Enrique IV: Segunda parte, Acto IV, Escena IV

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Enrique IV
Segunda parte: Acto IV, Escena IV
de William Shakespeare




ACTO IV

ESCENA IV

WESTMINSTER- Una sala en el Palacio.

(Entran el rey Enrique, Clarence, el príncipe Humphrey, Warwick y otros)

REY ENRIQUE.- Ahora, señores, si el cielo da éxito feliz al debate que sangra a nuestras puertas, queremos guiar a nuestra juventud a más altos campos de batalla no blandir espadas que no estén santificadas. Nuestra armada está preparada, nuestras fuerzas reunidas, nuestros sustitutos durarnte nuestra ausencia debidamente investidos, todo está en orden y de acuerdo con lluestros deseos. Sólo nos hace falta un poco de fuerza personal y esperamos que esos rebeldes, aun en pie, hayan caído bajo el yugo de Gobierno.

WARWICK.- No dudamos que en breve tendrá Vuestra Majestad ambas satisfacciones.

REY ENRIQUE.- Hijo Humphrey de Gloster, ¿donde está el príncipe vuestro hermano?

HUMPHREY.- Creo que ha ido a cazar, milord, a Windsor.

REY ENRIQUE.- ¿Quién le acompaña?

HUMPHREY.- No lo sé, milord.

REY ENRIQUE.- ¿No está con él su hermano, Tomás de Clareilce?

HUMPHREY.- No, mi buen lord; está aquí presente.

CLARENCE.- ¿Qué desea mi padre y señor?

REY ENRIQUE.- Solo bien te desea, Tomás de Clarence. ¿Cómo es que no estás con el príncipe tu hermano? El te ama y tú le desatiendes, Tomás. Tienes mejor sitio en su afección que todos sus hermanos; foméntala, hijo mío. Así podrás, después de mi muerte, llenar el noble oficio de mediador entre Su Majestad y sus otros hermanos. Por tanto, no lo evites, no adormezcas su amor, no pierdas las ventajas de su cariño mostrándote frío o indiferente hacia él. Porque es benevolente cuando se le cultiva; tiene siempre una lágrima para la piedad y la mano generosa como la luz del día para la dulce caridad. Sin embargo, cuando se le exaspera, es de piedra, tan sombrío como el invierno, tan brusco como las lluvias heladas que caen al amanecer. Por lo tanto, debe observarse mucho su temperamento; regáñale por sus faltas, pero hazlo con respeto y cuando te apercibas que su sangre se inclina al contento. Pero, si está mal humorado, dale espacio y suéltale la cuerda, hasta que sus pasiones, como una ballena sobre la arena, se consuman en sus propios esfuerzos. No olvides esto, Tomás y serás un amparo para tus amigos, el vínculo de oro que mantendrá unidos a tus hermanos, tanto, que el vaso en el que su sangre se confunde, será inatacable al veneno de la sugestión que por fuerza la edad derramará en él, aun cuando ese veneno fuera tan violento como el acónito y tan impetuoso como la pólvora.

CLARENCE.- Cultivaré su cariño con toda mi atención y mi ternura.

REY ENRIQUE.- ¿Porqué no estás ahora en Windsor con él, Tomás?

CLARENCE.- No está allí hoy; come en Londres.

REY ENRIQUE.- ¿Quién le acompaña? ¿Puedes decírmelo?

CLARENCE.- Poins y otros de sus compañeros habituales.

REY ENRIQUE.- Las tierras más ricas son las más invadidas por la mala yerba. Y él, la noble imagen de mi juventud, está obstruido por ella; es por eso que mi angustia se extiende más allá de la hora de la muerte. Mi corazón llora sangre cuando me figuro por la imaginación, los días de extravío, los tiempos corrompidos que veréis cuando yo duerma con mis antepasados. Porque cuando su obstinado desenfreno no tenga sujeción, cuando la cólera y el ardor de la sangre sean sus consejeros, cuando los medios y la prodigalidad se reúnan, ¡oh! con que alas le arrebatarán sus pasiones a través de peligros amenazadores, ¡hacia la ruina fatal!

