En la carrera: 02

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Capítulo II
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En la carrera- Primera parte Felipe Trigo


A las doce le despertó una estruendosa música veloz como de piedras. Fue al gabinete y miró por la entreabertura del balcón: era un piano de manubrio. Se vistió, respetando el sueño de Eduardo, en esta alcoba, y el de los demás en las demás, y almorzó solo y salió sin compañía. Iba a telegrafiarle a su madre la llegada. La precisa dirección del telégrafo se la había dado doña Rosa, quien le advirtió también que «por una peseta podría volverse en coche desde cualquier parte, en caso de extravío»...

Lo primero que le volvió a chocar fue la altura de las casas. Luego, la gente y las enormes lunas de las tiendas. Bien pelados los hombres, bien peinados y con impecable pulcritud en los cuellos y las botas. Las mujeres, muy blancas, lucían, jóvenes y viejas, cuerpos airosos. En Badajoz, fuera de un pequeño grupo que tenía fama de elegante, solían verse bigotes sin rizar y barbas descuidadas. Es decir, que aquí todos los hombres eran elegantes, y que llevaban corsé hasta las verduleras. Se fijó; incluso dos o tres jóvenes muy flacos y con raídos gabancetes de color indefinible lucían cuellos de brillo y las botas rotas charoladas; debían ser poetas, escritores...

En la Red de San Luis le pasmaron la grande animación y los tranvías eléctricos, unos tras otros. Los de Badajoz, chicos, de mulas, y con tres o cuatro viajes al día desde San Juan a la estación... Pero ¿por qué tanta gente?... Viernes hoy; nada de domingo ni de fiesta. Imposible dar seguidos cuatro pasos. Creyó reconocer a uno de Badajoz. En la Puerta del Sol, que recordó de las postales y que le pareció pequeña, creyó reconocer a otro de Badajoz. ¡Y no! ¡Falsos parecidos!

Un guardia le indicó la bocacalle de la Paz. Puso el telegrama y regresó hacia la Puerta del Sol, metiéndose en un café para escribirle a la novia.

-¿Quiere el señor...?

-Café. Y dos cartas.

Tratábale cortés el camarero, aun siendo casi como el revisor de gordo y grande. «El señor...» Y doña Rosa habíale llamado «don Esteban». Buena educación, los madrileños. En Badajoz le decían de tú los del billar del Suizo. En Badajoz, aun siendo buenos los cafés, no había ninguno como éste... Paredes, techo, todo lleno de espejos y pinturas modernistas.

Le fatigó la manía de ir refiriéndolo todo a Badajoz y comprobó, en seis diversos espejos, que su aspecto no era de chiquillo. Poco menos alto que Ramón y sombra de bigote. Diecisiete años cumplidos en octubre.

Ya tenía delante la carpeta.

«Mi Antonia idolatrada: Lo primero que hago en Madrid es escribirte. Tu alma...»

Se interrumpió. Arregló el café, de azúcar, y encendió un cigarro. Debía escribirle una de aquellas cartas que volvíanle loco el corazón, y sentíase poco firme la cabeza, en una especie de vértigo. Hallábase Antonia acostumbrada a las bellas frases ideales. Nunca se hablaron como tales novios, era verdad, por vergüenza de ella y por la madre; pero les dejaba ésta escribirse, y en tanta carta, él iba siendo un maestro en decir cosas bonitas.

-«Tu alma, vida de mi vida...» Volvían a distraerle las ventanas. Una barbaridad de gente. Optó por enviar hoy a Antonia, y a su casa, seis líneas de saludo. Y pagó después, y salió a la calle.

Echó las cartas en un estanco.

Los paisanos debían de haberse levantado. No obstante, prefirió vagar solo por Madrid, recibiendo en la plena libertad de su emoción las impresiones. Total, una peseta de coche, si se perdía.

Iba lo más de la gente hacia la calle de Alcalá (cuyo rótulo leyó frente al café) y se acopló, con el mismo lento paso, en esta dirección. De puro querer ver no veía nada. Coches, tranvías, automóviles..., letreros por todas partes, palacios... En cuanto reparaba en la gente, creía que algunos eran de Badajoz... La sensación de soledad lo desolaba. No conocía a nadie..., absolutamente a nadie, de tantos miles de personas. En cambio, placíale ir reconociendo algunos edificios: la Equitativa..., el Banco..., el Ministerio de la Guerra...

