En la carrera: 08

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Capítulo VIII
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En la carrera- Primera parte Felipe Trigo


La vida, ¡si!..., cada vida una contradicción; pero resuelta en armonía de disparates cuando su clave de absurdo se encuentra. Esteban, luego de estudiar a Enríquez al retirarse por la noche del hotel y tomarse juntos en un tupi el coñac de última hora, comprendía que el poeta ingenuo, aun habiéndole a él preferido, aun suponiéndole acaso «completamente vencedor», no se hubiese retirado en absoluto. Los buscaba hacia el final en los teatros, y los llevaba a los más céntricos cafés: Fornos, entre ellos, donde habían visto a Renata los paisanos, y donde había sido visto él por la Coja, sin que le reconociera... afortunada o desdichadamente.

-¡Qué guapa esa mujer! -había dicho al paso Renata.

Y Esteban, a no ser por el miedo de que luego la hallase ridícula al verla salir cojeando, hubiese dicho quizás: «¡Pues es mi... amiga!»

Bien, la clave de absurdo de Enríquez eran la superficialidad y la frivolidad. Una superficialidad de ambulante espejo que refleja cuanto halla alrededor. Una frivolidad infinita de cocota que se paga sólo de apariencias. De cada medio, recibía aquello que el medio fuese también externamente; y hombre-espejo, incapaz de alterar en su cristal las imágenes, entre señoras tintábase de espiritualidad y les declamaba sus versos idealistas; entre horizontales, de mundanidad, y les recitaba sus versos perversos; y entre las astrosas golfas, en fin, que buscaba en sus callejeos de amanecer, de vicio, y les decía sus versos... cochinos.

Confesaba que su única gran preocupación constituíanla las mujeres, con su variedad de prestigios escrupulosamente respetados: cada día, a menos de sentirse como si algo le faltase, tenía que saborear, por todo lo alto, un espíritu, y por todo lo bajo, una boca. Y como el vestuario de marqués (que a más de servirle para desfogar romanticismos en tertulias honestas y honorables, le servía para ser fraternal amigo de elegantes pecadoras) consumíale mensualmente medio sueldo; y como con los míseros quince duros que de la otra mitad le restaban, tras haber pagado su modesto hospedaje de diez reales, no podía subvenir entre las pecadoras elegantes a «su diaria necesidad de una mujer», de ahí que recurriese a las golfas tarifadas por dos o tres pesetas. Treinta golfas al mes, cuando no era mes de treinta y uno. Para no ser visto llevándolas del brazo, muchas veces él de frac y gabán de pieles, y ellas arrastrando las chancletas, había elegido esa hora de Madrid en que se apagaban los faroles y se recogen los serenos. Su oficina era una oficina de Fomento a que no se iba más que de once a dos.

Con el coñac delante, y esperando la llegada de las golfas, solía leerle a Esteban cartas de novias antiguas, de damas casadas, también, que habíanle sostenido amores (como Renata en Badajoz, probablemente) del más alto y puro idealismo. Rectilíneo en sus sentimientos, en sus procedimientos, habríale parecido tan extraño e imposible torcer hacia lo físico un amor sentimental, como convertir a la mitad una suma, por ejemplo, en una división o una resta. No sabía, y tal vez sufría con ello, al darse cuenta de que otros lo lograban; pero hombre espejo, hombre mariposa, además, a quien (salvo aquella palidez aristocrática y una leve tosecilla) no le iba mal con su harén barato y de incesante variación, su pena, al advertir la índole de preferencias que mostrábanse Esteban y Renata, debió de ser fugacísima... aliviada por las miraditas que más bien ella desde entonces le aumentó, y aun borrada tal vez completamente con la «exterioridad», con la «superficialidad» -¡oh, el superficial!- que en Fornos le permitía lucirse ante las otras, ante las lindas cocotas por él y a pesar suyo adoradas de un modo fraternal, como hombre fortuna junto a ésta!

Lo más probable, desde el punto de vista en que logró fijar al pintoresco Enríquez el muchacho reflexivo, estaba en que venía de paso a resumirle y a explicarle a él, a servir de inicial explicación de mucha gente. Porque él, también él, Esteban, antes que la vida le fuese aleccionando, se halló delante de las catalogaciones sociales partido en dos -o en diez, de manera irreductible: para las Merengues, bruto; para las Antonias, ángel..., sin perjuicio de ser al mismo tiempo generoso y embustero, caballeresco y rufián- tal que con la camarerota de la calle de Toledo al confundirle la noción del retrato de la Coja y la de las cartas que a Antonia le escribía... La divergencia de su ser habíasela fundido Renata para siempre, para siempre. ¡Qué bien sabía ya, el hombre hecho del chiquillo fragmentario, que el humano amor es beso y sueño y carne y alma! ¡Qué bien sabía, sin que nada ni nadie jamás pudiera destruirle semejante persuasión, que eran tan nobles y divinas sus manos en los muslos de Renata, como su alma envolviéndola desde cerca o desde lejos!

