En la carrera: 20

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Capítulo IV
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En la carrera- Tercera parte Felipe Trigo


«¡Trabajaré!»... «¡Me sostendré con mi esfuerzo!»...«¡La sostendré de mi esfuerzo!»... ¡Oh, qué fácil esto para afirmado en voluntad..., y luego qué imposible!

Esteban volvía a su casa desalentado, triste, con un nuevo Madrid en el corazón, con un nuevo Madrid que él no conocía: el de lujo, cuyos coches no se paran porque alguien cruce muriéndose de pena; el de la tremenda injusticia, que no le da trabajo al que quiere trabajar, ni vida al que pide por Dios para su amada.

Espléndida de noche, bajaba el mísero la calle de Alcalá con su dolor insultado por la alegría de los cafés y de las gentes que iban a pasear a Recoletos. No comprendía este gozo y huía de él, rechazado. Encastillábase, por hallarlo menos cruel, en la atroz voluptuosidad de su tortura. Pensaba cómo su madre..., en cómo una madre buena pudiera tomarse así el peor verdugo del hijo, carne de su carne y alma de su alma. Tras él sentía su alma como rota y pisoteada y arrastrando. O habrían de ser cosas de la vida muy distintas, conexas sólo a fuerza de violencia, el mandato y la docilidad, la madurez y la juventud, o el cariño de su madre tendría que ser sentido en salvaciones para él, si pudiese adivinarle este horror suyo y esta desesperada lucha por no perder su bien sobre la tierra. ¡No lo comprendía! Entre el padre, que desde Valencia vino por Morita para llevárselo podrido, y la madre que, aun con cuatro diplomas de honor en prueba del orden de su hijo, quería arrancarlo de Antonia, de su dicha, para volverlo al infortunio negro de su gandulería y su crápula en los pasados años, había una diferencia de la misma inversa y lamentable insensatez. Si él pudiese cogería a Morita y llevaríale a Badajoz para decirle, en parangón con él mismo, al cariño de su madre: «¡Elige!...» Porque, ¡ah, sí!, lo horrible, lo espantosamente irónico, era que todas estas tiranías las realizan los padres y las madres en nombre del cariño!... ¡Cuánto aún le falta cerebro al corazón, y qué responsabilidad la del cariño cuando manda!

No podía sobrellevar el rebelde, además, la angustia del sufrimiento y de las lágrimas que le adivinaba a la madre infeliz desacatada rudamente. Las últimas cartas no fueron de ella, sino de la hermana, que en su rígida bondad representaba un poco en la familia los rigores implacables. Las sacó. Marchaba lento, sin prisa por llegar con su derrota a parte alguna, y se sentó en un banco. Las leyó. Primero la queja dulce..., la casi razonada prohibición: «Hijo mío, debes venir...; por lo mismo que has estudiado tanto, descansa...; en el verano me han dicho que no hay clases ni nadie en el hospital...; puedes ir muy bien estudiando en casa entre nosotras.» Después, la contestación a su réplica especiosa, y con la alarma de alguna información facilitada traidoramente por Sergio o por Ahumada, que al terminar sus cursos de Toledo y de Segovia le vieron en Madrid una noche con Antonia. «Hijo mío: sé por qué quieres quedarte, y eso no puede ser; te mando en ésta para el viaje... y te espero..., te espera tu madre, que es quien te quiere con todo su corazón.» Últimamente, en respuesta a sus disculpas (que casi confesaban su adoración por el ídolo basando su resolución inquebrantable), la carta severísima de Amelia: «Sigue ahí; pero te digo, por encargo de mamá, que no cuentes con ella; nada de dinero, no te lo mandamos; tú veras cómo lo buscas. En Badajoz es un escándalo el haber sabido con quién vives; nos tienes avergonzadas, y ella a sus hermanas y su madre; más valía que esa niña hubiese tenido un poco más de miramiento antes que volver a poner así en berlina a su familia...»

¡Oh, cruel!

¿Desde qué luz miraban los extraños a esta angélica maldita para poder negarla todo otro derecho que el de sumirse en la muerte o el olvido con tan poca caridad?

De la carta de Amelia, de la rígida orden, que, sin embargo, era buena, porque él la había visto llorar ante un niño con frío y con hambre por la calle, le había evitado a Antonia la lectura.

Recordó Esteban el libro aquél, Alma en los labios, en que no hacía aún dos semanas creyó encontrar la sanción triunfante de su triunfo y la razón de sus firmes voluntades, y comprendió que no había podido entonces, o no había querido, entender cómo el autor de aquel libro proyectaba únicamente al porvenir visiones de porvenir. La Bella Vida era proclamada allí, sobre la miseria dolorosa y resignada y formidable e implacable de todo lo actual, tan sólo como esperanza. ¡Pero él, insensato, estaba pretendiendo realizar porvenir en el presente..., y fracasaba!

Fracasaba, no por falta de poderío ideal del corazón ni por defectos de fe en él mismo y en Antonia, sino por enlaces tremendos e inevitables de ellos dos con lo que no eran ellos; por engranajes, por reciprocidades fatales de las vidas con las vidas en el conjunto social cuya armonía de absurdo no tolera, no puede recibir dos notas sueltas de otra gama.

