En la carrera: 19

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Capítulo III
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En la carrera- Tercera parte Felipe Trigo


«Querido Esteban: No sé si sabrás la noticia: Fagoaga se ha suicidado en Cádiz. Se había traslado de universidad, y el pobre bebía mucho. Dicen que a última hora estaba como loco.

»Te escribo, ya que no nos vemos, con la vida que haces, porque necesito que vengas por casa. Morita, que se encuentra enfermo desde hace algunos días, se ha agravado repentinamente. Haz el favor de venir; necesito que me ayudes a tomar cualquier resolución. -Tu afectísimo

Eduardo.»

Eran las nueve y media de la noche cuando le trajeron esta carta. Estudiaba, porque se estaba en mayo, con la proximidad de los exámenes, y las fatídicas noticias, en el estilo breve de enérgica bondad que siempre empleaba Eduardo, causáronle estupor.

-Mira, ¿te acuerdas? -dijo, entregándole a Antonia la carta-. Este Fagoaga era el que venía en el tren conmigo, el más grueso. ¡Pobre!

Leyó Antonia y tuvo una piedad para el suicida, a quien conoció vivo y alegre un minuto, rebosando juventud.

Esteban cortó el silencio reflexivo dándola un beso.

-¡Una víctima! ¡Una víctima más de las que causa la absurda vida estudiantil!... Sergio López, también en el verano, parecía otro: enfermo, de enfermedades repugnantes, y borracho del flamenquismo y del vino de Sevilla.

Miró en su torno, respirando la paz de esta mansión, que era para él de orden y de vida, y le agradeció a la maga el milagro:

-¡Salvación! ¡Oh salvación! ¡Tú me salvaste!

Abrazáronse, y de la emanación profunda de su dicha resurgió más grande la piedad:

-¿Vas a ir?

-Sí; no sé qué quiere. Volveré pronto. ¿Te da miedo?

-No.

Por primera vez se separaban de noche. Partió Esteban. Tomó tranvías. En la calle de Jacometrezo le abrió la Burra. Hízole doña Rosa una alborozada recepción. Luis Cerrato, en el comedor, estudiaba. Había otros cinco estudiantes desconocidos. No le dejaron sorprenderse de que allí no viviesen ya, desde todo el año, ni Mesonero Romanos ni Morita: «lo olvidó sin duda, puesto que se lo habían dicho en San Carlos». Estudiantes ricos, y de otra facultad, mudáronse a la calle Mayor, y ellos no habían vuelto a verlos. Ignoraban que Morita estuviese malo. En cambio sabían el trágico fin de Fagoaga. Al enseñar Esteban la carta, la Burra se eterneció. Quiso acompañarle. Cerrato, con su impasibilidad de mecánico estudiante, ofreció que «iría mañana», porque se tenía que repasar todo el aparato digestivo. Había sacado premios en los dos cursos anteriores, y estaba tan serenamente pálido como siempre y con el bigote más largo, más lacio, creciendo a su albedrío, lo mismo que el forraje de pueblo.

La Burra, para vestirse, llevó a Esteban a la sala. Ocupaba el antiguo cuartito de Antonio Mazo. Contó que estos otros que ahora estaban en la sala eran más tranquilos. Llamó para que le llevasen agua, y se presentó una criada tuerta. La dio un pellizco, y ella a él un manotón. Del pescuezo, canaloso y seco, le subían a la muchacha los pelos, estirados hasta un moñete miserable. Horrible, sucia desde la cabeza a los pies, como una momia arrastrada un mes entre polvo y telerañas. Tan horrible, que la Burra pudo casi con justicia expresarse de esta suerte:

-Doña Rosa, ¿sabes?..., a partir de las juergas que trajimos con Andrea, la asturiana, no ha vuelto a tomar ninguna guapa. No quiere. Así y todo, con ésta se acuestan esos cinco.

Se recobró en importancia y terminó:

-Yo no, ¿sabes?... Me he venido a este cuarto solo porque... porque, ¡vamos!..., ¡se acuesta conmigo doña Rosa!

Salió del cuarto poniéndose los puños. Pesaroso de haber dado la noticia en un ímpetu de orgullo, rogó el secreto:

-Ya ves..., una señora formal, que tiene cerca de cincuenta años... ¡Bueno, cuarenta y siete, dice ella! Está muy fresca, porque es flaca..., y si no tuviese los ojos algo tiernos... Blefaritis, ¿sabes?... Es que le salen las pestañas hacia adentro, y se las tengo que arrancar... Yo no conozco a la tuya, pero también dicen que es guapa.

Con una sonrisa de bondad y caridad perdonó Esteban a la Burra. En él veía una caricatura bufa de sí mismo. Estudiante pobre, que no dispuso jamás de dos pesetas para comprar siquiera un payaso de mujer, se le conocía en el acento con que habló que parecíale una hermosura la patrona, y que la adoraba y respetaba. Sin embargo, acababa de cometer con su secreto «la eterna indiscreción».

