Ensayo sobre el hombre (González Azaola tr.)/I

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EPISTOLA PRIMERA.

DE LA NATURALEZA Y ESTADO DEL
HOMBRE CON RESPECTO
AL UNIVERSO.




Despertad, mi querido Bolingbroke; dejad todas las pequeñeces á la baja ambicion y al orgullo de los potentados. Pues que todo lo que podemos sacar de esta vida se reduce á ver claro al rededor de nosotros mismos, para luego morir, recorramos al menos libremente esta escena del hombre ¡asombroso laberinto! pero que tiene su cierta regularidad; campo en que crecen las flores mezcladas con los abrojos; jardin que tienta con frutos vedados. Ea, venid conmigo, exploremos este vasto campo, y ora sea raso, ora montuoso, veamos lo que en él hay. Reconozcamos les senderos ocultos de cuantos an- dan arrastras por la oscuridad, y las alturas desmesuradas á que se remontan otros hasta desaparecer. No perdamos jamas de vista á la naturaleza; caigamos sobre la locura en la fuerza de su correr, y sorprendamos las costumbres en el acto mismo de nacer. Riámonos cuando debamos, y seamos sinceros cuando podamos; ¡pero hagamos respetar al hombre los altos juicios de Dios!

Y ante todas cosas ¿podemos discurrir algo acerca de Dios en su altura, ó del hombre mortal acá abajo, mas que con arreglo á aquello que conocemos? Del hombre ¿conocemos por ventura otra cosa sobre que fundar nuestros discursos mas que su morada en la tierra? Y por lo que hace á Dios, aunque se nos manifiesta en esos innumerables mundos que apenas distinguimos sobre nuestras cabezas, ¿nos toca buscarle en otra parte que en el que nos colocó? Aquel que pudiera llegar á comprender lo que hay en el resto de su vasta inmensidad, y ver compuesto el universo de mil mundos sobre otros mil mundos, observar el movimiento y enlace de un sistema con otros sistemas, reconocer otros planetas, otros soles, y los diferentes seres que pueblan cada astro, aquel hizo todos las cosas como las hizo. Nuestra alma trascendental y penetrativa ¿comprende acaso los apoyos y enlaces, las firmes trabazones, delicadas dependencias y exactas gradaciones de todas las partes de esta grande obra? ¿Podrá una parte contener al todo?

La gran cadena que todo lo sostiene y reúne ¿está en las manos de Dios, ó está en las tuyas? ¡Hombre presuntuoso! ¿quieres saber la razón por qué has sido hecho tan débil, pequeño y ciego? Pues averigua primero, si puedes, la razón aun mas incomprensible, por qué no has sido hecho mas débil, mucho mas ciego y mas pequeño. Pregunta á tu madre la tierra por qué son las encinas mas altas y robustas que las matas que están á su sombra, ó pregunta á esa bóveda azul del cielo por qué los satélites de Júpiter son menores que el mismo Júpiter.

Si es cierto que entre todos los sistemas posibles debió escoger el mejor la infinita sabiduría, en que nó hubiese vacío alguno, pues á haberlo no habría coherencia, y en que todo cuanto habia de existir estuviese en su debido lugar, ¿no es evidente que en la escala de los seres vivientes y sensibles debe haber uno tal como el hombre, y que toda la cuestión (dis- pútese lo que se quiera) queda reducida á esto solo: si Dios le ha colocado donde no debia?

Lo que llamamos injusto respecto al hombre no solo puede, sino que debe ser justo respecto al todo. En las obras de los hombres, aun las mas bien acabadas, mil movimientos combinados escasamente producen aquel fin que uno se propone. En las de Dios un simple movimiento no solamente produce su fin, sino que también contribuye á alguna otra operación. De esta suerte el hombre, que aquí parece el ser principal, tal vez hace un papel secundario respecto á alguna esfera desconocida, y es solo el móvil de alguna rueda, ó el instrumento de algún otro fin; pues solo vemos una parte, pero no descubrimos el todo.

Cuando el caballo arrogante conozca por qué el hombre le refrena en su orgullosa carrera, ó le hace volar por las llanuras; cuando sepa el buey estúpido por qué abre la tierra en surcos, ó por qué es coronado de guirnaldas convertido en Dios de Egipto, entonces comprenderá la orgullosa estolidez del hombre el uso y fin de su ser, de sus acciones y pasiones, por qué obra, sufre, se reprime ó mueve, y por qué en este instante es un es- clavo, y en el que sigue una deidad. No digamos: el hombre es imperfecto, el Hacedor lo ha errado; digamos mas bien que es todo lo perfecto que podia ó debia ser; su ser es proporcionado al estado y lugar que ocupa, su tiempo es un solo momento, y su espacio un solo punto.

