Enrique IV: Segunda parte, Acto IV, Escena III

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Enrique IV
Segunda parte: Acto IV, Escena III
de William Shakespeare




ACTO IV

ESCENA III

Otra parte de la selva.

(Clarines. Movimiento de tropas. Entran Falstaff y Coleville y se encuentran)

FALSTAFF.- ¿Cuál es vuestro nombre, señor? ¿Cuál vuestra condición? ¿De qué punto sois, os ruego?

COLEVILLE.- Soy caballero, señor y mi nombre es Coleville del Valle.

FALSTAFF.- Bien, pues; ¡Coleville es vuestro nombre! caballero vuestro rango y vuestro punto el Valle. Coleville será siempre vuestro nombre, traidor, vuestro rango, el calabozo vuestro sitio, un sitio bastante profundo, de manera que siempre seréis Coleville del Valle.

COLEVILLE.- ¿No sois Sir John Falstaff?

FALSTAFF.- Un hombre que le vale, señor, sea yo quien sea. ¿Os rendís, señor? ¿O debo sudar por vuestra causa? Si llego a sudar, cada gota será una lágrima para tus amigos, que llorarán tu muerte. Por tanto, despierta tu miedo y tiembla o inclínate ante mi clemencia.

COLEVILLE.- Pienso que sois Sir John Falstaff y, en ese concepto, me rindo.

FALSTAFF.- Tengo en este vientre mío una escuela entera de lenguas y ninguna de ellas dice otra palabra más que mi nombre. Si no tuviera más que un vientre común, sería simplemente el muchacho más activo de Europa. ¡Mi panza, mi panza, mi panza me perjudica! Aquí viene nuestro general.

(Entra el Príncipe Juan de Lancaster, Westmoreland y otros)

PRÍNCIPE JUAN.- La fina ha pasado; no vamos más lejos ahora. Tocad llamada, primo Westmoreland.

(Sale Westmoreland)

Y bien, Falstaff, ¿dónde habéis estado todo este tiempo? Siempre llegáis cuando todo ha concluido. Por vida mía que todas esas tretas el día menos pensado van a hacer deslizar una plancha de horca bajo vuestros pies.

FALSTAFF.- Sería una lástima, milord, que así no sucediera. Nunca he conocido otra cosa sino censuras y reprensiones como recompensa del valor. ¿Pensáis que soy una golondrina, una flecha o una bala? ¿Tengo acaso, en mi pobre y vieja movilidad, la rapidez del pensamiento? He corrido hasta aquí con la más extremada prontitud posible; he reventado más de ciento ochenta caballos de posta y aquí mismo, embarrado como estoy, he, en mi puro e inmaculado valor, hecho prisionero a Sir John Coleville del Valle, un fliriosísimo caballero y valeroso enemigo. Pero ¿qué vale eso? Me vio y se rindió; tanto es que puedo justamente decir como el gran narigón de Roma: vine, vi, vencí.

PRÍNCIPE JUAN.- Debido más a su cortesía que a vuestro valor.

FALSTAFF.- No lo sé; el hecho es que aquí está y aquí os lo entrego. Ruego a Vuestra Gracia se sirva hacer anotar este acto con el resto de los sucesos del día. Si no, por el cielo, lo haré cantar en una balada especial, con mi propio retrato al frente y Coleville besándome los pies. Si me veo forzado a tomar ese partido, sino aparecéis todos vosotros a mi lado como monedillas doradas de a dos peniques y yo, en el brillante cielo de la fama, eclipsándoos como la luna llena apaga las chispas del firmamento, que parecen cabezas de alfiler a su lado, no creáis en la palabra del noble. En consecuencia dejadme gozar de mis derechos y permitid que el mérito ascienda.

PRÍNCIPE JUAN.- Eres muy pesado para ascender.

FALSTAFF.- Entonces, hacedlo brillar.

PRÍNCIPE JUAN.- Es demasiado opaco para brillar.

FALSTAFF.- Haced cualquier cosa, mi buen lord, que me sea favorable, y llamadla como queráis.

PRÍNCIPE JUAN.- ¿Tu nombre es Coleville?

COLEVILLE.- Sí, milord.