Percibió Esteban la terrible trascendencia de la «humana solidaridad» que, lo mismo que contamina al duque con el tifus del vecino miserable, recoge y funde en un estruendo de torpeza todo impulso noble. Cada impulso noble variábale infinitísimamente al conjunto su matiz, como a un turbio océano donde fueran cayendo gotas de rosa... Pero serían precisos a miríadas los átomos de aurora, en lluvia de las almas, para convertir en divino el sombrío presente de la vida. El cambio surgiría en lo colectivo a fuerza de las transformaciones individuales incesantes. Y por eso la mutua y doble adaptación tendría que hacerse obedeciendo a la ley universal de las evoluciones, y por eso, tanto en el orden moral como en el material, una imposición de los hechos, en su propia alma, decíale a Esteban que era estéril, completamente ineficaz, todo lo disgregado y rápido y violento.

El filósofo guardó las cartas, se recostó en el banco y sacó un cigarro. Lo encendió, se recogió a la bota una cinta del calzoncillo que le colgaba, y continuó filosofando frente a frente con la vida. Inútil toda rebeldía que no fuese suave y adaptada. En la tremenda lucha de lo estático de las leyes de los hombres con lo dinámico del corazón de los hombres, aquéllas tenían la obligación de irse asimilando cada nueva cosa, definida, dulcemente. El innovador debía arrojarle sus ideas y sus emociones, con sencilla caridad, como el libro aquel del porvenir, a las conciencias, que éstas irían haciendo siempre lenta y segura la reforma, y no de un golpe la tan infantil como fiera rebelión de fusiles por la calle. ¿Y qué hacer?... Paciencia en tanto. Por mucho tiempo todavía y por error del candoroso cariño o del odio ciego en las conciencias, hasta las propias madres seguirían decretando la desventura de sus hijos, como la Gamboa loca, para Antonia; como ahora su madre santa, para él... Por mucho tiempo aún las corazas del respeto sufrirían los boquetes en pedazos de los instintos de la vida, y por mucho tiempo los hombres y cada uno de los hombres habrían de continuar cometiendo la villana cobardía de castigar duramente, al tiempo que ellos arrastrasen su bestial oriflama de tenorios, a las pobres niñas cándidas que les hiciesen el holocausto de su honra. Pero esta misma monstruosa iniquidad, aumentada cada día, tendría que ser la salvación.

Tembló de frío, reducido en su rebeldía (que al menos para su interior era tenaz y dulce, ya que era al mismo tiempo para los demás inofensiva) a la ineficacia de su exclusiva voluntad y de su exclusivo esfuerzo. Desde las universales abstracciones, bajó egoístamente su pensamiento a considerar la limitada y vigorosa realidad de su futura vida con Antonia. Quince días ya del abandono de su madre, del silencio como sepulcral y solemnemente triste de su madre y sus hermanas, que no habían vuelto a escribirle, habíanle proporcionado plazo por demás largo en que irse convenciendo de la infructuosidad de un hombre lleno de fuerza y juventud para ganarse en Madrid ni un céntimo siquiera. Hallábase cansado, por su errar de hoy, por su errar de ayer, por su casi pordioseo de tantos días en no importase qué puertas, tras las cuales escuchase el trajín de una faena; pero no rendido, sin embargo. Él encontraría algo..., ¡algo!..., aunque fuese tan pequeño, que fuese sólo otra peseta que juntar a la que Antonia ganaba bordando con ahínco.

¡Ah!..., ¡como ella, y con los mismos heroísmos de su amor, él se veía rechazado y maldecido por el dolor de una madre, abandonado, solo..., unido a Antonia para siempre!... Una salvación de ocho reales los dos... ¡y Dios diría qué vida!... Si el trabajo de escribir letras de escribiente tuviera que ser igual que el de darle puntadas al bordado, desde la mañana a la noche, el eterno escribiente, acosado por la vil necesidad diaria, habría de renunciar a sus sueños de doctor con la eterna bordadora... Una buhardilla donde juntos en los inviemos tiritasen... ¡qué importaba! La seguridad de la miseria le sabía inspirar tan sólo una evidencia que, lejos de arredrarle, le fortificaba en un orgullo de martirio: la de que vivir llorando o morir de pena igual y en el mismo instante era el destino dulcemente horrible de los dos.

Se le acercó un golfo, todo roto, y le pidió limosna. Esteban no pudo dársela. El golfo le pidió la colilla del cigarro. Esteban se levantó, le dio el cigarro, que aún iba por la mitad, y fue a alejarse. Volvió, con una decisión, y le dio al golfo los seis u ocho cigarros más que llevaba en el bolsillo. Resuelto. Un pobre no debía ser tan indignamente pobre como este golfo, que mendigaba a un tiempo pan y vicio. Desde ahora, él, que sin la limosna de Antonia no tendría ni para pan, no fumaría. Sacó una boquilla de cerezo y la tiró. Sacó la caja de cerillas y... ¡no, no la tiró! Pensó que servían también para subir las escaleras y encender lumbre.