WARWICK.- Mi buen lord, miráis demasiado lejos. El príncipe solo estudia a sus compañeros como una lengua extranjera. Así, para saber un idioma, es necesario haber aprendido las palabras más inmodestas. Una vez que esto se ha conseguido, Vuestra Alteza sabe que no se las emplea ya y que sólo se las conoce para evitarlas. Así, como a esos términos groseros, el príncipe, ilustrado por el tiempo, rechazará a sus compañeros, cuyo recuerdo, como un patrón, como una medida viva, servirá a Su Gracia para estimar la conducta de los otros, aprovechando así los errores pasados.

REY ENRIQUE.- Raro es que la abeja abandone el panal que ha dejado en la carroña... ¿Quién viene? ¿Westmoreland?

(Entra Westmoreland)

WESTMORELAND.- ¡Salud a mi Soberano! ¡Que nuevas dichas se añadan para él a las que vengo a anunciar! El príncipe Juan, vuestro hijo, besa la mano de Vuestra Gracia. Mowbray, el Obispo Scroop, Hastings y todos, cayeron bajo el rigor de vuestra ley. No hay ya una sola espada rebelde desenvainada y la paz extiende por doquiera su ramo de olivo. Cómo se obtuvo este triunfo, más despacio podrá Vuestra Alteza leerlo en este relato completo y detallado.

REY ENRIQUE.- ¡O Westmoreland! ¡Eres el pájaro primaveral que siempre, sobre el anca del invierno, canta el amanecer! Mira, aquí tenemos más noticias.

(Entra Harcourt)

HARCOURT.- ¡El cielo preserve de enemigos a Vuestra Majestad! ¡Y, cuando contra vos se levanten, puedan caer como aquellos de quienes vengo a hablaros! El Conde de Northumberland y lord Bardolph, al frente de una numerosa fuerza de ingleses y escoceses, han sido batidos por el Sheriff del Yorhshire. Los detalles y circunstancias de la lucha, están contenidos ampliamente en estos despachos.

REY ENRIQUE.- ¿Porqué esas buenas noticias me causan este mal? ¿Jamás vendrá la Fortuna con sus dos manos llenas y escribirá siempre sus más bellas palabras en sombríos caracteres? Ora da el apetito y no el alimento, como al pobre en plena salud; ora da un festín y retira el apetito, como al rico, que tiene la abundancia y no la goza. Quisiera regocijarme ahora de esas nuevas felices y mi vista se turba, la cabeza me gira. ¡A mí! aproximaos, me siento muy mal.

(Se desvanece)

HUMPHREY.- ¡Ánimo, Majestad!

CLARENCE.- ¡O mi real padre!

WESTMORELAND.- Mi soberano señor, ¡volved en vos, abrid los ojos!

WARWICK.- Paciencia, príncipes; ya sabéis que estos ataques son ordinarios en Su Alteza. Apartaos de él, dadle aire; pronto volverá en si.

CLARENCE.- No, no; no puede soportar por mucho tiempo esas congojas. La incesante inquietud y trabajo de su espíritu, han roto el muro que le contiene y la vida sale a través y se le escapa.

HUMPHREY.- El pueblo me alarma, porque ha observado criaturas sin padres, monstruosos partos de la naturaleza. Las estaciones han cambiado de carácter, como si el año, encontrando algunos meses dormidos, los hubiera pasado de un salto.

CLARENCE.- El río ha tenido tres mareas, sin reflujo intermediario; la gente vieja, vetusta crónica del pasado, dice que lo mismo sucedió poco tiempo antes que nuestro bisabuelo Eduardo, cayera enfermo y muriera.

WARWICK.- Hablad bajo, príncipe, porque el rey vuelve en sí.

HUMPHREY.- Esta apoplejía concluirá seguramente con él.

REY ENRIQUE.- Os ruego, sostenedme y llevadme a otra pieza; despacio, os suplico.

(Transportan al Rey a una alcoba, en el fondo de la escena y le colocan sobre un lecho)

Que no se haga ruido, mis buenos amigos; quisiera que una mano dulce y cariñosa susurre un poco de música a mi fatigado espíritu.

WARWICK.- Haced venir los músicos al cuarto contiguo.

REY ENRIQUE.- Poned la corona aquí, sobre la almohada.

CLARENCE.- Sus ojos se hunden y cambia mucho.

WARWICK.- Menos ruido, menos ruido.

(Entra el príncipe Enrique)

PRÍNCIPE ENRIQUE.- ¿Quién ha visto al duque de Clarence?

CLARENCE.- Aquí estoy, hermano, agobiado de dolor.

