En la carrera: 05

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Capítulo V
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En la carrera- Primera parte Felipe Trigo


Al llegar a casa, al mediodía, se le recibió en el comedor ruidosamente: «¡Hombre, el santito..., el forastero!... ¡Cómo ya se bandeaba por Madrid!»... Novedades, también, que le pusieron del color de los tomates: «Margot habíase despedido, porque uno fue a su cuarto -y este uno... ¡era él!, ¡era él!... ¡y el que robaba las botellas!»

-¡Sí, tú, borracho, ladrón!

-¡Tú, borracho, perdido!

-¡Borracho!

-¡Violador!

-¡Sacamantecas!

Servía el almuerzo una asturiana larga, herpética, tal de cara que un demonio, y doña Rosa contemplaba resignada al promotor de la catástrofe.

-Sí, señor, borracho..., ¡so golfo! -distinguíase Fagoaga en los reproches-; y se estaba creyendo doña Rosa que era yo el de las botellas... ¡Pues a ti te ha visto Margot!... ¡muchas noches! ¡Margot! ¡Margot!

Morita lamentábase a su vez:

-Nuestra Margot, que ha tenido que largarse... ¡Sátiro! ¡Por ti!

Lo cual ya no pudo resistirlo la ingénita bondad de doña Rosa.

-¡Por todos! -acusó, y miraba al valenciano-, ¡que no le para una decente!... Diga, don Esteban, que anoche... no fue uno al cuarto de la chica, sino dos; y el segundo hasta la hizo rodar con la silla y con el catre!

La chillería se volvió contra Morita. En medio de un escándalo infernal, y ante la nada ingrata estupefacción de la gallega, fuese descubriendo que entre esta noche y otras noches, ninguno había dejado de ir al cuarto... ¡Burra inclusive! Y doña Rosa defendió a Cerrato, que protestaba... ¡Sólo Cerrato quedó incólume de culpas!

Poco después, en Candelas, Esteban les mostraba a los amigos un retrato que a Camila le sacó por otro duro más. Dedicatoria muy dulce. Habíales dejado creer que durmió con la la Merengue por deslumbrarles más con el retrato, y los deslumbró, si bien sufriendo derechazo una sorpresa.

-¡La Coja!

-¡La Coja de Fornos!

-¡Hombre, la Coja!

¡Los tres la conocieron! Sus exclamaciones, de admiración y de envidia, sin duda; pero a Esteban le contrarió que supiesen su defecto.

-¡Ah, sí, la Coja! -dijo también Juanita, al verla, mientras echaba el café.

En seguida entre ellos hubo una gran curiosidad por saber «qué tenía en la pierna y... cuánto llevaba». Esteban les refirió el accidente de automóvil, ponderó la noche que con ella había pasado, y les dijo, sobre el precio, la verdad..., aunque traía el propósito (que hubiese realizado a no saberse que era coja) de decirles que le cobró «solamente veinte duros», por razón de simpatías, y aun mejor, nada -en plena gloria de conquista, y según podían certificarlo el retrato y una llave. (La de ella, que él se trajo por olvido en el gabán.)

-¿Eh?... Para que vaya cuando quiera -dijo sacándola.

-Pero ¿Para ti?

-Pero ¿de la Coja?

-¡La llave de la puerta de la casa de la Coja!

Contemplaron la llave con unción. Coja y todo, no creyeron nunca que se diese esta mujer por cinco duros...; y aunque no fuesen las de tal precio sus... habituales..., merecía el capricho, ¡vaya!..., una vez...

-¿Eh? ¡La llave de la puerta de la casa de la Coja! -le participó a Juanita, que volvía con copas de agua. Y en general el ansia por dejar a Juanita advertía de que alternaban ellos «con hembras de postín». Fagoaga repitió:

-La llave de la puerta de la casa de la Coja.

-¡Hombre! -bromeó Juanita-. La llave... de la puerta... de la casa... de la Coja!... ¡Parecen cuatro disparos de revólver!

Celebraron la ocurrencia, y se vio, además, que era verdad; y que no había medio de expresar la frase de otro modo. Trataron de hacerlo, ayudados por Juanita. ¡Nada, nada! «La llave -de la puerta -de la casa -de la Coja» y cuanto se le quitase o mudase o añadiese habría de estropearlo...