Le ahogaba la sensación de pequeñez y de miseria. Una ola tan grande como el universo y que le llegaba a él fría y negra en medio de la fastuosa indiferencia de Madrid. El golfo aquél ya nadaba casi alegre y ágil por la ola. Él tendría que ir aprendiendo. Pero... ¡es tan duro aprender a renunciar a todo cuando se ha tenido todo! Se ahogaba. Si su madre viese esta aflicción no le hubiera rechazado, no podría tenerle así rechazado para siempre. Le salvaría. No le forzaría al absoluto imposible de «reunirse a ella a costa de una infamia». Dejar a Antonia era lanzarle la vida de arcángel a la vasta soledad bárbara del mundo. Él, que inició para ella este horror, tenía la obligación estricta de no dejarla en el infinito desamparo, y una santa madre, si en tal acción pudiese ver algo más que la caprichosa lujuria de un chiquillo, no pudiese tolerarlo. Y miraba a uno y otro lado del espléndido paseo las luces, el derroche de farolas y de eléctricos focos entre el verde de los árboles, y una amargura le hacía pensar que «sólo con lo que uno de estos focos costase tendría él para vivir, si se lo dieran». Por primera vez hallaba inicuo que una ciudad se adornase como reina para alumbrar acaso más cruelmente insolente la muerte de un mendigo debajo de un farol.

Llevaba la pobreza en el alma y la sentía por todos los pobres de la tierra.

Llegó a su casa. Subió. Antonia no debiera adivinarle el desaliento del fracaso. ¿Para qué? La parte de trabajo que integrase este futuro humilde a que ambos aspiraban ya la encontraría.

Le abrió ella, y la abrazó.

-¡Oh, Alma!

La limpia comodidad de esta casa, que tendría más o menos pronto que dejar, trocándola por algún cubil infecto, le daba ahora una angustia de agonía. Antonia, con sus delicadezas, se la aumentaba como a un enfermo, como una felicidad que va a morir y a la que se le consagran por el mismo afán de brevedad mayores sacrificios y atenciones. Un poco, sí, de narcotismo de caricia que quiere ahogar la perspectiva horrenda de desgracia, había en este constante y pálido sonreír de Antonia, en su silencio, en el cuidado que ponía para borrarle a él evocaciones de penuria con la mayor esplendidez, a ser posible, de la mesa y de todos los pequeños detalles de confort. La cena estaba servida con flores, como siempre, con fresas y pasteles. El rico té y la aromada leche esperaban en su juego de china a un lado del mantel.

-¡Nada! -dijo él con afable desaliento-. Pero... mañana veré, tengo esperanzas.

-¿De qué?

-No te lo digo. Un anuncio raro del periódico.

Sentáronse a cenar. Partió Antonia la tortilla de jamón, y él la saboreaba con el amargor de un derroche generoso. Su corazón sentía el bochorno de la incapacidad, que hacíale tener que estar siendo mantenido, al pronto al menos, por aquella a quien quizá él no pudiese nunca mantener. A cada bocado creía devorar la luz de los ojos de ella, aniquilados por la aguja, y plata de pesetas de aquellas pobres tres mil bien mermadas que le constituían a la infeliz su único capital de resistencia. Y no se atrevía a hablarle determinadamente de esto, que estaba en su corazón como un puñal.

-Sí, bien, bueno -dijo, cortando el silencio que Antonia quiso en bondades respetarle-. Hoy, nada..., tampoco; pero mañana..., ¡creo que sí! Primero, cuando salí, a las dos, estuve en casa de otro catedrático: tampoco quiere ayudantes, no sólo porque necesita que sean médicos, sino porque como es el verano se marcha... a Biarritz. Es el mal, ¿sabes?..., que todo el mundo sale en este tiempo de Madrid. Fui a San Juan de Dios, un hospital, y la madre superiora me dijo que los internos son fijos, es la contrariedad también (en medio del adelanto que me permite) de mis matrículas libres de este curso: con ellas no he podido optar al internado de San Carlos...; ya ves, ¿quién lo iba a pensar?...; nos hubiese convenido. Bueno, pues desde San Juan de Dios me volví al barrio de Salamanca, y vi por unas rejas un gran establecimiento, que me pareció de química industrial; entré y me ofrecí en el laboratorio: yo podía servir, aunque ganase poco al principio; pero tenían mucha gente. Seguí hacia el bulevar y vi unos palacios de asilos o escuelas; ¡claro, en estas cosas ha de buscarse lo grande, porque es más fácil un hueco, y ya lo he visto en estos días visitando simples casas de comercio y de banca, y librerías, y droguerías! Hablé con el inspector, un cura, y tampoco pudo ser. ¡Oh, Antonia, quizá consiste en que me ven bien vestido! ¡Sorprende a todos mi modesta pretensión, y puede que se piensen que soy algún perdido en apuro momentáneo! Además, me voy convenciendo que cada oficio tiene un aprendizaje, que no puede improvisar el que llega de momento. Hoy me han dado envidia los que saben algo: los cerrajeros, los carpinteros..., hasta uno que vi picando piedras: era un joven que estaba en la Almudena, y charlé con él desde un banco, donde me había sentado a descansar; me dijo que hacía seis días que vino de su pueblo, y ya estaba colocado, con seis pesetas. Yo, más bien, para escribir, que sabemos tantos que no sabemos nada..., ¡y habrá en Madrid una de escribientes!

Se calló, triste, y Antonia, abriendo y cerrando los párpados con viveza para deshacer una lágrima, le sirvió el segundo plato.

-Tú no debías apenarte -le dijo luego-. Tenemos tiempo, mucho tiempo, de esperar... Con economía, con nuestro dinero y con lo que yo trabajo, nos faltaría muy poco para que acabases la carrera. ¡Estudia solamente!