PRÍNCIPE ENRIQUE.- ¿Cómo? ¿Lluvia aquí dentro y no fuera? ¿Cómo va el rey?

HUMPHREY.- Excesivamente mal.

PRÍNCIPE ENRIQUE.- ¿Conoce ya las buenas noticias? Decídselas.

HUMPHREY.- Es al saberlas que se ha agravado.

PRÍNCIPE ENRIQUE.- Si está enfermo de alegría, sanará sin médico.

WARWICK.- No tanto ruido, milords; mi buen príncipe, hablad más bajo. El rey vuestro padre se dispone a dormir.

CLARENCE.- Retirémonos a la otra cámara.

WARWICK.- ¿Vuestra Gracia se dignará venir con nosotros?

PRÍNCIPE ENRIQUE.- No; me sentaré aquí y velaré al rey.

(Salen todos, menos el rey Enrique)

¿Porqué la corona reposa allí sobre su almohada, esa inquieta compañera de lecho? ¡O espléndida perturbación! ¡Dorada ansiedad, que tienes las puertas del sueño de par en par abiertas a tantas noches agitadas! ¡Duerme con ella ahora! ¡Pero no tan profundamente, no con tanta intensa dulzura como aquel que, con la frente ceñida por un tosco gorro, ronca la noche entera! ¡Oh majestad! Cuánto oprimes a aquel que te lleva; lo haces como una rica armadura que, en el calor del día, abrasa protegiendo. A las puertas de su aliento, reposa una suave pluma, que no se agita; si respirara, ese blando e imponderable vello se movería. ¡Mi buen lord! ¡Mi padre! Este sueño es profundo en verdad; es el sueño que ha hecho divorciar a tantos reyes ingleses con esta diadema de oro. Lo que te debo son lágrimas, son las hondas aflicciones de la sangre, que la naturaleza, el amor y la ternura filial, te pagarán, padre querido, ampliamente. Lo que me debes, tú, es esta imperial corona que, como inmediato a tu rango y a tu sangre, me viene por sí misma. Hela aquí puesta:

(coloca la corona sobre su cabeza)

¡que el cielo la guarde! Que todas las fuerzas del mundo se reúnan en un brazo gigante, no me arrancarán éste honor hereditario. La recibí de ti y a los míos la trasmitiré, como tú la dejaste.

(Sale)

REY ENRIQUE.- (Despertándose) ¿Warwick? ¡Gloster! ¡Clarence!

(Vuelve Warwick ylos otros)

CLARENCE.- ¿Llama el rey?

WARWICK.- ¿Qué desea Vuestra Majestad? ¿Cómo se encuentra Vuestra Gracia?

REY ENRIQUE.- ¿Por qué me habéis dejado solo aquí, milords?

CLARENCE.- Dejamos al príncipe mi hermano aquí, mi señor, quién se encargó de velar por vos.

REY ENRIQUE.- ¿El príncipe de Gales? ¿Dónde está? Dejadme verle. No está aquí.

WARWICK.- Esa puerta está abierta; ha salido en esa dirección.

HUMPHREY.- No ha pasado por el cuarto en que estábamos.

REY ENRIQUE.- ¿Dónde está la corona? ¿Quién la ha tomado de mi cabecera?

WARWICK.- Cuando nos retiramos, mi señor, la dejamos aquí.

REY ENRIQUE.- El príncipe la habrá tomado; id en su busca. ¿Tiene tal prisa que confunde mi sueño con mi muerte? Encontradle milord de Warwick y traedle aquí en el acto.

(Sale Warwick)

Esa conducta de su parte se une a la enfermedad para acelerar mi fin. ¡Ved, hijos, como sois! ¡Cuan pronto la naturaleza cae en la rebelión, cuando el oro es su objetivo! Para eso los padres, insensatamente inquietos, han roto su sueño con las preocupaciones, su cerebro por los cuidados, sus huesos por la labor. ¡Para eso han engrosado y apilado impuros montones de oro extrañamente adquiridos! ¡Para eso se han preocupado de educar a sus hijos en las artes y en los ejercicios de la guerra! Tal como las abejas, tomando a cada flor su dulce savia, con los muslos cargados de cera y la boca de miel, llevamos nuestro tesoro a la colmena y, como a las abejas, se nos mata por nuestro trabajo. Ese amargo desencanto premia la previsión del padre expirante.

