todo lo miraba y de todo se enteraba. Las perchas de red, en donde iban su maleta y su atamantas; la comba lámpara del techo, por debajo de la cual podía correrse la pantalla de resorte; el llamador de alarma; el doble juego de persiana y de cristal en las ventanillas, reforzado aún por la azul cortina que ostentaba de la poderosa compañía las iniciales... M. Z. A... ¡Todas, todas estas cosas de la especie de ambulante saloncito que tenía el prestigio de estar corriendo siempre desde Badajoz hasta Madrid y Alicante y Zaragoza!... ¡Media España! Brindábasele a quien podía pagarlo. Y la idea, al estudiante que iba a buscarse el porvenir, le produjo una honrada excitación a ser hombre de provecho...; hombre capaz de ganar lo suficiente para viajar algún día en primeras, en berlinas..., como su hermana y Ramón. Se recogió hacia adentro, espió por las mirillas del tabique: daban al departamento central del mismo carruaje; iban unos cuantos señores y dos guardias civiles. En seguida leyó las instrucciones del timbre de alarma: ¡bien, bien, esto le parecía serio! La vida empezaba a instruirle formalmente. Y se sentó.

Pero sus ojos quedaron fijos en un detalle burlesco. Alguien se había entretenido raspándole letras al letrero que debía decir «10 asientos», debajo de la percha, y decía:

«10 as...n.os»

¡Qué estupidez! Le dolió que en la solemnidad de un tren hubiera quien se dedicase a burlas de mal gusto... como en los retretes.

Hallábase azogado. Se fue a una ventanilla y bajó el cristal «cuidando de los dedos». Campos de trigo. La niebla luchaba rota con el sol encima de las llanuras verdes; pero lo dejaba todo como lavado y nuevo, con la impregnación de su humedad, y todavía flotaba espesa sobre las cañadas, sobre los arroyos. Algunos chozos y montones de traviesas, al lado de la vía, goteaban; y las ramas de unos eucaliptos, agitadas al paso velocísimo del tren, salpicaron al viajero.

¡El «rápido»! Merecíase el nombre. Corría a más no poder. Volaba. Las casetas, los terraplenes en que se metía a menudo, los palos del telégrafo, cruzaban como cosas que iban llegando poco a poco y que alguien quitase después de un puntapié... ¡Allá atrás quedaban recobradas a su inmóvil realidad junto a la vía! El suelo, principalmente a ras de los estribos, borrábase en una loca fuga de rayas; dijérase que eran los estribos los que estaban quietos, trepidando, nada más, sobre aquella fantástica escapada de la tierra.

Pero la impresión de marcha obteníala mirando hacia la cabeza o la cola del convoy. Más aún cuando la marcha amenguó, porque se llegaba a un pueblo.

« ¡Talavera! ¡Dos minutos!»

No se veía el pueblo, sólo la estación, humilde, en una de cuyas ventanas asomaba la hija de un empleado, entre macetas. Poca gente. Uno subió. Otro bajó, por los terceras. El peatón aldeano del correo cogió las cartas.

El «rápido» volvió a correr, haciéndole honor a su nombre. Esteban volvió a querer «empaparse» bien de esta verdad suya de hombre que viajaba... que viajaba. Nada de ver pasar el tren, como otras veces: iba ¡dentro! Era pues, «un viajero». Comprendió que el portugués del cuento gastase estas tarjetas: Luis Acosta, Ex Pasajero de 1ª clase do Correio D'Oporto.

¡Ah!... Oporto, Lisboa, ¡Madrid!...; no, ¡no! Tornó a separar de Madrid su pensamiento, como de una ilusión que marea, y atúvose a este feliz prólogo del viaje...

El tren, cuando se forjaba Esteban la ficción de creerlo, botando nada más sobre la tierra fugitiva, parecíale la acera de casas de una calle. Cada cual tenía su sala, su vida singular de algunas horas.

En las rectas miraba la sucesión de dorados pasamanos, la lenta oscilación lateral de los coches, en bruscos desencajes de argollas de cadena o de escamas de reptil y los jirones de vapor que, entre los bandos de espantadas alondras, rodaban y caían pesadamente a los sembrados. En las curvas veía la majestad de la locomotora gigantesca, negra, brillante, triunfal..., unas veces luciendo limpias sus bielas plateadas que agitábanse con vaivén de furia como los brazos de un loco...