Pero Esteban, ni aun con la infantil jovialidad y fresca gracia de esta bella Juana ante los ojos, lograba dominarse la decepción tremenda, casi de abominación, de asco material a todas las mujeres y a sí mismo, que en la tan «ponderada noche» le había dejado Camila. Acababa de mentir él por necia vanidad, en la «ponderación». Aparte el previo halago de su cara guapa y de su cuerpo hermoso y de sus lujos, le causó el mismo desengaño frío y veloz que la Merengue y la Piedad y la Olvido y la Martirio. Un abrazo de un momento, entre no podría saber qué divinos espantos de hermosura ni qué malditos miedos y bochornos de vicio y de indecencia..., y he allí una mujer fatigada y no por él ciertamente, que se dormía, que se dormía, que se durmió... Él también se durmió a las cinco, a las seis..., harto de sentirla roncar en lo oscuro, y llorando sin lágrimas, quizá por las muchas de dolorosa compasión que su madre y sus hermanas tuvieran que verter con sólo adivinarle refugiado de sus pobres cobardías en un lecho semejante. ¿Por qué no habíanle habituado a dormir en un desván y a visitar de noche el cementerio, desde chico, si pensaron darle tal carrera?... En esto insistía el bondadoso fondo del muchacho como en la clave de equívoco y secreto capaz de convertirle en un granuja.

Y era, tal vez, un equívoco y un eterno disimulo de secretas repugnancias la vida toda, en todos. Predominaba en su ser esta tarde el asco hacia la «feminidad de las mujeres», que había vuelto a colmarle la Coja con otro abrazo más idiota aún, de despedida, y miraba a Juana, a Amalia, a Carmen, a las camareras que tan limpias y gentiles rebullían por el café..., sin explicarse cómo Dios hubiese puesto, en criaturas tan preciosas así vestidas y honestas, un estigma de animalidad que viniera a constituir el centro de la atracción y repulsión bestia de los hombres.

Habría tenido que creerse hoy un definitivo mentecato si le hubiese dado sus ochenta duros a Camila. Aun los cuatro le pesaban. No valían uno, en concepto tal, todas las mujeres. Eran ya cinco las que habíanle demostrado esto, de un modo igual, y era tiempo de que él lo diese por sabido. Carmen, Petra, Juanita... con sus sonrisas de gracia y seducción a los señores espléndidos, le parecían el diabólico sarcasmo de unas huchas vivas que fuesen recibiendo las monedas por una hendidura lamentable... como los trastos automáticos que él había visto en los paseos.

Salieron, y este sentimiento de degradación humana, error de Dios, si no fuese castigo, al crearnos tan miserablemente parecidos a los perros, le persistió por las calles. Bajo cada traje de cada elegante dama no podía evitarse adivinar la tacha bestia del carnal misterio que había dejado de serio para él. Continuaba, no obstante, siendo, a juzgar por sus brutas miradas y piropos, la ambición del hábito arraigado en los hombres por su perversidad y para su afrenta. ¡Ah, si supieran ellas, las puras, qué instantáneo cambio al asco había de provocarles su carne a los que mirábanlas con ansias como inextinguibles!... De un vuelo, el alma del chiquillo trató de refugiarse en la idealidad celeste de su novia, de su Antonia... Y de otro vuelo..., de otro vuelo..., al pensar por vez primera que también aquella niña sería mujer... que... hubiese de esperarle algún día como la Coja..., el místico se amparó en no supo qué últimos recursos de ascetismos y conventos. Urgíale delimitar la extraña contradicción de su conducta.

Habían entrado los cuatro en el billar y no quiso ser de la partida, por quedarse en el balcón con el doble espectáculo interior y exterior de su conciencia y de las gentes. Anochecía. Rebosaba la calle de Alcalá. De codos contra los hierros, era un filósofo que en el hormigueo de multitud buscaba «el sentido de la vida...».

Camila habíaselo hecho perder. Camila, mujer hermosa, más que casi todas las que pasaban, más que hubiera nunca de serio Antonia misma, le había traído a esta convicta situación, a esta desesperada verdad «de que no daban menos desencanto las hermosas que las feas». Entonces..., ¿qué representaban en el mundo el amor y la mujer?