-¡Ah! ¡Estudia! No, mujer. Lo primero es que encuentre yo también el modo de ayudarnos. ¿Piensas que podré soportar, sin ganar yo nada, verte bordando día y noche?

-¡Como antes! Yo, Esteban, porque ya tenía esa... distracción.

-Si lo fue, no lo es ahora. Antes..., quizá. Mira, al abrirme, te has levantado del bastidor, y tienes hecho todo eso. Cierto estoy de que no has parado un segundo desde las dos de la tarde..., desde las seis de la mañana. ¡Oh, no! Nuestros cálculos se han roto: estaban hechos, y no iban mal, contando a medias con el dinero de los dos para todo el tiempo de mi estudio; tengo tres años aprobados, y me faltan dos, si abrevio ganando cursos también en este verano y el próximo. No puede ser. Aunque me aviniese, no puede ser; para dos años nos falta..., y hasta para uno.

Era de una evidencia absoluta, y no supo Antonia contestar.

Después insistió franca en lo que ya le había iniciado algunas veces antes su voluntad de quedarse, a pesar de la hostilidad de la familia:

-Esteban, debías obedecer a tu madre, y marcharte este verano. ¿Qué importaba no vernos en tres meses, si al volver, en septiembre, podía seguir todo lo mismo?... ¡Debes marcharte!

-Nunca. Eso sería abandonarte, separarnos por Dios sepa cuánto tiempo, y no lo haré. Yo te lo juro. Habiéndome marchado sin que mediara nada con mi casa, bien: ellos no sabrían que estamos juntos, y yo volvería en septiembre. Ya, imposible. Ir tengo la seguridad de que equivale a no volver. Harían que me trasladase de universidad, a Sevilla, a Salamanca...; me vigilarían, por si fueses tú..., y, en último resultado, me retendrían en Badajoz, con la lógica disculpa de que yo mismo prefiero mis estudios libres... ¿Por qué lloras?

-Porque..., ¡porque sí! ¡Porque, a pesar de todo eso..., debías marcharte!

-¡Antonia!

La cena quedaba definitivamente interrumpida en desconsuelo. Antonia habíase ido al sofá, a seguir llorando, y él se acercó y le contempló, por debajo del pañuelo, la boca, que temblaba.

-¡Antonia! ¿Qué has dicho? «¡A pesar de todo eso!» ¿Es... que quieres tú que yo me marche..., que yo te pierda?

-¡Oh! -hizo ella en un horror, echándose a sus brazos.

Quedáronse enlazados, con la ambiciosa fuerza de sus almas, y lloraron juntos.

Cuando pudo hablar, Antonia dijo, limpiándole a él las lágrimas:

-Mira, Esteban, sufro mucho. Yo temía haber sido una perturbación para tu vida, y ya estás viendo que lo soy. ¡Yo no puedo tener derecho a arrastrarte en mi desgracia..., a que tú pierdas tu carrera! ¡No! ¡Si te vas, me muero...; pero, si te quedas, me mata también el dolor de retenerte en mi infortunio! ¡Vete!

Esteban, de un ímpetu, le puso la mano en el pecho y afirmó:

-Antonia, por tu corazón, te juro que lo que me pase contigo, malo o bueno, y hasta la muerte, si contigo llega, será mi única vida y mi única gloria posible en el mundo.

La besó en los ojos, y nueva y largamente a llorar. Mas era llanto de compañía en la soledad, de fortaleza en la desdicha, y esta vez se resolvió en ternuras de esperanza. Charlaron cerca de dos horas, y dejáronse trazado el plan de porvenir: seguiría buscando él, y encontraría, cualquier trabajo que les garantizase con modestia una base; procurarían uno y otro, naturalmente, una perfección del oficio respectivo que les produjese más, poco a poco; y ajustando el gasto cotidiano al doble jornal estrictamente, reforzado a lo sumo en los primeros tiempos por el fondo de reserva, dejarían éste, casi íntegro, para las matrículas, para los libros y para el título, por fin. ¡Ilusiones de juventud y de confianza bellas, planeadas con amor sobre la misma dura realidad, y que les hizo olvidarse de angustias cuando daba el reloj de San Jerónimo las once de la noche, para no acordarse más que de que tenían ellos mismos su gran felicidad en su corazón y el elixir de la gloria en sus ojos y en sus labios! Desde el sofá, en brazos del amante niño, iba ya medio desnuda la amante niña hacia el lecho, que tanto sabía entre sus alburas de los festines de olvido y de amor... Y fuera, por los balcones abiertos, sonaba como un triunfo melodioso, entre las frondas del Retiro, la orquesta de la Exposición de Industrias.

Los durmió el amor y los despertó el cuidado. El alba, por el balcón, que habían dejado de par en par abierto, les volvió a la luz de la verdad. La angustia. La congoja de todo lo inseguro en que va la vida. A las seis estaba ya bordando Antonia. No sabiendo Esteban qué hacer tan temprano, y fracasado su desánimo en un intento de estudiar, cerró el libro y púsose a sacarle los hilos de un calado a una batista. Ayudaba, tenía la conciencia de que ayudaba así a la dulce bordadora, aunque su boca sonriese como quien mata el tiempo en gentil ocupación. Hasta las ocho sacó hilos, y salió con el Heraldo de la noche en el bolsillo.