Embocó por Recoletos, siguiendo el mayor aflujo de viandantes y de coches. La tarde estaba fría, despejadísima. Las distancias envolvíanse, al sol pálido naranja, en una neblina singular, que lo velaba tenuemente. Una chimenea del Ministerio soltaba el humo en recta ascensión al cielo. Magnífico todo este paseo, con sus múltiples hiladas de grandes árboles, con sus anchas calzadas entre ellos, con sus monumentos de mármol en las glorietas... Y nunca se acababa. No tenía fin. Lo bordeaban palacios que se perdían en sus verjas y jardines. El de la Biblioteca creyó Esteban que fuese el Real. Una hora después, junto al Hipódromo, pensó que no, que el Palacio Real sería este otro de tantas escaleras. Un guardia le enteró: «Palacio de la Exposición, y el grupo Isabel la Católica.»

¡Qué correctos los guardias! Le dio las gracias.

El sol acababa de ponerse.

Y como la gente y los coches volvíanse desde allí, él también emprendió por las mismas interminables avenidas el retorno.

Impresionábale Madrid hermosamente, pero con una espléndida realidad moderna y ancha de hermosura, que aveníase mal con su ensueño novelesco. ¡Las novelas y los cuentos de su madre le habían hecho un romántico! Con el caer de la tarde, arreciaba el frío, este fino frío tan... «refinado». Por eso estarían tan encarnadas y lindas las mujeres. Tan frescas -como conservadas en carámbano-. La sensación era así, tal que, a no estar muertos, debieran entre el hielo sentirla los pescados que vio en las pescaderías. Cuando volvió a encontrarse en el monumento de Colón, encendían las luces. Un derroche, en fantasmagoría muy bella. Filas de focos por en medio, sobre el rápido hormigueo de coches y automóviles. Filas de manojos de farolas esplendentes, en el verde del ramaje, que cobraba translucencias de esmeralda. Colmándole el número de trenes raros que había visto defilar, tal que eléctricos landós que parecían cortados de sus troncos, cestos con jaquitas como cebras, tílburis guiados por mujeres y hondas victorias con damas y perros más feos que Carracuca..., vio otro en que iba dentro el señor, y guiando detrás y por encima el lacayo. Respiró frente a la Cibeles, con el orgullo de haber sabido no perderse. Sentía cansancio y hambre; mas no tomó tranvías, por completarse este triunfo de llegar a casa a pie y sin preguntar. ¿Habría andado esta tarde cuatro leguas?

Los paisanos, ya en la mesa, le recibieron en grande fiesta de cariño. Se le presentó a Morita el valenciano; estudiante de Caminos, una especie de bebé rizoso y rubio que pellizcaba a Margot, la criada, ganándose sopapos. La cena tuvo una animación de pajarera. Se hablaba de actrices, de «niñas»..., y se nombraba cada cosa por su nombre. Esteban hallaba a éstos muchísimo más descarados que en la taberna misma de Prudencia, en Badajoz. Planeó acostarse pronto, imitando a Cerrato, y la Burra, con el fin de madrugar, y el bando de «informales» le arrancó de casa. A la Burra también. Solamente se quedó Cerrato, que era incorruptible.

-¡Hombre, bueno fuera que no salieses la primera noche! -decíanle a Esteban.

-Sí. ¡Y yo salgo por ti! -añadía la Burra.

Le enseñaban cosas. Calle de Jardines, ¿eh?... Calle de la Aduana, ¿eh?..., nenitas y Academia de la Lengua... Poco a poco iría aprendiendo. En la Puerta del Sol cruzaron por el medio, entre la bable de carruajes, sin más que por observarle a Esteban su recelo de ser a cada instante atropellado. Ellos sorteábanlos con agilidad de madrileños-¡Eee-eh!-. Nada, rozándoles. La Burra, sobre todo, era en esto sorprendente. Un eléctrico le tocó los vuelos de la capa, como un toro tomado a la navarra. Sin embargo, al tercero de estos lances con otros coches, un landó, de puro querer «ceñírselo» la Burra, le cogió el talón con una rueda... Creyéronle lastimado..., ¡no, por milagro!... Le había descosido y medio arrancado el tacón, nada más... Y tuvo que seguirlos, por la acera de la calle de Alcalá, renqueando..., porque el tacón lengüeteaba. Los otros reíanse, como siempre, de la Burra, recio, peloso, torpón, y queriendo lucirse de titiritero con tal garbo. La Burra, como siempre, sonreía.