Para meditarlo, suspenso como hallábase entre su cariño al dulce ángel y el asco por todas las demás, se puso un punto de partida: «había diferenciado siempre el amor del alma y los impulsos de la carne». Su primero y espontáneo impulso de estos dos, fue aquél, el digno, el noble..., el natural y legítimo, por tanto. Una especie de amplificación «incorpórea de su culto religioso, de su gran fervor de niño bueno, hacia otra rubia vecinita (antes que Antonia) que no llegó a saberse idolatrada... Si alguien le dijese que a cualquiera de ambas las manchaba él con bajos pensamientos, sería capaz de darle un puñetazo. Los instintos bestias despertáronsele después, excitados por criaduchas.

Y..., siendo el hecho éste, ¿no era cierto que, sobre haberle llegado de fuera el estímulo carnal, rindióse a él, como sus propios amigos, con tremendas resistencias?... ¡Nunca olvidaría las vacilaciones, las preparaciones, los conciliábulos que le costó la primera vez el decidirse! ¡Nunca olvidaría el supremo disgusto de la vida que luego le quedó..., tan distinto de sus orgullos y alegría en aquella ideal adoración por el ángel de ojos claros!

Sus amigos, él, todos, tomaban, pues, «la mujer» lo mismo que tomaban la cerveza, sin gustarles y mintiendo lo contrario, por entrar en la costumbre fumar, habíales costado, asimismo, borracheras espantosas. Y Esteban, en verdad, según le había cobrado afición al tabaco, comprendió que acabaría por tenérselo a la cerveza y la mujer, a estas dos cosas tan amargamente insípidas. Se hallaba en el período de intermitentes repugnancias. A la vista no podía ser más atractivo un bock de la dorada y cualquiera de estas lindas que pasaban por la calle.

Volvió su alma a Badajoz, a su madre, a sus hermanas..., a su novia. «El ideal sería que cada mujer y cada hombre viviesen de sí propios, unidos solamente por el santo amor que hiciese de la tierra un perpetuo y vasto templo del espíritu.»

¡Oh! Pero se asombró: ¿quién perpetuaría entonces a estos santos? ¿Cómo él mismo podría estar pensando aquí tanta hermosa tontería si...? ¡Oh!, ¡oh! ¿tendría «la cama»..., tendría, pues, el tedio aquel que luego inspiraban las insípidas mujeres, una imposición fatal como origen mismo de todas las noblezas de la vida?... Sin esto que, sancionado o no por bendiciones, estimábalo él grosería animal y despreciable, no hubiesen nacido él y Santa Teresa de Jesús...

¡Oh!

Una febril idea en excitación arranca otras, y dos más saltáronle engarzadas: primera, que él habíase estudiado, en rigor, como «animal» en la historia natural del Instituto. Segunda, que no dejaba de ser extraño, si tan «antianimal y puro» fue su amor a la rubia, a su Antonia, ahora..., que el instinto de su alma hubiésele llevado a fijarse en ellas..., en ellas... y no en cualquier amigo, con todo desinterés e indiferencia de sexo. ¿Por qué?

Cerró los ojos, y abatió a la mano la frente, con el codo en el balcón. Esto le había abrumado. El alma..., el alma... tan inmaterial y noble..., parecía dotada... pues... también... de una orientación instintiva, firmísima, inconsciente... que nunca se equivoca... hacia la... ¡«feminidad de las mujeres»!

Los compañeros, entre tanto, jugaban al billar.

-¡Ahí va la reunión! -decía Morita, bien ajeno de tener a tres metros un filósofo.

Y la filosofía y el miedo hicieron que resueltamente perseverase en acompañar todas las noches a los tres, con un principio de conformidad escéptica, estoica, que es lo primero que siempre da la filosofía. Sólo que, honradísimo en el fondo, y dispuesto, por tanto, a no ceder en sus deberes, si bien no iba a las clases, porque levantábase a la una, estudiaba por las tardes.

Durante más de cuatro días le continuó su cruel desilusión, y se alegró de comprobar que no siempre acaban con «niñas» los trasnocheos de los amigos. Cinematógrafos, billares y café, generalmente; y, de cuando en cuando, banca. Sí, jugaban ellos, en el Círculo Industrial, horas y horas si traíanles suerte sus vacas de a dos duros...; y mientras, él, si afición al juego, miraba o se sentaba a filosofar por los divanes.

«Tabaco, vino y mujer, echan al hombre a perder», decía el refrán. ¿Eh? Pues... ¿y si le añadiesen las cartas y el ajenjo? Podría cualquiera aficionarse a todas las barbaridades y estupideces como a las mujeres, y trató de no jugar ni una vez, para evitarlo.