Lo desplegó por la calle. Tenía marcados tres anuncios: un agente que ofrecía destinos, un fabricante que brindaba el modo de ganarse en su casa diariamente diez pesetas y un particular que, por pequeños capitales, proporcionaba bonitas rentas al mes... Era éste el que le caía más cerca, puesto que vivía en la calle del León, y fue. Casa no majestuosa. Señor en un despacho. Por cada mil pesetas daba al mes veinte duros, sin otra garantía que un recibo. Tratábase de sumas para el juego, para la ruleta y la banca, en diferentes círculos..., y cuando Esteban salió, disgustado del asunto, vio que ya esperaban otros tres en la antesala. Volvió a consultar su Heraldo. El fabricante vivía en la calle de Lavapiés. Fue. Nada de fábrica. Otro señor y otro despacho. Representaba una Sociedad bilbaína de jabón, y por menos de cien duros daba los artefactos e ingredientes necesarios para que cada cual lo produjese y se pudiese ganar un dineral, si lo vendía. Esteban salió también desencantado. Era como si le dijesen que poniendo una tienda de alpargatas y vendiendo muchas haría negocio. ¡Claro! ¡Para esto no hacían falta anuncios misteriosos ni que nadie le advirtiese!... Lo que sintió fue la peseta que le sacó el hombre «por la consulta» y por un prospecto que le dio con el precio de las máquinas. En la antesala, donde ya había encontrado tres al entrar, dejaba cinco clientes.

Se remitió al de los destinos, que había sido, desde luego, su esperanza. Algún hombre activo, sin duda, que estaba en relación con los banqueros y dueños de fincas para surtirlos de empleados. Cobraría una comisión, a cuenta de los sueldos que él propio confería. Esto era racional.

Plaza de Santa Bárbara. Llegó, tras hora y cuarto de viaje. Casa nueva; pero el piso, punto menos que buhardilla. Encontró por la escalera a otro que bajaba ya con el Heraldo. Se miraron torvamente. Un groom, vestido de azul, le introdujo. La vivienda, oscura y chica, tenía trazas de no albergar más muebles que los del despacho y el pasillo, porque una puerta abierta, al paso, mostró una habitación totalmente vacía. El agente, delgado y negro como un moro con fiebre, vestía bata y gorro turco. A Esteban le impresionó mal, porque parecíale que un hombre que prodigaba los destinos hasta de quince mil pesetas, se diese él mismo uno decente para vivir con más lujo.

-Usted, ¿qué es?

-¿Yo? Estudiante.

-Bien. ¿Qué clase de destino quiere?... De mil, de dos mil, de tres mil pesetas...

-Cualquiera, en no saliendo de Madrid.

-¡Bravo! Tenga. Lea las condiciones, mientras repaso mis índices.

Mientras Esteban leyó un largo impreso, el del gorro turco buscaba en unas listas.

-Estoy conforme -dijo Esteban.

Las condiciones, aunque algo fuertes, eran las que él se imaginó: entregas de medio sueldo al agente por tres meses.

-¿Quiere este de dos mil?... Vea, es una administración de casas del marqués de Santaporra.

-¿En Madrid?

-En Madrid.

-Me parece bien.

-¡Bravo! -dijo el agente, entregándole un boletín, cuyos claros le mandó llenar-. Vaya escribiendo. Nombre, edad, naturaleza..., y firma y rúbrica.

Esteban, asombrado de tanta facilidad, empezaba a escamarse. Escribió el nombre, el pueblo, la edad y, sin saber por qué, acrecida su desconfianza, al llegar al domicilio en Madrid, puso otra calle. Error subsanable fácilmente si el asunto cobrase giros de certeza.

-¡Bien! -exclamó el agente, tomando y revisando el boletín-. Tiene usted que entregarme cien pesetas, por el pronto.

-¡Cien pesetas!

-Sí, para los gastos.

-¡Qué gastos?

-Los de previa información. Usted comprenderá que debo investigar cerca del alcalde y otras personalidades de su pueblo. ¡No se le va a dar un cargo de confianza a cualquiera!

Visto el timo. Esteban se defendió bravamente. Si hacían falta documentos, él los traería, incluso la certificación de buena conducta..., o, a lo sumo, que le anticipase los gastos a descontar de los sueldos. Negóse, agrio, el del gorro turco, sosteniendo que era la costumbre «de la casa», y, en vista de la desavenencia irreductible, Esteban se despedía.

-¡Bien, me debe uste cinco pesetas!

-¿Yo? ¿De qué?... ¡Si no quiero el destino!

-De la consulta, señor. ¡Cinco pesetas! Y de ese impreso.

-Pues, mire usted, lo siento mucho; pero..., justamente, venía yo por un destino porque no tengo ni un cuarto. En cuanto al impreso..., ahí se queda.

Partió. El groom le llevó hasta la puerta. Ya había otro cliente en el pasillo. Esteban, comprendiendo que el granuja del agente quedaba, por esta vez, defraudado, sintió el impulso de volver hacia arriba la escalera y pedirle siquiera la peseta que el otro le robó, bajo la amenaza de publicar su timo en los periódicos. Asombrábase del número de pedigüeños y del número de tontos que debe de haber en Madrid para sostener a estos ladrones.

