Enrique IV: Primera parte, Acto III, Escena I

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Enrique IV
Primera parte: Acto III, Escena I
de William Shakespeare




ACTO III

ESCENA I

BANGOR- Una sala en el Palacio del Archidiácono.

(Entran Hotspur, Worcester, Mortimer y Glendower)

MORTIMER.- Esas promesas son brillantes, las personas seguras y empezamos bajo felices auspicios.

HOTSPUR.- Lord Mortimer y vos, primo Glendower, ¿queréis sentaros? Y vos, tío Worcester... ¡Por mil diablos! ¡Me he olvidado del plano!

GLENDOWER.- No, aquí está. Sentaos, primo Percy, sentaos, buen primo Hotspur; porque cada vez que Lancaster oye esos nombres, sus mejillas palidecen y, lanzando un suspiro, os desearía en el cielo.

HOTSPUR.- Y a vos en el infierno, cada vez que oye hablar de Owen Glendower.

GLENDOWER.- No puedo censurarle por eso; cuando nací, la frente del cielo se llenó de figuras fulgurantes y de ardientes antorchas; el globo terráqueo, hasta su base profunda, tembló como un cobarde.

HOTSPUR. - ¡Bah! Habría hecho lo mismo, en ese momento, si la gata de vuestra madre hubiera parido, aunque vos no hubierais nacido.

GLENDOWER.- Digo que la tierra tembló cuando nací.

HOTSPUR.- Y yo digo que la tierra estaba en otra situación de ánimo que la mía, si, como suponéis, tembló de miedo de vos.

GLENDOWER.- Los cielos estaban en llamas, y la tierra tembló.

HOTSPUR.- Entonces la tierra tembló al ver los cielos en llamas y no por temor de vuestro nacimiento. La naturaleza enferma estalla a menudo en extrañas erupciones. A menudo la tierra, en dolor de parto, sufre atormentada por una especie de cólico por los vientos impetuosos, encerrados en sus entrañas, los que, buscando una salida, sacuden esta vieja comadre, la tierra, y derriban campanarios y torres cubiertas de musgo. A vuestro nacimiento, nuestra abuela la tierra sintiendo esa indisposición, entró en convulsiones.

GLENDOWER.- Primo, de muy pocos hombres soportaría esas contradicciones. Permitidme repetiros que, cuando nací, la frente del cielo se llenó de figuras fulgurantes; las cabras huían de las montañas y los rebaños llenaban de extraños clamores las espantadas llanuras. Esos signos me han hecho un hombre extraordinario; todo el curso de mi vida muestra que no estoy en la lista de los hombres comunes. ¿Dónde está, en el recinto trazado por el mar que murmura sobre las costas de Inglaterra, de Escocia y de Gales el viviente que pueda llamarme su discípulo o me haya enseñado algo? Y sin embargo, encontradme un hijo de mujer que pueda seguirme en las fastidiosas vías de la ciencia y marchar a mi lado en las más profundas experiencias.

HOTSPUR.- Creo que nadie habla mejor el caló galense... Me voy a comer.

MORTIMER.- Vamos, primo Percy, le vais a volver loco.

GLENDOWER.- Yo puedo evocar los espíritus del fondo del abismo.

HOTSPUR.- También lo puedo yo y cualquier hombre puede hacerlo; falta saber si vienen, cuando los llamáis.

GLENDOWER.- Y puedo enseñaros, primo, a ordenar al diablo.

HOTSPUR.- Y yo puedo enseñarte, primito, a humillar al diablo, diciendo la verdad. Di la verdad y humillarás al diablo. Si tienes el poder de evocarlo, tráelo aquí, juro que verás como le humillo. Así, en tanto que vivas, di la verdad y humillarás al diablo.

MORTIMER.- Vamos, vamos; basta de esa charla inútil.

GLENDOWER.- Tres veces Enrique, Bolingbroke afrontó mi poder; tres veces, desde las orillas del Wye y del arenoso Saverna, le puse en fuga, descalzo y batida las espaldas por lluvia tormentosa.

HOTSPUR.- ¡Descalzo y bajo un tiempo semejante! ¿Cómo diablos pudo evitar las fiebres?

GLENDOWER.- Vamos, he aquí el plano; ¿debemos dividir nuestros dominios, de acuerdo con nuestra triple convención?

MORTIMER.- El arzobispo los ha dividido en tres partes exactamente iguales. La Inglaterra, desde el Trent y el Saverna hasta aquí, al sud y al este, se me asigna por parte; todo el oeste, el país de Gales más allá del Saverna y todo el fértil territorio comprendido en ese límite, a Owen Glendower; y a vos, querido primo, todo lo que queda al norte, a partir del Trent. Ya nuestros contratos tripartitos están prontos; solo nos resta sellarlos respectivamente (operación que puede hacerse esta noche); y mañana, primo Percy, vos y yo, como mi buen señor de Worcester, marcharemos a reunirnos con vuestro padre y el ejército escocés, como hemos convenido, en Shrewsburg. Mi padre Glendower no está aun pronto y su ayuda no nos será necesaria hasta dentro de catorce días. En ese tiempo (a Glendower) habréis podido reunir vuestros arrendatarios, amigos e hidalgos de la vecindad.