(Vuelve Warwick)

¿Y bien? ¿Dónde está, el que no puede esperar hasta que su aliada la enfermedad concluya conmigo?

WARWICK.- Milord, he encontrado al príncipe en la cámara contigua, regando con tiernas lágrimas su dulce rostro, en tal actitud de profunda pena que la tiranía, que solo con sangre se desaltera habría al verle, lavado su espada en lágrimas de piedad.

REY ENRIQUE.- Pero ¿por qué ha tomado la corona?

(Vuelve el Príncipe Enrique)

¡Ah! helo aquí. Acércate, Harry. Alejaos de ésta cámara; dejadnos solos.

(Salen Clarence, Humphrey, Lords etc.)

PRÍNCIPE ENRIQUE.- ¡Nunca creí oír ya vuestra voz!

REY ENRIQUE.- Esa idea era hija de tu deseo, Harry. Tardo demasiado cerca de ti y te canso. ¿Tienes tal hambre de mi trono vacío, que quieres violentamente investirte de mis dignidades, antes que la hora madure? ¡Oh, loca juventud! ¡Aspirar a la grandeza que debe abrumarte! Espera tan solo un momento; porque la nube de mi poder, está sostenida por tan débil viento, que pronto caerá: mi día se obscurece. Has estafado aquello que, dentro de pocas horas, era tuyo sin delito. En la hora de mi muerte, has puesto el sello a mis previsiones. En vida me has probado que no me amabas y quieres que muera con esa convicción. Encubres mil puñales en tus pensamientos, que has afilado sobre tu corazón de piedra, para herir la última media hora de mi vida. ¡Como! ¿No puedes tolerarme una media hora mas? Ve, pues, a cavar tú mismo mi tumba y ordena a las alegres campanas que suenen a tus oídos, que estás coronado, no que estoy muerto. ¡Que todas las lágrimas que regarían mi féretro, sean gotas de bálsamo para santificar tú cabeza! Arroja mis restos al polvo del olvido, da a los gusanos aquel que te dio la vida. Expulsa a mis servidores, anula mis decretos, porque la hora ha llegado de escarnecer el orden. Enrique V ha sido coronado: ¡arriba, la locura! ¡Abajo, la Real grandeza! ¡Vosotros todos, sabios consejeros, atrás! ¡Y ahora acudid a la Corte de Inglaterra, de todas las regiones, frívolas abejas! ¡Ahora, vecinas contreras, purgaos de vuestra escoria!. ¿Tenéis algún rufián que jure, beba, baile, pase la noche en jarana, robe, asesine y cometa los más viejos crímenes de la manera más nueva? Sed felices ya no os incomodará más: ¡Inglaterra va a cubrir con un doble dorado su triple infamia! Inglaterra le dará empleo, honor, poder; porque el quinto Enrique arranca a la Licencia domada el bozal de la represión y la perra salvaje va a clavar su diente en la inocencia. ¡Oh mi pobre reino, enfermo de las luchas intestinas! Si mis cuidados no han podido preservarte del desastre, ¿qué será de ti, cuando sea el desastre quien te cuide? ¡De nuevo te convertirás en un desierto, poblado por los lobos tus antiguos habitantes!

PRÍNCIPE ENRIQUE.- (Arrodillándose) Perdonadrne, mi señor, pero si las lágrimas no hubieran detenido una palabra, me habría anticipado a esos duros y acerbos reproches, antes que vuestro dolor hubiera hablado, antes que tan lejos hubiera llegado. He aquí vuestra corona: que Aquel que lleva la corona inmortal, os la guarde largo tiempo. Si de otra manera la estimo, que como vuestro honor y vuestra gloria, que jamás me levante de esta postura obediente (que mi espíritu profundamente leal y respetuoso me sugiere) como el homenaje visible de su sumisión. El cielo me es testigo que, cuan un aquí llegó y encontré sin aliento a Vuestra Majestad, un frío mortal penetró mi corazón. Si finjo, ¡pueda morir en mi presente desvarío y no vivir bastante para mostrar al mundo incrédulo, el noble cambio que me había propuesto! Habiéndome acercado para miraros, creyendoos muerto (casi muerto yo mismo), ¡oh! mi soberano, pensando que lo estabais, hablé a la corona como si pudiera oírme y así la vituperé: Los cuidados que causas, aniquilaron el cuerpo de mi padre. Así, tú, del mejor oro, eres el oro peor. Otro, de menos ley que tú, es más precioso, porque bajo la forma de medicina, preserva la vida humana; pero tú, más fino, más lleno de honores, más renombrado, ¡devoras al que te lleva! Fue así, mi real Soberano, que acusando a la corona, la puse sobre mi cabeza para medirme con ella, como con un enemigo que, a mi vista, hubiera asesinado a mi padre: querella de buen heredero. Pero si ha llegado a infestar de gozo mi alma o a inflar de orgullo mi corazón, si el menor espíritu de rebelión o de vanidad me ha hecho acoger el poder que simboliza con la menor afección de bienvenida, ¡que el cielo la aleje para siempre de mi cabeza y me convierta en el más miserable de los vasallos que con reverencia y pavor se arrodillaban ante ella!