Tan magnífica fusión, tal reducción de lo... irreductible, necesitaba esta calma, esta tendencia suya a la melancolía y al aislamiento, esta especie de manía por pararse a contemplarlo y meditarlo todo, infrecuente en los demás. Por eso, unos, como Fagoaga, Wandervill y el Rey de Almendralejo, resolvían de plano el conflicto volviendo la vida juerga, y materia de lascivia a todas las mujeres; otros, como Cerrato, convirtiéndola en un seco austerismo de estudio y de deber donde las ternuras se asfixiaban. Por tipo y muestrario pintoresco de lo que un hombre puede ser en la continuación intacta de un niño -o mejor, de la desorientación inconexa de un niño al mirar los aspectos sociales de la vida- que daba este simpático y feliz Enríquez desdichado.

Pero la fusión... no le pareció a Esteban tan magnífica al levantar la Anatomía buscando unos gemelos. Vestíase en el gabinete, mientras Eduardo en la alcoba lavábase los pies, y tuvo el dolor de un estudio abandonado. No por miedo, ahora, puesto que dábale lo mismo dormir junto a treinta calaveras, aunque fuese; sino por otra solicitación emocional. Detúvose también a meditarlo. Lo emocional tenía, pues, en la vida una preponderancia enorme. Todos, familia y maestros, habíanse preocupado de prepararle mentalmente para enviarle a Madrid haciéndole seguir una carrera que debía resolver su porvenir. De lo emocional, en cambio, no se preocupaba nadie. Y..., ¡sí!, ¡sí!, lo emocional, abandonado a sí mismo, surgíale a cada paso con una importancia abrumadora, terrible, por encima de los libros, y reclamando para el porvenir, que ajenas voluntades le marcaban, su imperio contrario y decisivo.

Esteban se sorprendió al espejo una gravedad solemne de... «considerador del porvenir». Estudiante, ¿no debía estudiar la vida, en la edad precisa de estudiar? ¿No debiera prepararse el porvenir con un conocimiento adquirido paralelamente en la vida y en los libros?... Este mismo dolor honrado del olvido de sus libros, de sus clases, decíale que los amaba y que volvería a ellos en la ausencia de Renata..., ¡el libro divino que íbale enseñando, por luminosos despertares de él, de corazón para arriba, a no avergonzarse de ser un poco animal de corazón para abajo! No había medio de conocer nada de lo demás ni los demás, si no empezaba uno por conocerse a sí propio, y éste debía ser el fundamento del célebre Nosce te ipsum.

-Chacho -pidió Eduardo-, ¿me das unas tijeras que habrá ahí?

Las vio sobre la cómoda y se las llevó.

Era un filósofo que le llevaba a otro unas tijeras. Sólo que este otro filósofo que estaba hoy, domingo, aseándose los pies, aprendió sus filosofías en la Guardia, ya hechas por los jesuitas, y por Kant y Hegel; y como filosofías de libros, perfectamente anaqueladas yacían por su cerebro, prontas a toda discusión, de ser preciso, y sin que de nada le sirviesen en esta cosa aparte de la vida madrileña y de los muslos de mujeres. Encima de la cama tenía el reloj, las llaves y una buena porrada de plata y de billetes.

-¿Eh? ¡Ganancias! -le oyó decir al ver que Esteban reparaba en el dinero.

Es decir, que febrero ya pasó, que marzo transcurría, y que maldito si Eduardo, antiguo «primeros premios» de la Guardia, y sin tener grandes razones, se ocupaba del estudio. Esteban vio más clara la necesidad de ir afrontando lo emotivo con serenidades conscientes; vio más claro el peligro de ir dejándose arrastrar por lo animal sin dominarlo, sin armonizarlo, sin infundirle alma y fusionarlo, como a los libros mismos, y le oyó hablar nuevamente del Gran hotel Wandervill.

-Bueno, pero eso..., ¿qué es?

-¡Hombre, no te enteras! Ya te lo conté anteanoche..., y tú, chiflado con Renata... ¡como quien oye llover! Pues un piso que hemos tomado en la calle de la Luna, encima de La Chaleca, con niñas también, para disculpa del juego. Al frente hemos puesto a la Merengue; y otra ha sido llevada por Mazo, que ahora anda con nosotros, o mejor dicho, con el Rey de Almendralejo y Wandervill, porque se asocia a la timba. ¡Vente una noche!