GLENDOWER.- En más breve tiempo me uniré a vosotros, señores y vuestras damas irán bajo mi escolta. Es necesario que tratéis de partir pronto sin ser vistos y sin despediros de ellas; porque va a haber un diluvio de lágrimas en el momento de la separación.

HOTSPUR.- (Con un dedo sobre el plano) Me parece que mi parte, al norte del Burton, hasta aquí, no iguala en cantidad ninguna de las vuestras. Observad como este río se me viene tortuosamente y me corta, de lo mejor de toda mi tierra, una enorme media luna, un pedazo monstruoso; haré detener la corriente en este sitio y el caprichoso y argentino Trent correrá por aquí, en un nuevo canal, suave y directo. No serpenteará más, con esas entradas profundas, para arrebatarme un pedazo de suelo tan rico.

GLENDOWER.- ¿Que no serpenteará más? Lo hará, es necesario; ¿no lo veis?

MORTIMER.- Sí, pero observad como prosigue su curso y corre hacia mí en sentido inverso, para indemnizaros; me toma de mi lado tanto como tomó del vuestro.

WORCESTER.- Sí, pero con poco gasto se podría desviarla aquí y ganar todo ese cabo del lado del Norte, haciéndola correr directa o igual.

HOTSPUR.- Así lo quiero; lo haré con poco gasto.

GLENDOWER.- No quiero alteraciones.

HOTSPUR.- ¿No queréis?

GLENDOWER.- No y no lo haréis.

HOTSPUR.- ¿Y quién me lo impedirá?

GLENDOWER.- Ese seré yo.

HOTSPUR.- Permitidme que no os comprenda, decidlo en galense.

GLENDOWER.- Puedo hablar inglés, milord, tan bien como vos, porque fui educado en la Corte de Inglaterra, donde, siendo muy joven aún, compuse para el arpa y de una manera deliciosa, numerosas canciones inglesas y agregué a la lengua útiles adornos, virtud que nunca se ha visto en vos.

HOTSPUR.- ¡Pardiez! Me felicito de todo corazón. Preferiría ser un gato y aullar como tal, a ser uno de esos autores de insulsas baladas. Preferiría oír el estridente girar de un candelero, de cobre o el rechinar de una rueda seca sobre el eje; todo eso me destemplaría menos los dientes que esa poesía llena de afectación, que parece la forzada marcha a tropezones de una jaca.

GLENDOWER.- Vamos, basta, se os cambiará el curso del Trent.

HOTSPUR.- Eso no me importa; daría tres veces más de tierra a cualquier amigo que sirviera bien; pero cuando se trata de arreglos, oídlo bien, haría cuestión de la novena parte de un cabello. ¿Están los convenios prontos? ¿Podemos irnos?

GLENDOWER.- La luna brilla en toda su claridad, podéis partir de noche. Voy a apurar al escribiente y al mismo tiempo revelar a vuestras damas la partida. Temo que mi hija se vuelva loca, de tal modo está chocha con su Mortimer.

(Sale)

MORTIMER.- ¡Por Dios, primo Percy! ¡Cómo contradecís a mi padre!

HOTSPUR. - No puedo impedírmelo; a veces me exaspera hablándome del topo y de la hormiga, del encantador Merlín y de sus profecías y de un dragón y de un pescado sin aletas, de un grifo con alas recortadas, de un cuervo que muda, de un león acostado y de un gato rampante y de otras tantas bellaquerías que me ponen fuera de mí. Os diré más; la última noche me ha tenido no menos de nueve horas, enumerándome los nombres de los diversos diablos que eran sus lacayos. Yo le contestaba ¡hum! ¡está bien! ¡continuad! pero sin prestar atención a una palabra. ¡Oh! Es tan fastidioso como un caballo cansado, una mujer maldiciente, peor que una casa ahumada. Me gustaría más vivir de queso y ajo, en un molino de viento, bien lejos, que de manjares suculentos, en la más espléndida casa de la cristiandad, si tuviera que aguantar su charla.

MORTIMER.- Por mi fe, es un dignísimo gentil hombre, perfectamente instruido o iniciado en extraños misterios; valiente como un león y maravillosamente afable; generoso como las minas de la India. ¿Debo decíroslo, primo? Tiene vuestro carácter en una alta estimación y domina su propia naturaleza cuando le contrariáis; a la verdad se domina. Os garantizo que no hay un hombre vivo que hubiera podido provocarle como lo habéis hecho, sin correr el peligro de una respuesta violenta. No lo hagáis tan a menudo, os lo ruego.

WORCESTER.- En verdad, milord, os obstináis demasiado en vuestra censura; desde que habéis llegado aquí, harto habéis hecho para hacerle perder la paciencia. Es necesario que aprendáis, milord, a corregiros de ese defecto. Aunque a veces atestigüe grandeza, valor, nobleza (y esa es la gracia más preciosa que os acuerda), a menudo también revela ímpetus coléricos, ausencia de buenas maneras, falta de dominio, orgullo, altivez, presunción y desdén; el menor de esos defectos, cuando acompaña a un gentil hombre, le enajena los corazones y mancha la belleza de todas sus virtudes, privándolas de su encanto.