Todos querían saciar la curiosidad provinciana de Esteban. «¡Mira: el Universal!» «¡Mira: la Montaña!» «¡El Colonial!» «¡El Ministerio de Hacienda!»... Bajo la explosión luminosa de unos focos tiraron de él. Cervecería de Candela. «¡Vas a ver camareritas, hombre!»

Temprano aún, había poca gente por las mesas. Pidiéronle cinco cafés a la Juana, una muchacha como un hechizo, que les sonrió los piropos. Las otras enfilábanse sentadas junto al mostrador. Si una linda, otra más linda..., ¡rediez! Eduardo, Morita y Fagoaga sabían sus nombres: Amalia, Petrita, Carmen, Enriqueta... Nombres honestos y sencillos, como ellas, pensaba Esteban, y no como aquellos pestorejos de Olvido y Martirio y Piedad que le parecieron en Badajoz divinidades. Sus cuerpos creeríanse irreprochables modelos de corseteras para lucir primores de blusas y de encajes. Una batería de barbianas. Ahora sí, en lo de la honestidad (supuesta por la frescura de flor de sus rostros) fue en lo que tuvo que rectificarse Esteban: al volver la Juana con los cafés, Morita le dio un pellizco a cambio de un codazo. ¡Y la rectificación no pudo menos de alegrarle, por cuanto significase para él propio el posible trueque de aquellos pestorejos... con estas maravillas!...

-¿De modo que... Juanita y todas ésas...? -se informó.

-¡Claro! -le dijeron-. Tienen líos..., novios...

Sí, sí; comprendía Esteban que su miedo y sus reparos con las chais de Badajoz no le acosarían con cualquiera de ésta que quisiere ser... su novia. Por lo pronto, advirtiendo que Juanita, la más guapa, estaría tal vez copada por Morita o por alguno de éstos, púsose a elegir en las de enfrente. Se decidió, en intención, por una rubia... Pero, ¡demonio, quién podía elegir... si al levantarse otras dos le vio, a una, una pechuga, y a otra, unas caderas modernistas que despatarraban!

La sala iba llenándose. Eduardo, Fagoaga y Morita, en calidad de parroquianos, conocían de vista a muchos. La Burra, no -lo que le tenía chafado ante Esteban, y aun forzado a compartir la admiración de éste hacia los conocidos nombres que iban diciendo los demás-. «Mira, aquel de la cadena gorda y los brillantes es un jugador.» «Aquél, Niceto Pérez, campeón ciclista.» «Aquél, un novillero, El Mangas.» «Además, algunos famosos, en una peña de artistas que se fue formando a cosa de las diez.» «¿Ves?... Aquél es Valle-Inclán, y el que está a su lado, Romero de Torres, el pintor.»

-Sí, hombre sí, Valle-Inclán, ¡el de las gafas! En Fornos, luego te enseñaremos a Dicenta, a Tovar, el de los monos... que suelen ir.

-¿Y Jacinto Benavente?

-¡Ah, ése! ¡Le verás en Lara! ¡Le hacen salir cien veces cada noche!... ¡Qué bárbaro es!

Las camareras andaban ya dispersas entre la gente y el humo. Juanita no volvió a hacer caso más que de un señor gordo que había ocupado con otros una mesa. En cuanto servía a los demás, volvía, y charla que te charla con el gordo. Explicáronle a Esteban: un millonario de Cabra, que andaba detrás de Juanita; con sólo fijarse, notaría que iba convidando a cuantos llegaban, que pagaba con un duro cada vez, y que dejábala la vuelta. Decíase que llevaba así dos años, y que le estaba ya la dichosa Juana, sin haberla tocado «ni al pelo de la ropa», por seis mil duros. «¡Coba que se traía la niña!»

-¡Cómo! Pero... ¿ella?

-Ni esto. Igual que las demás. ¡Bobo! ¿No ves tú que su interés está ahí, en chupar de las propinas? ¡Mientras haya memos! ¡Ya que le cayera a cada una uno como ése!

Esteban sufrió gran decepción viendo cómo evaporábasele «su rubia» en tal competencia fabulosa de propinas. ¡Bien estas mujeres habíanle parecido guapas de más para estudiantes! Y lo que no comprendía era que sus paisanos viniesen a verlas con tantísimo entusiasmo... ¿Para qué?