El cielo oculta á todas las criaturas el libro del destino, excepto la página que les hace falta, y es la de su actual estado; como oculta á los brutos lo que conoce el hombre, y á los hombres lo que saben los espíritus: ¿quién podría de otra manera soportar en la tierra su existencia? Tu deleite condena hoy á muerte al corderino; si tuviera él tu razón, ¿saltaría y retozaria? Contento hasta el postrer momento pace en el prado la florida yerba, y lame la mano que va ya á alzarse para derramar su sangre. ¡O ignorancia de lo futuro! que nos has sido piadosamente dada, para que podamos todos concluir el círculo trazado por el Ser supremo. ¡Quién puede ver con semblante igual, sino el Dios de todas las cosas, perecer el héroe, ó morir el pajarillo, confundirse los átomos, ó trastornarse el cielo, formarse una burbuja, ó aparecer un mundo entero!

¡Hombre! Humíllate en tus esperan- zas, y toma vuelo con tiento. ¡Aguarda á la muerte, que es el gran maestro, y entre tanto adora á Dios! No te dio á conocer cuál será tu felicidad futura; pero te ha dado la esperanza para que sea tu felicidad presente. Florece en el pecho humano una esperanza eterna; jamas es feliz el hombre, pero siempre debe serlo. El alma inquieta, y confinada en su encierro, descansa y se distrae con la idea de una vida venidera.

He ahi ese pobre indio, cuyo rústico entendimiento ve á su Dios en las nubes, ó cree oírle en el viento No aprendió su alma de una ciencia orgullosa á levantarse tan alta como la órbita del sol ó la via lacrea. Pero la simple naturaleza le dió su esperanza; y se figura él allá un cielo detras de cierta montaña cuya cima toca en las nubes, ó algún mundo mas seguro allá en medio de los bosques, ó alguna isla mas dichosa en un anchuroso golfo, donde hallen otra vez los esclavos su pais natal, y no espíritus malignos que les atormenten, ni fanáticos sedientos de oro. El existir satisface sus deseos satúrales. No pide las alas de los ángeles ni el fuego de los serafines; pero juzga que admitido su perro fiel en un cielo igual para todos, le servirá de compañía. ¡An- da, tú que te crees mas sabio, y pesa en la balanza de la razon tu opinion contra la Providencia: llama imperfeccion la que tú te imaginas tal; di, aquí ha dado demasiado, allí no ha dado bastante; destruye todas las criaturas por tu antojo ó pasatiempo; y exclama sin embargo: si el hombre es miserable, si no se lleva el solo toda la atencion del cielo, y es el único ser perfecto aquí, y despues inmortal, Dios es injusto...! ¡anda, arranca de su mano la balanza y el cetro, juzga á la justicia misma, y hazte el Dios de todo un Dios!

Nuestros errores, amigo mio, nacen del orgullo en el discurrir. Todos se salen de su esfera, y se remontan hasta las estrellas. Siempre se ha propuesto la vanidad las moradas celestiales; los hombres quisieron ser ángeles, y los ángeles ser dioses. Si los ángeles que aspiraron á ser dioses cayeron, los hombres que aspiran á ser ángeles serán rebeldes. Y el que ose solo desear el trastorno de las leyes del orden peca contra la eterna causa.

Pregúntese ¿por qué brillan esos orbes? ¿por qué existe la tierra? y el orgullo responderá: „Eso, todo es para mí. Para mí la naturaleza benéfica desarrolla sus producciones, brotan las yerbas, y se desplegan las flores: para mí renueva la vid cada año su néctar delicioso y su fragancia la rosa: para mí encierra la mina mil tesoros: para mí mana la salud de mil fuentes; los mares se mueven para trasportarme; el sol se levanta para alumbrarme; mi escabel es la tierra, y el cielo mi dosel.”