Allí conoció a otros paisanos, amigos de Fagoaga, ricos como Fagoaga, y también de Almendralejo. A uno, pequeño y gordo, llamábanle por rico El rey de Almendralejo; a otro, Wandervill, y era muy notable: alto, flaco, con un bigotito como un fino trazo de carbón y con un perfil caricaturesco de jilguero. Contaba treinta años, y había venido con mil reales para hacerse sobrestante. Expertísimo en las cartas, apenas llegado de su pueblo, hacía unos meses, jugó y ganó con los mil reales seis mil duros. Otro estudiante de Chinchilla, a quien llamaban Castelar, le pagó con un magnífico caballo una deuda del golfo; y Wandervill, que no sabía equitación y que seguía en su primitivo y humilde pupilaje de ocho reales, daba por el del caballo treinta al día... Lo montaban los amigos.

Verdad es que Wandervill comía siempre en los cafés, con el Rey de Almendralejo. Los conocían en todos, y todas las chais y todas las floristas y revendedores de teatro. Tiraban el dinero. Una noche, festejando otra ganancia de mil duros (pues se habían hecho los banqueros de ruleta en el Círculo Industrial y ganaban sumas fabulosas), mandaron cerrar el Café del Brillante, a las tres, con orden de convidar a los que quedasen dentro. Chulos, en mayoría, cada mesa quedó convertida en un festín. Hacían esto por las cantaoras, dos pintarrajeadas andaluzas, que al fin se fueron del brazo de sus respectivos tocaores... Entonces, el Rey de Almendralejo rompió un espejo y se meó por todo el establecimiento. La cuenta subió a mil seiscientas pesetas... ¿Cómo Esteban ni Fagoaga, ni ninguno, podrían corresponder a obsequios tales?... ¡Donde aquéllos estaban, no había otro remedio que dejarse agasajar!

Y lo triste era que derrochaban sin gracia, entre la gente de medio pelo, en el Círculo Industrial y por los cafés y mancebías de menos fuste. El mismo retrato de la Coja -que a pesar del mal recuerdo llevábalo Esteban consigo- les parecía una divinidad. En cambio, hacían atrocidades en casa de la Flora, en casa de la Ojitos y en la de la Churrete y la de las «académicas» francesas... Empelotaban a unas cuantas, que temblaban arrecidas comiendo boquerones, o mandábanlas sacar y apilar sus trajes para prenderlos fuego. Por lo demás, respetaban a los guardias y serenos, y aun a las mismas mujeres cuando alguna se plantaba ante cualquier enormidad.

Esteban, al poco de tratarlos, se explicó sus toscas aficiones por sus propios gustos de rumbo y majería: en otros cafés, en Fornos, por ejemplo, y con otras hembras, la Coja siquiera, no habrían podido obtener esta sumisión de las gentes miserables.

Los acompañaba porque los acompañaba Eduardo, de quien venía él a ser una especie de rabo por las noches, y una hosca conciencia de su no menos miserable sumisión y cobardía, forzábale a rehusar en lo posible los convites. Serio él y borrachos todos los demás en las tontas francachelas que solían poner remate a las veladas del Círculo, iban hasta acabando de extinguirle la lujuria en fuerza de soeces espectáculos.

Esteban, muchas tardes, luego de estudiar, purificábase yendo a las iglesias. Le gustaban las más grandes, San Francisco o San Isidro, solas a esta hora del anochecer, como para que él extendiese mejor su alma por tantas causas lacerada. Allí, sentándose en los bancos, rezaba o meditaba. Pedía que Dios le perdonase no ir a misa los domingos, en razón a estar durmiendo, y que iluminase a algún ministro de Instrucción Pública con el fin de que fuesen trasladadas las universidades al campo. En las grandes ciudades era imposible que estudiase ningún estudiante forastero, dejado a su libertad entre tentaciones y peligros.

Luego, salía, y dirigíase lentamente por las calles hacia cualquier café, en donde les escribía a su madre y a la novia. Iba muy triste. Parecíale que, como él, sobre el barro helado de las nieblas o las lluvias, todo el mundo debía tener fríos los pies y el corazón. Creía que, como a él, entre los eléctricos resplandores de tanto escaparate, a nadie le importaba nadie. Madrid era una especie de centro de negocios por donde pasara aprisa toda España y con ganas de escapar. Madrid era un pueblo anodino, sin madrileños: las chais eran de Sevilla, de Valencia...; los camareros, de Asturias, y de Galicia, los aguadores y los mozos de cordel. Además, él lo pudo observar en San Carlos: todos los estudiantes tenían y llamaban «paisanos» a los demás de sus provincias, menos los de Madrid..., que ni parecían tales estudiantes; los típicos eran los vizcaínos, los castellanos, los andaluces, los extremeños..., los que empeñaban los libros y el gabán y vivían en casas de huéspedes.