-¡Zamacuá! -oyó que le decía la Burra vivamente, metiéndole por el ijar un codo.

-¿Qué?

-¡Zamacuá! ¡Que ése es Zamacuá! -apremió la Burra, para él y para todos, radiante de poder mostrar una persona conocida.

Cruzaba un señor alto, guapo, afeitado... El autor de El payaso inimitable, y Fagoaga y Morita y Eduardo tuvieron que romper en carcajadas.

-¡Ganso!... ¿Zamacois?... ¡Zamacois, hombre, Zamacois!

La Burra protestó; él lo pronunciaba bien. Sabía francés y decíalo como es de debido. Además, recordaba aquello de: Le vua-lá zamacuá! Ja..., ja..., ja... Pero las risas siguieron luego de probado que Zamacois tenía tanto de francés como la Burra de arcángel.

Últimamente empezaban a aburrirse y dibujaban cosas en el mármol. Daban las once. Fuéronse a Apolo. Sólo la Burra, abochornado por la plancha y porque tenía que madrugar, se les despidió en la puerta. El tacón le rastreaba.

-Bueno, ¿sabes? -decíale a Esteban, con su autoridad de excelente ex colegial de la Guardia, Eduardo Mesonero Romanos-. Fíjate en que es sábado mañana. Lo enlazas con el domingo, para ver Madrid, y desde el lunes..., ¡a clase! Yo también tengo que empezar.

Cedía Esteban, comprendiendo que su insatisfecha curiosidad de este gran pueblo no le dejaría calma para los libros, y volvía a admirarse de la espléndida iluminación de la ancha calle.

-¡Chacho! ¡Se gastarán aquí una millonada en luces!

-¿Eh? ¡Se puede leer en todas partes! Verás. ¡Compra el Heraldo!

Las había muy diferentes. Blancas, las de los focos del centro y de las tiendas; mecheros Aüer, de gas; amarillas, de una intensidad enorme, las de Fornos y las del Lion d'Or...; y además unas rutilantes barras azules que dábanles verdor de muertos a cuantos pasaban por su zona poderosa.

Apolo le gustó a Esteban, por lo amplio y por lo bello del escénico decorado. Representaban una obra de los Quintero, y de una verdad maravillosa. Los cómicos también la interpretaban con una verdad maravillosa... ¡Maravillosa, sí, era la palabra! Igual que se le llamaba a El Escorial la octava maravilla, sin duda porque lo mereciese su monumental magnificencia, en cada cosa y en cada arte llegábase a un punto de insuperable perfección que volvíalo maravilloso. Así él había visto esta tarde portales de fotógrafo, cuyos retratos suspendían el ánimo con su elegancia, con su brillantez de luz. Así, él estaba viendo a estos actores, a este Carreras graciosísimo, como en una gris entonación real de... discreta gracia; ¡en Badajoz gritaban y hacían descompuestos viajes los actores, destruyéndose los chistes de puro dislocarlos! Sí, era lógico que en Madrid, capital de España, todo correspondiese a la suntuosidad de sus calles y paseos...; sus autores, sus fotógrafos, sus camareras, sus actores... Y esto, en imponente y práctica lección de vida volvía a suscitarle a Esteban una infinita voluntad de trabajar, de trabajar..., de trabajar mucho, para llegar a ser maravilla en su carrera. ¡Qué diferencia entre el médico del Almendral, por ejemplo, y el médico del rey!

-Oye, todas esas de los palcos..., ¿ves?

-Sí.

-¡Qué sombreros, qué boas, qué abrigos de pieles!... ¡Como princesas!... ¿Te gustan?

-¡Ya lo creo!

-Pues ¡zorras!, ¡todas!

¡Hombre, no; casi todas! -le corrigió Eduardo a Fagoaga, ante el estupefacto «provinciano»-. Y además, son cocottes..., ¿sabes? La que más y la que menos, ¡pide cien duros!

Esteban llenó sus ojos de aquel rielar de joyas y de sedas de los palcos, y volvió a sentir, en un temblor del corazón, la absoluta urgencia de trabajar, de ser notable, de ganar a montones el dinero. Hacía falta, y mucho, para todo, en Madrid, en la verdadera vida... así que se salía de la mortal modestia provinciana... Por segunda vez, en pocas horas, lo mismo que los regios chalets y palacios que había mirado por la tarde, negábansele a su pobreza, a su insignificancia absoluta, estas mujeres, que venían a ser maravillas de belleza en el Madrid de maravilla...