Esteban no dijo que sí ni que no. Sin interés por cuanto no fuese Renata, habló de Renata. A Eduardo iba contándole sus cosas día por día. No sólo porque como compañero de cuarto tenía más ocasión de confidencia, fumando y charlando de cama a cama al despertar, sino también porque confiaba en su discreción y cortesía. Era el único que no le ponía envidiosos defectos a Renata, después de verla en Fornos. Los otros, tal que si tuviesen ellos derecho a aquilatar bellezas con sus pulpos de la Chirlo y la Merengue, permitíanse hallarla un poco chicos los ojos y respingada la nariz. ¡Vamos, hombre!

-Lo que encuentro -atrevióse Eduardo a formular, luego de oírle que ella seguía mirando a Enríquez- es que debe ser... algo coqueta.

-¡No! -rechazó el enamorado-. Yo también llegué a creerlo. Pero fíjate en que, sabiendo que sabe él que me prefiere, y habiendo tenido su conato en Badajoz, le debe despistar... ¡Qué me importa que de largo le sonría, si yo a su lado...!, ¿comprendes?

Llamábanle para el almuerzo, y salió.

Comió solo, y con la preocupación de este juicio de Eduardo. Coqueta. Coincidía, en verdad, con lo que él había pensado algunas veces.

Tomó el postre a la carrera, y se fue al Inglés, tan aprisa como siempre, pero con más ansiedad... Anoche la había intimado a que «le esperase sola esta tarde, mandando al marido a las tiendas y a casa del doctor». ¿Le esperaría?

Tuvo una sorpresa. Lejos de estar sola, estaba con tres: Zacarías, Enríquez y un desconocido. «Don Mateo Galván, diputado a Cortes», presentáronle. ¡Oh, valiente diputado! Entraban ganas de darle una limosna. Pequeñito y feo, viejo, lleno de manchas. El nombre, sí le sonó inmediatamente a Esteban como el de un archimillonario de La Torre. «¡Más rico que Galván!», solía decirse en Badajoz como un adagio. Volvió a mirarle, al notar no se supiese qué melosidades que dispensábale Renata, y completó su retrato: lo menos cincuenta años, entrecano, barba recortada, y negro y arrugado y con el pelo laso sin peinar, tal de sucio que esos notarios de aldea que no se lavan nunca. Cada pelo del bigote le apuntaba para un lado, y tenía la boca seca y los dientes amarillos. Roña pura; a menos que fuera que le diese a su cara este aspecto de guarro la tostadura del sol y unos anchos lunarotes pardos y en relieve. Sí, Esteban se fijó: sus orejas parecían lavadas, y su camisa limpia, a pesar de la caspilla que poblábale el cuello del chaqué. Y en fin, de que era «el rico», en persona, hacíale fe, en un dedo peloso y garrotoso, un brillante lo mismo que un boliche.

De la conversación dedujo el joven que se conocían Renata y él de muchos años, por tener dos dehesas colindantes. Julián Enríquez también le conocía desde que estuvo en Badajoz de secretario del gobierno, y tratábale con respetuosa confianza. Por lo visto, habían pasado los dos juntos campestres temporadas con Zacarías y su mujer. Lo que no pudo Esteban precisar fue si Enríquez durante esas temporadas se alojó en la finca de Galván, o en la de Zacarías, lindes por medio. En suma, por parte de Renata, resultaba todo esto una mezcla extraña de atracciones, de sonrisas, de miraditas también, que comprendía lo mismo, si no más, al viejo que a los jóvenes...; y para nombrarle decía «Mateo», sencillamente..., y no «Galván», o «don Mateo», como sería lo natural... ¿Qué había aquí de extraordinario?

Salieron, y no llevaba Galván aires de dejarlos. Formaban en torno de Renata un grupo extravagante. Desgalichado y largo, Zacarías; Galván, facha de pueblo; Enríquez, atildado de flamante levita novedad; y él... pasable, con el terno caqui. La gente miraba a esta señora guapa y bien vestida que llevaba dos delante y que iba en medio de otros dos, sin que haya que decir que si uno de éstos que se le constituyó a un lado era Galván, el del otro lado era Esteban. ¿Qué había aquí, qué había aquí, gran Dios, para que Renata le rindiese tanta sumisión a este hombre?