Así miraban al tren de recelosas las mulas de los campesinos, los burros de los arrieros que iban por las sendas con calma incomprensible... ¿Cuándo llegarían, a donde fueran, estos pobres hombres?... ¡Oh, ni cuándo llegarían a alcanzar el tren estos pobres perros de majada que se quedaban atrás como los postes!

Otro pueblo, Montijo, grande, y lo rozaba la vía. Tras él veíase la Puebla de la Calzada, y más lejos torres y camposantos de aldeas...

-«Allí -me dijo, señalando un cementerio», se acordó nuevamente de Campoamor, cuando el tren volvió a correr.

Pero le iba dejando yerto el viento de la marcha, que le llenaba además de carbonilla, y cerró el cristal, yendo a sentarse al lado opuesto. El sol entraba ahora por aquí. Esto era una casita singular que se movía, y unas veces caíale el sol por la derecha y otras por la izquierda. Le daba rabia que no subiese nadie con él, y confiaba en las estaciones de importancia. Llevaba su guía, naturalmente, y la hojeó. Luego, por un rato abstraído en vagas ansias de aventuras, el isócrono estruendo de las ruedas le fue rimando un vals..., un vals que le escuchó en la pasada tarde a la mujer de Zacarías Collado.

Una de las tantas «despedidas» a que le llevó su madre a la vista de este viaje en regla, y creyéndole en el caso de cumplir por primera vez «etiquetas de hombre». No estaba Zacarías, y ella, Renata, la bella Renata Mir, tocó el piano. Él volvía la hoja, y al indicarle que la volviese, ella le dejaba siempre en abandono su mirada azul... ¡Esta Renata pudiera ser una «mujer de aventura»..., rica, casada con un simple, viajera impenitente!... La fama, al menos, lo decía. El no la había visto apenas hasta ayer.

Sacó el retrato de su novia y quedóse contemplándolo. El sol entraba por los vidrios y llenaba el coche de un claro y tibio calor de estufa. Sacó también un pitillo y lo encendió. Emboquillados. Íntegra aún la cajetilla, para el viaje. En la gran invitación de soledad, bajó su atamantas, se puso las zapatillas y la gorra, extrajo también el paquete de cartas de Antonia (escondido en casa con apuros), y dedicóse con toda calma a releerlas... ¡La adoraba!

En realidad, estas cartas constituíanle de ella lo más íntimo, lo más encantador. Hablarla... no había podido hablarla nunca como novio. Amiguita de su hermana Gloria, la veía con ésta en casa, pero de refilón y a escape, porque les daba vergüenza a las dos, y apenas si se atrevió a acompañarlas en San Francisco algunas tardes.

Le ensimismaron de tal modo las cartas, que no se dio cuenta de que de tiempo en tiempo paraba el «rápido» en pequeñas estaciones... Jamás saboreó con tal reposo la grande idealidad de este amor, en su conjunto. Quería a Antonia..., como a su misma hermana Gloria... Y le llamó la atención otra estación donde había una fábrica de harinas. Se asomó. Eran hermosos edificios rodeados de jardines: Aljucén. Dos señoras, del tren de Cáceres, subieron al compartimiento contiguo. Las miró por la mirilla. Una rubia guapa. Otra, la mamá. ¡Esto se animaba!... Si pronto no viniese alguien con él, se mudaría con las señoras. Las cartas, desparramadas por el asiento, tacháronle de ingrato... «No, no; era... una ansia..., un afán sin forma, ¡de viajero!» Y al partir el tren miró la guía, leyó que distaba Mérida muy poco, y recogió las cartas y las guardó en el bolsillo, con el fin de ver los acueductos...