El romántico, que le había otorgado al «sentimiento» un excesivo valor de único tesoro en la vida, se desorientaba un poco ante esta suposición del triunfo indiscutible del dinero, brutal, en medio de la vida de una gran ciudad... maravillosa. Se acordó de Antonia, y en ella se refugió con humildad. Su maña para redactar cartas gentiles, parecíale aquí completamente ineficaz y despreciable.

Al salir de Apolo volvieron a subir despacio la calle de Alcalá entre la procesión de gente que procedía también de Price y la Zarzuela; y quisieron entrar en Fornos. Pero se opuso Esteban. ¿Es que no iba a ver más que cafés y la calle de Alcalá?... Les rogó que diesen un paseo por otras partes antes de volver a casa; y aunque de mal talante, cedieron los amigos. -Siguieron, pues. Le llevaron, Arenal abajo, a la plaza de Isabel II, para que viese el Real. Salía también el público y se fueron a la puerta de los coches. Lujos, más lujos de auténticas duquesas. Un desfile brillantísimo, y en él los reyes; pero Esteban sólo pudo ver a los caballerizos juntos a los coches cerrados.

Plaza de Oriente, al rato, ya desierta en su llana amplitud luminosa cortada de jardines. Ante el palacio, ante «el verdadero Palacio Real», Esteban comprendió necia su equivocación de por la tarde. La pesadumbre de esta blanca mole de piedra horadada por ventanas y balcones infinitos, y que tendíase en arcos por los lados, hablaba definitivamente de historia y majestad. A su pie, las filas de triples farolas encendidas y los báculos eléctricos, que lanzaban su fulgor a las fachadas, parecían columnillas de juguete.

Fagoaga los guió a mirar, desde el parapeto de Caballerizas, la esquina del Diamante, allá por las penumbras y sobre el Campo del Moro, donde casi todos los inviernos «se helaba un centinela». Y volvieron a cruzar ante el frente principal y ante las galerías de la plaza de Armas, con el fin de que Esteban contemplase un panorama fantástico en el Viaducto.

¡Ah, el famoso Viaducto! Ciclópea altura. Por debajo, la calle de Segovia. Eran impresiones muy diversas las que iba recibiendo Esteban en Madrid. ¡Cuántos se habrían quitado aquí la existencia! Fijábase en la profundidad y se figuraba una mujer cayendo, una obrerita de luto, cabeza abajo, por el aire, y con las ropas voladas y con los pies muy pequeños y juntos... Era la estampa de una novela que él leyó. La obrerita se llamaba Herminia, y se mataba enamorada, deshonrada... Para comprobar lo que tardaría en el descenso suicida una persona, arrojaron el Heraldo, hecho un burujón... Inmediatamente acercáronse dos guardias, dos guardias que aquí velaban siempre impidiendo los suicidios. Además, hiciéronle los amigos notar a Esteban que desde años atrás habían elevado con otra supletoria la barandilla de hierro. Se comentó el horrible efecto de un cráneo al chocar contra las piedras, y el de un transeúnte de allá abajo que se viese venir encima en un gachó del arpa, de las nubes. Y calmada la trágica emoción, Esteban tendió la vista al frente, al panorama: un cuadro de magia, en verdad, sobre un dilatadísimo caos de sombra que por todas partes constelábase de luces. Las de la calle perdíanse con las de la carretera y las barriadas exteriores. Dos grupos, a la izquierda, marcaban los cementerios de San Isidro y San Justo. Luego, las del puente de Segovia, las de los ventorros y huertas y caseríos del Manzanares, las de la Casa de Campo. Unas formaban líneas, otras triángulos, otros complejos arabescos, hasta extinguirse en una dispersión de chispas ligerísimas que cerraba negro el horizonte...

Un reloj de Palacio dio las tres. Fueron tres campanadas musicales y solemnes, en medio de la noche, que le parecieron a Esteban impregnadas de una regia autoridad cual no tendría ningún otro reloj de España.

Emprendieron por la calle Mayor la vuelta, y todavía, a las cuatro, en la sala de la casa, con una botella que buscóse Fagoaga en la cocina, comían, con gran animación de gritos y de charla, los restos de la abundantísima merienda del viajero. La Burra, despertado, desde su cama, y a gritos también, pedíales por Dios que se callasen...