Mala, desapacible la tarde, Galván los volvió desde la Castellana hacia el Congreso, hoy vacío por ser domingo. Zacarías mostrábase alborozado con el viejo amigo que podía entrar en el Congreso sin billetes. Renata, viendo con qué respeto le saludaban y abrían puertas los ujieres, le aumentaba también sus deferencias, sus sonrisas...; y Esteban, solo (porque Enríquez habíase despedido en la calle del Florín), iba detrás, cruzando salones y salones, y con un odio en el alma para esta mujer que sin duda era, o había sido, la amante del ricacho. Salón de conferencias: alfombra soberana, mesa de jaspe, divanes dorados, chimeneas... Despacho de ministros: poltronas, terciopelos... Ambigú: como un café de lujo... Escritorio: cada diputado su timbre y su papel..., y luego corredores y mamparas y más mamparas... y nuevas salas y un reloj con horarios de todos los países... y, últimamente, el salón de sesiones, desde abajo, suntuoso, formidable...

-¿Dónde se sienta usted? -inquirió Renata, que no podía evitarse el hablar como en la iglesia, tomada por tanta grandeza y maravilla.

-¡Ahí! ¡Justamente, detrás del jefe del Gobierno! -contestó el sucio diputado-. ¡Este es el banco azul!

-¡Sí, ya lo hemos visto! ¡Hemos venido arriba algunas tardes! -repúsole Renata.

Y el marido, sentándose en el banco azul -«con el fin de decir que se había sentado donde Maura»-, deploraba que Galván no hubiese llegado a Madrid hasta hoy para haberle oído ya discursos. Sin embargo, fatigado, tras de hora y media de Congreso, no se levantó; y cuando los otros subían a unos escaños, lanzó un bostezo graduado, de los de la lengua fuera, que hizo volverse a los ujieres.

-¡Anda! ¡Toma! ¡Les choca a éstos!... ¡Se conoce que no me oyeron la otra tarde! ¡Y en mitad de una sesión, amigos!

Era, ante los galoneados servidores, y reforzada ahora por la amistad con este diputado, una jactancia del hombre independiente que no tenía por qué evitarse bostezar... en donde le diese la gana. Estaba desparratado en el banco azul; y, al revés que su mujer, hablaba a voces, lo mismo que en el campo, deseando ya largarse del templo de las leyes.

Anochecía cuando salieron.

Galván estuvo con ellos en la Maison Dorée y por la noche en la Zarzuela. Esteban pudo juzgarlo como un maestro ironista, más antipático aún con su agrio sonreír de cara dura, negra (tal que sonríen los carboneros), manifestado para él, sobre todo, desde que a su vez le advirtió no indiferente a Renata. Porque Renata, en verdad, poco a poco, iba estableciendo con los dos iguales confianzas; la única diferencia con respecto a la semejante situación del día en que encontraron a Enríquez estaba en que Galván era un pegajoso sin pizca de romanticismos. Renata le tenía entregado a Esteban el pie izquierdo, sólo el pie, entre las butacas... En cambio hablaba más con «¡Mateo!», inclinando el busto hacia su lado. ¡Coqueta!

Al día siguiente Esteban se encontró a Galván en el hotel a la una y media. Había almorzado allí, sin que se supiese en qué secreto instante de la pasada tarde le hizo ella el convite. El vino de la mesa..., o Dios supiese qué, les daba una harto ostensible comunidad de ternuras y alegrías. Fueron a la Moncloa, siguiendo la tradición de modestas diversiones, a las que de buen talante se plegó el tacaño millonario, y el estudiante sintióse «extraño» junto a los dos todo el tiempo. En vano ofreció su brazo para bajar las cuestas... Renata, o las bajaba sola, o se lo aceptaba a Galván. Para la noche, ya tenía a las nueve Zacarías cuatro butacas del Cómico. Sino que llegó Enríquez, de frac, y en la dificultad de encontrarle otra contigua, trocáronlas por un palco. Dolido Esteban, se quedó hacia el fondo, viendo a Renata reír, durante toda la primera función, con Galván y con Enríquez. Ella procuraba serle grata a éste, cuya elegancia, cuya compañía en público le parecía decorativa... ¡Coqueta! ¡Oh, la coqueta! Pensó marcharse. Se le partía el corazón. Pero notando al fin Renata su seriedad, su martirio, sentóse, en el entreacto, junto a él. Tal resolución, sin reserva de «Mateo», que había quedado con Zacarías en la baranda, mientras salió a fumar Enríquez, volvíale la vida al joven.