El Madrid magnificante y culto que le mintieron los primeros días la Castellana y Apolo y los portales de fotógrafo no existía ya para Esteban; ni tampoco apenas el Madrid siniestro del hospital y de los miedos por la noche: ahora sólo le impresionaba como una ciudad estúpidamente grande y llena de coches, de automóviles, de tranvías..., es decir, cruzada sin cesar y en todas direcciones, con riesgo de muerte para los de a pie, por mil expresos a la carrera.

«¡Eh!..., ¡eeép!»

«Grú-grú-grú.»

Y tenía uno que apartarse. ¡Hombre, qué concho!

En los cafés, después de todo, era únicamente donde no había automóviles, ni ciclistas, ni hacía el frío que en las casas de huéspedes, y los mozos trataban con respeto.

«Mi Antonia mía del corazón...»

Antes de seguir, releía la carta de ella: «Querido Esteban: Me gusta mucho lo que me dices siempre. Anteayer salí a tiendas con mamá, y por la tarde al Vivero...» Un laconismo gentil. Ni contándole cada domingo y cada jueves lo que hacía en la media semana lograba llenar dos caras del plieguecillo heliotropo. Y otras veces tenía que interrumpir los bellos párrafos que él en cambio le escribía, porque llegaba Encarnación, la camarera. Sí; a pesar de que los cafés con mozos solían ser más confortables, él le iba mostrando preferencia a esta especie de bar, de tupi, servido por muchachas. Encarnación era frescota, y la cabe de Toledo no le daba el empaque que a aquellas de Candelas la calle de Alcalá.

-¿Le escribe usted a la novia?

-Sí.

-¡Es guapa! ¿Tiene ahí el retrato?... A ver, hombre, ¡que lo vea otra vez!

Esteban sacó el retrato de la Coja y se lo dio. Habíale armado a Encarnación un lío feliz de mentiras, porque ella, así, concedíale celosa y envidiosa la importancia «de su espléndida querida».

-¿Y dónde dice que está?

-En Cádiz. Ella es gaditana. Un mes para ver a su madre.

-Y mientras, usted, flores que te flores a ésta y a la otra... ¡Hijo, parece mentira lo que son ustedes!

-¡Psch!..., ¡ya tú ves, mujer! ¡Sois aquí todas tan bonitas!... ¡Y tú, la más! Como que, si quieres, ya te digo que te espero cuando quieras. ¿Esta noche?

Encarna sonrió, devolviéndole el retrato. Placíala esta competencia con la ausente. El joven parroquiano se le iba interesando.

-¡Esta noche -dijo con esquivez provocadora de coqueta- voy al baile!

-¡Toma, pues mejor! ¿A qué baile?

-A La Virginia. En la calle de las Fuentes.

-¿Baile particular?

-No, público, hombre. De máscaras. Como el de la Zarzuela.

-¿En la Zarzuela dan baile?

-¡Claro! ¿No estamos en Carnaval?... ¡Voy!

Llamábanla del mostrador, con tres golpes de timbre. No las dejaban charlar mucho con nadie desde que en el mes último mató de un navajazo a un parroquiano el novio de una de ellas.

Esteban sólo pudo volver a decirla al pagar:

-Oye, Encarna..., y ¿si yo fuese al baile esta noche?

-¡Hombre, qué sabemos! ¡Vaya usted!

Cita.

Daban las ocho. Con una emoción de Madrid menos triste, aunque arreciaba la lluvia, tomó el caminito de su casa. Durante la cena, él, que tanto por desorientarlos sobre sus místicas visitas a los templos como por explicarles sus abstenciones en las juergas les tenía hecho creer que los amigos que se entendía gratis con Camila (por lo cual, o por no gastarse de un golpe cuatro duros, ninguno la buscó), díjoles que iría con ella a «un baile». «¡Anda!, ¿al Real? ¿A la Zarzuela? ¡Hoy es el de Escritores y Artistas!» Dejó que le envidiaran, sin determinarlo, y recibió de ellos los informes oportunos: «La entrada de señora, nada; la de hombre, dos pesetas, o quince o veinte pesetas; el guardarropa, otras cuantas; el disfraz para Camila, a nada elegante que fuese, diez duros; la cena, sus cinco... El coche..., el confetti..., las flores..., en fin, que podía irse preparando»...