Olía a «cocido», del gas de la escalera, según le había explicado en tiempos doña Rosa, y la sala vieja y los muebles puercos, lamentablemente destrozados, le devolvían la impresión de su horrible vida de otros años. Él también revolcó su mocedad en estos antros de toda la libre grosería, de toda la libre porquería. Colgaban en la humedad jirones de papel de las paredes, y en amarillento estuco de la alcoba, donde habíase acostado con Andrea, fuese ya imposible contar las manchas de chinches reventadas a zapatazos o abrasadas a llama y humo de cerilla.

Salieron; volvió a cruzar el barrio inmundo entre el olor de cueva que exhalaban las prenderías y librerías de viejo, los estancos, las casas de prostitución. Típico barrio de estudiantes, sin embargo, es decir, de la flor de la juventud española, que aquí venía de todo el reino a aprender cómo debían detestarse los estudios y a connaturalizarse con lo desolado y tenebroso. Se ahogaba. El corazón ratificábale su odio mortal hacia lo antiguo, hacia todo lo pasado, que sólo le servía de lección de fuga a un porvenir de ciudades rectas entre parques, entre flores, y en una diáfana modernidad ligera y ancha, donde no quedasen otros monumentos que los levantados en floraciones de mármol y de gracia por el anónimo amor de los humanos. Le duró hasta la Puerta de Sol esta como física congoja, y halló menos ingratos en la calle Mayor el portal y la escalera de la casa de Eduardo. Pero, según ascendía, volvíale la peste a coles, el vaho a cubil de estas hospederías baratas en que tenían que aguantarse incluso los futuros abogados e ingenieros de familias ricas, añorando las comodidades de sus casas.

Eduardo, siempre pulcro y elegante, los recibió en un gabinete que ofrecía, al menos, el aspecto de aquel de doña Rosa antes de ser destrozado por tres años. Los informó. Morita tenía un goma sifilítico en el cerebro. Sufrió a las dos de la tarde un ataque, y continuaba sin sentido, con los ojos estrábicos. Le visitaba un médico; pero ante la urgente gravedad del caso, estaba Eduardo en mil apuros: por una parte, parecíale que debía llamarse a Bombín, una celebridad; por otra, no sabía si avisar a la familia de Morita o esperar a que esto le pasase y acompañarlo a Valencia; mas, como hallábanse a fin de curso sin un cuarto, y con las deudas de la rastra del año, pensó en los amigos..., para ver de salvar la situación. Pasaron a la alcoba. Morita, pálido, inerte en la cama, de espaldas y con los ojos trabados hacia Dios, como pidiéndole misericordia por esta infamia que entre padres y madres y tutores insconscientes se hacía con los estudiantes, yacía junto a una mesita de noche llena de jeringas, sublimado, yodoformo y pomadas mercuriales. No lejos, como la imagen de una religión ignominiosa, veíase clavado en la pared el retrato que la Coja le dio a Eduardo.

Morita no se movía. La Burra le pulsó.

-¿Qué? -preguntó Eduardo.

-No, nada... ¿Qué ha dicho el médico?

-Que un goma cerebral; que está grave.

-Bueno..., pues... ¡eso!

Se fueron a la sala. Eduardo habló de otro paisano de Morita, que vivía con ellos; pero tan imbécil que de nada les servía. Era uno de esos estudiantes hijos de enriquecidos taberneros de provincia, metidos de pronto a señoritos, que, ateniéndose en Madrid a su ropa, preferirían ni conocer siquiera a los que a ellos les conocen. Avergonzado de que Morita pudiese a los demás descubrirles su prosapia, tuvo un disgusto al verle mudarse a esta casa, que él mismo ensalzó excelente. ¡Un tipo, en fin! Tenía barbero fijo, camarero fijo en el café, y hasta estanquero y cerillero golfo vendedor de periódicos, fijos, por que le llamasen don Ángel; le daba asco todo, y de las comidas raras principalmente, como les suele acontecer a los que se nutrieron con sopas en la infancia; era metódico y circunspecto y paseaba siempre con otros dos estudiantes de leyes, canarios, venerándoles por la razón de saberlos sobrinos de un gobernador. Dándole asco también de las lumias, dedicábase a contemplar y a averiguar los nombres de las duquesas del Real..., y no hay que decir que no se acercaba el hombre ni a tres tiros al cuarto de Morita.

-¡No, la verdad es que está asqueroso! ¡Pobre Morita! -comentó con su franqueza angélica la Burra.