Pero, en la calle, su mínima alegría de haber burlado a un pillo se le resolvió rápidamente en la triste emoción de su abandono. Cada transeúnte, cada hombre, le pareció, más que un hermano, una fiera que ocultaría su crueldad tras la sonrisa. Se recogió en sí mismo, celoso de la honestidad de sus dolores. Si él los dijese a gritos, aquí, las gentes se burlarían de ellos, como aquel estafador que, en pleno anuncio de periódico, establecía su «negocio» sobre la crédula necesidad de los necesitados.

Era la una. No tenía ganas de comer, y se dispuso a no ver hoy a Antonia hasta haber encontrado cualquier ocupación, recorriendo Madrid casa por casa. A las siete de la tarde, rendido, muerto, hallábase en Rosales, y se sentó en un banco. Su peregrinación había tenido los visos de una mendicidad. Había entrado en imprentas, en almacenes, en obras..., a ofrecerse de listero. No conocía ni tenía a nadie que le recomendase para nada. Los guardas del paseo y los obreros que cruzaban volvían a darle envidia. Todos, menos él, disponían de algo..., de algo con que sostener su hogar y su mujer y su existencia.

El hábito, que había tenido que vencer tantas veces desde anoche, hízole buscarse por el bolsillo un cigarro.¡No, no fumaba!... Era tan miserable su situación, que hasta el vicio de fumar tendría que sostenérselo Antonia. Se pareció el más pobre y miserable del mundo. Su desolación se aumentó, tintada de bochorno, con otra imprevista y cínica verdad: «El dinero con que le sustentaba Antonia era de... Navarro, era de inicua procedencia». Esto, que, mientras sirvió sólo para ella, pudo perdonarlo, en gracia a la violenta infamia que le impusieron entre todos, al utilizarlo él mismo convertíase en repugnante indignidad.

¡Oh, su historia! ¡Tener que ser cierto, con el ángel de su alma, que vivía él de los que otro le arrojó en desprecio a una querida!

Por su cerebro pasó, con el gusto horrible del destrozo, la sombra de una bala. Tembló. Entre los conflictos de imposibilidad espantosa en que el mundo le había puesto era quizá la magna solución. Miraba, fijo, al suelo. Y el suelo, la tierra, que era un eterno lecho de descanso, sin martirios de virtudes ni de infamias ni respetos, hacíale comprender la muerte como una impasible angustia redentora. ¿A dónde, si hasta en los ojos claros de su Antonia había de ver ya su vergüenza y su tormento..., a dónde miraría él de encima de la tierra que no viese su tormento?

Así, por una sensación de eternidad, de no ser, desligado de su Antonia, pudo contemplarla en ella misma y fuera de sí propio. Recordó su deseo de anoche: «¡Vete!»... ¿Qué había de generosidad en ello y qué de egoísmo?...

¡Oh, sí, egoísmo tal vez! Sin ella saberlo, porque hasta el más noble corazón suele encubrir los egoísmos en formas altruistas. Para Antonia, aun la muerte en soledad le fuese preferible antes que la vida de angustia lenta y de miseria que implicaba su compañía. Habíase refugiado en él buscando salvación, buscando amor y bellezas de su vida ahogada, y no tenía el deber de sufrirle la condena eterna fealdades y estrecheces y escarnios de su mismo amor, que fue tan bello. Él, cuando se le acogió, era la promesa de un hombre. Ahora, por ella o por la fatalidad, por lo que fuese, era un guiñapo.

Pensaba, pensaba Esteban. No podía dudar su corazón, que es quien sabe firme de estas cosas, que Antonia le quería con heroísmo. Al decirle ¡vete! llorando, el corazón de ella presentiría detrás la eternidad también del descanso bajo tierra, ciertamente. Pero..., aun siendo así, no era menos verdad que aborrecía la existencia nueva que pudiera compartirle; que la amaba menos que a la muerte misma..., menos que al horror final de todos los horrores... ¡Ah, si él tuviese el valor de proponerla..., si ella tuviese el último heroísmo de aceptarle... el viaje juntos a la inmensa eternidad!

Alma, ¿verdad?

Se estremecía. Por lo menos, disociadas de tal manera sus vidas vivas en la vida, él tenía la obligación de considerar la de la mártir «en sí propia». Si no se hubiese definido en ella como una egoísta «ausencia de deber» el soportarle, tal deber de «no hacerse soportar» imponíase para él trocado en altruismo. Lo que de él «sino habría de ser, importaba poco: matarse o irse a ambular automáticamente su incapacidad y sus tristezas por el mundo. Antonia, que, al menos, sabía hacer bordados con la aguja, tenía en una igual juventud más derechos a la vida, puesto que sabía ganársela. ¡Todo..., antes que detentarle también ese mínimo derecho a compartirlo en agonía! Pudiera acaso ella no morir..., olvidar..., sentir nuevas ansias de aire en modesto ambiente más sereno..., y quién supiese si volver a enamorarse y a vivir dichosa todavía...

¡Bah, en su perpetua paradoja inexplicable, resultaba, al fin, que la niña, la ultrajada, la rechazada por todos, la indefensa..., tenía más medios de vivir que el fuerte, que el hombre, que... el chiquillo, así que se vieron los dos en el mismo abandono de sus madres! ¿Qué hacer él..., el útil? ¿Qué culpa de lo que fuese cabría a ella?... Y se acordó, remachando férreamente en sentido tal sus convicciones: «cuando llegó Antonia a buscarle, hacía diez meses, tuvo la delicadeza de advertirle que osaba a ello por tener siquiera la evidencia de no haber de perturbarle.» ¿Iba él, menos generoso y menos delicado, a perturbarla..., a condenarla a congojarla perpetuamente de la vida por su miserable ineptitud?... La duda reducía, pues, a saber qué silencioso sacrificio ahora se le imponía a él en la estricta correspondencia con el amor infinitamente generoso de su Antonia.