Bordeaban el Guadiana. Había molinos, encinas, toros, chopos y sauces en las riberas. El sol esplendía sobre su triunfo de la niebla en un paisaje idílico. Desde un prado de esmeraldas, tres grullas miraron al tren. Junto a un paso a nivel desmandóse en dispersión un hato de carneros. Y el tren, el «rápido», seguía... veloz, triunfaba, imponente... Pitaba y no cesaba de cruzar alcantarillas. La histórica ciudad surgió detrás de un enorme puente de hierro de otra línea. Cruzó el «rápido» otro puente de hierro, al lado del puente de piedra de un arroyo, y aún Esteban vio admirado otro gran puente lejano... como si fuese Mérida la ciudad de los arcos y los puentes. El viajero iba de un lado a otro del coche, para no perder cosas nuevas. Un acueducto romano, huertas, alamedas, la estación y otro acuerdo romano, más allá, y uno árabe. Bella y blanca, Emérita Augusta, coronábase de torres y palmeras; sus casas próximas, alineadas ante una extensa tapia que pregonaba anuncios industriales, eran depósitos de comercio y rientes hotelillos rodeados de verdor...

Bajó el viajero, se perdió por el andén entre la gente y las carretillas de equipaje, y compró periódicos y una moneda de Nerón en el quiosco. Ante la fonda recreóse contemplando a las damas. Al tornar al coche, con su súbito recelo de que le hubiesen robado la maleta, encontró que dos señores acababan de subir. ¡Menos mal!..., aunque hubiese preferido compañía del sexo débil. Saludó y se puso a esta ventana donde daba el sol nuevamente.

Un tren partió hacia Andalucía, otro hacia Cáceres; y luego el «rápido». Vio las ruinas del Hipódromo, al pasar. Sacó la cajetilla, con la delectación de otro cigarro, y... ¡oh!, ¿cómo fue?..., se le cayó, botó contra el estribo, rodó por la cuneta... ¡Sus emboquillados!... ¡Su única provisión de tabaco para el viaje! ¡Habría fumado al sol tan ricamente!... Tardó poco de entrarse. La vehemencia de sus antojo por fumar le atormentaba, y confióse en los viajeros, que habían visto el percance.

Pero, ¡nada!... Hombres de negocios, charlaban en un rincón, revisando planos y papeles. Esteban miró el Nuevo Mundo, y después El Imparcial, y después El Liberal comprados en Mérida. Admirábase de cuán poca curiosidad les inspiraban él y el paisaje a estos señores. Debían de ser ingenieros..., o más bien ayudantes, sobrestantes..., juzgando por su ropa. Sufría de no poder averiguarles esto y sus nombres. El les diría de buena gana que iba a estudiar... ¡a Madrid! ¿Habrían estado ellos en Madrid?... De su conversación dedujo que iban tan sólo a Castuera.

Lo peor es que se ofrecían sus petacas mutuamente, sin brindarle. Una hora, dos horas de martirio para el joven. Pasaban pueblos, y hasta grandes, como Don Benito y Villanueva, y comprobaba que no vendían tabaco.

Si no fuese el revisor amigo de Ramón, le habría pedido.

¡Qué lástima! ¡Él, que con un sol tan dulce y un cigarro iría haciendo observaciones tan curiosas! Por ejemplo, estos campos y sus gentes, muy distintos ya de los de Badajoz, y que le daban una honda emoción de distancia... de lejanía de sus cosas y su tierra... Ahora, con los borricos, si quisiesen ir a Badajoz los arrieros, tardarían... un mes. Se perderían, además, en estos encinares. Porque desde mucho rato, marchaba el «rápido» entre dehesas, entre montes, con su rauda firmeza de acero y de vapor. Las cosas y los árboles cercanos escapaban hacia atrás, siempre hacia atrás..., mientras que los que estaban lejos y unas azules sierras con que se cerraba el horizonte aparentaban perseguirse en una galopada quimérica y en igual sentido que el tren; esto le daba a la campiña un aspecto de inmensa ola volteadora.

«Las doce», vio en la estación de Magacela. Sacó su reloj y le corrigió tres minutos, por el gusto de llevarlo exacto. Toma de agua. Cruce con un mixto. El pueblo estaba increíblemente encaramado en la cúspide de un monte.