Opinó que debiera verlo Bombín sin pérdida de tiempo. Sólo que aguardaba Eduardo al Rey de Almendralejo y a otros diez o doce amigos, citados a la vez que Esteban, y los entretuvo charlando de otras cosas. Fagoaga se había trasladado de matrícula, a Cádiz, porque le parecía La Cierva insoportable.

-¡Cómo La Cierva! ¿Quién es? -inquirió la Burra.

-Sí, hombre, el ministro de la Gobernación. ¿Vives en las Batuecas?... ¿No sabes que desde este invierno tiene dispuesto que se cierren las tabernas, los cafés, los restaurantes..., todo, a la una y media de la noche?... ¡Madrid parece otro!... Bueno, pues el pobre Fagoaga no lo pudo resistir, hecho como estaba a acostarse al ser de día, y se fue a Cádiz. Allí, la manzanilla...; porque él bebía poco en Madrid, aunque jugaba y le daba por las niñas!..., pero, ¡claro!, en cada sitio, lo que hay..., y, además, no tendría de particular que también tuviese gomas, porque él tuvo de todo. Allí la manzanilla...

Mesonero Romanos se interrumpió, porque entraba una criadita con leche para el enfermo. Dejó la no fea muchacha la jarra en una mesa, y se fue.

-¡Ah, ladrón, que te sonríe! -dijo la Burra-. ¡Tenéis cosas!

-¡No! -opuso Eduardo-. ¡Porque las tuvo con Morita, Burra, ¿sabes?... y cualquiera va después... ¡Oh, yo le voy a decir a mi padre este verano que me mande al extranjero a estudiar..., a Inglaterra! En España es imposible. Madrid está perdido de... O a París, donde dicen que el Barrio Latino está lleno de grisetas... Sí, sí, no hay que darle vueltas: mucha moralidad, y a mí nadie me engaña en teoría; pero lo cierto es que a todos nos hace falta una mujer..., y que el ideal sería encontrarla como éste, como Esteban.

Se callaron. Quejábase Morita. Fueron. Contempláronle sin saber qué hacer. Esteban estudiaba el gesto del discreto Eduardo, que al fin abominaba, fijo en el triste ejemplo del enfermo, de esta vida estudiantil tan llena de tristeza e impureza. A Eduardo, como a él, le había salvado un poco el mismo instinto de repulsión a lo grosero. Mas, ¿cuánta buena voluntad de orden, de estudio, de amor y de respeto a mil amables cosas respetables..., había roto también el Madrid del abandono en el niño que los santos jesuitas educaron! ¿Para qué?... ¡Padres de almas, en la edad en que el alma es una niebla de candor, para que los padres del cuerpo arrojasen a uno (en la verdadera edad tremenda) a la libertad de todos los horrores... ¡El amor, a él, le había salvado! Y bendecía a su Antonia, y bendecía al Amor..., que así «salvaba» hasta en la plena libertad y contra los mismos formidables errores de los padres de la carne y de las almas. Creía él que lo que necesitaba la vida eran menos rigideces y más armonía con los instintos.

Llamaban. Entró el Rey de Almendralejo, y Esteban se admiró. En un año más, sin verle, le hallaba envejecido, con los temporales huecos y terrosos, donde algunas canas rebrillaban. No tenía más de veinticuatro años este crónico estudiante. Además, supo que tenía medio arruinada a la familia: en este curso había perdido quince mil duros a la banca. Primero estuvo en la cárcel. Luego le pagó el padre las deudas. Wandervil, huyendo del desastre, se fue a su tierra.

Media hora después se habían juntado trece amigos en la sala. Se aprontó dinero. Fueron a llamar a Bombín y al doctor de cabecera. De la consulta surgió la esperanza... «Pero los jóvenes debían de avisar telegráficamente al padre de este chico». Se hizo así y se estableció un turno de guardia. Generosos los médicos, no quisieron amenguar el fondo de treinta duros que habían reunido los muchachos. Además, lo menos siete, de los trece, eran conocidos, como antiguos clientes, de Bombín.

Esteban, dispensado de la guardia, a pesar de sus ofertas, en honor a la amiguita, partió de la casa pensando cosas tristes. Ante aquel grupo de alegres compañeros, representación la más típica de los «madrileños» estudiantes (pues aunque en la universidad y en San Carlos conocía otros de conducta muy sensata, eran bien contados). No podía evitarse imaginar el número de trenes que en cada octubre traía de las provincias tantos niños llenos de bondad y de ilusión... y el número de trenes con que, en cada junio, Madrid le devolvía a toda España tanta sífilis en marcha, tantos sabios fracasados, tantos hombres destrozados para siempre.