No pudiendo de otra cosa, ella le habló de la obrita; ponía en su voz un gran mimo; estaba guapa como nunca; encendida por la animación y el calor; los ojos de miosotis resaltaban más azules. Sin embargo, notó al muy poco Esteban que los ojos de miosotis, incluso auxiliados por gemelos, miraban en una dirección y, siguiéndola, descubrió a Enríquez, que, desde una lejana puerta, la miraba. Esto le indignó. Se levantó y se fue.

Fumó en los corredores, y el odio y la curiosidad lleváronle a otra puerta. Enríquez habíase vuelto al palco, y pronto descubierto por Renata, él, Esteban, los gemelos de nácar trajéronle, lo mismo que al otro antes, miradas largas que además fueron advertidas por Enríquez y Galván. La rabia de tan mísero consuelo le llevó de nuevo junto a ella con la ciega decisión de monopolizarla, de no apartarse de su lado. Y un minuto después, ¡oh!, el juego se repetía con el viejo mamarracho... ¡Era éste el que había salido, el que estaba en la misma puerta que los otros dos acababan de dejar... y a quien ahora dirigíanse los gemelos y sonrisas de Renata! El estudiante, sintiéndose en el alma hundimientos desastrosos, apreció la situación de un modo claro, repentino. «Esta mujer únicamente valía algo por su pelo, por su boca, por sus muslos..., y él los tendría, como remate de la lucha imbécil en que inducíalos a los tres!» Cuando volvió Galván, porque la segunda función iba a empezarse, a su sonrisa agria de irónico carbonero respondió él con otra sonrisa. Entendido y aceptado el desafío de mañas, de paciencia.

Mas, ¡oh, qué terrible desafío! Antes de media semana pudo el joven convencerse. Entre él, pelagatos estudiante, y un archimillonario, por mezquino y todo que éste fuera, había distancias de abismo. Galván había abierto la lucha por el lado del dinero, rompiéndoles la antigua y humilde mutualidad en sus diversiones, y a las primeras de cambio dejó a Enríquez fuera de combate. Un palco para la Comedia, y al salir, cenilla en Fornos: o lo que es lo mismo, doce o trece duros. En la noche próxima, y por indicación de Galván (aunque por empeño de Renata lo pagó en turno Zacarías), palco del Español. Desaparecido el poeta, Esteban se esforzó en su turno y pagó palco en la Princesa, con cenilla en Fornos asimismo...; pero como le oyó hablar del Real al millonario, para el día siguiente, al retirarse a casa en este amanecer consultó apurado su cartera: quince duros, tres pesetas y cuatro perras grandes... de sus casi dos mil reales famosos, reforzados cada mes con los diez durejos de sus gastos, quedaba esto... ¿A dónde iría con otro palco, siquiera, de teatro principal?

Afortunadamente, fundándose Renata en que no estaba su marido presentable, ni ella, por no haber traído los trajes escotados de baile que tenía, contentáronse en la ópera con sillón de anfiteatro. Y eso sí, Galván, aunque cuando más vestido más fachoso, iba de frac o levita en estas noches. Esteban volvíase el juicio nuevamente variando las combinaciones de su traje caqui con su traje negro, y no pudiendo más, se desquitaba en las corbatas..., ¡una colección! Al llegarle otra vez el turno (y con no poco asombro del rico, que en esta segunda rueda esperaría verle desertar), agotó heroico su dinero en otro palco..., ¡ah, y del Español! ¡y en día de moda! A la mañana siguiente le pidió a Eduardo treinta duros luego de contarle sus cuitas.

¡Sí, hombre, sí! ¡Hala con él! -le excitó el animoso Eduardo dándole el dinero-. ¡Que se amuele! ¡Mira, es tan miserable el tío ladrón, que dicen por mi pueblo que les pone en primavera paja a los caballos y anteojos verdes para que se crean que es forraje!