Poníase el sol. Esteban se levantó y encaminóse lentamente al otro lado de Madrid. Llevaba hambre. No sabía si le arrastraba hacia Antonia, más que el amor, que acaso tendiese ahora, por nobleza dolorosa..., a separarlos, la inmunda necesidad de una comida que ella costeaba con dinero de otro hombre.

Llegó, la besó. Devoró como un perro famélico, y esta noche también lloraron juntos...; pero sin caricias. Ella le había reprochado con dulzura la ausencia de todo un día. Él no quiso decirla que habíale «acariciado» horriblemente la delicia de matarse y libertarla. La desgracia tendía más densos entre ambos sus tules de muerte y de frialdad.

-¡Vete, Esteban! -volvió ella a aconsejarle.

-¡No! ¿A dónde?... Ni tú ni yo tendríamos dónde ir..., a no ser juntos y a..., y a... ¡Yo soy también un maldito, un excomulgado de mi casa!

-¡Bah, no! ¡Al revés! ¡Tu madre te recibirá con toda el alma! ¡Clama por ti!

-¡Ah!... ¿Y tú no..., Antonia?

-¡Oh! -volvió a encerrar ella en la breve exclamación toda su pena.

Y con el ansia de la pasada noche, se abrazaron. Sino que las horas, los días, la tristeza irremediable de Esteban, iban acentuando en los contactos de sus almas las huecas sonoridades de ataúd. Comprendían que es el amor el más grande efluvio de la vida, que lo primero para amar es vivir. Por los balcones llegaba, desde los jardines, la orquesta melodiosa.

Al otro día Esteban partió a las nueve. Volvió a recorrer las calles, sin rumbo y sin esperanza. A las dos cruzaba por Chamberí. Desde un café le llamaron. Era uno que comía al pie de la ventana. Un hombre elegantísimo, alto, flaco, como un bello esqueleto con barba, perfumado y con ojos muy brillantes. Julián Enríquez. Mucho le costó reconocerle. Vivía por este barrio ahora. Esteban cedió a la insistencia. Quería Enríquez, en suma, hablarle de Renata. Le creía apasionado aún, sin saber que no había vuelto ni a verla, siempre ella con su campo y con sus viajes. El pobre poeta tosía cavernosamente y echaba sangre en los esputos. Se hallaba allí «esperando el paso de unas golfas». Comiendo y escuchándole, Esteban pensaba en lo que va desde las mujeres a la mujer y desde la lascivia al amor. Este hombre iba a morirse destrozado, consumido por sus «golfas»; él iba a morirse ¡terriblemente al revés!, porque le quitaban a su infinitamente amada, a la que había sido para él, con su carne y con su alma, luz y orden y alegría. Habló de ella hacia los postres y de su triste situación. Protector, Enríquez le dio una tarjeta para una casa editorial que necesitaba traductores, y desde que la tuvo, Esteban ya no pensó más que en salir, en ver a aquel editor celeste, que iría a ser el dios espléndido y todopoderoso que le devolviese la vida. Asegurábase el poeta que se podría ganar sesenta duros mensuales.

Se despidió. Corrió, voló a la casa editorial. Le dijeron que a las cinco, y volvió a las cinco. Un palacio, efectivamente. Las escaleras, de mármol. En la antesala del dueño se detuvo. Allí esperaban también, con pálidos aspectos de pobreza, una señorita y cuatro o cinco jóvenes. Fueron pasando. Cuando le llegó el turno, ya había detrás otros siete. El fastuoso editor, en el fastuoso despacho, tenía cara de patata y bigote de cepillo. Más parecía un consumero enriquecido, por lo bruto. Leyó la tarjeta y la tiró.

-Y éste..., ¿quién es?... Bueno, quien sea... Usted, ¿qué quiere? ¿Traducir?... Hombre, ¡qué fatiga! ¡Me abruman!¡Me amuelan ustedes!... ¡Recibo tarjetas hasta del nuncio de Su Santidad!... Pues bien, tengo una nube de traductores, un ejército..., y no me molesten más... ¡Venga otro!

Tocó un timbre, y Esteban salió llevado por un botones, con la rabia de no darle al groserísimo señor un puñetazo. En la puerta se paró, y todavía meditaba: debía subir y decirle al tío aquel que... «era un cerdo», siquiera.

Tomó el tranvía. Estaba muerto de fatiga física y moral. Esta perra del tranvía era de Navarro. Ya..., le importaba poco. En un mundo donde no se encuentra dinero por trabajo será que el dinero sólo se da por indecencia. Iba resuelto a abandonarse de cuidados, de simplezas. Iba meditando proponer a Antonia gastarse aquel mil y pico de pesetas en un mes, alegremente..., y luego pegarse un tiro cada uno.