Eran las tres. Desconocía completamente este nuevo Madrid nocturno del sueño y de la paz, logrado por la sola orden de un ministro. ¿Dónde estaban las perdidas, los borrachos, los juerguistas, el Fornos y el Nacional, llenos de gentes, que él había visto un año antes?... Por las anchas calles, desde la Puerta del Sol a su casa, no encontró más que serenos, boticas y una funeraria. Madrid dormía, que es lo primero que necesita un pueblo para sentirse con ganas de trabajar al día siguiente. Y Esteban, casi llorando de ternura por el bien ajeno, comprendió lo que, de acuerdo con los sabios maestros de la universidad, pudiesen ir haciendo por el bien del mundo unos ministros que aún supiesen y quisiesen decretar con menos arbitrariedad en el gran sentido enorme de la Vida...

Para ello, acaso les hiciera falta tirar un poco los libros y estudiar el armónico mundo libre de los pájaros. Ya este señor La Cierva tenía algo adelantado con vivir frente al Retiro, como él.

Sólo que vio al guardia, al eterno guardia de día y noche en la puerta del ministro, y le tuvo al ministro compasión. Un hombre a quien querían matarlo, y que necesitaba de otro hombre que le guardase el sueño mediante el diario amor (haber) de tres pesetas. ¿De qué mundo de barbarie y ferocidad eran entonces, guardias y ministros, estos hombres?... Los ministros no estarían a gusto, como él, hasta que despidiesen a los guardias y sirvientes.

Morita, al nuevo día, había reaccionado del ataque. Al otro vino su padre y se lo llevó a Valencia. Llena de úlceras la boca, no podía comer más que leche y huevos. Llena de úlceras la frente, tenia que usar un sombrero grande de dril con arinadura de pespuntes, que no pesaba dos adarmes. Se le habían caído el pelo, las pestañas y las cejas.

Desde la estación tuvo Esteban una complacencia en dirigirse a San Carlos. Los muertos le hablaban de la vida. Pensó que también debieran ir a ver los muertos diariamente los ministros de la gobernación de los Estados. Eran su templo de las grandes oraciones, desde que no iba a las iglesias, esta sala de disección, estas salas de las clínicas y aquella vida de su Antonia. La vida y la muerte, y la belleza y la fealdad, y la dicha y el dolor, en confusión extraña, decíanle que todo era lo mismo y que estaba en el íntimo poder del corazón humano ennoblecerlo todo, hasta lo horrendo, hasta lo infame, sin más que amarlo todo con alguna caridad. Aprendía en sus libros y en las cosas, y sabía ya profundamente, de manera inquebrantable, que este equilibrio suyo cordial y mental tenía por divina causa el amor humano. La diosa del... dios de la tierra, que era el hombre. La creación del dios del universo, en cuyo gran seno eran de dioses también los muslos y las almas. ¡Antonia, hallada con un poco de nobleza a través de su vileza y su infortunio!

Jamás él había estudiado tanto ni con tanta comprensión como este año. Las pobres muertas de San Carlos, jóvenes algunas, desposadas en desnudez sobre los mármoles con la eterna eternidad, tenían un gesto inmenso de reposo, de paz y de casi delicia, que hacíanle olvidar a él, en sus nupcias con aquella otra mujer no tan desdichada, el sello de vergüenza que en la frente habíala marcado el mundo. Sello más bien de martirio y redención. El mundo, hasta en su estupidez, era certero, obedeciendo a una fatalidad suprema y perfectiva. Por la crápula iba hacia la dignidad, desde la ignorancia; por el mal, hacia el bien y la sabiduría, desde la inocencia, y la inocencia no es más que el estado absoluto de ignorancia, de estupidez, de esclavitud. ¿Quién le diría a él que no eran tan inocentes, como una virgen toda blanca, Morita, o Fagoaga, o el Rey de Almendralejo?... Pasaron, pasaban, pasaban por la Vida con inconsciencia igual, lanzados, empujados... en equivocación perpetua..., como la virgen en perpetua renunciación.

Para sentir esto más claro -esta insensatez de la inocencia-, no tenía más que recordar al pobre Fagoaga, que se enloqueció de vino y se arrancó la vida a los dieciocho años... ¿Quién ha visto que se pegue un tiro el capullo de una rosa?... Para sentirlo más claro, no tenía más que acordarse de su antigua idea de los novios perfectamente inocentes a una reja: o los guardaban, o sus instintos los llevarían, y más pronto aún que a los perversos, a idénticas enormidades. La Naturaleza tiene instintos, impulsiones que en vano quiere contrariar la social sandez, y que lo mismo, y a través de obstáculos llegan a su término por la gentil ignorancia de la vida que por la diabólica sapiencia de la vida. Nunca olvidaría Esteban el nacimiento que presenció de un burro: apenas caído al suelo, y lamido por la madre, se levantó, osciló, miró a todas partes con tiernos ojos combos de inocencia, y buscó y encontró la teta donde estaba y púsose a mamar..., ¿quién se lo dijo? Pero los hombres, todavía se tratan a sí propios peor que a burros, proclamando su inocencia y contrariando su inocencia con bozales de ordenanzas y con ronzales de leyes... cuando no debiese haber ni habrá para los hombres otra ley que la de la proclamación, la de la consagración de su inocencia consciente... ¡Todo lo contrario a las humanas inocencias actuales!