Pero la naturaleza ¿no se aparta de sus fines benéficos cuando un sol ardiente vibra la muerte en sus rayos abrasadores; cuando los terremotos se tragan ciudades y provincias; ó cuando las tempestades é inundaciones se llevan pueblos enteros á lo profundo del mar? No (debe responderse): la primera causa omnipotente no obra por leyes particulares, sino por leyes generales. A excepcion de muy pocas cosas, todo se ha ido mudando desde el principio. ¿Y qué es lo que hay acaso perfecto entre todo lo criado? ¿Pues por qué el hombre lo había de ser? Si la felicidad humana es el gran fin de todo, entonces la naturaleza aberra ó se desvia; ¿pues por qué aberraría menos el hombre? Este gran fin requinria una constante alternativa de lluvias y dias serenos, asi como una regularidad perpetua en los deseos del hombre; una eterna primavera y cielos sin nubes, asi como hombres moderados siempre sabios y prudentes. Luego si las pestes y terremotos no trastornan los designios del cielo, ¿por qué los ha de trastornar un Borja ó un Catilina? Del orgullo, del orgullo nacen estos altivos raciocinios. Juzguemos de las cosas morales por las cosas naturales. ¿Por qué culpamos al cielo de una cosa, y le disculpamos de otra? El someterse á él en unas y otras es discurrir atinadamente.

Tal vez nos parecería mejor que todo fuese armonía en el mundo físico, y todo virtud en el moral; que jamas se viesen el aire ni el mar agitados por los vientos, asi como tampoco el alma por las pasiones. Pero todo subsiste por este combate de los elementos, y nuestras pasiones son los elementos de la vida. Desde el principio del mundo fue observado en la naturaleza este orden general, y también lo ha sido en el hombre.

¿Qué es lo que quisiera este hombre? Tan pronto parece que se eleva, y siendo algo menos que el ángel desearía ser mas, y, tan pronto mirando al suelo parece mohíno y quejoso de no tener la pujanza del toro y la piel del oso. Si cree que todas las criaturas han sido hechas para su uso,.que diga ¿de qué le servirían si tuviese él las propiedades de todas?

Liberal la naturaleza sin profusion les asignó órganos á propósito y facultades peculiares á todas; y fueron indemnizadas de su falta aparente, unas con grados de ligereza, y otras con grados de fuerza[1], todo en una exacta proporcion á su estado. Nada hay que añadirles, nada que quitarles. Cada bruto, cada insecto es feliz en su propio estado. ¿Sería pues el cielo cruel con el hombre, y con el hombre solamente? Y el que únicamente llamamos racional ¿no se ha de contentar con nada, á no ser feliz en todo?

La felicidad del hombre, si el orgullo nos dejara conocerlo, no está en obrar ó pensar mas allá de los límites del género humano, ó en que le hayan tocado en parte mas fuerzas de cuerpo y alma que, las que corresponden á su naturaleza y a su estado. Entonces ¿por qué no había de tener también el hombre una vista microscópica? Por una razon muy clara; porque el hombre no es una mosca. ¿Y cuál es el uso que haría de ella, si se le hubiese dado tan buena vista? Examinar un gusanillo, y no alcanzar á ver el cielo. ¿Y qué haría con un tacto mas delicado, si haciéndole todo temblar se le introducirian por cada poro los dolores mas agudos? ¿Qué con un olfato mejor, si los efluvios de una rosa le harian morir de dolores aromáticos por sus vibraciones dentro del cerebro? ¿Qué con un oido mas fino, si le pareceria que tronaba toda la naturaleza en sus oidos, y se sentiria aturdido con la música de las esferas que giran sobre su cabeza? ¡Oh y cuánto desearia entonces que le hubiera privado el cielo del blando susurro de los zéfiros y del grato murmullo del arroyo! ¿Quién no reconocerá la infinita bondad y sabiduría de la Providencia tanto en lo que da como en lo que niega?

Otro tanto como se extienden los diversos y dilatados grados de la creación, otro tanto crece la progresion de las facultades sensitivas é intelectuales. ¡Qué distancia, qué gradacion desde los millares de plantas que cubren y hermosean los campos hasta la raza imperial del hombre! ¡Qué de modificaciones en la vista desde el velo del topo hasta el ojo perspicaz del lince! ¡En el olfato desde la leona que se abalanza sobre la presa[2] hasta el podenco que sigue su rastro con tanta sagacidad! ¡En el oido; desde los peces que vagan por las profundidades del océano hasta las avecillas que gorjean en los bosques por la primavera! ¡Qué exquisito tacto el de la araña! el mas leve toque mueve todos los hilos de su tela, como que vive atenida á la sutileza de su obra. ¡Qué sentido tan delicado y seguro en la solícita abeja para extraer un rocío agradable y balsámico hasta de las yerbas venenosas! ¡Qué diferencia de instinto entre el cerdo que se revuelca en el fango, y entre tí, elefante medio racional! ¡Qué débil antemural es el que hay entre el instinto y la razon, los cuales parecen estar siempre tan cercanos, y están para siempre separados! ¡Qué alianza tan íntima entre la memoria y la reflexión! ¡Qué pequeña separacion entre la sensacion y el pensamiento! ¡Cuánto tiran á reunirse aquellos seres partícipes de una naturaleza media, y sin embargo ja mas pasan la línea insuperable que se les ha prescrito! Sin esta justa gradacion entre las criaturas ¿podrían estar sujetas las unas á las otras, y todas á tí? Y siendo domeñadas por tí solo todas sus fuerzas y facultades, ¿no vale tu razon por todas ellas?