Pero en media hora más volvió a cambiar el paisaje. Tierras áridas, de canchos. Charcos y manadas de cerdos. Los pueblos, del mismo color terroso y sucio de los cerdos, distaban mucho unos de otros. De Campanario a Castuera transcurrió una eternidad entre silbidos y lamentos y como fatigas de la máquina. Y en Castuera se bajaron los dos señores... sin saludar. Junto al caserío de tonos de arcilla veía tinajas... En los vagones, tinajas... y al lado opuesto, minas de plomo (según la guía).

-¡Auh! -ladraba la gente para hablar, con un armónico sonete.

Esteban, contrariado, un poco defraudado por el viaje, que empezaba a fatigarle, y a pesar de la grande emoción de país lejano que le metían en el alma estas gentes, no pudo menos de recordar a Campoamor, irónico para con su mala estrella: «Al arrancar el tren subió a mi coche...»

Y arrancaba el tren en verdad y subió a su coche el revisor hercúleo, riéndose y diciéndole:

-¡Vamos, hijo! ¿Qué tal vas? ¡Ya te he visto formalito! ¡Eso es bueno!... Conque... ¡saca la merienda! ¿No hay hambre?... Recontra, ¿como tú trajeses mi faena! Arsa, ¡a comer! Yo me vuelvo en el correo desde Almorchón, ¿sabes?

Porteaba un gran frasco de vino. La comida fue excelente. Pollo, jamón, tortilla, carne mechada, chorizos, pasteles, queso, higos, camuesas... «Pero, tú, ¿vas a Madrid o a Pekín, hijo del alma?», admiraba el revisor, devorando como un buitre. Y le dio seguidos tres disgustos: uno, a decirle, a preguntas de él, que... «¡qué suero iba a tardarse un mes, en burro, desde aquí hasta Badajoz!... ¡Un día! ¡Si se creería éste que iba ya por las Quimbambas!»...; otro, decirle... «que este 'rápido', aunque así le llamaban por bambolla, no era 'rápido' ni música..., correo mixto, por clasificación oficial... ¡y que se asomase, si no a ver las jaulas de borregos!»...; y el tercero, en fin, ¡que no fumaba! ¡Adiós, pues, cara ilusión de un cigarro para postre! El buitre, agradecido, hubiéraselo brindado, aun sin pedírselo él.

El último trago fue en las agujas de Almorchón. Recogió el revisor su botella, se limpió en unos papeles, y dejó el coche perdido de huesos y de pringue... Las tres de la tarde. Esteban vio bajo la marquesina..., ¡oh, sí!..., ¡que vendían tabaco! Compró dos cajetillas, y se metió en la fonda, encendiendo con ansia un cigarro para tomarse un café. Las mesas se llenaban. Había señoras.

Cuando volvió al coche, comprando de paso el Heraldo y la Semana Ilustrada, se asombró; lleno: siete cazadores y tres perros. Entre mantas, escopetas y cananas, se acomodó como pudo.

-¿Le molestan a usted estos perros, señor?

-¡Oh, no! -le respondió finísimo Esteban al finísimo cazador que le dirigía la palabra.

Eran gentes de fuste de Sevilla -acababan de llegar por el tren de Bélmez-. Se conocía, no sólo en esta libertad, tomada del conductor sin duda, para llevar perros en segunda, sino en sus buenos trajes de campo. En nueva disculpa afirmáronle «que iban cerca, a Los Pedroches... y que por eso permitíanse molestarle con semejante invasión». Pero Esteban, aunque estrecho, se alegraba. Esto matizábale ya un tanto el viaje. Uno resultaba marqués; otro, duque... y les acompañaba un torero: el Bombita. Por atenderles a su conversación pintoresca, no atendía apenas al paisaje, bello otra vez, de sierras de encinas.

Pasado Cabeza de Buey -donde todos admiraron la estación, llena de lindas muchachas- y un túnel, les empezó el anochecer, entre montes. El duque, el marqués, el Bomba y demás amigos hablaban de mujeres. El coche se llenaba de humo, y a los canes tenían que darles patadas con frecuencia..., pues no dejaban de molestar entre los pies, buscando huesos, royendo huesos. «¡Corci, ni que hubiese aquí comido un escuadrón! ¡Y qué puercos!», se lamentó el Bombita, quitándose de la polaina un pellejo de chorizo. «¡Sí -apoyó Esteban, rojo como un pavo-, vino una familia de un pueblo antes... que comió!» Y todo lo siguió soportando con paciencia, horas y horas, entre los montones de mantas y encogidas las piernas sobre un perro. Al despedirse estos señores, le dejarían dormir, tras de haberle dicho, en mutuos ofrecimientos amistosos, de qué era marqués el marqués y duque el duque... Quizá le diesen tarjetas, el Bomba también, ¡el gran Bomba...!, que él mostraríales en Madrid a los paisanos...