Una pena tenía Esteban solamente en este fin de curso brillantísimo. Llegaba junio, y debería separarse, por cuatro mortales meses, de su Antonia. Hablaban de ello, estrechándose con frío, y convenían los dos en que no era igual haberlo acordado allá en la fonda para larga fecha, y considerarlo ahora, tan cerca, en la inminencia de la realización, con el egoísmo de su pasión herido. Esto los obsesionaba, y encontraron un consuelo: Esteban acortaría su ausencia retardando la marcha hasta el fin de junio, y anticipando el retorno a primeros de septiembre.

La zozobra se les aumentó en la época de exámenes. Un día llegó a casa el estudiante, muy triste, con un sobresaliente y matrícula de honor. Otro día, más triste, llegó con otro sobresaliente y otra matrícula de honor. Otro día, casi muerto por la pena, llegó con otros dos sobresalientes y otras dos matrículas de honor. No tenía más asignaturas. Cuatro. Su misión en Madrid estaba concluida. Lloraban los dos de dolor y de contento. No sólo premios, sino el número uno en todos. Si hubiese habido un galardón más alto, se lo hubiesen otorgado. Pero... ¡ah, qué honores que le arrancaban de aquella en cuyo amor tendría que recaer!... Algunos días aún, ocho, quince..., ¿y qué?..., ¡no verse en la cuarta parte de un año..., y él allá en el incoloro Badajoz..., y ella aquí, tan sola! Por lo pronto, así que acabaron de almorzar, el estudiante ocultó a su madre, en la carta que escribió, uno de los exámenes de este día: tendría que servirle de pretexto en el retraso del viaje.

Dulce el tiempo. Pusiéronse al balcón. No hablaban, llenos de melancolía. El Retiro estaba hermoso. Veíanlo como desde un globo, y las arboledas tapábanles la gente. El cielo tenía dispersas y quietas nubes blancas. La ancha vía de Alfonso XII, cerrada, enfrente por la veda kilométrica, era enfilada de tiempo en tiempo por los tranvías rojos, que ya llevaban jardineras y cortinas de verano. Veían palacios de piedra, en la acera de ellos, y esparcidos por enfrente y por los lados palacios de cristal, entre las frondas. A la derecha, la inmensa marquesina clara de la estación del Mediodía, la diáfana techumbre del frontón de Jai Alai, el templete del Observatorio, que ofrecía en su montecillo de verdor aspecto olímpico, y el grupo de mármol que coronaba el Ministerio de Fomento, sobre una apoteosis de arboleda fina, como unas ninfas y unos dioses con alas y con potros que hubiesen salido del templete a jugar con sus elíseos campos. Enfrente, dentro del enorme parque, el esbelto alcázar de la Exposición de Industrias, presidiendo su exótico escuadrón de pabellones; el de la Exposición de Bellas Artes, y el del Museo de Ultramar, cerca de un lago, y el peristilo del monumento al rey Pacificador en el estanque surcado por esquifes...

Sí, perdían la vista suntuosamente acariciada. Estaban rodeados de maravillas y grandezas. Detrás tenían el Museo de Pinturas, los Jerónimos, los Museos de Artillería y de Reproducciones Artísticas, la Academia Española... y jardines, jardines por todas partes, en el Botánico, en el Prado, en las plazuelas y glorietas llenas de estatuas.

-¡Qué bien hemos vivido aquí! -dijo Antonia en un suspiro.

-¡Oh, por Dios! -repuso Esteban-, ¡hemos vivido!... ¡Vivimos y viviremos... en presente, en porvenir!

El pretérito, no obstante, había saltado en el alma de ella como una convicción del alma que no sabe de fechas y almanaques, que sólo sabe de una eternidad, que ya no lo es cuando se corta. El viaje de Esteban les iba a constituir un paréntesis horrible.

La entró Esteban del balcón, por la cintura, y dejaron caer el stor de paja que tenía estampado un ibis. De pie, la estrechaba contra su corazón y contra su vida. Sus almas besábanse sin beso por encima del dolor. Doliente el amoroso, dijo:

-¡Tengo hambre de ti!

Y dejándola, fue a abatirse en la butaca.

-¡Tengo hambre de ti! ¡Mucha hambre de tu vida! ¡Sáciame! -volvió a pedir.

Sonrió Antonia, y sacudió la cabeza lentamente.