Mira pronta toda la materia y dispuesta á dar origen á los seres en el mar, en la tierra y el aire. En lo alto, ¡qué infinita progresion de vivientes puede caber! Al rededor i qué amplitud! Abajo ¡qué profundidad! ¡Oh inmensa cadena de seres, que principias desde Dios! Naturalezas celestiales y terrenas, ángel, hombre, bruto, ave, pez, insecto. ¡Oh extension á que no llega la vista, y á que ni la óptica alcanza! ¡Del infinito hasta tí, y desde tí hasta la nada! Si pudiéramos usurpar algo á las potestades superiores, las inferiores podrían hacer otro tanto con nosotros, ó habría quedado un vacío en la plenitud de la creación, en la cual roto un escalón, quedaba la gran escala destruida; bien asi como fajtando un estabon cualquiera de la cadena de la naturaleza, ora fuese el décimo, ora el diezmilésimo, se rompería la cadena.

Y si cada mundo gira según el orden determinado, que no es menos esencial para él que para este maravilloso universo, la menor confusión que sobreviniese en uno acarrearía la ruina no solamente de aquel sistema, sino también del total. Pero no; ¡que la tierra perdiendo el equilibrio se aleje de su órbita; que los soles y los planetas vaguen sin regla por el firmamento; que los espíritus que gobiernan las esferas sean arrojados de ellas; que un ser se abisme sobre otro ser, y un mundo sobre otro mundo; que los ejes del cielo se estremezcan, y tiemble toda la naturaleza hasta el trono del mismo Dios! ¡que todo este orden se trastorne con horror! ¿Y por quién? Por tí, gusano vil y despreciable? ¡Qué locura! qué orgullo! qué impiedad!

Si el pie destinado á hollar la tierra, ó la mano destinada al trabajo aspirasen á ser la cabeza; y si la cabeza, el ojo ó el oido se enojasen de ser únicamente los meros instrumentos del espíritu que les gobierna, ¿no seria una necedad? Pues no lo seria menos el que en esta fabrica general pretendiese una parte ser otra, ó se quejase de la tarea y obligación que le hubiese señalado el grande Espíritu ordenador.

Cuanto existe no es mas que una parte de aquel prodigioso todo, cuyo cuerpo es la naturaleza, y del cual Dios es el alma; el que diversificado en cada ser, y siendo en todos el mismo, tan grande en la tierra como en el cielo, calienta en el sol, refresca en el viento, brilla en las estrellas, y florece en los árboles. Vive en cada viviente, se extiende hácia todos lados, se reparte sin dividirse, lo hace todo sin consumirse, respira en nuestra alma, anima nuestra parte mortal, tan poderoso y tan perfecto en la formacion de un cabello como en la del corazon, y en el hombre vil que se queja como en el arrobado serafín que se abrasa de puro amor. Nada hay alto, nada bajo, nada grande, y nada pequeño para él. Todo lo llena, todo lo circunda, todo lo une, y todo lo iguala.

Cesa pues, y no llames al orden imperfección. Nuestra propia felicidad depende de aquello mismo que vituperamos. Conoce el pequeño punto de tu ser; pues ese provechoso, ese debido grado de ceguedad y flaqueza, es un presente que te ha hecho el cielo. Sométete, y está seguro de que sea en esta ó en cualquier otra esfera serás tan feliz como puedas ser; y sea al nacer, ó en tu hora final, ponte en manos del que dispone de todo. La naturaleza toda es un arte desconocido para tí; todo acaso es una dirección, que no eres capaz de ver; toda discordia, una armonía, que no llegarás á entender; todo mal particular, un bien general; y en despecho del orgullo y de la razon extraviada es una verdad muy clara: Que todo, todo cuanto existe es del modo que debe ser.


  1. Es un axioma de anatomía que la fuerza y ligereza de los animales guardan siempre cierta proporción; de manera que los que están dotados de mas fuerza tienen menos ligereza, y los mas ligeros son los menos fuertes.
  2. El modo de cazar que tienen los leones en los desiertos de Africa es dar un fuerte rugido al anochecer, el cual espanta á todos los animales, y por el ruido que van metiendo en su huida seguir la presa con el oído mas bien que con el olfato.