Enrique IV: Primera parte, Acto III, Escena II

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Enrique IV
Primera parte: Acto III, Escena II
de William Shakespeare




ACTO III

ESCENA II

LONDRES- Una sala en el Palacio Real.

(Entran el Rey Enrique, el Príncipe de Gales y Señores)

REY ENRIQUE.- Dejadnos, señores; el príncipe de Gales y yo tenemos que hablar en particular; pero no os alejáis, porque pronto tendremos necesidad de vosotros.

(Salen los señores)

No sé si es por alguna falta cometida por mí, que Dios ha querido, en sus secretos designios, hacer nacer de mi sangre, el azote que debe castigarme; pero tú me haces creer, por las circunstancias de tu vida, que has sido designado para ser el instrumento de la ardiente venganza, el látigo celeste que debe caer sobre mis faltas. Dime sino cómo tan desordenados y bajos deseos, tan pobres, tan miserables, tan ínfimas, tan impuras ocupaciones, tan estériles placeres, tan soez sociedad, como aquella a que te unes y asocias, ¿cómo pueden acompañar la grandeza de tu raza y llegar al nivel de tu corazón de príncipe?

PRÍNCIPE ENRIQUE.- Si es del agrado de Vuestra Majestad, querría y podría justificarme de todas mis faltas, como estoy seguro de poder lavarme de todas las acusaciones que se lanzan contra mí. Pero permitidme que implore vuestro ánimo indulgente y cuando haya desvanecido todas las fábulas que al oído del poder necesariamente llegan, de risueños entremetidos y de viles calumniadores, pueda, por algunas faltas reales, en las que se ha extraviado mi juventud irregular, encontrar perdón en mi sumisión verdadera.

REY ENRIQUE.- ¡Dios te perdone! Pero déjame asombrarme, Harry, de tus afecciones, que toman una dirección contraria al vuelo de las de tus antepasados. Has perdido violentamente tu sitio en el Consejo, ocupado hoy por tu hermano menor y te has enajenado todos los corazones de la Corte y de los príncipes de mi sangre. Arrumadas están las esperanzas fundadas en tu porvenir y no hay alma de hombre que no profetice tu caída. Si yo hubiera sido tan pródigo de mi presencia, si me hubiera prostituido ante las miradas de los hombres, mostrándome en vil compañía, la opinión, que me levantó hasta el trono, habría permanecido fiel a mi antecesor, abandonándome a un destierro deshonroso, como un hombre sin valor y sin importancia. Haciéndome ver rara vez, no podía dar un paso, sin provocar, como los cometas, el asombro. Unos decían a sus hijos: ¡Ese es! Otros exclamaban: ¡Dónde! ¿Cuál es Bolingbroke? Entonces arrebataba al cielo todos los homenajes y me envolvía en tal humildad, que arrancaba la simpatía a todos los corazones, las aclamaciones y los vivas de todas las bocas, aun en presencia del rey coronado. De esa manera conservé mi prestigio siempre fresco y nuevo; mi presencia, como un traje pontifical, era siempre observada con asombro; mis apariciones, siempre brillantes, parecían fiestas y ganaban tal solemnidad por su rareza. En cuanto al andariego rey, iba de aquí a allá con insípidos bufones, espíritus extravagantes, fuegos fatuos, pronto encendidos y pronto apagados; se despojaba de su dignidad, comprometía su majestad con insensatos saltimbanquis, dejaba profanar su gran nombre con sus sarcasmos; alentaba, a despecho de su nombre, las bromas de los pajes con su risa y era el blanco de las ridículas comparaciones de cualquier lampiño. Se familiarizaba con la calle pública y se hacía feudo del populacho y como diariamente hartaba a los hombres con su presencia, estaban ahítos de miel y empezaban a perder el gusto de la dulzura, que, por poco que empalague, empalaga demasiado. Así cuando tenía ocasión de mostrarse, era como el cuclillo en Junio, que se oye sin prestarle atención. Si era visto, era con tales ojos que cansados y entorpecidos por el hábito, no le prestaban la atención extraordiriaria que se acuerda al sol de la majestad real, cuando se muestra rara vez a las miradas llenas de admiración; con ojos adormecidos, que bajaban sus párpados somnolientos ante él y le ofrecían ese aspecto sombrío que los hombres tétricos presentan a sus adversarios, tan saturados, hartos y cansados estaban de su presencia. Por ese mismo camino vas tú, Harry, porque has perdido tu prerrogativa de príncipe, en compañías que envilecen. Todos los ojos están fatigados de tu presencia banal, excepto los míos, que habrían deseado verte más y que ahora mismo, a despecho de todo, están enceguecidos por una loca ternura.