Los dejó en el Círculo, a la una, y se absolvía de sus embustes pensando que en estas cosas de mujeres mentían todos mucho más. Morita, por ejemplo, contaba que en Alcira le quiso una marquesa. ¡Vamos, hombre!

Tuvo la impresión de no preguntar el número. Sin embargo, las luces y un grupo de gente le indicaron el baile. Dos reales su entrada. Descendió a un enorme sótano. Una murga tocaba en un tablado, y bañaba todo el mundo pisándose, estrujándose. Olía a sudor y a anís. Las máscaras y el suelo estaban inundados de confetti. Pero el sótano era grande, enorme, como el salón de un gimnasio o la cuadra de un cuartel, y en vano se enfiló a la entrada del ambigú donde vendían el aguardiente, buscando a Encarna. Aparte de que casi todas las mujeres se tapaban con careta, aun las que más lucían las pantorrillas. Un horno, en suma. De las bóvedas pendía la luz de acetileno en candilejas.

Y aunque el joven, pensando en la modestia de este baile, sonreíase cuando los otros le hablaban del Real, en verdad que lo hallaba harto modesto..., chabacano.

En un segundo schotis descubrió a la camarera bailando con un chulo. Le vio, le sonrió y no le saludó.

Estaba de pañuelo de Manila azul, despeinada de tanto apretujón, y la borracha, al parecer, como casi todas. Debían de ser, en general, mujeres de la vida. Los hombres, de gorra y chaquetilla, salvo pocos con bombín y traza de tenderos o estudiantes.

A la hora y media se convenció de que Encarna no dejaba a su pareja. Le había burlado. Y no sabiendo a dónde ir, por si los paisanos se habían marchado del Círculo, prefirió quedarse en un rincón, fumando y saboreando copas de aguardiente. ¡Ah, la soledad terrible de su cuarto!

Púsose a filosofar, observando a los que venían de la sala para volverse más borrachos cada vez. La murga hacía resonar sus pimporrazos. Hubo dos conatos de pelea, pero a esto le tenía Esteban mucho menos miedo que a la sombra de su alcoba. Las mujeres parecíanle cosas muy extrañas: veía que se besaban y tentaban, allí por otras mesas, y no sintió ni la más leve intención de llevarse a una por un duro. A pesar de lo cual él estaba aquí por Encarna; y gracias a ella, que despreciábale al fin, había vuelto a sentir aquel contento de la vida que le aliviaba sus murrias. De modo que «la mujer» podría ser... luego... todo lo ingrata que fuese; pero, antes... nada como ella llenaba el pecho de esperanza y alegría. ¡Qué cosa más chocante!

Hubo un momento, a las dos, en que escasearon las mesas, y un grupo invadió la del filósofo. Tres muchachas y dos hombres que convidaban a pasteles y a montilla. Una de las mujeres, vestida con dominó color de rosa, dejábase abrazar que era un portento; otra de bebé rechazaba los abrazos y lloraba por Vicente..., por Vicente..., «un novio que la dejó...»; y entre su histerismo y su tierna borrachera quería contarles la historia a los demás, que no hacían caso. Entonces decidió contársela a Esteban; y al empezar otra polca, en el salón, seguía ella hablando y llorando y riendo por Vicente... sin haberse dado cuenta de que los otros se marcharon.

-Pero, mujer, ¡que se han ido tus amigas!

-¿Qué amigas? ¡Si yo no las conozco!

-¿Ni a ellos?

-¡Ni a nadie! ¡Figúrate que lloro porque me han dejado sola!

-¿Quiénes?

-Unas compañeras. Se fueron a las dos.

Sino que lloraba porque sí, por mimo y por el vino, y continuó en seguida hablando de Vicente... Pidió Esteban más vino y más pasteles y algo de jamón. Esta muchacha, nerviosa y bonita, con una redonda cicatriz en una sien, como de haberle quemado un carbunclo cuando chica, decíase fiel a su Vicente, y honrada, además, menos con Vicente. «Por eso no podía ella consentir que nadie la tocase.» Y le gustaba Esteban «por decente», y accedió a irse del baile con él.