Sonriendo, de pie, allí mismo, lenta y leve, quitóse el matiné de color de arena..., desprendió de sus hombros la camisa, y casi juntas, sin saberse cómo, dejóse caer a la cadera la camisa, la falda y la enagua; se sentó, sostúvose estas ropas hasta que tiró al lado los zapatos y las medias, y sólo entonces, de pie otra vez, surgió de los cendales -caídos a sus plantas- divina Hebe.

Era fácil desnudarse de amada amante sin lujuria que sabe cómo y cuando está el amor en el alma de su carne. Se acercó a Esteban con dulce desenfado; y Esteban, con calma dulce, tendió un brazo, tendió una mano, y se la aposó en un seno llenamente. Por un rato, contempláronse, sin mas voluptuoso contacto que el de la mirada serena de sus ojos y el de la presión suave de aquella mano en aquel seno. Luego, ella, viendo que hervía el niquelado samovar, apagó el alcohol y llenó las tazas. Era un rico té servido con leche en que se cocía previamente canela y corteza de limón. Puso la bandeja en una mesita, entre la butaca de Esteban y el sofá, y se medio tendió hieráticamente perezosa en el sofá, para tomarlo. No ignoraba que este amor en llama de los dos... solía durar toda una tarde, toda una noche...

La escena recordábales otras de dos novelas de Felipe Trigo, Alma en los labios y La Altísima, que, sin que ellos las hubiesen imitado, tenían de ellos una adivinación sorprendente. Esteban fue por ambos libros, y en Alma en los labios leyó el pasaje.

Antonia, con los ojos cerrados, sonreía.

Luego el lector cerró el libro, lo dejó sobre el denudo regazo de su Antonia como una ofrenda de divino pensamiento a la bella carne que hizo Dios, y dijo:

-Mis premios de honor son... de tu carne. Cuando tenga los diplomas, de ellos haré banderas para cubrirte de triunfo. Han sido premios para mi vida en ti feliz y satisfecha, dispuesta al bien. Creerán también estos doctores de San Carlos que se los otorgan a mi voluntad brava de estudiante, y les sería difícil comprender que se los dan a tus ojos, y a tus muslos, y a tus senos.

Se dobló, le besó los muslos, los senos y los ojos, y volvió a decir:

-Sí, les sería difícil comprenderlo. Saben o pueden sospechar que en el pasado año, por otros ojos y otros senos y otros muslos de... mujeres..., tuvieron casi que por caridad aprobarme: ¿qué diferencia va de la lujuria-varia a la sensualidad-amor? ¡Bah, esto que ignoran los doctores porque estudian unas cosas que se llaman, también partidas y rivales, Fisiología y Psicología, demasiado secas..., lo sabe, cuando lo siente, el corazón..., doctor de sabios, de los sabios! El tuyo, Antonia mía, ha podido saberlo entre Cádiz y Madrid, pasando desde la fría lujuria de «aquel hombre» a la vida plena de mis brazos.

La acogió en ellos, la besó. Se quedó sentado en el borde del sofá, enlazado por los brazos de su gloria..., reclinado en la suave gloria de los hombros de su amada..., sintiéndola junto al mismo corazón la elástica belleza dura de la gloria viva de la los senos... Ella se había torcido, cayendo de su regazo al suelo la novela que tenía en su nombre una conjunción de alma y labios, y por todo lo demás del largo asiento se tendía graciosa y libre la gloria tibia de su estatua.

Y habló:

-Si quieres, Mía, habremos de corregir también un poco a esta Dariela en lo que respeta a los hombres. Ella comparó un mal nuestro, el de lujuria en el saciarnos de mujeres..., con otro peor de las mujeres forzosamente castas. Para su... reflexión, bastaba. Consignemos, sin embargo, la bárbara insensatez que resulta inevitable en esa separación de dos mundos: el de las puras, el de las castas, únicas que por lo mismo podrían decimos a los hombre cosas de pureza con su desnuda honestidad, y el de las inmundas o lascivas (sin culpa de ellas, ¡pobres!) a que se nos condena por costumbre y hasta tanto que conyugalmente podemos aspirar a las honestas. ¡Qué horror!, ¿verdad?... ¡Es la prostitución del hombre, desde niño, que unas veces lleva directa al autoasesinato de Fagoaga o a la putrefacción de juventud de Sergio y de Morita, y otras, las más y las felices, a lanzar sobre las vírgenes de amor, en los hechos puros de las bodas, maridos que no son sino guiñapos, despojos de la impureza o de la crápula! La condescendiente opinión sanciona esto satisfecha: «!La ha corrido!», se dice; y para que la sigan corriendo, antes, los futuros modelos esposos, especie de caballos que se deben previamente desbravar (porque, si no, según la opinión autorizada, tendrán que correrla después), en el teatro siguen poniendo el Tenorio, como estímulo, los moralísimos artistas, y en los prostíbulos guardias, los gobernadores, como garantía legal del orden público cuando continúen los niños de primera comunión comprándose Ineses de a peseta... ¡Qué monstruoso!, Alma, ¿verdad?