Al día siguiente se levantaron sin sol en los balcones, que se subía a la una y siete (observación de Morita... «por tener el reloj en el Monte cazando»). Café en Candelas tras el almuerzo. Luego, en el Lion d'Or, partida de carambolas. Esteban, un maestro; pero su ansia de «Madrid», de las calles, logró arrancar a los amigos de compras: un bastón, cuellos, sombrero y pañolitos de color, cuya punta asomase en el bolsillo. Los que tenía él de estos efectos, aunque flameantes, no eran novedad, y sí, en cambio, los de Eduardo y de Morita y Fagoaga, cuidadosos de la moda en sus detalles. Quisieron inmediatamente los amigos volver a jugar carambolas, y Esteban protestó: ¿iban a pasarse la vida en los cafés?... Acordóse, pues, enseñarle en el Frontón Central el juego de pelota. Fue un asombro más, para Esteban, la espaciosidad del Frontón y la agilidad de aquellos pelotaris. Nuevamente veía tomada una cosa vulgar en maravilla. Las pelotas rebotaban blancas en el muro como proyectiles elásticos, que recogían por todas partes en la cancha gris y a distancias increíbles los diestros jugadores. Creyérase a sus cestas dotadas de una mágica propiedad de atracción y de aprehensión. Voleas, reveses, graciosos y elegantes movimientos rapidísimos, bien medidos, que unas veces hacíanles casi tenderse para tomar a ras del suelo la pelota, y otras correr tras ella y esperar el bote o cortarla de un salto por el aire...

Salieron de noche, y Esteban, como a Apolo, prometió volver. Otro café en Candelas, tan pronto como cenaron, y nuevamente billar, desde las diez... en partidas de dos con dos, que se fueron picando y enzarzando, y que alargáronse, en fin, sin saberse cómo, hasta la madrugada.

«Bien, me queda un día, el domingo»..., pensó Esteban al dormirse, con su propósito de trabajar desde el lunes, más firme sobre el remordimiento de este trasnochar insensato.

Les saludó a la vida el domingo, bien dadas las dos. Almuerzo y plan de paseo general, con la Burra también y con Cerrato. Pero propuso Eduardo ir a la corrida de novillos, y los pobres paisanos del cuarto del comedor desistieron, consultando sus caudales. Fuese, pues, únicamente la partida de los «ricos» a Candelas, a florear y contemplar a Juanita y a Petrita; y después hacia la plaza. Esta le impresionó a Esteban como un prodigio árabe, de dos pisos de palcos, toda de piedra y de hierro, tan bien pintada, colosal... «En Badajoz...» «¡Hombre, déjate de Badajoz!», se le burló Fagoaga. ¿Novillos? ¿En qué se diferencia esto de una corrida formal? ¡Caray con los novillos! Fue contando Esteban los caballos muertos, y sumaron siete. Callándoselo ya, pensaba que «en Badajoz no había sino dos corridas por agosto, mientras que aquí, sin bullas ni jarana, habíalas cada domingo, igual que había cuarenta teatros y cines a diario, y pelotaris y conciertos... en una especie de fiesta y de feria continua... ¡Oh Madrid, Madrid! ¡Este Madrid!»

En el comedor de doña Rosa, Margot, gracias a la viva discusión de toros, tuvo esta noche, mientras le servía la cena a los huéspedes, que defenderse menos de los pellizcos de Morita. Pero los toros dan una española propensión a juergas terrible..., y por los cuatro amigos se le concedió la preferencia, al salir, al género sicalíptico. Eslava. Escote y un palco para todas las secciones. Según iban saliendo las tiples, se las nombraban a Esteban los demás. La Carmen Andrés. La Jiménez, con una cara de rosa como un... sol. La... ¡ciento y la madre! Hubo tangos dislocantes, pantorrillas, apoteosis de flores y mujeres desnudas y luces de color... El público bramaba. Eduardo no cesaba de mirar al paraíso con gemelos.

-¿Eh? ¡Yo creo que están allí las de casa de la Filo!

Miraron Morita y Fagoaga.

-¡Sí, aquélla es la Merengue!

-¡Hombre, pues las vamos a esperar! ¡Nos vamos a ir con la Merengue!