-Lo único que te pido es que antes de las seis me dejes en la calle de Serrano, donde sirvo.

-Pero... ¿estás sirviendo tú?

-De doncella. Mis amos y mi tía no saben que he venido. Nos escapamos yo, otra doncella y la cocinera. Me gustas porque te pareces a Vicente.

Ya esto lo explicaba la bebé al fresco de la noche, bajo el paraguas en que Esteban la acogió. Dejábase guiar, del brazo, y en la plaza de Isabel II resultó que no sabían uno ni otro a dónde ir. Ella conocía menos aún que el joven el Madrid de los secretos... O lo que es lo mismo, nada. «Luego no mentía al decir que no era chai...aunque hubiérase juntado con chais... en La Virginia. ¡Luego era en verdad una linda doncellita de casa de algún conde!...

-Pues ¡nada! Por aquí -resolvió Esteban, tirando de esta interesantísima Martina, por la calle de Hileras, hacia casa de la Filo.

Pesábale llevarla a un burdel tan indecente, pero... ¡qué remedio! El sereno los abrió. La Filo los recibió arriba y los metió en la alcoba de la sala.

-¡Al pelo vais a estar! ¡Todas de baile! ¡No ha parado aquí esta noche ni el gato!

Y a las siete, rendido y contento Esteban, sin borrachera Martina, y aturdida un poco solamente con su traje de bebé a pleno sol por las calles, tomaron un simón para ganar la de Serrano a toda prisa. ¡Iban sus amos a verla regresar, tal vez! Además, tenía que comprar al paso dos kilos de chuletas. Veinte casas antes de su casa, dejó el coche. Pero le dio más vergüenza ir sola, de máscara, y todavía se hizo acompañar por Esteban hasta la carnicería. ¡Fue de ver aquella bebé, con su capelina de percalina rosa toda estropeada, entrando con un papel de dos kilos de chuletas en el portal de la casa suntuosa!

Pero, ¡ah!, ¡cómo la cerveza del amor, con tal chiquilla, le había parecido a Esteban buena!

Sí, si, era honrada..., ¡ya lo creo! Sin duda, en esto no había más que atenerse a las honradas..., a las que lo toman también con afición..., ¡no por oficio!

Un día en medio y domingo al otro. La vio y pasaron la tarde juntos, según habían acordado la otra noche al separarse. Ella no hablaba ya de Vicente.

Por dos semanas más volvieron a reunirse los domingos. Sólo que a la tercera se llevó el joven un disgusto. Habíase enterado la tía de Martina de «los pasos» de ella, y la mandó al pueblo, provincia de Burgos, nada menos, con sus padres. Esto se lo dijo ella, por triste despedida, en una carta.

¡Martina le había dado el sabor de las mujeres! Y ya, con afición, con verdadera afición, trataba de consolarse el triste con no importaba qué Merengues o demonias en las juergas del Rey de Almendralejo y Wandervill.

Odiaba más a éstos cada día. Su ejemplo de fastuosidad idiota y de vagancia parecíale ser lo que mantenía la corrupción de los paisanos. Y, sin embargo, a ellos les debió la salvación, de una manera imprevista..., providencial, ciertamente. Ocurrió que una racha de moralidad en las autoridades madrileñas cerró las casas de juego, y como el Círculo Industrial no era otra cosa, no era más que una chirlata, fue suprimido. Entonces, Wandervill y el Rey de Almendralejo, a invitación de Fagoaga, se instalaron con las cartas en el comedor de doña Rosa. Por las tardes, golfo; por la noche, monte. Y hasta la Burra apuntaba. La casa llenábase de humo, en fuerza de formar todos ellos y los amigos que llevaba cada cual. Pero duraba hasta el alba la partida, y el orden, en medio del mismo desorden (por razón de aquella eterna paradoja en que todo resolvíasele), se impuso para Esteban. Perfecto. Absoluto. Dormía, dormía como un bendito con la no distante compañía del comedor, desde que daban las diez, y hasta se olvidaba de las niñas por las clases y los libros.

¡Dios se le apiadó! La casa de gente en vela que no pudo encontrar venía a buscarle.

¡Así iba serenamente febrero transcurriendo!

En un clavo, como un recuerdo doloroso, yacía... la llave de la puerta de la casa de la Coja.


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