Pero, ¡ah, las miserias de un ricacho! Con su traje mugriento y sus corbatas y todo, de tirilla, Galván, viendo que era seguido en la batalla, la arreció, y un día dispuso una gira a El Escorial; tren en primera, suculenta merienda con champaña, de Lhardy. Al otro día, correspondiendo, Renata obligó al marido a costear otra gira en Aranjuez...; y ¡adiós los treinta duros, si Esteban convidase a otra en Toledo, o en Ávila, o en el infierno! Achantóse, y a disculpa de cansancio por las giras, limitó en dos tardes su atención, siguiendo lo que ya desde otra Galván y Renata iban poniendo por costumbre, a coche para la Castellana, con cocheros de librea. Y odiaba a Renata, que a todo esto seguía con los dos coqueteando, como Zacarías bostezando, igual a pie que en coche, con los tres. ¡Imposible, sí, imposible lucha semejante!... Renata, rica también, con riqueza del pobre Zacarías, parecía seguirla complacida en sus orgullos de coquetas... ¡Feliz, dijérase, de ver sufrir y sacrificarse por ella al estudiante, y hasta con Galván, tal vez, y al mismo tiempo en complicidad para así imponerle inicuamente la derrota!... ¿Qué clase de mujer, entonces, era esta mujer...? A ratos creíala una aturdida; una enamorada que, puesta en apuros por un antiguo amante, y detestándole ya, pero teniendo que entretenerle sin remedio, trataba de conservarle a él con un tira y afloja bien difícil. Otros ratos llegaba a creer que se le burlaban los dos, secundando ella las ironías suaves de «Mateo» con estúpido descaro -«Bueno, bueno... ¿de modo que iremos a Toledo uno de estos días?»- lanzaba mirándole Galván; y recogía Renata, sonriendo entre los dos con piedad intolerable: «¡Pero a condición de que no gaste Esteban más! ¡No puede! ¡Es hijo de familia!...» Al hijo de familia sentábale la cosa peor que si le dijesen hijo del hospicio.

Iba odiando a la adorada. Iba poco a poco contestando a los odiosos con crudezas. Las situaciones llegaron a ser trágicas, y Galván le tuvo miedo. Pero volvía Renata a amansarle con miradas, con sonrisas, con bombones y con flores, y seguían tan lindamente.

-Mira, yo que tú -le aconsejaba Eduardo-, lo que hacía es buscarla a solas y hablarla francamente.

-Pero ¿cómo? ¿Acaso, Dios, no he ido tres mañanas al hotel? Dos, habían salido, y una, estaban durmiendo; esperé y a la hora del almuerzo, ¡pum!, ¡el tío! Por lo visto, ninguno de los que la conocen tienen que hacer... Ya ves, yo que al principio creí que él, por el Congreso, me dejaría las tardes libres..., me he llevado el primer chasco. ¡Ni por Dios! ¡Así discutan la Biblia!

-¿Y estás seguro, al menos, de que no se acuestan juntos?

-Seguro. ¡Ah, si no! Aparte de que yo le estorbo como él a mí, el marido no la deja. Creo que está escamado a su manera, con tanto sobarle por izquierda y por derecha a la señora. Sí, sí, tenías razón, Eduardo; es una coqueta, y más ¡Lo que voy a darle a Galván alguna vez va a ser una bofetada que le vuelva loco!

-¡Hombre, no! Debes dominarte. Un escándalo te la quitaría para siempre, para en Badajoz..., allá en las vacaciones, y donde te hará buena falta una querida... ¡Coqueta y todo, es una mujer de buten, qué diablo! ¿Qué te importa a ti esperar?

Prudente el consejo. Esteban se hizo las entrañas a seguirlo. Partió y quiso su fortuna que esta misma tarde encontrase a Renata libre de su rival. Se posesionó del confidente junto a ella, y con el matrimonio tomó el café de sobrealmuerzo. Pronto, aburrido Zacarías, fuese a teclear el No me mates. Ella, sin embargo, esquivando seguirle en las explicaciones que asaz francas le intentaba Esteban, por miedo a que el marido los oyese, y negándose a ir a la camilla, por temor a la próxima llegada de «Mateo», consentíale solamente un leve contacto de la pierna, y una vaga adoración como en días mejores, sobre el pretexto de Antonia. Salió de pronto Zacarías a algo urgente, y rápido, certero, Esteban, enlazó a Renata y la besó en la boca, quieras o no quieras. Los besos la vencían y veíasele la dulce languidez en los fuegos de su rostro..., pero debatíase enérgica, inquieta por la llegada de Galván, y fueron breves... Le reñía: le obligó dulce a quedarse en el sofá, pasando ella a la butaca. Hablábala él de Badajoz..., de convenios..., de esperanzas..., y ella sonreía y se las alentaba nada más dándole bombones y violetas... Le rodó el pañuelo de la falda; lo cogió Esteban y se obstinaba en guardárselo... «¡Para mí!» «Bien; pero conste que... robado, como todo lo que hace!» «¡No! ¡Es que robado no lo quiero! Ni yo robo los besos... A un ladrón no se le vuelve a dejar por segunda vez al alcance de la gloria! ¿Para mi?» Se lo alargaba, diciendo esto, y ella, sin tomarlo sonreía... Al fin dijo: «¡Bueno guárdelo!» Y un segundo después entraba Zacarías, y a los pocos minutos, Galván.