A las diez, en fin, pudo estirarse. En Los Pedroches bajaron los aristócratas, saludándole con leves cortesías. Entre los aristócratas y los perros habían acabado de dejarle el coche hecho un asco, de meadas, de cerillas y colillas. Sacudió un asiento y se tumbó, protegido de una manta contra el frío. No podía dormir; pero aburríase de no ver fuera, por la oscura noche, más que la reflexión de la mortecina candileja en los cristales. El golpeante fragor de la carrera volvía a rimarle el vals de Renata Mir.

Una excitación erótica, que aun, así de espaldas, aumentábanle el tren, la trepidación, el insomnio..., el haber comido y fumado mucho. Se la iniciaron vivamente, en verdad, los sevillanos, con tanto hablar de bellezas y queridas. ¡Ah, si Sevilla era esto, de lujos y mujeres..., qué no sería Madrid!... Renata iba con él, en cálida imagen; y no su novia, su Antonia, su ángel adoradísimo de ilusión y de poesía, una vez disipado el campoamoriano ambiente de este viaje. ¡Le había mirado Renata Mir de un modo!

¡Madrid! ¡Madrid!... Oh, ¡Madrid!

Se le pintaba, ya no lejos, con un prestigio... «que le dolía en el corazón». Bien se merecía este largo viaje que iba volviéndosele molesto. Ya no sentía más deseos que... ¡llegar! ¡Y quedábanle tantas horas de la noche!...

Pero Madrid había sufrido una trasfiguración en la mente del viajero. Por culpa de las románticas novelas que él leyó, apareciásele como una ciudad fantástica llena de castillos y situada en una altura... Una ciudad de fastos principescos y de amor, con guante y con espada... «¡Calle de Fuencarral!»... Soñó algunas noches que iba por ella, y que encontraba al «vizconde de Rudaguas con el barón del Destierro, con sus capas y tizonas... buscando dónde batirse». Ahora, en cambio, por culpa del Bomba y del duque y del marqués, se le representaba como un emporio de vicio y de riquezas, donde estuviesen todas las mujeres de postal.

Y temblaba, con el mismo santo horror, lleno de hechizos, que habíale hecho temblar en las tres o cuatro veces que le llevaron a niñas los del instituto. Era un temblor honrado de remordimiento y de vergüenza, pero tan delicioso..., que en esta soledad y en este desamparo del tren y de la noche se dedicó a rememorar aquellos lances.

¡No, no, aquí no podrían llegar a turbarle tal meditación las sombras puras de su novia, de su hermana Gloria, de su madre!

Una, la primera..., se llamaba Olvido, y le había costado una peseta. Otra, que le costó dos, Martirio, y con Martirio volvió a los cuatro meses. La última, ¡oh, la última!, de ella recordaba más, porque fue en septiembre, y hubo su poco de juerga. Piedad. Se reunieron tres, y tres mujeres. Cada uno puso la mitad de lo que les habían dado en sus casas por el sobresaliente del grado. Porque fueron los tres sobresalientes, buenos chicos... Cita en el puente. Después..., cantina de la estación...: vino..., escabeche..., pájaros fritos..., una guitarra..., ay... aay... aeay... yayay... Tiro de piedras por la calle y ar que le dé que perdone...

El tren botaba, volando, silbando..., rimándole con su estruendo golpeante los «flamencos» cantares de la juerga con flamencas...

Ay... aay... aeaeaeay...

Tres horas más tarde, cansado de oír nombres de estaciones, agotadísimo sobre las duras crines del asiento, también botaba el tren, también volaba silbando..., pero rimándole al viajero, en una especie de vago dormitar, una especie de gran reacción saludable de toda su buena alma abierta a las caricias de su madre, de sus dos hermanas, ¡de su novia!...