El «cangrejo» le dejó a seis metros de su casa. Vio parado un coche con baúles. Subió. Compuso un semblante de gentil despreocupación ante la puerta. «Esta noche se irían a emborracharse en Fornos.» Tocó el timbre..., y le pesaba, para más éxito, no haberse bebido una botella antes de venir. ¡Era estúpido, después de todo, puesto que así el mundo lo entendía, entristecerse de «pobreza» cuando se tenían billetes de Banco y una mujer encantadora! Se abrió la puerta..., y él retrocedió. Un hombre.

-¡Ramón! -dijo Esteban, todo blanco.

Su cuñado. El pasmo le hizo entrar, guiado por Ramón, hasta la sala. Allí había algún desorden de ropas y de muebles. No estaba Antonia. Tal respeto le infundía con su presencia inexplicable el capitán de Ingenieros, el marido de su hermana, que ya que él nada le decía no se atrevió, ni aun después de sentados frente a frente, a preguntarle qué podían significar este posesionamiento de la casa y este viaje inesperados.

Pero su asombro, su espanto, su frío... crecieron cuando supo que no era del viajero el equipaje que vio en la calle, sino el suyo.

-Esteban, prepárate: nos vamos a marchar. Tu madre me manda por ti. Son las seis y media, y el tren sale a las ocho. Ya tienes listo todo, y en la calle habrás visto que el coche nos aguarda.

-¡Oh! -se revolvió Esteban con un rugido.

-Anda. Son las seis y media..., más. Tú querrás ver a tu madre, claro es, que está enferma por tu culpa. Pero, si no quisieses, ten entendido que traigo su orden y su autorización para hacerte llevar por los guardias.

Esteban se puso lívido. El vello se le erizó por todo el cuerpo. Con la vaga impresión amparadora de cariño que acababa de sentir, el respeto se le presentaba de nuevo, duro y formidable. Miraba alrededor, buscando a Antonia, y el corazón le saltó en una rebeldía... «¡La habrían preso! ¡La habría hecho conducir al Gobierno el que estaba aquí por dueño de las vidas y la casa!» Medio levantándose, preguntó, con la enorme angustia de aquella violencia inaudita e intolerable:

-Y ella... ¿Dónde está?

-Cálmate, Esteban. He hablado largamente con Antonia, esperándote, el día entero. En buena armonía, con toda calma, la he dicho lo que debo, lo que es justo..., la realidad de la verdad: que ella, y menos cuanto más te quiera, no tiene derecho a unirte a su desgracia. Es triste...; pero ¡qué se le va a hacer! No debe querer casarse nunca contigo, si estima tu decoro, ni creo que tú lo consientas jamás, si te estimas, dado el escándalo que rodeó, desdichadamente, a su infortunio. ¿A qué aspiráis entonces? ¿A vivir juntos, mientras tú en Madrid, porque os place? ¿A terminar tú la carrera y llevarte a la pobre Antonia a Badajoz, o a otra parte, perpetuamente condenado tú a no constituir un hogar y una familia si no es sobre la afrenta de unos hijos y ante el escarnio de las gentes?... ¡Oh! Esteban, cualquiera de ambos casos, piensa que es lógico que lo rechace tu madre: en el segundo, por tu honra; en el primero, por tu bien..., y hasta por caridad a la mujer que ella conoció niña y feliz y a quien hubieses de dejar al fin más infamemente abandonada. Compréndelo..., como lo ha comprendido ella (porque es buena), sin esfuerzo..., y hasta agradecida, creo, a mi viaje y mi misión. Ella misma ha recogido todo lo tuyo y ha hecho tu baúl y tu maleta. Ella es la primera que quiere que te marches.

-¡Ella!

-Sí, verás -dijo el cuñado.

Y alzando levemente la voz, llamó:

-¡Antonia!

Antonia apareció, abriendose la vidriera de la alcoba. Dio un paso y se detuvo. Estaba despeinada. Sus ojos, secos, áridos, rojos de llorar, fijábanse en el suelo con la cuajada paralización de cera que tantas veces le había visto Esteban a los ojos de los muertos. Y su amante, su adorado, que habíase puesto en pie al verla, con loco impulso, quedó también petrificado al leerla en la actitud insensata la loca conformidad.

-¡Sí!... -dijo Antonia muy lenta, como un eco, sin mirarle más que a los pies y llevándose una mano al corazón-. Todo eso que dice tu cuñado es verdad. Yo prefiero, yo quiero que tú marches. Yo veía que era preciso. Desde antes que él me hablase, yo estaba absolutamente convencida.

-¡Antonia! -gimió Esteban, acercándose a ella dos pasos y parándose otra vez.

-¡Vete! -suspiró como un hilo la infeliz, bajando más la frente.

Pesó sobre el silencio un trémulo y trágico vacío, y, al cabo de él, Antonia tendió la mano:

-¡Adiós!

La tomó Esteban de modo idiota, y sintió sólo un segundo, en la inercia yerta de la suya, la impresión de aquella mano dura y fría, como la de una muerta, de marfil.

Antonia giró rígida y fue a perderse en lo más hondo de la alcoba. Era un fantasma de amor que se ocultaba para siempre.

-¿Vamos? -dijo Ramón.

Y, puesto que Esteban parecía de hierro, recto y mudo, conminó:

-¡Vámonos!

Tiró de él y lo llevó hacia la puerta. La abrió, salieron; volvió a cerrar tras ellos con un golpe firme y seco aquella puerta del Destino.

Esteban bajó delante.

Entraron en el coche. Sonó otro portazo.

Partieron.


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