¿Qué le chocó a Galván de la alegría insólita de Esteban, y de algún ricillo suelto y de la cara aún roja de Renata?... No se sabe. Lo que sí pudo apreciar el estudiante fue que, en todo el paseo de hoy, Galván acaparó las gentilezas de ella con la fuerza de sus «derechos adquiridos»; y al regreso, sin que nadie le invitara, se quedo a cenar. Esteban no tuvo el desparpajo de imitarle, siempre delicado en cuestiones de convite.

¡Oh, cuando esta noche volvió el joven al hotel, la situación era inversa! Mateo, el alegre; Renata, roja y otra vez ligeramente despeinada; además procaz para con él, incomprensiblemente procaz, secundando al otro en sus pullitas. Y esta fue la disposición de alma con que partieron hacia el teatro Español.

Esteban iba que hubiese dado chispas, si le tocan, como un cable del tranvía. Al llegar al palco se apoderó rotundo de un asiento de adelante, con Renata. Así vio, sin verlo, el primer acto. Realmente atendía a la aproximación excesiva que en la oscuridad iba tomando la silla del odioso con respecto de la odiada. Fue torpe, dejándole el puesto tras ella. La luz del entreacto se los mostró en una vecindad desde la cual los dos le sonreían de un modo singular, y Galván mirábale con insistencia, oliendo el ramo de violetas que él le había comprado a Renata a la puerta del teatro. No pudo resistirlo, y Esteban se sacó del bolsillo, y las olió también, las violetas que ella habíale dado por la tarde.

-¡Sí, todos tenemos violetas! -dijo.

Mas no bastaba; y sacando también bombones, púsose a desliarles el talco con la punta de una horquilla que se encontró en el chaleco. Clavando uno con la horquilla, se lo brindó a Renata, y ésta lo rehusó, sin dejar de sonreír, pero crispada por la insolencia. Tampoco, aunque la sonrisa volvíase nerviosa e insegura, dejaba de sonreír a Galván, quien sacó a su vez bombones y se los ofreció a Renata... ¡Ella los cogió!

¿Sí?... ¡Perfectamente! Había que continuar la cínica exposición de lo que hubiese dado a cada uno. Esteban se llevó la mano al bolsillo del pecho, tiró del pañuelo de ella y púsose con toda lentitud a buscar las iniciales, a ostentarlas luego, como quien se limpia la boca: ¡las iniciales... R. M. bordadas con lausí!

Y lo que entonces ocurrió no tuvo nombre: Mateo tiró de otro pañuelo, se lo puso, jugando en la boca, y hacia fuera hacía caer el ángulo ¡que tenía también las iniciales R. M.!

Esteban se levantó, lanzó el pañuelo suyo a la falda de la pérfida, que sonreía, que sonreía levemente perdido el color... y se retiró al antepalco. Cogió su abrigo, su sombrero y fue a partir; pero ante su ira quiso hacerla saber que se iba para siempre. En el pedazo de un sobre escribió con lápiz: «Es usted una coqueta enteramente despreciable. Firmado. Esteban Sicilia.» Dobló el papel, lo enseñó doblado, a fin de convencerse más de que habían estado viéndole escribirlo, y buscó el abrigo de ella y lo entró en la faltriquera.

-¡Buenas noches, Zacarías! -dijo; y partió.

Habría sido la ocasión de bofetadas, a no haberle contenido la piedad hacia el pobre Zacarías... ¡Pobre niño, pobre tonto, que asistió a toda la escena con un bobo disgusto indescifrable!

Vagó por las calles frías. El odio, determinadamente para Renata, le escaldaba el pecho. ¡El otro no era sino una contrafigura de la idiota, de la inicua, en estos escarnios que le preparaba a su marido en las narices! Y el odio, quitándole toda niebla de poesía al abismo de indignidad y de perdición que le tenía abocado, le devolvía la serenidad capaz de hacerle comprender que se apartaba a tiempo: de los treinta duros de Eduardo, le quedaban tres: tendría en abril que devolvérselos, dejando por pagar a la patrona..., mintiéndole a su madre, para nivelarse en dinero, las mismas patrañas de espejos rotos que Fagoaga y Morita...; pero habría tenido, en verdad, sin resolución salvadora de esta noche, que estar «rompiendo espejos» todo el curso. En resumen, le quedaba este sarcasmo: ¡diez besos y tentarle las piernas a Renata le habían costado ciento y pico de duros! Lección. Él había aprendido. Él era, después de todo, un sensible autosujeto de estudio; pero el estudiante, con su nuevo caudal de conocimiento de sí mismo y de la vida, debía volver ahora a los libros y a las clases. Su comprensión de todo iba a ser más honda. Y le admiraba, le admiraba su serenidad sobre los inmensos rescozores de su rabia.