«Seré formal, muy formal -iba pensando-. Me juntaré más con Luis Cerrato, que es el mejor. ¡Él no hubiera ido nunca a aquellas cosas! ¡Ya se sacrifica mi madre bastante, al darme la carrera, para que yo no lo sepa agradecer!...»

Y encogía los pies de vez en cuando, porque los estiraba, en la otra mitad del asiento, uno de los tres viajeros entrados en Ciudad Real, y que dormían aquí como en la gloria. Roncaba otro de un modo tan descomunal, en el compartimiento inmediato, que oíase muchas veces, no obstante el tabique, y en plena marcha del tren...

-¡Qué bárbaro! ¡Qué manera de roncar!... ¡el tío!...

«¿Sois español?», y a su armonioso acento...


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Abrió los ojos, porque la luz y el frío del alba le entraron por la portezuela. Subían al coche dos damas muy guapas, muy blancas, muy bien portadas de abrigos y sombreros. Esteban se incorporó y recogió su manta, dejándolas asiento, porque los otros viajeros dormían como benditos. Se arregló las mechas del pelo y la gorra. Si a él le habían visto en el sueño con la cara idiota que a los otros, pálidos, con las bocas abiertas y llenos de carbón, no debió serles agradable. El coche parecía una ambulancia de muertos, todo sucio y en desorden. Alguno había vomitado o vertido vino por una ventanilla, y veíanse los chorretones secos en el polvo del cristal... Las señoras, en pie, cuchicheaban y reían..., apartando en el suelo del vagón, con sus delicadas botas, los restos de huesos y papeles pringados de la pantagruélica merienda...

Pero... ¿cómo que... Getafe?... ¿Getafe?... ¡Se lo estaba oyendo a las señoras!

-Perdón, ¿es Getafe donde estamos?

-Sí, señor -le respondió una de ellas.

¡Luego hallábanse a minutos de Madrid! ¡Luego él se había dormido profundamente! Púsose en pie de un salto. Creyó que iba a faltarle tiempo para envolver en el atacapas sus zapatillas, su gorra, su almohadilla, su guía..., ¡tanto chisme! Y, sin embargo, lo dejó arreglado en un momento. La charla de las damas despertó también a los demás, que se levantaron bostezando... ¡Qué caras!...

Llanos fuera del coche. Sembrados miserables. El «rápido»..., ¡bueno!, el correo mixto, volaba según iba acercándose a Madrid. Otro tren, en otra línea, apareció a lo lejos, también a escape. Era de coches enormes, con una locomotora rara y colosal... Algún exprés. Esteban deploró que teniendo otras provincias estos trenes, la suya, únicamente, por todo lujo, tuviese un correo mixto.

La galantería habíale hecho quedarse en medio del vagón, por cederle la ventana a las señoras; y como además iba de espaldas a la marcha, no veía aquel Madrid que ya tal vez se divisase.

-¡Villaverde! -otra parada. La última.

A partir de aquí, corrieron unos campos raquíticos, de huertas, y empezaron a dejar a uno y otro lado, algo después, talleres y coches parados... Coches, muchos coches por muchas vías. Máquinas, furgones, grúas... Más talleres y más coches... Algún que otro edificio suntuoso a distancia..., y el «rápido», el... (¡bueno!), se metía debajo de una ciclópea techumbre comba de hierro y de cristal, donde aún lucían muy blancos contra la luz rosa de la aurora los voltaicos focos, y donde ocho o diez trenes parados cabían en la inmensidad de andenes y de vías como juguetes... Unos cientos de personas que no constituían, sin embargo, más que un perdido y silencioso grupo en la hermosa, en la limpia estación de maravilla, acudieron al correo de Badajoz... Esteban iba ya en la portezuela. Parecíale que Madrid le recibía por una catedral de luz... Buscaba a Cerrato con los ojos... ¿No habría venido a esperarle?... Dos uniformados mozos le abordaron..., y entonces, ya en el andén, vio al amigo y compañero.

-¡Hola, Luis!

-¡Hola, muchacho! ¡Esteban! ¡Demonio!