PRÍNCIPE JUAN.- Eres un famoso rebelde, Coleville.

FALSTAFF.- Y un famoso súbdito leal le tomó.

COLEVILLE.- No soy, milord, sino lo que son mis superiores, que me condujeron aquí. Si se hubieran dejado guiar por mí, os habría costado más caro vencerlos.

FALSTAFF.- No sé cuanto habría costado; pero tú, como un buen muchacho, te entregaste gratis y te lo agradezco.

(Vuelve Westmoreland)

PRÍNCIPE JUAN.- Y bienl, ¿habéis suspendido la persecución?

WESTMORELAND.- Las tropas se retiran y la matanza ha cesado.

PRÍNCIPE ENRIQUE.- Enviad a Coleville, con sus confederados, a York, para ser ejecutado en el acto; Blunt, conducidlos allí y custodiadlos seguramente.

(Salen algunos con Coleville)

Y ahora, señores, apresurémonos a partir para la Corte. Me anuncian que mi padre está gravemente enfermo. Nuestras noticias llegarán antes que nosotros a Su Majestad y vos las llevaréis, primo, para reconfortarlo y nosotros os seguiremos con sobria rapidez.

FALSTAFF.- Os ruego, milord, que me permitáis pasar por el Glocestershire; cuando lleguéis a la Corte, os suplico, deis buellos informes de mí.

PRÍNCIPE JUAN.- Adiós, Falstaff en mi calidad, hablará de vos mejor que lo que merecéis.

(Sale)

FALSTAFF.- Desearía tan solo que tuvieras un poco de espíritu; eso te valdría más que tu ducado. A fe mía que este muchacho de sangre helada no me quiere; ningún hombre puede hacerle reír, pero eso no es raro, porque no bebe vino. Nunca estos jóvenes reservados llegan a ser algo de provecho porque la exigua bebida y las numerosas comidas de pescado, les enfría tanto la sangre, que caen en una especie de anemia masculina, luego cuando se casan, engendran rameras; por lo general son estúpidos y cobardes, como lo seríamos muchos de nosotros sin ese estimulante. Un buen jarro de Jerez hace un doble efecto. Me asciende al cerebro, diseca allí todos los tontos, obtusos y agrios vapores que lo rodean, lo hace sagaz, vivo, inventivo, lleno de ligeras, ardientes y deliciosas formas, que, entregadas a la voz (la lengua) que les da vida, se convierten en excelente espíritu. La segunda propiedad de vuestro excelente Jerez, es calentar la sangre, la que antes fría y pesada, deja al hígado blanco y pálido, que es el distintivo de la pusilanimidad y cobardía, pero el Jerez la calienta y la hace correr del interior a todos los extremos. Ilumina la cara, que, como un faro, da la señal a todo el resto de este pequeño reino, el hombre, de armarse; entonces toda la milicia vital y los pequeños espíritus internos se forman detrás de su capitán, el corazón, que, grande y soberbio de ese cortejo, se atreve a cualquier empresa valerosa. ¡Y todo ese valor viene del Jerez!. Así la ciencia de las armas no es nada sin el vino; porque él la empuja a la acción; la doctrina es una mera mina de oro, custodiada por un demonio, hasta que el vino no emprende con ella y la pone en obra y valor. De ahí viene que el príncipe Harry sea valiente, porque la sangre fría que naturalmente heredó de su padre, semejante a un terreno mezquino, desnudo y estéril, la ha cultivado, abonado, labrado, por el excelente hábito de beber en grande, por frecuentes libaciones de fértil Jerez; así es que se ha vuelto muy ardiente y bravo. Si tuviera mil hijos, el primer principio humano que les enseñaría sería de proscribir toda bebida ligera y dedicarse al buen vino.

(Entra Bardolfo)

¿Qué hay, Bardolfo?

BARDOLFO.- El ejército ha sido licenciado y ha partido.

FALSTAFF.- Déjalo partir. Yo me iré por el Glocestershire y visitaré allí a maese Roberto Trivial, hidalgo. Ya le he amoldado entre mi índice y pulgar y en breve le pondré mi sello. Vamos.

(Salen)

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