HOTSPUR.- Bueno, ya estoy sermoneado. ¡Que los buenos modales os ayuden! He aquí nuestras esposas; despidámonos de ellas.

(Vuelve Glendower con ladies Mortimer y Percy)

MORTIMER.- Esta es una mortal contrariedad que me angustia; mi mujer no habla inglés ni yo galense.

GLENDOWER.- Mi hija llora; no quiere separarse de vos, quiere también ser soldado o ir a la guerra.

MORTIMER.- Mi buen padre, decidle que ella y mi tía Percy seguirán en breve, conducidas por vos.

(Glendower habla a su hija en galense y ésta le contesta en la misma lengua)

GLENDOWER.- Está desesperada; es una impertinente, terca, desvergonzada, sobre la que el razonamiento no tiene acción.

(Lady Mortimer habla a Mortimer en galense)

MORTIMER.- Comprendo tus miradas; el lindo galense que derramas de esos cielos henchidos, lo entiendo perfectamente; y, sino fuera por rubor, quisiera contestarte en el mismo idioma.

(Lady Mortimer habla besándole)

Comprendo tus besos y tú los míos y es esta una discusión bien sentida. Pero no faltaré a la dulce escuela, amor mío, hasta tanto haya aprendido tu idioma, porque tu lengua hace al galense tan suave como los bellos cantares, de tiernas modulaciones, cantadas en el laúd, por una hermosa reina, bajo un bosque de estío.

GLENDOWER.- Si os enternecéis así, la vais a volver loca.

(Lady Mortimer habla otra vez)

MORTIMER.- En esta lengua soy la ignorancia misma.

GLENDOWER.- Os pide que os tendáis sobre la estera indolente y que reposéis vuestra gentil cabeza en su regazo y ella os cantará las canciones que amáis para coronar sobre vuestros párpados el dios del sueño y sumir vuestros sentidos en deliciosa languidez, intermediaria entre la vigilia y el sueño, como el alba entre el día y la noche, a la hora en que el divino tronco comienza su ruta dorada en Oriente.

MORTIMER.- De todo corazón; me siento para oír su canción. Entre tanto, el acta estará redactada, presumo.

GLENDOWER.- Sentaos; los músicos que van a tocar para vos, se ciernen en los aires a mil leguas de aquí y no obstante, estarán aquí en el acto. Sentaos y oíd.

HOTSPUR.- Ven aquí, Kate; acostada eres perfecta. Ven, pronto, pronto, que pueda reposar mi cabeza en tus faldas.

LADY PERCY.- Ven acá, cabeza de chorlo.

(Glendower dice algunas palabras galenses y en el momento empieza la música)

HOTSPUR.- Ahora veo que el diablo comprende el galense, lo que no me asombra, siendo tan fantástico. ¡Por Nuestra Señora! es buen músico.

LADY PERCY.- Entonces tú debías ser un músico de primer orden, porque siempre te gobierna la fantasía. Estate quieto, bandido y oye el canto galense de esta lady.

HOTSPUR.- Prefiero oír a Lady, mi perra, aullar en irlandés.

LADY PERCY.- ¿Quieres que te rompa la cabeza?

HOTSPUR.- No.

LADY PERCY.- Entonces está quieto.

HOTSPUR.- Tampoco. Esta es manía de mujer.

LADY PERCY.- ¡Que Dios te guíe!

HOTSPUR.- A la cama de la dama galense.

LADY PERCY.- ¿Cómo es eso?

HOTSPUR.- Silencio; canta.

(Canción galense de lady Mortimer)

HOTSPUR.- Kate, también quiero una canción tuya.

LADY PERCY.- ¿Mía? No la tendrás, por mi fe.

HOTSPUR.- ¡No, por mi fe! Amor mío, juras como la mujer de un confitero. ¡No, por mi fe! ¡Tan cierto como que vivo! ¡Dios me perdone! ¡Tan cierto como es de día! Envuelves tus juramentos en una tela tan sedosa, que se diría que nunca te has paseado más allá de Finsbury. Jura, Kate, como una buena lady que eres, con un juramento que te llene la boca y deja los ¡a fe mía! y otros votos de agua tibia, a los guardias con traje de terciopelo y a las burguesas domingueras. Vamos, canta.

LADY PERCY.- No quiero cantar.

HOTSPUR.- Es el mejor medio de hacerte tomar por un sastre o por un educador de pajarillos. Si los contratos están prontos, partiré antes de dos horas; ahora, ven cuando quieras.

(Sale)

GLENDOWER.- Venid, venid, lord Mortimer; sois tan lento para partir, como ardiente el fogoso lord Percy. Ya está nuestra convención redactada; no tenemos más que sellarla y luego a caballo inmediatamente.

MORTIMER.- Con toda mi alma.

(Salen.)


Primera parte: Acto III, Escena I