Enrique IV: Primera parte, Acto IV, Escena III

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Enrique IV
Primera parte: Acto IV, Escena III
de William Shakespeare




ACTO IV

ESCENA III

El campamento de los rebeldes, cerca de Shrewsbury. (Entran Hotspur, Worcester, Douglas y Vernon)

HOTSPUR.- Esta noche daremos la batalla.

WORCESTER.- No puede ser.

DOUGLAS.- Entonces les daréis ventaja.

VERNON.- Absolutamente.

HOTSPUR.- ¿Cómo podéis afirmarlo? ¿No espera acaso refuerzos?

VERNON.- También nosotros.

HOTSPUR.- Los suyos son seguros, los nuestros dudosos.

WORCESTER.- Mi buen primo, sed prudente; no comprometáis la acción esta noche.

VERNON.- No lo hagáis, milord.

DOUGLAS.- No es bueno vuestro consejo; la frialdad del corazón y el miedo lo dictan.

VERNON.- No me calumnies, Douglas; por mi vida (y con mi vida mantendré lo que digo), cuando el honor bien entendido me lo ordena, no presto más oído al consejo del miedo y la debilidad, que vos, milord, o que cualquier escocés viviente. Mañana veremos en la batalla quien de nosotros tiene miedo.

DOUGLAS.- Sí, o esta noche.

VERNON.- Sea.

HOTSPUR.- Esta noche, digo.

VERNON.- Vamos, vamos, eso no puede ser. Me asombra en extremo que vosotros, hombres, de alta dirección, no veáis los obstáculos que se oponen a nuestra empresa. Los jinetes de mi primo Vernon no han llegado aun y los de vuestro tío Worcester sólo han llegado hoy y por el momento el brío y el vigor de los caballos están adormecidos, su energía abatida y amortiguada por la fatiga, y no hay ninguno de ellos que no haya perdido las tres cuartas partes de su valor.

HOTSPUR.- Lo mismo están los caballos del enemigo, agotados, agobiados por la fatiga; la mejor parte de los nuestros están completamente reposados.

WORCESTER.- Las tropas del rey exceden a las nuestras. ¡En nombre del cielo! aguardad que lleguen todas las que esperamos.

(Suena una trompeta anunciando parlamentario)

(Entra Sir Walter Blunt)

BLUNT.- Vengo con generosos ofrecimientos de parte del rey; dignaos oírme y prestarme atención.

HOTSPUR.- ¡Bien venido, Sir Walter Blunt! ¡Quisiera Dios que estuvierais de nuestro lado! Muchos de entre nosotros os quieren bien y esos mismos envidian vuestros grandes merecimientos y buen nombre, porque no estáis en nuestras filas y os volvéis contra nosotros como enemigo.

BLUNT.- ¡Dios impida que cambie de actitud, en tanto que vosotros, fuera de los límites del verdadero deber, os mantengáis en contra de la Sagrada Majestad! Pero, a mi objeto. El rey me envía a conocer la naturaleza de vuestras quejas y la causa que os hace conjurar, del seno de la paz pública, estas osadas hostilidades, enseñando a su leal pueblo, tan cruel audacia. Si el rey ha desconocido en alguna manera vuestros servicios, que reconoce considerables, os pide que formuléis vuestras reclamaciones y en el acto obtendréis plena satisfacción con usura y el perdón absoluto para vosotros y para aquellos que vuestras sugestiones extraviaron.

HOTSPUR.- Es mucha bondad la del rey; el rey, todos los sabemos, sabe cuando debe prometer y cuando pagar. Mi padre, mi tío y yo mismo, le hemos dado la diadema que lleva. Cuando no tenía más de veinte y seis años, comprometido en el concepto del mundo, mísero y caído, pobre proscrito ignorado volviendo a hurtadillas a su país, mi padre le dio la bienvenida en la costa; y cuando le oyó jurar ante Dios, que venía solo por el ducado de Lancaster a reclamar su herencia y pedir la paz, con lágrimas de inocencia y protestas de abnegación, mi padre, movido por la piedad y conmovido en el alma, juró prestarle ayuda y mantuvo su palabra. Desde que los lores y los varones del reino se apercibieron de que Northumberland inclinaba en su favor, grandes y pequeños vinieron a él, sombrero en mano y rodilla en tierra, salieron a su encuentro en las ciudades, villas y aldeas, le escoltaron en los puentes, le esperaron en las callejuelas, depusieron sus presentes a sus pies, le prestaron juramento, le dieron sus herederos para pajes, siguieron todos sus pasos en dorada multitud. Él, ahora, tan pronto como pudo reconocer su propia fuerza, se sobrepone a la promesa que hizo a mi padre, cuando era un pobre aventurero, en la desierta playa de Ravenspurg. Pretende, pardiez, reformar ciertos edictos, ciertos decretos rígidos, que pesan gravemente sobre la comunidad, grita contra los abusos, finge llorar sobre los males de la patria y, bajo esa máscara, bajo ese aparente aspecto de justicia, quiere ganar los corazones de todos los que quiere pescar. Ha ido más lejos, ha cortado la cabeza a todos los favoritos que el rey ausente había dejado como tenientes tras él, cuando en persona hacía la guerra en Irlanda.

BLUNT.- ¡Ta, ta! No he venido a oír eso.

HOTSPUR.- Voy, pues, al grano. Poco tiempo después, depuso al rey y, sin mucho tardar, le quitó la vida. Al mismo tiempo gravó con impuestos a todo el Estado. Para ir de peor en peor, permitió que su primo March (quien sería, si cada uno ocupara su sitio, su verdadero rey), fuera puesto en prisión en el país de Gales y fuera allí abandonado sin rescate. Me humilló en mis felices victorias, trató de enredarme en sus astutos manejos, arrojó a mi tío de la Cámara del Consejo, desterró rabioso a mi padre de la Corte, rompió juramento tras juramento, cometió error sobre error y por fin, nos obligó a buscar esta puerta de salvación y discutir además la justicia de su título, que encontramos demasiado doloso para ser durable.

BLUNT.- ¿Debo llevar esta respuesta al rey?

HOTSPUR.- No así, Sir Walter, vamos primero a conferenciar entre nosotros. Volved al lado del rey; que nos empeñe alguna garantía por la seguridad de nuestro mensajero y mañana temprano mi tío le llevará nuestras intenciones. Ahora, adiós.

BLUNT.- Deseo que aceptéis un ofrecimiento de gracia y afección.

HOTSPUR.- Y tal vez lo aceptemos.

BLUNT.- ¡Quiéralo el cielo!


Primera parte: Acto IV, Escena III