La estrechó a sí con el horror de lo pasado, y prosiguió dolido su lamento:

-Tú, mi Antonia, fuera de toda ley y contra todo el implacable rigor de las costumbres, que forjan otra ley no escrita y más fuerte por debajo, en una rebelión de la vida, pudiste conocer el amor la vez primera entre mis brazos con llamas ideales. El mundo castiga eso como te ha castigado a ti, porque la clasificación estúpida del mundo te tenía en los anaqueles de las castas. Al lado de eso, el horror de lo que se hace con nosotros no tiene nombre, y nos fuese también mil veces preferible la misma condena a castidad. Si conocieses a la mueca de mujer que poseyó la primera mi inocencia, te espantarías. Si pudieses conocer a las burlas de mujer en quienes antes de ti, y después de ti, hasta que he vuelto a tenerte, se arrastraron mis deseos, te asombrarías, me escupirías, te inspiraría quizá el asco para siempre. Pero si pudieses conocer mi desilusión, mi pena, mi martirio cada vez que mis ansias de belleza y de ternura han tenido que estrellarse contra la mujer, por reglamento vuelta repulsivo mueble, y contra el amor, por reglamento convertido en lujuria y mercancía..., ¡ah, entonces, Antonia, tendrías que compadecerme y perdonar mi llorar desde tu alma el infortunio de aquella alma mía de niño!... ¡Ah, ya ves, ir buscando el hechizo supremo de la vida en un cielo de ilusiones juveniles, y encontrar la fealdad, la frialdad, la repugnancia! ¡Qué triste!

Le estrechó ella contra sí y la estrechó él como un tesoro. Iban a verter lágrimas quizá los ojos de la dulce a quien se le pedían del alma solamente, y él tendió la mano y la dejó tapando aquellos ojos.

-Yo no sé bien, Antonia, todavía -dijo-, si ese impulso de ternura que lleva al niño a buscar a la mujer es natural, es de la vida, o es un prematuro y falso antojo creado en su inocencia por la perversión del mundo, que le llega casi a los bordes de la cuna. Pero si fuese esto el honor social, debiera imponernos a los hombres la misma sumisión a la virtud que a las mujeres, bajo la misma pena de desprecio y de deshonra; y si fuese aquello, si fuesen incontrastables derechos de vida y juventud..., entonces, la sociedad, la humanidad, para no ser inicua con sus propias leyes y malvada y destructora de sí misma, debería reconocerlos, dejándole a la juventud la juventud. Porque es horrendo, fíjate: se nos otorga por ley de tolerancia toda libertad, a los niños, a los jóvenes, e inmediatamente se nos limita en impureza y en fealdad con sólo ponerle a las puras cadenas de virtud a precios de matrimonio, cuando no podemos casarnos, y altas tarifas de dinero, que no tenemos, a la belleza indecente. Libertad, pues, para las puras, para las lindas, también, de cazador en un coto, o de exhausto mercader en un mercado. Es idiota. El coto suele serlo cualquier sitio, pero el mercado es Madrid. Nuestras familias nos creerían locos si le hablásemos de boda, es decir, de ansia por honestas, los pobres estudiantes. En cambio, acaso nuestra misma buena madre se sonríe benévola, pensando en qué consuelos habremos de gastar cada mes las míseras pesetillas que nos mandan...; y nosotros los estudiantes, los que deberíamos tener por fuero de juventud el derecho al menos de la juventud y la belleza de las lindas del mercado..., en el gran mercado, sonando nuestras cuatro pesetillas, vamos a Candelas a contemplar las camareras que se llevan otros, vamos a Fornos y a Eslava a admirar las cocotas, y nuestras cuatro pesetillas se conforman, se tienen que confonnar con lo horrible y lo podrido, con lo que sobra y rueda de los puestos esplendentes, camino del hospital, por las sombras de la calle... Sí, mi Antonia, te digo que no lo sé, que me aturdo. Tanta inmoralidad mezclada a tanta moralidad me confunde y me marea..., ¡sólo sé que hay en mí una dolorosísima protesta de... juventud..., de juventud... en nombre de mi pasado, en nombre de los otros, en nombre del porvenir, Antonia mía!