REY ENRIQUE.- ¡Oh! ¡hijo mío! El cielo, te inspiró la idea de tomarla, para que pudieras acrecentar el amor de tu padre, abogando tan cuerdamente en tu excusa. Acércate, Harry, siéntate cerca de mi lecho y oye mis consejos, los últimos, creo, que proferiré. El cielo conoce, hijo mío, porqué sendas extraviadas, porqué caminos tortuosos o indirectos, alcancé esta corona; yo mismo sé cuán laboriosamente se fijó sobre mi cabeza. Sobre la tuya descenderá más tranquilamente, con mayor respeto de la opinión, más firme, porque toda la mancha de la adquisición bajará conmigo a la tumba. Aparecía en mí, sólo como un honor arrancado con violenta mano y muchos hombres vivían para echarme en cara haberla ganado con su asistencia. De ahí las querellas diarias y los sangrientos trastornos de una paz ilusoria. Tú has visto con qué peligro he arrostrado esas amenazas insolentes, porque todo mi reino no ha sido sino el drama en que se ha desenvuelto ese argumento. Pero ahora mi muerte cambia la situación; porque lo que en mí fue una adquisición, te llega por un camino más digno, porque obtienes la diadema por sucesión. Sin embargo, aunque tú te establecerás con mayor firmeza de la que yo podía alcanzar, no tendrás solidez suficiente mientras persistan las quejas aun vivaces. Todos mis amigos, de los que debes hacer tus amigos, solo desde hace poco perdieron sus garras y sus dientes; elevado primeramente por su ruda asistencia, temí luego ser derribado por su poder. Para evitarlo, les hice pedazos; tenía ahora el proyecto de conducir el resto a Tierra Santa, temiendo que el reposo y la inacción no les aconsejasen examinar de cerca mi autoridad. Así pues, Harry, que ese sea tu sistema ocupar esos espíritus inquietos, en guerras extranjeras, de manera que su actividad, ejercitada lejos de aquí, pueda borrar la memoria de los primeros días. Más te diría, pero mis pulmones están de tal modo fatigados, que ya no tengo fuerza para hablar. ¡Que Dios me perdone como alcancé la corona y permita que puedas tú vivir en paz con ella!

PRÍNCIPE ENRIQUE.- Mi gracioso señor, la habéis ganado, llevado, conservado y me la dais; así, mi posesión es completa y legítima: con una energía superior a la común, la defenderé contra el mundo entero.

(Entran el Príncipe Juan de Lancaster, Warwick, lores, etc.)

REY ENRIQUE.- Mirad, mirad, ahí viene mi Juan de Lancaster.

PRÍNCIPE JUAN.- ¡Salud, paz y prosperidad a mi real padre!

REY ENRIQUE.- Me traes la prosperidad y la paz, hijo Juan; pero la salud, ¡ay! volose sobre sus alas juveniles de este tronco seco y marchito. Ya lo ves; mi tarea en este mundo toca a su fin. ¿Dónde está milord de Warwick?

PRÍNCIPE ENRIQUE.- ¡Milord de Warwick!

REY ENRIQUE.- La cámara en la que me desvanecí por primera vez, ¿tiene algún nombre particular?

WARWICK.- La llaman Jerusalén, mi noble señor.

REY ENRIQUE.- ¡Dios sea alabado! Es allí donde debe concluir mi vida. Se me ha profetizado hace muchos años que no moriría sino en Jerusalén; había creído por error que sería en Tierra Santa. Pero llevadme a esa cámara; quiero reposar allí; en esa Jerusalén morirá Enrique.

(Salen)

Segunda parte: Acto IV, Escena IV