Se recogió a la una. Pero la serenidad le abandonó en el soledoso gabinete. Reflexionando, llegó a la precisión, a la decisión de razonarle a la imbécil su desprecio en una carta. Se puso, y la escribió, hasta las tres, rompiendo borradores, para hallarle una acerada forma. Colmado luego, se acostó. Daría esta carta al día siguiente.

No eran las doce, al día siguiente, cuando él, antes de almorzar, dirigióse a Fornos y mandó con un botones la enérgica misiva. En diez minutos volvió el chiquillo diciendo: «Que tenga usted. Que ha dado orden de no recibir nada de usted la señora.» ¡Hombre! No había contado con esto. Se levantó, se fue a almorzar..., y volvía por la calle de Jacometrezo a cosa de la una, dispuesto a dar la carta por sí mismo.

Insistía en la negativa de subirla, nuevamente, el portero del hotel.

-¡Bien, la entregaré en persona! -dijo Esteban.

Y se metió en el ascensor, tan resuelto y tan adusto, que el portero no tuvo otro remedio que ponerle el número y despacharle para arriba.

Entró. Saludó. Tomó asiento en una silla. Hallábanse Zacarías, Renata y Galván. La presencia de Esteban había causado un asombro de silencio. Lo sostuvo él un poco, un reto seco, y dijo al fin:

-Esta mañana, Renata, le he enviado una carta con un chico.

Renata fulguró, contestándole:

-Esta mañana..., ni nunca, yo no tengo por qué recibir cartas de nadie.

-Pues mire, ¡la traigo aquí! -dijo Esteban mostrando el sobre entre los dedos.

-¡Pues mire, se la lleva! -dijo ella casi en furia.

-La carta, sin embargo, es para usted. Tendrá usted, por tanto, que leerla.

-¿Yo?... Le digo que a mí no tiene nadie que escribirme.

Le volvió la espalda, con el puño en la mejilla y el codo en el brazo del sofá, y «Mateo» intervino:

-Renata, como todo lo de usted puede verlo su marido, que le dé la carta a él.

Necia treta, si creyó que iría a turbar al joven, que contestó inmediatamente.

-Por mí, no hay dificultad, se la daré..., y aun la leeré yo mismo, si les place. Lo único que quiero es dejar sabido que se entera de mi carta aquella para quien la escribí; y lo único que siento es que a algunos pudiera molestarles lo que digo en ella. Ahora, ustedes vean si se la entrego a Zacarías y la lee Renata en mi presencia, o si yo la leo. ¡Por mí no hay dificultad!

Esto dicho a Galván con una feroz y helada calma de atraco, le hizo ponerse verde, de negro que era.

-¡Léala! -contestó, procurando fijar en insignificancia la cosa con una sonrisa de cadáver.

Esteban rompió el sobre y leyó pausadamente:

-«Renata: Me alejo de usted sin dolor. Usted me llamó, y yo me despido. ¿Quién de los dos es el despreciado?... ¡Hay mujeres que no valen ni la pena de esperarlas... en un juego de idioteces! Adiós, Renata; haría usted mal si me creyera celoso: me voy de su lado con asco, y nada más. Celos, es imposible que me los dé ninguno de los tres hombres que, hasta ahora, junto a usted, hubiesen podido inspirármelos: uno es un desgraciado que bastante tiene con soportarla «oficialmente»; otro es un figurín infeliz a quien usted le da lo mismo que el maniquí de una modista; y el tercero, en fin, un fachilla mentecato que, por todo hacer, tiene en el mundo la misión de tontear con una tonta. Esto quería decirle, y esto lo deja dicho. -Esteban.»

Bajó el pliego, y los miró.

Renata, torcida de ira, tenía la faz oculta entre los dedos. Galván, muy serió, jugaba con mano convulsa y distraída a morderse los pelos del bigote. Solamente Zacarías, apoyando en las rodillas sus largos brazos en paréntesis, miraba consternadamente a su mujer y movía en lúgubre silencio la cabeza (la pobre cabeza que no se daba clara cuenta de las cosas), como queriendo expresar: «¡Concho, y que esta mujer se meta en estos líos...» ¡Pobre!... Alzando la suela del zapato, daba golpecitos en el suelo.

Esteban se levantó, dejó la carta en la camilla y saludó:

-¡Buenas tardes!

Por la escalera iba pasmado de la insigne cobardía de Galván.

Y llevábase un consuelo:

«¡Ella le deja; le deja ahora, por cobarde!»


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