Temblaba Esteban. Quería y... no quería. No decía nada. Los siguió, con la boca seca, al terminarse la función, y fueron a situarse, en la calle, a la salida de la «entrada general». ¡Era la Merengue, con la Lola y con la Filo! Saludáronse; presentaron a Esteban y partieron del brazo de ellas, por entre las gentes y la plena luz voltaica de la calle del Arenal. La Merengue habíase cogido a Esteban, llamándole simpático. Y Esteban iba con la Merengue avergonzado y sorprendido de poder llevarla de este modo sin causar escándalo a nadie... ¡Oh Madrid, Madrid!

-¿De a cuánto son? -le preguntó a Eduardo cautamente, en un momento propicio, mientras abría la Filo el portal de la calle de Tudescos.

-De a dos duros... ¡Pero a nosotros, uno!

No tenían la cara de las actrices sicalípticas, en verdad; más eran reinas comparadas con la Olvido y aquella guiñapería de Badajoz. La casa, además, decentísima. Sala moderna, alfombra, batas de raso, otras que allí estaban. El comedor, adonde pasáronles, al oír que pedían ellos boquerones y aceitunas y montilla, mejor que la sala aún. En quince minutos quedó organizado un festín, y sin lazo azul en la badana el sombrero comprado por Esteban ayer tarde: lo quería, para ponérselo en el pelo, la Merengue. Se asombraba el joven de lo fácil que era aquí una juerga..., como aquella que le costó dos días de pensarlo y de misterio en Badajoz, y tanta facilidad le alegraba y le aterraba. Cuando no hubo en los platos más que raspas y huesos de aceitunas, no había tampoco en el comedor más que él y la Merengue..., que era irresistible: debían de llamarla la Merengue por esto, por dulce y por gachona y juguetona... ¡Tardaban, tardaban los otros! ¡Si al menos volviesen pronto!... No pudo aguantar más, y también desapareció con la Merengue.

-¡Agua! -se le oyó a ésta reclamar en el pasillo.

Y una criada con barba, que entró a retirar los trastos, reunió en un solo vaso los fondos del montilla y se lo bebió. En seguida vio un medio cigarro en el borde de la mesa y lo encendió, poniéndoselo en la boca.


-Oye -decíale Eduardo a Esteban, media hora después, camino de casa-. Tú, al principio, no querías. ¿Por qué?

Esteban disculpó su miedo:

-¡Chacho! ¡Porque se me puso enfrente el ama, y me estaba repugnando! ¡Es más fea que Carracuca!

Riéronse de la comparación. Morita preguntó quién era Carracuca. Los otros dos le reprendieron a Esteban estos términos extremeños. No se decía en Madrid «Chacho», ni «Carracuca», ni «Mangaluchanos», ni «pestorejo», ni «eschangaos»...; como tampoco «cinematógrafo», «delegación», «tranvía», etc. Decíasele a una mujer guapa, «negra» o «morucha»; a una fea, «furcia» o «furciales»..., y los nombres largos se abreviaban, como «cine», «delegada», «la comi», «tran»...

-Bueno, pues esa negra..., ¿y se dice aunque sea rubia (porque la Merengue es rubia)?..., pues esa negra me ha gustado, porque se parece a la Esperanza, aquella del maestro, la de Badajoz. Los amigos volvieron a reírse.

-¡Quita, hombre! -dijo Eduardo-. ¡Qué manía! ¡Si es que cuando estamos recién llegados de allá todos nos parecen de la tierra! ¡Tú te curarás!

Guardó silencio Esteban, un poco corrido y no gustándole ni chispa, principalmente, la última palabra. Y menos le gustó al ver en casa cómo Jaime Fagoaga, en cuyo cuarto formaron la tertulia del último cigarro, se «curaba» con yudoformo y algodones, no manías..., sino algo que ya venía curándose de tiempo.

A solas, últimamente, en lo oscuro de su alcoba, cuando Eduardo se durmió, Esteban se sentía aterrado. La flauta a que aludió el revisor no le pareció de tan disparatada advertencia. Rezó y prometió formalizarse desde el nuevo día y para siempre, si Dios quería esta vez librarle de... ¡como aquellas otras cuatro! ¡Ah, fuese tan tremendo haber venido a estudiar a Madrid y tener que gastar todo el dinero y el tiempo en curarse!

Rezaba, rezaba..., pensando en su madre, en sus hermanas, en su Antonia, tan ideal y tan bonita..., ¡tan pura!


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