PRÍNCIPE ENRIQUE.- En el porvenir, tres veces gracioso señor, seré más digno de mí mismo.

REY ENRIQUE.- Para todo el mundo, como eres en este momento, era Ricardo, cuando vine de Francia a desembarcar en Ravenspury. Yo era entonces como es Percy ahora. ¡Ah! por mi cetro y por mi alma, tiene más títulos al poder que tú, fantasma de heredero; porque sin derecho, sin color aun de derecho, cubre de arneses los campos del reino, afronta las armadas fauces del león y sin deber a los años más que tú, guía antiguos lores y reverendos obispos a sangrientas batallas y recias luchas. ¡Qué gloria imperecedera no ha adquirido contra el famoso Douglas, cuyos altos hechos, cuyas ardientes excursiones y gran renombre en las armas, conquistaron el rango supremo entre los soldados y el título de primer capitán en todos los reinos que confiesan a Cristo! Tres veces ese Hotspur, ese Marte en pañales, ese niño guerrero, ha desbaratado las empresas del gran Douglas; le ha hecho prisionero, le ha puesto en libertad y le ha convertido en amigo, para alzar un cartel con voz profunda, que conmueve la paz y la seguridad de nuestro trono. ¿Qué dices tú de esto? ¡Percy, Northumberland, su Gracia el Arzobispo de York, Douglas, Mortimer, se coaligan contra nosotros y están levantados! ¡Pero a qué comunicarte estas noticias, a ti! ¿A que hablarte de mis adversarios, a ti, Harry, que eres el más próximo y querido de mis enemigos? ¡Tú, que tal vez cediendo al miedo servil, a una baja pasión o a un acceso de humor, combatas contra mí, a sueldo de Percy, hecho un perro a sus pies, adulando sus caprichos para mostrar hasta qué punto has degenerado!

PRÍNCIPE ENRIQUE.- No lo creáis, tal no veréis. ¡Que Dios perdone aquellos que hasta ese punto han desviado de mí la buena opinión de Vuestra Majestad! Quiero redimir todo esto sobre la cabeza de Percy y, al fin de alguna gloriosa jornada, atreverme a deciros que soy vuestro hijo; entonces vestiré un traje todo de sangre y ocultará mi cara una sangrienta máscara que, una vez lavada, se llevará mi vergüenza con ella. Y ese será el día, no importa cuando brille, en que ese mismo hijo del honor y de la fama, ese valiente Hotspur, ese caballero alabado por todos y vuestro olvidado y despreciado Harry, lleguen a encontrarse. ¡Que crezcan y se agiganten los honores sobre su casco y sobre mi cabeza redoblen las vergüenzas! Porque el tiempo vendrá en que obligaré a ese joven del Norte a cambiar toda su gloria por mis indignidades. Percy, mi buen señor, no es más que el encargado de recolectar altos hechos en mi beneficio. Y le reclamará una cuenta tan estricta, que tendrá que devolverme toda su gloria, hasta la más pequeña alabanza recibida, aunque tenga que arrancarle con la cuenta el corazón. Eso, en el nombre de Dios prometo aquí: si a Vuestra Majestad place que lo cumpla, ruégole suavice con su indulgencia generosa, las viejas heridas de mi desenfreno. Sino el fin de nuestra vida rompe todos los vínculos y quiero morir cien mil veces antes que romper en un ápice este voto.

REY ENRIQUE.- En él veo la muerte de cien mil rebeldes. Tendrás un alto puesto en la guerra y nuestra soberana confianza.

(Entra Blunt)

¿Que hay de nuevo, buen Blunt? Tus miradas revelan impaciente prisa.

BLUNT.- Como el asunto de que vengo a hablaros. Lord Mortimer de Escocia envía la nueva de que Douglas y los rebeldes ingleses se han reunido el once de este mes en Shrewsbury. Jamás más temibles y formidables fuerzas, si mantienen sus promesas en todo sentido, pusieron al Estado en más peligroso friego.

REY ENRIQUE.- El conde Westmoreland partió hoy con mi hijo Juan de Lancaster, porque ese aviso tiene ya cinco días de fecha. El miércoles próximo tú partirás, Harry; el jueves nos pondremos nosotros mismos en camino. Nuestro punto de reunión es Bridgenorth. Vos, Harry, os dirigiréis por el Glocesterdhire. Segúid el cálculo de lo que nos resta hacer, dentro de doce días estarán nuestras fuerzas reunidas en Bridgenorth. Tenemos en mano muchos y graves asuntos. Adelante, que el enemigo engrosa su esperanza con nuestra demora.

Primera parte: Acto III, Escena II