Le dio té, en su taza, y viéndola tan feliz acogérsele nuevamente al reposo de su pecho, él continuó:

-Sí, Antonia. Tú y nuestro nido me hacéis ver el porvenir, un poco. No sé cuándo, en el mundo no habrá más mujeres que se vendan, que se pudran. Unas bodas, que yo no sé cómo serán, les habrán de permitir a dichosas parejas juveniles vivir en casas como éstas. Y como estas casas se calientan y limpian y se arreglan solas, por tubos y por cables, y como las jóvenes amadas no tendreis que coser, no tendréis nada tonto que hacer, porque lo harán las máquinas (que para eso son imbéciles), vosotras cada una, al lado de vuestro estudiante, estudiaréis: y con vuestro estudiante seréis las reinas en pueblos suntuosos. ¿Comprendes?... Es que el amor no se le hará más a las señoritas en las rejas, entre cintas y entre rizos de una mona exposición, y sin otro pensamiento que ver cómo anda su virtud debajo de la ropa; sino en las aulas, entre libros y alambiques, y a sonrisas de alma y en el pleno pudor sin pudor del pensamiento. Me figuro que las casas de una ciudad del porvenir serán todas como ésta. Pequeñas; con todo lo preciso para la única dicha, que está en el corazón. Sobre este triunfo de los hierros y los tubos y los cables, en la regia comodidad modesta de estos nidos que tienen un poco de calor y un poco de blandura, no necesitará la ventana humana más que amor. ¿A qué palacios, sino para atestarlos de lujos caros y baldíos, de cuidados, de inquietudes y de esclavos? ¿A qué un propio jardín siquiera?... Desde nuestro nido, reducido para nuestra intimidad a cuanto nos hace falta y a nada menos ni más que lo que nos hace falta (donde comer, donde dormir, donde estudiar, donde leer, donde soñar, donde amarnos...), lo tenemos todo, y lo suntuoso también, en mitad del pueblo suntuoso que tiene todo lo del mundo. Madrid es nuestro: lo que hay es que sólo nos parecen nuestras estas cuatro habitaciones porque no son de nadie más. ¡Bah!, también de cada uno es lo que no es de nadie por ser de todos, y lo de todos es nuestro, por tanto, y es, alrededor nuestro, insuperable. Nuestro es el Retiro, sus frondas... Nos rodean palacios, y en vano sus parques, neciamente cerrados al orgullo de sus dueños, querrían competir con nuestro parque. ¿Qué tiene un magnate de más?... Sus cuadros valen poco al lado de la maravilla del museo, que cuidan servidores para ti, para mí, para asombro del orbe y del magnate. Si éste quiere gozar de la suprema emoción del arte, tiene que ir al museo como nosotros; si quiere escuchar un drama o una música soberbios..., ya que no puede monopolizar en su mansión a Rostand, tú a Saint-Saëns, ni a Benavente, tesoros de la tierra que no se pagan con tesoros de los duques, tiene que ir a un teatro como nosotros; y si quiere muchas gente en un salón, y que es a menudo más vasto y magnífico que el mejor de sus salones, tienen que ir a un café... ¿Van en auto? Bien; corren igual los tranvías, y no son menos eléctricos. ¿Llevan diamantes y perlas y randas de Brujas?..., y tú boros y otras perlas exactamente iguales, de cristal, que ni ellos mismos diferencian, y encajes y telas de gentil moderna imitación con los que brilla lo mismo y está tan linda como una linda millonaria, a lo mejor, la linda burguesita de la calle o la linda cupletista de un cine. Es lo industrial, que es colectivo, y que va salvando igualitariamente la iniquidad del mundo poco a poco; por eso, solo lo colectivo, lo que es de todos y de nadie, va siendo suntuoso en las grandes capitales. El tiempo de los dueños pasa, Antonia mía: como dueña tu madre ha tenido, a pesar suyo, que cedérteme en esta bella libertad; y esta bella libertad, en estas celdas pequeñitas, habrá llegado algún día, por mil caminos inmorales, al triunfo de una moral de amor, enorme, sobre otra moral de hipocresía y de lujuria y de torpezas. ¡Oh, yo no sé cuándo, pero... será! ¡La humanidad será un mundo de amor en parejas de paloma!

Calló, y quedóse contemplando la visión de porvenir a esta su paloma pálida que él tendría por tanto tiempo que dejar sola en su nido. Pero de pronto vibró, besó su palidez y dijo en trémula victoria:

-Antonia, una cosa se me ocurre, ¡ah, sí!..., no iré a Badajoz este verano; puesto que voy a estudiar, sigo en Madrid, contigo: con la matrícula libre, aquí ahorro dinero y tiempo: tendré que visitar las clínicas y lo comprenderá mi madre. ¡Voy a escribírselo a mi madre!

Era una alucinación, y se levantó. Era la súbita ventura de la triste y se levantó también.

El fue a la mesita de estudio y tomó la pluma. Ella le llevó del tocador la caja de papel.

Y mientras él, respetuoso y amoroso, le escribía a su madre la carta de bien y de esperanza, ella, desnuda, al lado, de pie, toda bella, estatua tibia y anhelante, presenciaba la escritura.

Así suelen estar las ninfas y las musas al lado de donde escriben los poetas.


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