Se abrazaron. Echaron entre la gente, tras la carretilla de los mozos. Cerrato le aconsejó a Esteban que se abotonarse el gabán, no fuesen a robarle... El aturdido viajero se abrochó, comprobando al tacto su cartera de billetes, y a un tiempo mismo preguntaba por los paisanos y lo miraba todo... Se parecía a una hormiga, bajo esta diáfana grandeza de estación. Salieron, y quería no perder de vista al mozo de equipajes... Pero Cerrato le metió en un coche de punto, a esperar, y confió en el mozo, mientras éste sacaba el baúl, con sólo tomarle el número.

Diez minutos después, corrían rampas arriba para desembocar en Atocha. Esteban sufrió el asombro de nuevas maravillas: la estación por fuera, el Ministerio de Fomento, el Botánico..., la espaciosidad del Prado llena de jardines... El asfalto, sobre todo, le chocaba; una fisura de espejo, pues, este piso de Madrid, mojado ahora de rocío... Las gentes, por otra parte, las mujeres, iban muy peinadas y compuestas al salir el sol; en Badajoz no se veía a estas horas más que despelujadas criadas a la compra... Luego, en el trecho del Museo al Banco de España y la Cibeles, que tornaron a asombrarle, reparó un momento en el cambio de Cerrato, que antes ya habíale sorprendido: blanco, muy blanco, igual que todas estas gentes de Madrid, incluso los cocheros...; llevaba guantes nuevos frambuesa, y las botas como acabadas de limpiar... ¡Parecía mentira! ¡Un muchacho casi sucio en Badajoz... y apenas con tres de Corte! Oh, sí, sí... pero el abrumo de suntuosidades se le impuso de nuevo la calle de Alcalá, a partir del Banco y del Ministerio de la Guerra. Derivaron pronto a la derecha por la del Caballero de Gracia, hacia la de Jacometrezo... Y ésta sólo pudo admirar a Esteban por la altura de las casas, que lo parecían más con sus seis pisos e innumerables balcones en la estrechez tortuosa.

Lo que ya no le gustó, francamente, fue el portal de la en que entraron..., tras haber visto tantísima magnificencia. Menos aún la escalera, y más que menos el pasillo del principal, abierto por la patrona, y que olía... a coles cocidas. Salváronlo a tientas. Doña Rosa (la patrona) tenía reservada para él la habitación del gabinete: en otra cama... (pero ¡qué peste a coles cocidas!) dormía Eduardo Mesonero Romanos, como un lirón. Mientras lograban despertarle, doña Rosa le explicaba a Esteban que «la peste era del gas... porque lo había en la escalera». Eduardo mal despertó, por fin, y saludó con jovial modorra al llegado...

-Mira. ¡Acuéstate!... ¡Ya hablaremos a las dos!... Anoche, ¿sabes?..., ¡anduvimos de jaleo!

Luis se llevó a Esteban a los cuartos de los otros. Camas a pares. Jaime Fagoaga con Morita («un chiquillo muy resuelto que estudiaba para ingeniero, valenciano»); Luis Cerrato con la Burra, junto al comedor, y únicamente, en el pequeño dormitorio de la sala, Antonio Mazo estaba solo. Despertaban todos con gran dificultad. La Burra, ¡la pobre Burra!, sí se conservó despierto, porque iban a dar las ocho, hora de clase.

-Bueno, hombre..., ¡hoy no! Tú irás desde mañana. ¡Vendrás cansado! -le aconsejaron a Esteban, mientras tomaban los tres el chocolate.

Y como era cierto; como había dormido poco en esta noche y nada en la anterior, en cuanto salieron Luis y la Burra, se volvió al cuarto que habíanle designado y se acostó, procurando no volver a despertar a Eduardo.

Venía rendido y penetrábale este frío fino de Madrid hasta los huesos. Exageraba su devoción, queriendo asistir desde ahora mismo a San Carlos. Pero..., ¡reconcho!, ¡qué peste esta del gas... a coles!... Y la cama era estrechita, la alcoba era pequeña, el gabinete, así, así... Echaba bien de menos las holguras de su casa... A los pies, y a modo de edredón, se puso el gabán y la chaqueta.


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